Qué significa LIBERTAD para Emmanuel Levinas

Marianne Kohn Beker

Especial para Maguén – Escudo
Pareciera que el interés por la libertad fuera más bien reciente. Porque los pensadores antiguos, los filósofos griegos, no se centraron en la libertad, precisamente por considerarla perteneciente al reino de la praxis y no de la teoría que es el mundo de las ideas. Sin embargo, hubo otro pueblos antiguos cuyo pensamiento, si bien no fue considerado filosófico permanece, primero en los textos bíblicos y talmúdicos judíos que comentan, interpretan y traducen los textos bíblicos, y, unos siglos más tarde, los cristianos pusieron en un lugar destacado la libertad, aunque con una visión distinta.
Si nos detenemos en el Génesis, por ejemplo, la historia familiar de Adán y Eva, podemos encontrar en ella los tres imperativos básicos de libertad, igualdad y fraternidad. El hecho de que toda la humanidad descienda de una sola pareja implica que todos somos iguales, aunque tengamos rasgos y culturas distintas, lo que compete a la igualdad. Cuando Caín mata a Abel le pregunta a Di-os: «¿Soy acaso el custodio de mi hermano?» y todos sabemos el castigo recibido por no actuar fraternalmente y, por último, la salida de la protección del Paraíso es la señal inequívoca de que el hombre, solo a partir de entonces, sería libre de tomar sus propias decisiones.
Por su parte en el cristianismo la libertad ha sido concebida como «libre albedrío».
Mucho más conocido por las religiones monoteístas es la salida de Egipto. Los orígenes míticos de la mayoría de los pueblos plantean una descendencia y una relación directa con sus divinidades. No sucede así con el pueblo judío, que con orgullo afirma haber sido esclavo en Egipto, y su nacimiento coincide con su liberación. Es cierto que la primera rebelión fue la de Abraham que se liberó de la esclavitud de la idolatría al romper los ídolos de barro que el padre vendía y en los que sus vecinos creían.
Pero, la salida de Egipto es una épica y un canto a la libertad que en profundidad resulta una saga de grandes convulsiones sin las cuales la libertad como acción no hubiera podido llevarse a cabo exitosamente. Se trata, como lo repetirá el filósofo Emmanuel Levinas, de un hecho real que acontece en el mundo, porque la libertad pertenece al reino de lo concreto y es esto lo que necesitamos rescatar si queremos realmente mejorar el mundo. Porque es necesario separar el orden natural del orden humano. La libertad solo se hace presente cuando hay una acción.
En ese camino a la libertad está la entrega de la Tablas de la Ley que son recibidas por el pueblo con la frase «Haremos y (luego) escucharemos» que Levinas toma como punto de partida para conducir a la libertad en la función que le compete cuando se considera prioritario el sufrimiento humano y la injusticia.
A lo largo de los textos judíos, Levinas señala que el judaísmo no creó una religión, sino una ética que es anterior, antecede y se antepone a la filosofía porque se trata de un saber que no proviene del conocimiento, sino de una sabiduría que emana del reconocimiento del «Otro» (que no solo es el prójimo, sino el extraño) por lo cual es piadoso no el feligrés que ora, sino el Justo por su acción.
La relación íntima y necesaria de la libertad con la justicia la ubica en una Ética que nace del descubrimiento de que la expresión del Otro despierta en mí una conciencia de responsabilidad para con él. Mientras que la igualdad es el concepto central de la ideología socialista, la libertad de la democracia, para la Ética debe ser la fraternidad, la menos atendida de las necesidades básicas del hombre que sigue siendo víctima de la violencia y de la guerra, y ella exige responsabilidad, porque urge el logro de la coexistencia pacífica.
Dice el filósofo: «Toda la espiritualidad del mundo reside en el acto de dar de comer al hambriento» y «El hambre del Otro –sea de la carne o del pan– es sagrada…». Cualquier otro sentido de lo sagrado es considerado idólatra. Ver por primera vez y de frente, la faz de otro ser humano es probablemente el primer encuentro con la desigualdad social que existe en el mundo. Esta ética nace en el preciso momento en que me siento obligado a hacer algo por el Otro. (En vez de lo que aconsejaría la conciencia occidental: mira primero quién es, qué es lo que quiere, por qué viene a ti en vez de ir a otro, etc.)
Ahora bien, como la responsabilidad no es fruto del conocimiento, sino de la sabiduría que le proporciona lo que Levinas llama la revelación, la cual es a priori, no solo de la experiencia, como en el caso del Imperativo Categórico kantiano, sino del conocimiento («Harás y escucharás») Esa revelación de la trascendencia del «otro» es la revelación de un orden trascendente sin el cual no habría Cosmos. Lo que habría sería Caos. La revelación me dice «No Matarás» antes de que yo tenga conocimiento de que matar es malo, porque lo precede al punto de que cuando tengo conocimiento de algo, ya antes de él existía el deber ser. De esta manera Levinas contradice al pensamiento occidental cuando afirma que el deber ser antecede al ser. Porque esta consideración implica que la ética es anterior a la filosofía.
La necesidad de actuar sin reflexionar es el acto libre. No se trata del Ser, que es el objeto del conocimiento de la filosofía griega, sino del Hacer (lo que se debe). No es un concepto teórico sino práctico. La libertad es acción.
Levinas se empeña en subrayar que esa conducta anterior al conocimiento de la acción misma no es un síntoma de ingenuidad, ni se trata de inocencia o puerilidad de una conciencia en la que no se ha sembrado aun la desconfianza, sino se trata de la inmediatez de la acción como respuesta. Esta es la prueba fehaciente de que ella es anterior en el tiempo y prioritaria al conocimiento.
Considera Levinas que dicha filosofía moral, basada en la evidencia de la alteridad absoluta y trascendencia del Otro, es el legado del judaísmo a la humanidad. Una libertad difícil porque se entrelaza con la justicia, y la religión que lo propicia es una religión de «adultos». Porque para ser libre no se puede ser ignorante: «El ignorante no puede implantar justicia».
«Cuando escucho una voz que me dice: “No matarás”, una voz que me invita a ser responsable por otro sin recibir recompensa, y acepto la carga por cuenta propia y siento que ello provoca la conciencia de mi identidad como ser para otro, sé que mi responsabilidad es infinita cada vez que se produzca el encuentro».
¿Cuál es esa responsabilidad que precede a todo incluso a mi razonamiento? Es precisamente la responsabilidad de no dejarme tentar por la tentación que me impele a pensar antes de actuar cuando me encuentro con el Otro. Al hacer antes que escuchar, descubro un orden que de otra manera no existiría, y mediante la lectura del texto del Talmud escogido por Levinas para explicarnos con él la singularidad de la Torá, sabremos que de no existir ese orden el mundo no habría podido existir.
La intención de Levinas es revelar el daño y el horror que ha supuesto aferrarse como lo hace la filosofía al conocimiento, es decir, a la conceptualización: «Es verdaderamente tentador estar simultáneamente fuera de todo y participando en todo. La tentación de las tentaciones es considerar que el conocimiento es prioritario y no la acción. Esa tentación comienza por un ego que se está involucrando, pero continuamente se asegura a sí mismo que no está comprometido.
Formar parte de la historia pero no responsabilizarse por ella.
En este orden de ideas, «la filosofía puede ser definida como la subordinación de todo acto al conocimiento que se tiene de él». El acto pierde su inocencia y su generosidad. De ahora en adelante solo se presentará después de haber calculado cuidadosamente su pro y su contra. Ya no será libre, generoso. No dejará ya al otro en su otredad, sino que lo incluirá en lo que se ha dado por llamar la perspectiva histórica, como el horizonte del todo. Allí surge la incapacidad de reconocer al otro como otra persona, como fuera de todo cálculo, como vecino, como el primero en llegar.
En vez de aferrarse a lo que es verdadero, la conciencia es la urgencia de un destino que conduce a la otra persona y no el eterno regreso al yo.
Con esta explicación Levinas trata de traducir la sabiduría talmúdica al lenguaje occidental. La ética es metafísica, porque alude a una relación con un mundo trascendente que no pertenece al orden del mundo positivo en el que el hombre habita «un mundo entregado en sus reflexiones, metáforas y signos a la lectura y a la ciencia, verdades que vienen de otra parte, pero ¿de dónde? Y fechados de acuerdo con una “cronología” llamada historia sagrada» (Revelación en la tradición judía, en el libro Beyond the verse (más allá del versículo).
Levinas, con estas reflexiones, hace más accesible el judaísmo al intelectual de hoy, y tiene la esperanza de que el Holocausto no haya sido el principio del fin, sino el estímulo necesario para que la humanidad cambie de rumbo.
Él nos recuerda que el enfoque particular judío solo lo es en la medida en que procede de ese pueblo, pero es universal porque la responsabilidad es universal e infinita, la única vía que podría ofrecernos la redención que creemos cada vez más lejana sumergidos como estamos en el escepticismo de la postmodernidad.

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