La poética judía en DORA POSTERNAK, Por el Doctor Alberto Osorio Osorio

Por el Doctor Alberto Osorio Osorio

La poética, que no la poesía. En efecto, ya los pensadores helénicos distinguieron semánticamente entre el poieo y el nous poetikos, la inteligencia que produce el verso, el espíritu que se exterioriza en la palabra bella.

No ha habido época de la historia judía en la cual no hayan surgido personalidades sobresalientes en versificación. Es que las experiencias religiosas, los pensamientos y circunstancias son incapaces de manifestarse en el discurso lógico, en la trama especulativa. Por el contrario, la religiosidad y los temas que les son propios solo encuentran en la poesía, en la metáfora, en imágenes y palabras elevadas la hondura del alma, la cercanía de Di-os, un nivel muy especial de espiritualidad.

Dora Posternak une su nombre y su subjetividad a los nombres antiguos y actuales que han descollado en la producción literaria judía.

Sus rasgos biográficos –aquí sucintamente presentados– dibujan la parábola de su existencia que busca, que encuentra, que ama: nacida en Uruguay, llega a Israel en plena juventud y es admitida en el kibutz religioso Ein Zurim.

Luego se gradúa de enfermera pediátrica en Jerusalén. Contrae nupcias con Jacobo Zebede Zakay, panameño, y su primer hijo Yosef nace en Israel.

Ya su vida queda para siempre vinculada al país del istmo, donde poste-La poética judía en DORA POSTERNAK Doctor Alberto Osorio Osorio riormente se radica y sirve en el Instituto Alberto Einstein, durante más de veintisiete años. Dos hijas, Marcela y Naomi, completan el hogar y residen actualmente en Israel.

Así, al paso de los años, consagrada a los suyos y al trabajo, la poesía de Dora va brotando espontánea, límpida, pletórica de sugerencias y mensajes.

La copiosa producción ostenta los siguientes títulos: A ti, Jerusalén (1969); Cantos verdes (1971); Los cardos de mi bolsillo (1973); Cuando hay algo que decir (1974) y Piedras sobre piedra (1976). Las cuatro primeras obras son editadas en Panamá y la última en Montevideo. Cinco peldaños que conducen a una eclosión poética posterior: Para ti, Jerusalén (1984); Gotita a gota (1985), publicada en Buenos Aires; Y… el bosque (1993), editada por el Instituto Nacional de Cultura con un prólogo de quien estas líneas escribe. Como podemos observar por los sugestivos títulos, Jerusalén e Israel son los dos grandes ejes; temas recurrentes como lo expresa la dedicatoria del fino poemario Cuando hay algo que decir: «Para ti donde te encuentres, Israel».

En uno de sus versos clásicos exclama que Israel dejó de ser un sueño milenario, una quimera inalcanzable:

Quiero vivirte en cada aurora, en cada piedra, en cada estrella Dora es auténtica y profundamente religiosa. El libro al que aludo contiene una sección titulada En la sinagoga. La integran seis poemas de inigualable sensibilidad; yo diría que pertenecen al ámbito de lo místico, de lo inefable.

Leamos y reflexionemos:

Hay algo cercano al éxtasis a mi alma o a ti En su oración de Yom Kipur indica que los perdones divinos son cortos, enormes, largos o pequeños, y que nos aproximamos a la Presencia agobiados y cargados de temor, pero con confianza.

A mi juicio, la poesía sinagogal que nace en el silencio y la penumbra del recinto sagrado es extraordinariamente emotiva y estremece:

Las manos se extienden en señal de querer tocar la palabra y regresan a los labios besando tu nombre Dora Posternak ha ido por muchos recodos del mundo; pero, siempre otea un horizonte, la meta, la cumbre, un objetivo del peregrinaje secular:

Y los recuerdos se desatan y se llegan hasta otro día el viento, frío y humedad entonces me acuerdo de ti: Yerushalayim ¡Jerusalén! Con toda la connotación espiritual e histórica de la capital del judaísmo, del pueblo de la Diáspora, del país renacido.

Existen una Jerusalén geográfica y otra del alama judía, del suspiro de la Hatikvá. Ambas se funden en un solo punto focal donde las oraciones, pesares y esperanzas se orientaron durante largas centurias. Jerusalén tan lejos y perpetuamente viva, en la remembranza y el deseo insistente, inclaudicable de volver.

Tres mil años de haber sido fundada por David; dos mil años en espera del retrno; sesenta y dos años del restablecimiento; cuarenta y tres de reunificación.

Corrí por tus calles bajé a tus mercados a la colina más alta trepé y el eco repetía y repetía en un grito mi voz aquí estoy, aquí estoy ¡Mírame, soy yo, tu primogénito regresó! Cómo me recuerdan los versos sobre Jerusalén el versículo del salmo 137: Al rosh simjatí, la cúspide de mi júbilo, la cumbre suprema de todos los anhelos.

Para Dora existen dos elementos que se conjugan cual injerto nuevo en el olivo añejo: el aquí y ahora de la existencia y un sentir muy judío que se plasma en palabras selectas. Ella misma nos lo afirma: «Al leer se entiende que lo escrito es resultado de la interacción de ambos factores».La historia del pueblo y en esta, la historia de Dora.

Inmersa en ambas coyunturas, añade sin ambages: «Escribo cuando siento necesidad de escribir». La poetisa guarda numerosos poemas inéditos preñados de valores, recuerdos y motivaciones que solo ella y su entorno más allegado han sentido y compartido. Agradezco que me haya permitido asomarme a su «tesoro» y que haya abierto el cofre de reminiscencias vívidas.

Uno de esos instantes, cuando la voz enmudece y el corazón sufre dolores indecibles fue el da la partida de su madre, madre judía en la acepción total del vocablo, Éshet jáyil como la define el libro de Mishlé (Proverbios).

En el duelo, Dora redactó esta endecha:

En mi ausencia, a Tzipora.

El rumor de sus alas aún me llama mi madre era un pájaro herido un instante olvidó que era pájaro que debía alejarse volando.

Se creyó mariposa y se fue esa noche de viernes en el espiral de la llama cuando encendieron las sabáticas velas una noche de principios de marzo cuando en Jerusalén todavía florece el almendro que cubre los llantos.

Ella se fue
y yo no estaba
El rumor de sus alas
aún me llama.

Nada soy capaz de comentar; únicamente mi homenaje en silenciosa meditación. Estamos ante una muestra, un apenas de los versos que la imprenta espera para añadirlos a su obra y enriquecer a sus lectores.

Del año 2006 es el verso que transcribo íntegro:

El amor no está en el tiempo
Nadie te dijo
que el amor no está en el tiempo
y ahora
buscas en la ida
las horas que se fueron
corres tras el amor en infinito y vives al borde
siempre al borde la dicha y de sus caminos.
El otoño ya llegó con sus días
agradables y un poco tristes
ya se acercan los fríos y las nieves
y aún crees que mañana
comenzará un mañana
Que aquel amor ya se acerca, ya se acerca
y te encierras en tu encierro
y te condenas en el espejo de tu almohada

Hace ya varios años, Dora, su esposo e hijas hicieron aliyá a Israel. Cuando le pregunté qué significa vivir en el país que renació del antiquísimo sueño judío, respondió sin vacilar:

«Como judía, un deber».

Lo que parecía imposible en nuestros días
es real y concreto; la patria está ahí esperando a
sus hijos dispersos. Israel es para los judíos. Si
invertimos la fórmula, la conclusión será siempre
la misma: los judíos son para Israel. Bien lo
ensañaron los sabios: subir a Israel equivale al
cumplimiento de todas las mitzvot.

Paralelos a la poesía, hay cuatro o cinco cuentos breves basados en episodios reales. De forma magistral, Dora va recreando los días, momentos y lugares donde ocurrieron. Uno solo nos sugiere la tónica: el recuerdo de don Joshúa, el adolescente que salvó la Torá del fuego cuando se desató un pogromo en Polonia.

Idea concomitante, traigo a la memoria los últimos instantes del rabino martirizado por los romanos: el pergamino se quema, pero las letras vuelan. Poemas y cuentos están impacientes para transformarse en libros. Idénticos y otros mensajes llegarán hasta nosotros. Me retiro de la entrevista –¿qué estoy diciendo?– de la hermosa sesión literaria henchido de gozo.

En el quehacer cotidiano, ora en Israel, ora en Panamá, al lado de su esposo, de sus hijos y de sus nietos que son la nueva primavera, Dora sigue escribiendo, entregando el verbo en flor con la certeza de que ha cumplido su deber en el hogar y en la comunidad, como dijera el poeta hispano Abraham Ibn Ezra:

En la ley de Di-os me aplicaré toda mi vida esperando que el Señor me conceda su galardón Considero que el premio ya ha sido dado y tiene nombres propios, su descendencia y en el regalo espiritual que nos irradia y nos edifica.

El mismo bardo Ibn Ezra asegura que en la magnitud de sus bondades «vemos» al Eterno. Me siento honrado de contar con Dora, Jacky y los suyos como amigos inigualables. Vibramos en la misma fe, compartimos valores que nunca pasan, atesoramos una historia distinta y común, somos vástagos de un pueblo cansado de andar que ha plantado su viña en el viejo solar y ahora reverdece con firme promesa de continuidad bajo el dosel de la paz.

Por medio del verso, Dora ha expresado sus senderos de ayer, la luz de hoy de Di-os y de que la simiente de Israel, personificada en los suyos, se enraiza en la Tierra de nuestros padres de acuerdo con la promesa tantas veces reiterada en Bereshit: ¿No te ha contado en qué día nos reunirá en su seno?

Canta conmovida y con firmeza trascendente. Buber, Bialik, Agnón, Canetti y Oz discurren por similares rutas, entre el poema y el cuento de trasfondo religioso. Dora Posternak, desde su medio, está cerca, muy cerca del aura poética de aquellos personajes clásicos de las letras judías contemporáneos.

Ritmo y no necesariamente rima métrica, la cadencia interior de sus poemarios nos tocan tan profundo que trasponen el Zman y Makom, el tiempo y el espacio, adquieren vigencia pese a los años que se esfuman y vienen hasta nosotros lozanos porque sus temas ejes son para siempre.

Lo poetisa ha derramado su alma. A nosotros nos corresponde admirarla sí; pero, también actualizar sus conceptos y llevarlos a nuestra propia vivencia y esperanza.

Yo cambio todo el bien de Sefarad por abrazar las ruinas del Santuario, suspiró el rabí toledano. Con él, Dora repite:

¡Oh, muro, es así que aún hoy te siento en mis venas!

En retrospectiva, Dora miró el pretérito con nostalgia; pero, percibe que la hora de la gueulá ya está a nuestras puertas. La fe acelera la historia, la fe personal de Dora, la invencible de su y nuestro pueblo. La religión, como la poesía, son trans-historia, pues sus contenidos sobrepasan la caducidad. Al combinarse los acentos respectos son perennes y vencen el transcurrir de las edades. Es exactamente lo que Dora Posternak ha hecho de su poesía y de su fe judía que ostentan el sello de la eternidad.

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