«El poeta no tiene que servir a ninguna autoridad», el autor habla de su obra literaria

Me identifico como escritor hebreoisraelí. Israelí por vivir los últimos sesenta años en este país precioso y atormentado, y formar parte de sus realidades, sean las que sean, y hebreo, por ser mi idioma diario y mi lengua de creatividad artística. Es la lengua que mejor conozco y que prefiero más que todas las otras. Si no fuera el hebreo, la otra lengua que elegiría yo como poeta sería el español con su patrimonio poético riquísimo, y no el ladino, que fue «la primera lengua que me tocó hablar»…

Creo que comencé a escribir poesía allí en 1953-1954; pero, sólo en la segunda mitad de los sesenta lo escrito adquirió algo que puede llamarse artístico, es decir, los primeros diez o doce años sirvieron de aprendizaje… Creo que el poeta no tiene que servir ninguna otra autoridad y el que subordina su poesía a la religión, al nacionalismo, a la política, etcétera, comete un error fatal, moralmente y artísticamente. Ya lo sé que muchos lo hacen y varios escritores israelíes van deambulando en el mundo y andan «solucionando los problemas del Medio Oriente y del mundo», dándose aires como si fueran políticos…. Cosa fea y, además, –desgraciadamente– patética… Los políticos en todos los países jamás hablan de la poesía y poco, muy poco, aprecian a los artistas. Vivo en un kibutz que pertenece a la izquierda extrema y conozco muy bien su ideología errónea en este caso. El que me quiere a mí para servir a su «causa» no puede ser mi amigo, no respeta mi integridad, mi libertad y mi orgullo de ser poeta independiente. Siempre me he alejado de todo tipo de establishment, sea de derecha, de izquierda, organizaciones semiétnicas y otras plagas.

No idealizo nada y no tengo nostalgia hacia el pasado sefardita, judío o cualquier otro pasado… Uno tiene que decir la verdad en su poesía y ponerse duro consigo mismo y con sus más queridos, doloroso según resulta ser. En otras palabras, la poesía es antes de todo una forma de vivir, un camino para formar cada individuo su cosmovisión y su «país prometido». Yo puedo entender algo solo cuando lo escribo, porque en el acto de escribir uno no se puede esconder detrás de los mecanismos de defensa, que utilizamos en nuestra vida cotidiana… La poesía y la literatura no me deben nada, yo les debo todo. Me han dado mi identidad y mi forma de vivir. La sociología o la política de la vida artística con sus «nombres conocidos», sus premios, decoraciones y honores y sus estrellas de televisión, lo confieso, ni me hacen frío ni me hacen calor…

Si he hablado y si vuelvo a hablar en mi poesía del pasado en Turquía o en Israel fue y sigue siendo para recuperar la memoria «de los vencidos», como acto de rebelión contra los esfuerzos tiránicos de los poderosos que siempre y en todas las sociedades, desean paralizar la memoria, estropear la identidad de los «inferiores» (sean judíos, armenios, «orientales», gitanos, indígenas u otros. Nunca les faltan las víctimas…).

No creo en razas y muy poco en «naciones» o Estados políticos; pero, sí creo en culturas o civilizaciones. Todas conocen todo lo humano y todo lo espiritual; pero, no están de acuerdo en dar la misma importancia al mismo valor, por ejemplo las civilizaciones orientales conocieron la curiosidad científica; pero, no la valoraron como en la civilización europea. Otro ejemplo que tiene relevancia en la actualidad: el papel del poeta en la cultura árabe fue y sigue siendo bastante distinto del papel del poeta hebreo en su sociedad. Otro obstáculo: la autocrítica muy arraigada en ámbito hebreo y que es hasta hoy día casi un tabú en el ambiente árabe musulmán… Resulta que el diálogo entre ambos suele ser un fracaso cuando no un intercambio de eslóganes falsos y de mentiras, todas políticamente «correctas».

La poesía es dar testimonio frente un tribunal duro y sin piedad. He escrito unos pocos poemas sobre agricultura; pero, estos se nutren de veinte años (1979-1999) de trabajo físico duro en la plantación de mi kibutz. Esta estancia o vivencia muy importante en mi vida resultó en introducir un matiz panteístico dentro de mi poesía. Otra vivencia importante, también de casi veinte años (1973-1992) que marcó mi personalidad y mi poesía, fue el de servir como «Vigía de largas distancias» (como soldado-reservista, cada año un mes de servicio). No me refiero del todo al aspecto económico de la agricultura y no al aspecto politicosocial del servicio militar. Me refiero a la convivencia entre los árboles y en el desierto a lo largo del Jordán y el mar Muerto. Soledad en las atalayas desérticas que conducen a comprender la dimensión misticapanteísta del ser humano y del mundo.

Por esto me gustó mucho saber que después de dar un recital poético en la parroquia del Olivar (iglesia y centro cultural de los monjes dominicos, en Madrid), el grupo Fe y Arte, que se convocan allí, se llaman ahora «Vigías de largas distancias». Lo tengo claro: no hay que perder la fe en la poesía y en los artes que siguen siendo hoy día, ellos y no las religiones establecidas: el verdadero refugio de lo sagrado… Mis oyentes allí han interiorizado perfectamente que hasta la ocupación más secular y terrenal conlleva aspectos verdaderamente espirituales. No por casualidad Ignacio de Loyola fue militar… No, no me considero jesuita todavía; pero, he leído con mucho interés y curiosidad su libro sobre los Ejercicios Espirituales y fui, por un ratito, huésped del seminario jesuita de Bilbao… nada humano tiene que ser ajeno al poeta, todo el tiempo que nos podamos encontrar como iguales, como mundos paralelos y libres. Nada de superiores contra inferiores… esto tal vez les sirve a algunos políticos o funcionarios religiosos, nunca a los poetas verdaderos que siguen siendo la verdadera y la maravillosa cofradía de los caballeros soñantes y de triste figura…

Quiero cruzar un río

No me apartéis de la luz tenue.
Con mi propia piel espero palpar el cuidado,
el amor que es fuente que mana.

Respirar libertad en una inspirada acción:
quiero cruzar un río. La angustia
me arrastra al torbellino. No me dejéis
naufragar maniatado, enmudecido.

Nudo de nervios, cuerpo y alma
agobiados yo y mis íntimos alacranes,
yo nido de ofidios.

Un alma culpable sacrifica mi cuerpo.
Mirad cómo va cortejado a su agonía,
besando el azote como el perro atado
que ama a su torturador, a su amo.

Shlomo Avayou. Escrito en 1982
Traducido por el autor.
Poemario Cambio de piel en Estambul (antología personal).

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