ANDANZAS DE UN MARROQUÍ en los llanos del Guárico, Por María Soledad Hernández Bencid

Por María Soledad Hernández Bencid, Universidad Católica Andrés Bello – Caracas
El siglo XIX se acerca a sus postrimerías, y como en todo final de centuria, los presagios y malos augurios están a la orden del día. La prensa diaria comenta las diversas profecías que hacen referencia al fin del mundo.

Sentencias van y sentencias vienen, y, sin embargo, el siglo XX inicia inexorablemente su largo camino.
El mundo se apresta a recibir el nuevo siglo de manera particular. Como consecuencia de las grandes transformaciones ocurridas en los siglos anteriores, se pone de manifiesto la diversidad demográfica, territorial, económica y cultural que engendra los conflictos que afloran más adelante y marcan la vida de la humanidad.

El fin de las monarquías absolutas, el surgimiento de los nacionalismos exacerbados que desembocan en el imperialismo, las políticas coloniales, el auge económico, marcan el inicio de la primera conflagración mundial.
En el continente americano, países como los Estados Unidos luchan por el desarrollo de una identidad propia y de la mano de McKinley y Roosevelt intensifican la expansión imperialista hacia Centro y Sur América, interesados en nuevos mercados y fuentes de materias primas.
Al norte de la América del Sur y, específicamente en Venezuela, la situación política, económica y social no difiere del resto de los otros territorios que otrora fueron colonias de España y que alcanzan su independencia, la gran mayoría, en las primeras décadas del siglo XIX.
Venezuela es un país marcado por el centralismo político, las luchas entre caudillos, el atraso, el analfabetismo, la miseria, las endemias y un sinnúmero de calamidades que hacen poco promisorio su futuro.

A pesar de este cuadro socioeconómico tan desalentador, diversas corrientes migratorias ingresan al país dedicándose fundamentalmente a actividades artesanales y comerciales. Las estadísticas, en su mayoría inexistentes e imprecisas, señalan que durante el régimen guzmancista (1870-1888) ingresan al país unos 30 mil inmigrantes aproximadamente.
Para 1891, la cifra asciende a 38 mil correspondiendo un 49,4% a españoles canarios y peninsulares.
Este grupo de inmigrantes españoles, está compuesto por un importante número judíos marroquíes, procedentes de la Provincia de Tetuán. Tal y como lo señala el doctor Moisés Garzón Serfaty:

Al ampliarse sus posibilidades de trabajo por sus nuevos conocimientos, se les abrieron nuevos horizontes en los que probar fortuna, lo que produjo una emigración a distintos países, en especial a los del Nuevo Mundo y con preferencia Argentina, Brasil y Venezuela. 1
Los que escogen a Venezuela como destino, se ubican en la zona centro-norte costera ocupando diversas ciudades y poblados como Caracas, La Guaira, Puerto Cabello, Río Chico, Villa de Cura, Barquisimeto, las ciudades orientales de Carúpano y Barcelona y los llanos de Apure y Guárico.
Algunos apellidos, de este nuevo grupo de inmigrantes son mencionados por el Dr. Garzón: Levy, Cohén, Taurel, Benacerraf, Sabal, Ettedgui, Pariente, Coriat, Benshimol, Bendayán, Sananes, Benzecri, Pinto, Benmergui, Benaím, Pilo, Carciente, Benarroch, Roffé… 2
Los Bencid llaneros
A esta larga lista de apellidos, hay que agregar sin duda, los Bencid Garzón, quienes llegan al país en la última década del siglo XIX. La referencia específica de esta reseña, es a mi abuelo materno Abraham Levy Bencid Garzón.
Los hermanos Bencid Garzón, judíos sefardíes, nacidos en Tetuán, provincia de Marruecos y protectorado español para ese entonces, arriban a estas tierras olvidadas de Di-os, huyendo de la guerra, de los conflictos religiosos y en busca de mejores perspectivas de vida.

Jacobo, Isaac, José, Luna, Estrella y Abraham, hijos del rabino Levy Bencid y de Simona Garzón, llegan al país sin la compañía de sus padres y se instalan inicialmente en Caracas, apoyados por algunos paisanos. Posteriormente se trasladan a los Valles de Aragua donde se dedican al comercio en la próspera ciudad de Villa de Cura.
Por razones comerciales o tal vez de amoríos, el abuelo «Abramito», como cariñosamente le llaman sus familiares y amigos cercanos, se independiza de su hermano Jacobo, e instala una tienda de mercancía seca (telas, zapatos, almohadas, alfombras, etc.) ubicada en la calle Real de la población guariqueña de San Juan de los Morros.

Los días transcurren lentamente en esta calurosa y apartada población. Cuando el negocio comienza a dar sus frutos, contrae nupcias, bajo la figura de matrimonio mixto, con Rosalía Olivo, de religión católica y natural de San Juan de los Morros.

De esta unión, nacen dos hijos varones: David y Augusto. Tiempo después fallece Doña Rosalía y en la década de los 20, el abuelo Abramito se casa nuevamente, esta vez con Florinda Olivo Orta, sobrina de su anterior esposa, quien al igual que esta, profesa la religión católica y es oriunda de San Juan de los Morros.La abuela Florinda se hace cargo de la crianza de los dos menores, quienes se integran a una familia que comienza a crecer.
De la unión con el abuelo nacen cuatro hijos, dos hembras y un varón: Stella, Piedad, Flora y Alfredo. De sus días de comerciante en los llanos de Guárico, sus allegados lo recuerdan como una persona simpática y conversadora. Afable de carácter y muy amigable. Hombre generoso que gusta compartir y celebrar con vecinos y allegados cualquier fecha importante que así lo requiriese. Su vida transcurre de forma plácida y sencilla. Para escapar del insoportable sol y calor guariqueño, acostumbra a sentarse, todas las tardes, a la sombra de un samán en una silleta de cuero a la entrada de su negocio.

Allí conversa con transeúntes, clientes, amigos y conocidos. Judío de religión y de corazón, comparte en Venezuela con sus hermanos sefardíes las desventuras de sus antepasados, quienes son expulsados de España a los territorios de África del Norte.
Se mantiene cerca de su gente, cumple al pie de la letra con sus preceptos y obligaciones, viaja constantemente a Caracas y asiste a la sinagoga ubicada en el sector de El Conde, con la regularidad que su religión lo exige.

Una mañana del mes de mayo de 1942, a la edad de 57 años, muere en la ciudad de Caracas el abuelo Abraham Levy Bencid Garzón. Sus restos reposan en el Cementerio hebreo ubicado en el Cementerio General del Sur, en Caracas.

A casi 70 años de su desaparición física, estas escasas líneas representan una especie de tributo y reconocimiento a aquel muchacho que junto a sus hermanos comienza a andar en estas tierras lejanas, sin olvidar su origen noble y estoico que los identifica con un pueblo que a lo largo de la historia ha mostrado al mundo la madera de la cual está hecho. el abuelo Abramito se casa nuevamente, esta expulsados de España a los te rritorios de África del Norte.

Se mantiene cerca de su gente, cumple al pie de la letra con sus preceptos y obligaciones, viaja constantemente a Cara cas y asiste a la sinagoga ubicada en el sector de El Conde, con la regularidad que su religión lo exige mayo de 1942, a la edad de 57 años, muere en la ciudad de Caracas el abuelo Abraham Levy Bencid Levy Bencid.
Notas:
1 Manuel Landaeta Rosales, Gran Recopilación geográfica, estadística e histórica de Venezuela, Caracas, Banco Central de Venezuela, 1963, 2 volúmenes.

2 Moisés Garzón Serfaty, Aporte de los JUDÍOS MARROQUÍES a Venezuela, En: Maguén-Escudo, N° 154, enero-marzo 2010, Revista Trimestral de la Asociación Israelita de Venezuela y el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, p.60
Ibidem
3 La información presentada aquí, fue suministrada por Félix Hernández Castillo, mi padre, viudo de Piedad Bencid de Hernández, mi madre, y Stella Bencid de Aguilar (tía) única sobreviviente de la familia Bencid Olivo.

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