Una semblanza de Chocrón

Discurso en la AIV a propósito del mes de su fallecimiento

Una semblanza de Isaac Chocrón (Z’L)
Abraham Levy Benshimol
Cuando los reyes católicos Fernando e Isabel firmaron el Decreto de Expulsión de los judíos en la Sala capitular de la Alhambra de Granada, el 31 de marzo de 1492, pusieron fin a mil años de vida judía en España. Los expulsos se dispersaron por los cuatro confines del mundo; parte de ellos atravesó el estrecho de Gibraltar y se asentó principalmente en las ciudades costeras del reino de Marruecos como Tetuán, Tánger, Larache, Arcila y otras. Posteriormente dieron origen a las comunidades judías de Melilla, Ceuta y Gibraltar.
Los judíos sefardíes vivieron durante varios siglos en el norte de África en condiciones no siempre favorables. En el caso de Melilla, la comunidad judía de esa ciudad creció a partir del siglo XIX, y, ya en 1905, los judíos representaban el 21,49% de la población de este enclave español.
El 21 de septiembre de 1901, nació en Melilla Elías M. Chocrón, en el seno de una familia judía sefardí. A los veinte años tomó el mismo camino de muchos de sus correligionarios: “hacer la América” y, partió hacia Venezuela, a donde llegó en 1921. Aquí comenzó a trabajar con su tío paterno Rubén Chocrón, quien poseía un establecimiento comercial en Maracay. Con el tiempo se independizó y prosperó en sus negocios. Se casó con Estrella Serfaty y de esta unión nacieron tres hijos: Mercedes, Isaac y Mauricio.
Isaac nació en Maracay, el 25 de septiembre de 1930 en una casona de la Avenida Bolívar. En la capital aragüeña pasó sus primeros años de vida e inició sus estudios primarios. El temprano divorcio de sus padres y la forma como ocurrió causó una profunda impresión en Isaac. Como sus tíos Elías Ettedgui y Rosa Serfaty, hermana de su madre, también se divorciaron, los dos grupos familiares comenzaron a vivir juntos. Esther Ettedgui, su prima hermana, a la que llamaba Titonga cariñosamente, llevaba la casa común, pese a su corta edad. Para él fue madre, hermana, amiga, compañera.
La ausencia de la madre fue causa de una infancia triste, al respecto Isaac comentó: “En parte quizás, porque mi padre y mi madre se divorciaron en condiciones un poco escandalosas. A ella no la conocí. No viví nunca con ella”. Años más tarde confesó: “Además, fui un niño de una infancia muy triste por todos los líos entre mi papá y mi mamá…El divorcio de papá y mamá fue terrible, más nunca en su vida se hablaron, ni tuvieron que ver el uno con el otro”.
Cuando la familia se trasladó a Caracas en 1937, completó su educación primaria en la Escuela Experimental Venezuela. En 1943 ingresó al colegio América para dar inicio a sus estudios de bachillerato; completados los dos primeros años de estudio, su padre decidió enviarlo a estudiar inglés en el curso de verano en Bordertown Military Institute, en Bordertown, Nueva Jersey. Allí continuó sus estudios hasta 1948. Su formación académica la completó en Norteamérica, pasó cuatro años en la Universidad de Syracuse donde, en 1952, obtuvo el Bachelor of Arts con mención en Economía. En 1954, finalizó la maestría en Asuntos Internacionales en la Universidad de Columbia en Nueva York. Se marchó a París, donde pasó un tiempo y allí tomó conciencia de su condición de venezolano y sintió la necesidad de hacer algo útil por su país. Más tarde lo relató así: “ […] me di cuenta que no podía seguir evadiendo ese toro que estaba en mi mente: Una Venezuela que yo rechazaba, porque pensaba que era un país de salvajes […] al día siguiente, comencé a pensar seriamente en mi regreso”.
A los 24 años, regresó a Venezuela y, de inmediato, comenzó a trabajar en el Ministerio de Relaciones Exteriores con el cargo de jefe de Servicio de la Dirección de Política Económica. Se desempeñó con brillo en su trabajo y obtuvo una beca del British Council, se marchó a la Universidad de Manchester, donde se graduó en 1960 de doctor (PhD) en Desarrollo Económico.
Isaac permaneció en importantes cargos de la administración pública venezolana, pero en 1969 decidió dejar su empleo y dedicarse de lleno a lo que era su verdadera vocación: el teatro. Ya para esa fecha tenía varios títulos en su haber, entre ellos sobresale Animales feroces que, en 1963, obtuvo el Premio Ateneo de Caracas a la mejor obra del año y, posteriormente, en 1964, el Premio Ana Julia Rojas.
En 1967, produjo Tric Trac, con la cual se dio inicio a las actividades de El Nuevo Grupo, creado inicialmente por Isaac, Miriam Dembo y Román Chalbaud y del cual fue director hasta 1985.
La aparición de El Nuevo Grupo está considerada como un hito importante en la historia del teatro en Venezuela. La relevancia y trascendencia del mismo ha sido resumida acertadamente por Victoria Di Stefano: “El Nuevo Grupo se convirtió no sólo en centro de gravedad de la modernización y florecimiento del teatro profesional en Venezuela, sino que, además, desde la fecha de su fundación hasta bien entrados los ochenta, se constituyó en laboratorio y escuela de formación para todos los implicados en el hecho escénico: directores, autores, actores, decoradores, técnicos, artesanos, productores, críticos, tanto para dividir la historia del teatro venezolano en antes y después del Nuevo Grupo, como para que los amantes del teatro en Venezuela hayan contraído una profunda y duradera deuda de gratitud con todos ellos”.
En 1969 O.K. llenó la sala Alberto de Paz y Mateo durante seis meses y medio, algo inusitado en Caracas para una obra de teatro. Fue traducida al inglés y presentada con gran éxito en Nueva York, Washington y Londres.
La década de 1970 fue una etapa de rica productividad para Isaac Apareció La revolución, considerada como obra cardinal del teatro venezolano, la cual repitió el éxito de O.K. La máxima felicidad y El acompañante, aparte de otras producciones, completaron los estrenos de esta etapa. En cuanto a estas obras baste decir que la primera tuvo más de cien representaciones en Ciudad de México y la segunda se llevó todos los premios del año 1979: el otorgado por el Conac, el del Concejo Municipal y el Juana Sujo.
Durante todos los años finales del siglo XX y los que dieron inicio al nuevo milenio, Isaac mantuvo intacta su vena creativa. Nuevos y merecidos éxitos se sumaron a la obra ya escrita. Público y crítica dieron su aprobación a la sus nuevas creaciones literarias que añadieron riqueza y variedad al imaginario de Isaac. Sin mencionarlas a todas ellas, cabe señalar a Mesopotamia que recibió el premio Conac correspondiente a 1980, y a Solimán, el Magnífico, estrenada en 1991, traducida a varios idiomas incluyendo el hebreo. Para su estreno en Israel, Isaac viajó especialmente a ese país, ocasión que le permitió dictar un Taller de Dramaturgia en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Tres de sus obras: Animales feroces, Clipper y Tap dance, constituyen la llamada trilogía familiar debido a que tocan el tema de su familia. Para el momento en que escribió la última de ellas, Tap dance, todos sus familiares directos, lo que él llamaba “la familia heredada”, habían fallecido. La obra recrea nuevamente la interacción de Isaac con sus familiares y muestra la reconciliación del autor con su familia. Al respecto, dijo Isaac: “Al escribir sobre los seres queridos muertos, éstos se mantienen vivos, pues al representar una obra en cualquier lugar, en cualquier país, viven de nuevo”. Quizá aquí resida una de las maravillas del teatro, como lo señaló Isaac: “El teatro es la esencia de lo humano, porque cuando nace una criatura y comienza a caminar o a hablar, lo que hace es imitar. El niño es totalmente imaginativo, en la escuela aprende a convivir. La escuela apaga el deseo de ser comediante, salvo en algunos, que son los que hacemos teatro”.
Aparte de escribir novelas y obras de teatro, Isaac incursionó con éxito en el campo del ensayo, la mayoría de ellos dedicados a la cuestión teatral.
También se destacó como docente, estuvo entre los fundadores de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela. Su magisterio duró veinte años, hasta su jubilación en 1998. Fue director de la Escuela de Artes entre 1996 y 1998 y actuó como profesor invitado en varias universidades norteamericanas, en la Universidad Simón Bolívar de Caracas y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Ya jubilado, recibió de la Universidad Central de Venezuela el Doctorado Honoris Causa.
Además de ser un talentoso escritor, Isaac siempre fue un excelente administrador, producto de su formación profesional como economista. Ya mencionamos que fue director de EL Nuevo Grupo. Al constituirse, en 1977, la Asociación Venezolana de Profesionales del Teatro, fue elegido como primer presidente, cargo que desempeñó durante dos años.
Cuando en 1984, le ofrecieron la dirección de la recién creada Compañía Nacional de Teatro, decidió aceptar, aduciendo entre otras razones: “…la responsabilidad civil de hacer lo que públicamente pueda por el lugar del mundo donde uno vive”. En todo caso, aceptó éste y otros cargos administrativos, como parte de su compromiso con la sociedad venezolana, pero sin la idea de eternizarse en ellos. Esta es la razón por la que, en 1989, dejó la dirección de la Compañía Nacional de Teatro donde realizó una estupenda labor tanto en la selección de la programación como en la conducción de la compañía.
A lo largo de su vida Isaac permaneció fiel al judaísmo, la tradición religiosa heredada. Siempre se consideró tradicionalista y le gustaba celebrar las grandes fiestas judías, de acuerdo al recuerdo de su infancia y a la práctica religiosa que conoció de su padre. Cada vez que se acercaban las fiestas de Rosh HaShaná y Yom Kipur me llamaba por teléfono para que tratara de obtenerle un asiento cercano al mío en la sinagoga, así podíamos departir en los momentos de descanso de los largos rezos. Cuando escaseaban las granadas en Caracas en Rosh HaShaná, las proveía de sus matas a la sinagoga Maguén David, fundada por su padre.
En cuanto a como se veía a sí mismo como judío afirmaba que: “…se puede ser leal ciudadano y al mismo tiempo judío practicante”, definición que comparto plenamente. También sostuvo en el homenaje que le rindió la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV), en el año 2000, que: “Ser judío ha sido mi primigenia seña de identidad”. Y, en la inauguración de la Segunda Semana Sefardí de Caracas, manifestó su compromiso con el judaísmo de esta manera: “Haber nacido en Israel, ser israelí, es un hecho. Ser judío venezolano es una opción y esta facultad de elegir implica un compromiso. Parte de este compromiso, creo yo, es la búsqueda y precisión de nuestro pasado tanto como los objetivos futuros que mantengan vivo y válido dicho pasado”F.
Al referirse en una ocasión a la comunidad judía de Venezuela, expresó lo siguiente: “Yo estoy muy agradecido, pues de un tiempo para acá la comunidad ha comenzado a respetarme, a apreciarme, a ser público fiel de mi trabajo y a hacerme grandes deferencias. Cada vez que me llaman para cualquier cosa con mucho gusto lo hago”…). Creo que estaba en lo cierto en esta apreciación, pues para nosotros siempre fue motivo de orgullo contarlo entre nuestros miembros.
A la pregunta que le hicieran en una entrevista ¿Qué hay de judío en su obra?, respondió: “Si vemos la totalidad de mi trabajo, no hay mucho. En mis novelas aparte de Rómpase en caso de incendio, no hay nada que trate sobre eso. Y en el teatro hay cosas en la Trilogía. También está oblicuamente en Solimán el magnífico y en Escrito y sellado”.
Por sobre todas sus cualidades intelectuales estaba el ser humano, el gran amigo, el conversador nato con quién se podían pasar largas horas en amena compañía
Es pues con gran cariño que hemos participado de este homenaje a nuestro querido amigo Isaac Chocrón. Su muerte deja un gran vacío en el teatro venezolano y latinoamericano, de los que es referencia obligada. Igualmente, la comunidad judía de Venezuela pierde a uno de sus miembros más distinguidos y, nosotros, al amigo de siempre.

Fuentes:
Levy Benshimol, Abraham, Dejando Huella. Aproximación a la judeidad venezolana. 19 esbozos biográficos, Caracas, Venezuela, pp: 105-123, 2009.

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