Una mirada al JUDAÍSMO EN TURQUÍA, Por Alberto Osorio Osorio

Por Alberto Osorio Osorio

A mis entrañables hermanos Maurice y Linda Alkabes, descendientes de una milenaria estirpe sefardí, con todo mi afecto. Turquía es un vasto territorio de 780 mil kilómetros cuadrados situado estratégicamente entre Europa Oriental y el Asia Menor que desde la más remota antigüedad sirvió de puente entre ambos mundos a través del estrecho de los Dardanelos y el Cuerno de Oro.

Esta inmensidad geográfica se subdivide en dos secciones: la Tracia oriental que es europea y la península de Anatolia y la Armenia turca que son asiáticas. Están separadas por el mismo estrecho de los Dardanelos y el mar de Mármara.

Desde sus magníficos puertos, especialmente Estambul (Constantinopla) en el mar Negro, además de Hopa y Esmirna, se dio un intenso comercio e intercambio con pueblos mediterráneos, las costas e islas adyacentes y con las culturas del Próximo Oriente. Por ello, Turquía ostenta elementos distintivos culturales occidentales y orientales en una interesante simbiosis que ha llegado hasta nuestros días y ha enriquecido su propia identidad. De la misma manera, el país ha sido asiento de varias civilizaciones, sobre todo el Imperio Cristiano de Oriente o bizantino, cuya capital fue Constantinopla, a orillas del Bósforo cuando Roma se escindió en dos porciones imperiales.

Bizancio perduró durante mil años. Con posterioridad, se fundó el Imperio Otomano con una duración de cuatro siglos (1453 – 1917), hasta la I Guerra Mundial. Durante la vigencia del Imperio Bizantino –siglos IV al XV–, los hebreos fueron estableciéndose en varios sectores de la gran ciudad.

Poseían su propia sinagoga y desde el siglo X al XI los hallamos en la costa del Cuerno de Oro. Valga la referencia: el viajero navarro Benjamín de Tudela anota en su Séfer HaMasaot, el Diario de Viajes, que los judíos moraban en el suburbio de Gálata-Pera; pero, a comienzo del siglo XII el barro fue incendiado. Se dedicaban al trabajo en cobre y eran mercaderes de sedas, paños y otras artesanías.

Era tan prestante la comunidad judía turca que en el siglo IX recibió al mensajero pacificador procedente de Italia, Shefatía Ben Amitai de Oria, quien solicitaba el apoyo para que cesaran las persecuciones contra los hermanos de fe hebrea.En 1042 se produjo un pogromo y muchos judíos fueron asesinados, lo cual recrudeció en el reinado de Alejo II.

Ya en el siglo XI se observa la presencia de los caraítas en Pera y en Constantinopla. Esta ciudad se transformó en un centro importante que atrajo a numerosos miembros de la secta disidente del judaísmo rabínico. Un famoso líder caraíta fue Tobías de Moisés ha Avel, lo mismo que Yehuda ben Eliyah Hadassí.

En el siglo XII se obligó a algunos judíos a ser verdugos de ejecuciones, oficio poco apropiado por el tradicional respeto a la vida característico de la religión mosaica.

Hubo también notables médicos que atendía en la corte, pese a las protestas de la Iglesia oriental.

Vale recordar que el ejercicio del arte de curar fue tradicional entre los judíos, especialmente los rabinos que encontraban su principal inspiración en el Talmud, además de los médicos clásicos antiguos Hipócrates y Galeno. Turquía no fue la excepción, antes bien, lo corroboró con prestantes figuras que bien merecen un estudio separado.

Por ese entonces, el gran Maimónides era médico de cabecera de Saladino, el sultán egipcio. En ese lapso, los judíos bizantinos mantuvieron relaciones con los cristianos y se mezclaron en asuntos políticos. En algunas ocasiones se les obligaba a aceptar el bautismo, aunque esta medida no causó mella en la comunidad siempre en ostensible desarrollo.

El año 1204 marca un vuelco en la historia del mundo y de Turquía: es el momento en el cual los cruzados conquistan Constantinopla y establecen el Imperio Latino de Gálata. Durante la primera cruzada se avivó la esperanza mesiánica ante el oleaje de masacres y vejámenes que sufrían los judíos de la Diáspora y de la Tierra de Israel a manos de los cristianos europeos.

Las masas judías esperaban la inminente llegada de un «redentor» que los librase de la aniquilación, las humillaciones y el rastro devastador que iban dejando los caballeros cruzados a su paso hacia la Tierra de Israel.

Durante la administración bizantina, la comunidad era gobernada por un consejo de ancianos y los jefes de las yeshivot. El mismo Benjamín de Tudela anota que cinco rabinos calificados la dirigen. Había también enseñantes o didaskaloi. Este consejo se ocupaba de los contactos administrativos, fiscales y culturales con los cristianos.

Entre 1275 y 1453 judíos venecianos y genoveses vivieron en Constantinopla bajo las leyes de sus respectivas repúblicas.

La caída de la antigua Bizancio en manos de los turcos otomanos fue considerada por algunos como un signo de redención, pues la tenían por urbe pecadora. Los historiógrafos coinciden en sostener que este acontecimiento de 1453 marca el fin de la Edad Media y el estreno de la era moderna. La llegada de Muhamad II otomano y sus huestes le arrebataron Constantinopla al orbe cristiano. Desde esa fecha la ciudad sería conocida con el nombre de Estambul y gobernada por la Media Luna.

El establecimiento del Imperio es un suceso de enormes repercusiones en la historia del mundo y la de los judíos. En términos generales, las relaciones hebreas con la Puerta Sublime fueron cordiales. Los hebreos eran vistos como un preponderante elemento de desarrollo y de una cultura singular que imprimió a Turquía características imborrables.

Pienso que el símbolo más impactante del radical cambio político, religioso y social fue la transformación de la catedral de Santa Sofía (Haguia Sofia) en mezquita. No fue sino en tiempos actuales que la milenaria e imponente fábrica ha revelado el arte cristiano en maravillosa profusión y es exhibido al mundo como una joya de inigualable esplendor.

Como ya fue dicho, Estambul era el sitio estratégico de las rutas comerciales entre Europa y Asia Menor en la confluencia de los mares Mediterráneo y Negro. No sería hasta después de la I Guerra Mundial que la capital se mudaría a Angora (Ankara).

Así pues, la importancia de Estambul es fundamental para apreciar la trayectoria de los judíos en aquellas tierras. Inmediatamente después de la conquista e invasión otomana, los ejércitos de Muhamad se dedicaron a una masacre que tomó varios días. No obstante, a los judíos no se les atacó porque se corrió el rumor de que habían ayudado a las armas otomanas en su implacable avance de dominio y expansión.

Para que Estambul prosperara y fuera repoblada, Muhamad II adoptó la medida de mudar a musulmanes y cristianos, además de judíos que estaban esparcidos en varias regiones del Imperio (Anatolia y los Balcanes) hacia la nueva capital. Posiblemente, entre ellos, hubo judíos de Bulgaria, Salónica, Macedonia y Albania. Este desplazamiento forzoso incluía a los caraítas. Ya en la literatura del siglo XVI, Estambul es denominada «ciudad madre», significativa expresión, sin duda, con la añoranza y ausencia de Jerusalén, los judíos enraizados en Turquía conocieron un desarrollo apreciable, relativa tolerancia y respeto como pocas veces se vio en la historia de la Diáspora. Estambul llegó a ser el núcleo judío por antonomasia, la urbe pluricultural en la cual judíos de muchos orígenes encontraron el ambiente apropiado para construir la existencia y desarrollar actividades en un medio oficialmente musulmán. Con los hijos del Creciente convivían en pacífico intercambio.

En contacto estaba en abierto contraste con lo que habían sufrido durante el régimen bizantino, concentrados a ambos extremos del Cuerno de Oro, en los distritos de Ortaköy, Balat, Gálata y Hasköy. En Estambul, los judíos se agrupaban de acuerdo a su origen: griegos, askenazíes, italianos y sefardíes. Como las demás comunidades religiosas dentro del Imperio Otomano, los judíos integraban una unidad religioso-administrativa que gozaba de autonomía relativa. Moisés Capsali sobresale como dirigente comunitario; se ocupaba de las situaciones internas de la kehilá y servía de enlace entre el Gobierno, además de percibir los impuestos de los correligionarios.

Los judíos askenazíes ya estaban presentes en la ciudad previo a la conquista otomana, pero se incrementaron posteriormente. En el siglo XV llegaron de Austria y Hungría, gracias a la promoción que hizo el rabino Itzak Zerfaty, quien convenció de las bondades y lo pacífico que implicaba vivir dentro de la Turquía gobernada por los otomanos. De Espanya venimos El segundo contingente de inmigrantes llegó a raíz de las conquistas de Solimán el Magnífico (1526). De igual manera, los askenazíes gozaban de administración autónoma. La comunidad produjo personalidades distinguidas como Eliyah ha- Leví haZakén y Salomón Tedesci Azkenazi. Este último actuó como consejero y visir del Sultán. Hemos de recordar que la cercanía de la Tierra de Israel suscitó el surgimiento de aspiraciones mesiánicas y a radicarse en ciudades turcas. Una inmigración considerable fue, pues, la de judíos hispanoportugueses como consecuencia de la expulsión masiva de 1492 decretada por los reyes de España Fernando e Isabel. Un solo Estado, una sola fe, la oficial de la Iglesia.

Al otro extremo de Europa, en Iberia, el extraordinario auge judío de casi quince siglos se cambia de pronto en tragedia. Los hijos de Israel están ante una terrible disyuntiva: convertirse al catolicismo o abandonar para siempre la patria ancestral. La mayoría optó por irse en un nuevo éxodo sin precedentes en la historia. El número de recién llegados se estima en 40 mil. Pronto se notó su influencia moral, cultural y económica al punto que el sultán Bayaceto (Bayazid Yildirim, apodado «El Rayo») preguntó que cómo los monarcas cristianos empobrecían sus dominios para enriquecer el suyo; tan trascendental era el aporte que los sefardíes harían al nuevo imperio.

Entre los proscritos había hombres eminentes dedicados al estudio de la Torá, rabinos, jueces religiosos y maestros de las escuelas Talmudicas como Yosef Ibn Lev, Abraham Yerushalmi, Isaac Caro, Eliyahu Ben Haím y otros.

La constante actividad cultural y la vida espiritual coadyuvaron al prestigio de Turquía en aquellas décadas decisivas para la supervivencia del judaísmo. El elemento distintivo de los judíos de origen hispánico fue el idioma ladino, denominado también espanyolit o yudezmo, que tanto nos recuerda los clásicos de la literatura española como el Cantar del Mío Cid, Gonzalo de Berceo o el Arcipreste de Hita. Y es que los sefardíes compusieron un lenguaje que mezclaba términos hebreos con expresiones típicas de la España medieval, es decir, de los siglos XIII y XIV y con el cual se habían diferenciado de los demás idiomas peninsulares hispánicos.

La elite religiosa, intelectual y económica halló abiertas las puertas del Imperio Turco y su ascendiente fue imponderable y elemento de progreso en todos los lugares que los acogieron. Un personaje singular de esta época brillante es sin duda Yehuda Ben Yosef Bulat que vivió entre los años 1475-1540, un talmudista de renombre quien hizo de Turquía su segundo hogar a raíz de la expulsión española. Fue dayán en Constantinopla y le debemos la edición corregida del Halikot Olam de Yosef Haleví. Hoy lo consideraríamos un liberal, pues pasaba por alto reglas y disposiciones no contempladas en el Talmud. Siempre mantuvo discrepancias halájicas con sus contemporáneos.

Es autor de numerosos responsa y tratados religiosos. La actividad ininterrumpida de literatura rabínica refleja el alto nivel que los judíos habían alcanzado en Turquía.

Con el tiempo, el ladino llegó a ser el principal vehículo de comunicación de estos españoles sin patria que en su versión laica se utilizaba en la vida corriente y el otro más refinado para la literatura rabínica. De esta suerte, Estambul vino a ser el principal gran centro sefardí. Los refugiados fundaron varias comunidades de acuerdo con sus países o la ciudad que habían dejado atrás. Cada congregación mantuvo su independencia, individualidad y atributos propios. Tenían connotados maestros, Talmud Torá, jevrá kadishá, instituciones de beneficencia, bikur jolim, sociedades para apoyar el asentamiento en Tiberias y el Bet Din para dirimir conflictos, herencias y otros asuntos halájicos. Cada káhal era responsable para aglutinar sus miembros, colectar impuestos y remitirlos a las autoridades otomanas. Casi cuarenta comunidades componían un conglomerado judío apreciable, una demografía que no se repetía en toda la Diáspora, a tal grado que se calculaba en 50 mil miembros, una multitud si tenemos en cuenta la época.

Poco a poco, las comunidades sefardíes alcanzaron un grado prominente como resultado directo de sus actividades económicas y culturales, y estas en plurales facetas. Entre los grupos judíos se daban diferencias normales: cómo practicar la Halajá, métodos de estudio y discusión de la Torá, observancia de los preceptos y costumbres en el vestir, sobre todo entre los sefardíes y los romaniotas. Las fricciones se acentuaron en el primer siglo de la administración otomana. Si se sometía a arbitrio, este casi siempre favorecía a los sefardíes. Huelga suponer que el auge judío hizo más complejas y estrechas las relaciones con el Imperio y de ellas se ocupaban sabios y avezados rabinos que mantenían el equilibrio y la ponderación. Cuando ocurrió la circunstancia de que los colectores de impuestos oficiales eran cristianos, las divergencias se volvieron agrias y para atenuarlas se nombró a rabí Shealtiel con resultados positivos.

Al fallecer rabí Eliyahu Mizrahi en 1525 el oficio de rabino fue suspendido al no lograrse un buen acuerdo sobre la sucesión. Los sultanes otomanos valoraban grandemente la contribución de los judíos al comercio interno y exterior, la fabricación de artesanías, el ejercicio de la medicina, la destreza en hacer armas de fuego una novedad en ese entonces, además de la práctica de otros oficios. Entre los médicos destaca la familia Hamón que sirvió a los sultanes Bayaceto II, Selim I y Solimán el Magnífico.

Sobresalientes judíos amasaron capitales respetables, banqueros que ocuparon posiciones de relieve, tesoreros que dejaron sentir su influencia en el plano político.

Un «clan» de alta jerarquía cultural, de escritores e impresores fue la familia Jabez. Se destacan Salomón y Yosef en el siglo XVI quienes, procedentes de Mantua, echaron raíces en Salónica y Adrianópolis. Más de cuarenta obras salieron del pequeño taller tipográfico entre ellas las responsa de Eliyahu Mizrahi, los trabajos astronómicos y cálculos de Abraham Zacuto y la obra intelectual de Saadía Cohén, especialmente.

Duques de Naxos Un ejemplo notable y cuya leyenda se ha perpetuado fue la familia Mendes, que cumplió un papel decisivo en la historia de Estambul y de la Tierra de Israel.

Se trata del clan de «marranos» que había sido propietario de bancos en Portugal y en Amberes. Cuando Francisco Mendes murió, su viuda, doña Gracia Mendes (nacida con el apellido Nasí) salió de Lisboa con su hija Reina y su sobrino João (Juan) para Amberes en Flandes (actual Bélgica). De allí se encaminaron a Venecia y Turquía. João Mendes (João Micas o Míguez originalmente) hebraizó su nombre y vino a ser Yosef Nasí. Se casó con Reina y desde ese momento se le abrieron un sinnúmero de oportunidades para las actividades mercantiles en Estambul y el Mediterráneo.

Los negocios abarcaban desde créditos y negociaciones con varias naciones europeas hasta la agresiva competencia con comerciantes venecianos por el control de las rutas económicas del Levante, además del negocio lucrativo de piedras preciosas. Yosef Nasí mantuvo magníficos contactos con Solimán el Magnífico y su hijo Sélim II y ello a tal punto que influía en los asuntos comerciales del reino con ventajas para él y para todos los judíos.

De tan diestro financista, negociador y preocupado por el futuro del judaísmo local y en Palestina no se podía esperar otra cosa. Tan alta y franca era la relación entre el Sultán y el judío Yosef, que Solimán lo exaltó otorgándole el título de duque de Naxos con autoridad sobre la isla de ese nombre y el archipiélago adyacente. A este rango se añadió posteriormente el de conde de Andros. Ahora, un hijo de la dispersión había sido ennoblecido. Su presencia en la corte turca y su ascendiente político y financiero serían paradigmáticos en la historia del judaísmo. Daba la impresión de que, de alguna manera, se reproducía la historia bíblica de José, un refugiado que ascendió a primer ministro en el país de su exilio.

Con Yosef Nasí sucedió algo muy similar. Nasí, el acaudalado judío transferido al Imperio Turco fue generoso en donaciones destinadas al mantenimiento de las escuelas talmúdicas; sostenía a estudiantes de estas instituciones religiosas en cuyo seno florecieron las responsa del famoso rabí Yosef Ibn Lev con sus respectivas publicaciones.

Mecenas judíos

Los Nasí también auspiciaron como pródigos protectores la imprenta judía de Estambul, famosa por su abundante producción bibliográfica. Ofrecieron su mecenazgo a plurales autores de temas judaicos, entre ellos personalidades que a continuación describo: Moneda acuñada con la efigie de doña Gracia Mendes.

Amatus Lusitanus

(1511-1578), quien redactó la Centuria y Moisés Almosnino (1515-1580) a quien debemos el Tratado de los Sueños. El primer, cuyo nombre real y muy portugués era João Rodrigues de Castelo Branco, fue un renombrado médico nacido de padres marranos, cristianos nuevos que en secreto amaban y practicaban el judaísmo lo que le transmitieron a su hijo. En Salamanca estudió medicina y se graduó hacia 1530. La difícil situación por la cual atravesaban sus correligionarios lo obligaba a mudarse a Amberes.

Su primera obra científica es el Índex Dioscórides. Luego lo hallamos en Ferrara (Italia) y Ancona. Ganaba prestigio en cada ciudad donde vivía aunque temporalmente. Uno de sus pacientes fue el propio papa Julio III. Sus trabajos médicos fueron vertidos en varios idiomas como el griego, latín, árabe e italiano. En 1558 se trasladó finalmente a Salónica, sede una populosa comunidad judía. Finalmente allí podría practicar libremente su fe y su ciencia. Murió a consecuencia de la peste que asolaba la ciudad. Se le puede comparar con Maimónides en la profundidad de sus conocimientos y de la herencia clínica que dejó.

Es uno de los altos exponente de la medicina hebrea de todos los tiempos. De la pluma prolífica de Almosnino salió Extremos y grandezas de Constantinopla y escritos de historia, filosofía, ciencia y piezas literarias de exquisita oratoria. Era tan fluido el contacto de los Nasí con el Sultán que éste les permitió iniciar un proyecto de población de Tiberias (al borde del lago Kinéret o mar de Galilea) en ese entonces una aldea arruinada. La familia Nasí reconstruyó la ciudad y aportó la necesaria ayuda económica a la yeshivá local que era atendida por los jajamim de Safed.

Las joyas y el libelo de sangre El siglo XVI coincide así con el desarrollo de la comunidad judía turca y Estambul se convirtió en el punto focal hebreo más destacado del mundo.

Pero, las cosa cosas no siempre giraron para mejor. Durante el reinado de Murad III (1574-1595) fue expedido un decreto que ordenaba liquidar judíos como resultado de la envidia que éstos suscitaban al aparecer con lujosos atuendos guarnecidos de joyas. Gracias a la oportuna intervención de rabí Shlomo Azkenazi, la mortal disposición fue mitigada; pero, a los judíos se les prohibió exhibirse en vestidos ostentosos.

Finalmente, los rabinos de Estambul, conjuntamente con los líderes comunitarios, acordaron que ni hombres ni mujeres aparecieran con oro, piedras preciosas y vestimentas costosas que despertaban tanto recelo rayano a la violencia y el rechazo.

Durante la administración de Murrad llegó hasta Turquía el infamante libelo del crimen ritual, el tan traído y llevado comentario detractor del asesinato de un niño cristiano la víspera de la fiesta de Pésaj. Se trataba de una historieta enfermiza inventada en Europa según la cual, la víspera del Viernes Santo los judíos raptaban un infante y le hacían sufrir los mismos tormentos físicos que padeció Jesús. El daño moral y las fatuas consecuencias que sobrevenían a las comunidades eran horriblemente incalculables.

Otro episodio fue que judíos capturados en Polonia por los cosacos, tártaros y ucranianos eran vendidos como esclavos en el mercado de Estambul. Judíos locales cumplieron la mitzvá de redimirlos y salvaron a miles de ellos con la colaboración de las comunidades de Venecia, Roma, Ámsterdam y Hamburgo.

No finalizará esta centuria sin que sobresalgan dos mujeres con enorme ascendente en la corte: Ester Kiera, esposa del rabí Eliyah Han Dali y Bula Izkati Ezkenazi, viuda de Salomón Ezkenazi, el médico. Kiera o Kyra era un título genérico dado a mujeres que mantenían contactos con las esposas del harén real para asuntos del mundo exterior, ganándose el respeto del Sultán y de aquellas. Se destaca Ester durante el reinado de Sélim II por la estrecha amistad con la progenitora del gobernante.

Falsos mesías

Los tiempos van cambiando y los judíos con ellos. El descenso de la comunidad ocurre en pleno siglo XVII; ya ni siquiera se encontraban líderes que sirvieran de puentes entre los judíos y el Estado otomano. Además, diferentes incendios devastaron barrios completos creando el desasosiego.

La organización entera, de la cual habían estado tan orgullosos se desmoronaba y los judíos frecuentaron sinagogas cercanas a sus residencias o se inscribieron en otras. Fue tal el desbande que los sefardíes se mezclaron con los romaniotas.

Corresponde ahora una digresión para hacer referencia a la frustrada y frustrante figura del falso mesías Shebatai Zeví (1626-1676), oriundo de Esmirna, quien a la edad de 42 años declaró públicamente que era el redentor de Israel y que había llegado para el pueblo judío la ansiada hora de la salvación. A lo largo del mundo, el revuelo que causó fue incalculable y no pocos judíos creyeron en su promesa, desde Inglaterra hasta Rusia, pese al recelo y desconfianza de las prudentes autoridades rabínicas.

Zeví mismo anunció que pronto será coronado rey judío de Jerusalén. Poco duró aquel extraño entusiasmo. En 1660, Shebatai llegó a Estambul para deponer al Sultán. Tal actitud dividió los criterios de los judíos, pues unos están temerosos de que Zeví pudiera desatar acciones negativas. Otros, en cambio, eran atraídos por su carisma mesiánico y promesa de redención. Los opositores no tardaron en informar al gran visir de los latentes peligros que conllevaba la prédica del «mesías». Se le tomó prisionero con la amenaza de ser ejecutado. Rápidamente se convirtió al Islam para salvar su vida. Una modesta pensión le fue asignada y falleció en Albania rodeado de un puñado de sus seguidores. Shebatai Zeví estuvo a punto de desatar un cisma en el seno del judaísmo, una ruptura insalvable entre todas las comunidades diaspóricas. Aún en el siglo XVIII persistían resabios de su efímero movimiento, luego del cual, el descenso de los judíos turcos fue mayor.

El descenso

En 1740 el gran fuego arrasó el sector judío y nunca se les permitió reconstruirlo. Fueron impartidas nuevas órdenes gubernamentales para hacer aún más modesta la apariencia de los judíos y el tipo de calzado que usarían en adelante. Se les prohibió el uso de la seda y debían siempre llevar un extraño sombrero puntiagudo y de ancha ala que contrastaba con el turbante usual de los sarracenos.

En las postrimerías del siglo XVIII y a la largo del siguiente se observa un flagrante descenso de la cultura que obviamente va paralelo al estudio de la Torá. Ya la mayoría de los judíos no podía leer en hebreo las Sagradas Escrituras. Por ello se decidió publicar libros religiosos en ladino y español. Con especial atención era estudiado el rabino de Safed, Jacob Culi (c. 1685-1732) quien se había radicado en Estambul y es el celebrado autor del Me’am Loez. El jajam Culi es uno de los altos exponentes de la intelectualidad judía en Turquía.

Por ambas ramas genealógicas descendía de ilustres familias rabínicas sefardíes.

Me’am Loez consiste en un comentario del Bereshit (Génesis) y de Shmot (Éxodo). El autor aspiraba a completar sus glosas con todo el Tanaj (la Biblia). Escribió en ladino, la lengua hablada por los judíos orientales.

La obra tuvo un resonante éxito y conoció varias ediciones incluso póstumas. A Culi debemos otros trabajos de no menor importancia en idioma ladino con el objetivo de extender el conocimiento sobre los textos sagrados entre quienes no dominaban complemente el hebreo bíblico o talmúdico.

En esta coyuntura, y aún con signos evidentes de declive comunitario, Estambul es una importante estación para percibir ayuda financiera destinada a los judíos de Éretz Israel, no solamente de las comunidades establecidas en la ciudad, sino el sitio de acopio de dineros procedentes de muchos puntos de Europa. Se consideraban un debe apoyar a los hermanos de Jerusalén, pues representaba la fe original que nació en la Tierra que por entonces era una pequeña provincia del Imperio Otomano.

Estambul era un epicentro desde donde se enviaban auxilios a las comunidades de Hebrón, Tiberias y Safed. Incluso, los judíos propietarios de embarcaciones para atravesar el Bósforo entregaban un impuesto de ferri destinado a sostener a los pobres que estaban de duelo, a huérfanos y viudas, y otros judíos que pasaban calamidades.

Otro personaje famoso es el jajam Isaac Asa, a quien se le considera el padre de la literatura en ladino. Tradujo toda la Biblia a ese idioma, así como también el Shulján Aruj de rabí Caro e importantes textos de ciencia, historia y ética. Es necesario mencionar también a las familias Kimhi, Rosanes y Navón como rabinos, jueces halájicos y autores famosos. En el siglo XIX sobresalen como banqueros los Carmona, Gabai y Adjiman.

Abraham de Camondo (1785-1873) es un erudito y mercader de prestigio. Fundó en Estambul una escuela que sufragaba de sus recursos. Era apodado el «Rothschild oriental» por su gran largueza y espíritu de cooperación.

Su familia también procedía de tronco sefardí. Los contactos con la corte dieron como resultado que los judíos pidieran poseer propiedades privadas como tierras y viviendas. Como ya es otra época, la participación judía en el ejército del sultán Majmud II es digna de mención. Al unísono, se autorizó la entrada de judíos a la escuela militar de medicina, pues las autoridades otomanas reflejaban ideas de avanzada.

Tiempos de la Alliance

En el momento, no podían faltar discrepancias entre los tradicionalistas y los progresistas. El idioma francés fue introducido en los programas de estudios para judíos. La agria disputa llegó al extremo de que el plantel fue acusado de promover conversiones al cristianismo entre los alumnos de origen hebreo. Conviene hacer un especial mención a la Alliance Israelite Universelle, la gran institución pedagógica para Medio Oriente creada en París en 1860.

Fue la entidad responsable de la renovación judía a partir de esa fecha y hasta bien avanzado el siglo XX con actividades directas como la educación en sus escuelas repartidas por numerosos países, el apoyo a inmigrantes y desplazados, y su presencia solidaria en tiempos de guerra y situaciones difíciles.

La meta de su principal mecenas, el barón Maurice de Hirsch, consistía en desarrollar a los judíos que vivían en el Imperio Turco a través de la enseñanza. La Alliance cubría una inmensa área geográfica desde Marruecos, Bulgaria y los Balcanes, hasta todo el Cercano Oriente. Un hito: en 1897 la Alliance abrió un colegio rabínico en Estambul destinado a las comunidades orientales y que funcionó durante una década completa. Las escuelas de la Alliance fueron famosas y en un período de florecimiento tuvo entre sus directores al respetado intelectual René Cassin, designado por el propio general Charles de Gaulle. La revolución de los jóvenes turcos El año 1923 es trascendental y decisivo para la historia de Turquía: bajo el liderazgo de Mustafá Kemal Atatürk, el país se occidentaliza, adopta el alfabeto latino y desaparecen muchas de las costumbres, estilos de vida y tradiciones ancestrales. La revolución de Atatürk imprimió un viraje radical al devenir de la nación. Estos cambios inusitados afectaron a los judíos de diversas maneras, especialmente el matrimonio exigido bajo la autoridad civil; la autonomía religiosa fue mediatizada y las comunidades perdieron el derecho a recaudar sus propios impuestos, lo que hizo que las organizaciones comunitarias tuvieran que depender de aportaciones voluntarias de los miembros, lo cual mermó significativamente los ingresos.

Estas medidas universales que por igual fueron aplicadas a todos por igual. El idioma turco sustituyó al francés que, según vimos, era fomentado por la Alliance. El Estado turco prohibió afiliarse a organizaciones extranjeras de lo cual se siguió que entidades internacionales como la Organización Sionista Mundial fue proscrita, al igual que el Congreso Judío Mundial. Las transformaciones de Atatürk produjeron una fuerte emigración judía hacia Europa, América Latina y, por supuesto, Israel. Tanto es así que actualmente existen comunidades de origen turco en esas regiones del mundo.

En 1866 el jajam Salomón Kimhi publicó un texto contra los caraítas en el cual recogía las opiniones contra la secta a lo largo de los siglos. Los afectados lo acusaron y exigieron quemar todos los ejemplares del libro en abierta pugna entre ambas facciones judías, los halájicos y los caraítas, ambos con presencia de muchos siglos en el país.

Durante el reinado de Abdul Hamid (1876-1909) muchos judíos fueron honrados con condecoraciones del Estado turco y ocuparon cargos relevantes en la administración pública. La demografía judía de Estambul subió a la significativa cifra de 100 mil individuos, más considerable si tenemos en cuenta la movilización que se daba. Desde la segunda mitad del siglo XIX se publicaron diarios en ladino como Or Israel, editado por Leo Haim de Castro.

Se instaló una cocina comunitaria y otras instituciones de caridad. Desde 1906 arriban judíos rusos como secuela de revolución bolchevique. Al romper el siglo XX, antes de la reforma política, la dirigencia comunitaria está dividida en dos consejos: el religioso o bet din y el seglar. Este último se ocupaba de las finanzas, el sostenimiento de sinagogas, hospitales y escuelas, mientas que el primero se limitaba a asuntos estrictamente religiosos y halájicos. El viraje radical que Atatürk imprimió a su país repercutió de muchas maneras en el desenvolvimiento comunitario judío. Estos aspectos exigirían un ensayo separado. Pero, lo que sí es cierto es que siempre se dio un respeto mutuo entre los hebreos y el Estado.

Como consecuencia de los cambios, los judíos eran educados en planteles laicos y gracias al imponderable trabajo de la Alliance, médicos, ingenieros y juristas judíos se incorporaron al desarrollo de Turquía. Siempre hubo el impulso de una reorganización interna y tiempo para las lides del espíritu. Los judíos ante nada se arredraban, signo inequívoco de su supervivencia y admirable vitalidad. Aunque los datos que ofrezco no son actualizados, existen comunidades en otras ciudades turcas como Ankara, Bursa, Adrianópolis (Edirne) y Esmirna (Izmir). Hay grupos menores de judíos repartidos en poblados más pequeños.

A grandes tramos hemos recorrido quince siglos de judaísmo en el país turco con sus hitos principales, períodos de florecimiento y decadencia, figuras representativas eligiosas y seglares. Influencia e irradiación hacia otras latitudes. Sobre todo, lo que sobresale es la heroica fidelidad a la Torá que ellos han sabido encarnar en sus vidas y llevarla intacta a otras regiones del mundo. Esta somera mirada al judaísmo de Turquía quiere ser un homenaje a los hombres y mujeres judíos que poderosamente han contribuido a la supervivencia de nuestra religión y cultura milenarias. El judaísmo turco es una especial expresión del pueblo judío de su fe y de sus valores inspirados en la eterna revelación sinaítica.

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