«¿Tu madre te ha dicho que SOMOS SEFARDITAS?»

por Doreen Carvajal, EE.UU.

Todavía estoy buscando la menorá de bronce que mi tía abuela, Luz Carvajal, almacenaba en una cómoda en su apartamento en planta baja en San José. Me la imagino como un objeto usado, de color verde oscuro y salpicado por el tiempo, tocada por muchas manos.
Yo quería saber la relación entre ese objeto y la familia Carvajal, los católicos y judíos sefardíes silenciosos que por generaciones custodiaron su religión y sus rituales clandestinos después de haber huido de España en el siglo XVI para Costa Rica.
Recuerdo a la habitación de la tía Luz donde se guardaba la menorá, recuerdo el pequeño espacio, la luz de la ventana. Me pregunté de qué fui testigo. Un primo la recuerda vívidamente. Otros familiares nunca la vieron. La historia familiar se dio así.
Hay estudios científicos que exploran si las experiencias de nuestros antepasados de alguna manera se convierten en parte de nosotros, los heredamos de manera inesperada por una gran red química en nuestras células controlando nuestra composición genética. En el centro del campo, conocido como la epigenética, está la idea de que los genes tienen memoria y que la vida de nuestros abuelos nos puede afectar directamente a las generaciones posteriores.
La psicoterapeuta francesa AnneAncelinSchützenberger, ahora en sus 90 años y casi ciega, ha pasado décadas estudiando lo que ella llama el síndrome de los antepasados. Ella sostiene que somos eslabones de una cadena de generaciones, inconscientemente afectadas por sus dramas hasta que reconozcamos el pasado.

Fantasmas familiares ocultos
Para la primera generación, esta historia familiar es algo tácito, de acuerdo con la señora Schützenberger, que ha trabajado en el campo durante cinco décadas. Para la segunda generación, se convierte en un secreto de la familia. En la tercera y cuarta generación, permanece en el inconsciente. Ella llama a esa historia del «fantasma de la cripta».
Recientemente, mi prima Rosie confesó que ella también había tratado de levantar el fantasma. Hace muchos años, recordó preguntar a la tía Luz sobre nuestra ascendencia en una reunión familiar en Costa Rica.
Rosie cuenta este diálogo con la tía: «Luz me dijo que nuestra familia vino de España. Ella me preguntó: “¿Tu madre te ha dicho que somos sefarditas?” Por supuesto, cuando se lo consulté a mi madre, ella se negó a hablar». Después de hablar con Rosie, decidí que necesitaba un nuevo enfoque para comprender el motivo de la vida doble de mis antepasados. Yo ya había hecho lo que la señora Schützenberger había aconsejado: me sumergí en lo que ella llama el «nicho ecológico» de la familia: caminado sus pasos en el sur de España, explorando la historia, la geografía y la economía de su época.
Es una forma de genealogía del hemisferio derecho del cerebro, por lo que estuvo guiada por una conexión emocional. Las historias familiares son como las antigüedades, algo revelado por el roce del roble hasta que brilla. Pero, yo soy periodista y aún anhelaba exactitud, datos que pusieran fin a todas las dudas.
En 2012, fui motivada por la oferta del gobierno español de otorgar la ciudadanía para los descendientes de judíos sefarditas que habían salido de España durante la Inquisición. Como prueba, volví a examinar mi árbol genealógico, investigando las diferentes líneas que llevaron a España. Yo ya había chocado contra un muro en la familia Carvajal después de descubrir que mi bisabuelo había tomado el nombre de su madre, María Carvajal. No había ningún documento con el padre y no podía encontrar más información acerca de María.
Esta fue una lección importante en la genealogía. Habían ignorado obstinadamente otras ramas del árbol genealógico. Estaba obsesionada con un apellido Carvajal; pero, había otras pistas que ofrecen los grupos de padres. La solución vino a mí, curiosamente, durante mi visita al palacio real de La Zarzuela en Madrid, donde yo estaba reuniendo datos para una investigación de The New York Times sobre el rey de España, Juan Carlos I.
A medida en que me establecí en la sala de estar del palacio oficial –mirando fotos de la familia real y las cajas de plata de la ley grabada con la firma del rey– me di cuenta de lo que tenía que hacer. Miré en una nueva dirección, hacia la ascendencia de mi abuela, Ángela Chacón. Yo había asumido que mi abuela era descendiente judía sefardí debido a la forma en que se casó a los 17 años en el clan de la familia Carvajal cuando quedó huérfana, pero no estaba segura.
Nuevos nombres surgieron cuando estudiaba certificados bautismales costarricenses que fueron escaneados y publicados en línea. Me presentaron a un bisabuelo lejano, Álvaro de Acuña, un conquistador del siglo XVI y converso que buscó riquezas infructuosamente de El Dorado. Su nombre me llevó a las revistas de genealogía que publicaron árboles de los primeros fundadores de Costa Rica.
He recogido los nombres mecánicamente, dejando a un lado a ellos. Un bisabuelo lejano fue Juan Vásquez de Coronado, un conquistador español. A los 17 años, se fue a las nuevas colonias y, finalmente, se convirtió en el gobernador de Costa Rica. Luego se casó con una aristócrata española, Isabel Arias Dávila, hija de un conquistador.
Estudié el nombre de este ancestro que no significaba nada para mí. Había recogido un montón de diferentes libros sobre la Inquisición para buscar nombres. Y cada noche me senté en la sala en busca de pistas. Así que el momento explosivo, fue cuando en plena soledad, sonaron las campanadas de un reloj viejo francés a la medianoche.
Los libros de historia que leí estaban llenos de referencias a la familia Arias Dávila que fueron perseguidas por la Inquisición hasta la muerte. Fueron judíos secretos perseguido por herejes en un juicio de la Inquisición. Sus restos fueron retirados secretamente de Segovia en el siglo XV y se trasladaron a Roma para evitar el espectáculo público de un auto de fe cuando los inquisidores podían haber quemado sus huesos en efigie y apoderarse de sus propiedades.

El miedo traspasa las generaciones
Esa noche, sentada a la sombra de mi sala de estar, comprendí por fin el miedo que habían heredado generaciones de mis antepasados. El juicio fue la investigación más importante en la historia medieval de Segovia, una demostración del creciente poder de la Inquisición. A partir de 1486, los inquisidores reunieron testimonios de 231 testigos para un juicio tres años después de haber apuntado a miembros específicos de la familia Arias Dávila.
Aunque eran conversos católicos, luchaban por mantenerse judíos en los albores de la Inquisición en 1478. Su rico patriarca fue Diego Arias Dávila, mi bisabuelo lejano. Su familia judía se convirtió al cristianismo en 1411 en Segovia, en un período posterior a la llegada de un ardiente predicador domínico, llamado Vicente Ferrer (hoy santo de la Iglesia Católica).
Diego descartó su nombre, IsaqueAbenacar, y llegó a ser el tesorero real para los dos monarcas españoles. Sin embargo, fue tan odiado por la recaudación de impuestos que un poeta español le compuso un amargo tributo: «Diego Arias, eres un hipócrita miserable un judío fuiste y sigues siendo judío». En su vida cotidiana, su familia mezclaba las identidades. Diego Arias Dávila hizo donaciones a la Iglesia Católica, pero su esposa, Elvira, también una conversa a los once años, ayudó a financiar una sinagoga. Doña Elvira se retiraba secretamente a la mikve comunitaria para un baño ritual con parientes judíos. Su marido se reunía con amigos judíos en privado para cantar melodías hebreas.
Su hijo, Juan Arias Dávila, era el poderoso obispo de Segovia desde hacía más de 30 años. Sin embargo, ni siquiera pudo defenderse de los inquisidores, que atacaron a la familia Dávila en un enfrentamiento político con el obispo.
Los inquisidores sospechaban que Diego Arias Dávila y su esposa fueron enterrados según la costumbre judía, envueltos en una capa y una capucha. Esto provocó un proceso inquisitorial póstumo estableciendo 23 cargos de «judaizar», o sea, la observación de los rituales judíos, violando sus conversiones.
Algunos testigos de la Inquisición, sin embargo, se burlaron diciendo que Diego Arias Dávila creía en cualquier cosa, alegando que por si acaso, él compró toda la capilla de un antiguo monasterio, como el sitio para una gran tumba. Si las oraciones de los monjes no lo salvan, le dijo a un fraile (de acuerdo con registros de la Inquisición), que tendría una segunda oportunidad con los cantos de una sinagoga vecina.
En una visita a Segovia este verano, he buscado en vano encontrar dónde el obispo astuto de Segovia escondió los restos de sus padres y su abuela, Catalina González. Todo lo que pude encontrar fue que los huesos habían sido trasladados varias veces.
Mientras caminaba por las oscuras callejuelas del barrio judío de Segovia, sentí una conexión especial con doña Elvira. Quedó claro en el testimonio de la Inquisición que ella anhelaba mantener los lazos de familia, gozando de las bodas judías y días festivos. Esos lazos fueron tan fuertes que se las arregló para compartir con nosotros algo precioso dieciséis generaciones más tarde. Tal vez algunas cosas están destinadas a revelarse.
Me sorprendí cuando descubrí el verdadero nombre de doña Elvira, que cambió después de su conversión. Ella se llamaba originalmente Clara. Y descubrí en Segovia que había otros en la línea genealógica con el mismo nombre.
Este nombre significa claro y brillante. Casualmente –o quizás no– hemos llamado a nuestra hija en la versión francesa del nombre, Claire. Ahora es el turno de mi hija de brillar.