Presencia sefardí en MÉXICO

Simonette Levy de Behar

Sabemos que las migraciones, los destierros y las travesías han marcado la memoria del pueblo judío. Cada paso que hemos dado ha sido el inicio de una historia. Hemos viajado con un enorme bagaje, tanto cultural como religioso. Y gracias a nuestro tesón mantenemos vivo nuestro legado.
Tras la salida de Babilonia en la época de oro de Ciro el Grande, la ruta fue trazada hacia la cuenca del Mediterráneo, el Medio Oriento y el norte de África. Algunos, muy pocos, regresaron a la Jerusalén dorada. Pero, todos, llevando siempre consigo, llevando siempre consigo sus tradiciones y liturgia.
Aquellos que durante siglos se habían establecido en Sefarad tuvieron que dejarlo, tomaron diferentes caminos y se establecieron en Turquía, Grecia, Bulgaria, Macedonia, Marruecos, Yugoslavia, Francia, Italia, Holanda, Egipto, Siria e Israel.
Fueron de esos países de donde más tarde emigrarían nuestros abuelos y padres a las tierras mexicanas.
Entre sus pertenencias y nostalgias, los sefardíes llevaron consigo la joya más importante: su lengua materna (el ladino, judeoespañol, yudezmo, haketía o kastiyano viejo) se convirtió en el idioma del exilio constituyéndose en un lazo con el pasado y permitiendo convertir a México en su hogar al trasladar lo ancestral a lo nuevo.
A pesar del paso del tiempo, llevamos con nosotros la añoranza por la querida España. Tal como dice la desgarradora voz de la canción «Adio, Kerida, non kero la vida, me la amargates tu», que reclama y llora un doloroso exilio.
Se dice que los primeros judíos sefardíes llegaron a América, ocultando su fe, con Cristóbal Colón y los conquistadores que lo siguieron.
Sin embargo, a la par llegó, a los principales virreinatos, la despiadada Inquisición que evitó, no solo su florecimiento, sino que condujo a la asimilación.
A pesar de ello, encontramos algunos signos en la reminiscencia inconsciente de algunas familias mexicanas que, sin declararse judías, conservan tradiciones como son el cambio de ropa de cama y de mantelería que se realiza la mañana del viernes o que un día en la semana se cena a la luz de las velas.
En la comunidad conversa de Los Altos de Jalisco nunca se abandonaron las festividades religiosas ordenadas en la Torá, llamándolas por su nombre en español como «la veladas de las espigas», que se organiza para pedir el agua. O la fiesta de la caña o «primeros frutos», en acción de gracias por la cosecha, refiriéndose a Shavuot y Sucot.
Asimismo, existen algunas agrupaciones mestizas que se dicen descendientes de judíos y que continúan practicando el rito al estilo sefardí. Entre ellas se encuentran la de Venta Prieta en el estado de Hidalgo, y la de Vallejo, en el Distrito Federal.
Sin embargo, la verdadera presencia abierta y participativa de judíos en México se inicia a principios del siglo pasado con las migraciones, por una parte de los judíos provenientes de Europa del Este que huían de los cada vez más frecuentes pogromos, y por otra de aquellos de origen sefardí que llegaron, en algunos casos perseguidos; pero, en su mayoría, en busca de mejores niveles de vida.
La mayor parte de ambos grupos llegaron a tierras mexicanas con la intención de entrar en Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades y, al no lograrlo, fundaron las pujantes comunidades mexicanas actuales.
El proceso no fue sencillo, pues en México también existieron leyes restrictivas a la recepción de judíos, argumentado, entre otras cosas, la resistencia de estos a compenetrarse en la sociedad, lo que iba en contra del proyecto cultural post-revolucionario que buscaba la unificación nacional mediante la fusión étnica o mestizaje.
Al emigrar, los judíos de origen sefardí navegaron hasta el puerto de Veracruz; algunos se quedaron en esa ciudad y otros se radicaron en la cercana ciudad de Orizaba, donde se dedicaron principalmente al comercio. Hoy en día viven muy pocas familias en esas ciudades y no constituyen una comunidad formal.
Desde el principio, la gran mayoría se trasladó a la capital: el Distrito Federal. Pero, otros más, buscando nuevos horizontes se fueron a diferentes estados de la república mexicana, donde crearon pequeñas instituciones como la Comunidad Israelita y la Congregación Beth-Shalom, en Guadalajara; la Sociedad Maguén David de Tijuana y la Nevé Shalom de Cancún.
En el año 1912, el rabino Zielonka de El Paso, Tejas (Estados Unidos), que pertenecía a la B’nai B’rith norteamericana, buscaba disuadir a los judíos de intentar cruzar a los Estados Unidos a causa del peligro de ser deportados a sus países de origen.
A su instancia, el señor Isaac Capón, proveniente de Grecia, y un pequeño número de amigos originarios de Alepo, Damasco, Bulgaria, Turquía y Polonia establecieron la primera institución judía de México con el nombre de Sociedad de Beneficencia Alianza Monte Sinaí.
Con los esfuerzos de este grupo se adquirió un terreno para un cementerio y se construyó la primera sinagoga en las calles de Justo Sierra en el centro de la ciudad. Además, se dieron todo tipo de facilidades tanto educativas, como de apoyo económico para facilitar la inserción de sus miembros a la sociedad mexicana.
La inmigración judía creció y las diferencias entre los ritos askenazíes y sefardíes, así como entre las costumbres de los distintos grupos según su origen, propiciaron la disgregación de la Alianza, así como la fundación de múltiples locales de rezo y de congregación.
En lo que se refiere al grupo de sefardíes de origen turcobalcánico, al separarse de la Alianza, se reunieron en casas particulares y para las fiestas mayores arrendaban un templo protestante en la calle de Gante.
Previo y durante la Segunda Guerra Mundial se respiró nuevamente intranquilidad, hubo oleadas de nuevos inmigrantes que huían del conflicto y en México surgieron posturas antijudías por parte de los llamados «camisas doradas», quienes con una ideología fanática iban en contra de masones y judíos por igual.
Paralelamente, en algunos sectores del gobierno mexicano surgió una marcada tendencia filonazi, la cual tuvo una amplia repercusión gracias a la animadversión histórica de México frente a Estados Unidos.
Como ejemplo, existía en aquel entonces en una de las arterias principales de la ciudad, el Paseo de la Reforma, una boîte de nuit llamada La Suástica. Allí se reunían grupos nazis con simpatizantes de la alta sociedad y de la política mexicana. Irónicamente, hoy en día en ese mismo local se encuentra un restaurante de carnes que proclama tener «cortes kosher».
En ese entonces, 1940, los judíos turcobalcánicos se constituyeron en la Unión Sefaradí, lo que les permitió manejar una estructura administrativa formal. Dotándolos de una escuela y de un panteón, y permitiéndoles concebir la construcción de una bella sinagoga a la que se le dio el nombre de Kahal Kadosh Rabí Yehuda Haleví, cuyo diseño en principio estuvo inspirado en el templo sefardí de Vidin, Bulgaria.
El resultado final fue una estructura arquitectónica ecléctica que fusiona elementos medievales y góticos, dando a la sinagoga una gran majestuosidad y una afinada estética, que es alabada hasta hoy en día. Posteriormente, en 1974 se puso la primera piedra de un centro social anexo que complementó la función del beit hakenéset como centro de reunión, estudio y celebración.
Al paso de los años, las nuevas generaciones eligieron como lugar de residencia el noroeste de la ciudad, por lo que en el año 1985 el colegio sefardí se trasladó a la zona de Tecamachalco. En su interior funcionó un Beit hamidrash que cada vez captó más feligreses hasta que fue inaplazable la creación de una nueva sinagoga y de un centro social.
El primer proyecto del actual centro comunitario estuvo a cargo del arquitecto Simón Bali, y diez años después el arquitecto Manuel Roditti propuso un nuevo proyecto con influencia sefardí y estilo clásico.
Dicha estructura comprende el templo Shaar Hashamayim, un midrash (centro de estudios), un kolel (un lugar de oración) y tres tevilot (baños rituales). Además, cuenta con diferentes salones de fiesta, salas de conferencias, oficinas administrativas y de directivos, así como aulas donde se impartes clases de majazikeTorá (preparación de jóvenes para la barmitzvá), judaísmo, idioma hebreo y ladino.
Este centro comunitario en ocasión del 800 aniversario del natalicio del Rambam tomó el nombre de Centro Comunitario Sefaradí Maimónides, y alberga adicionalmente la Universidad Hebraica, la Fundación Sefaradí, las oficinas de la Sojnut (Agencia Judía), del Vaad Hajinuj (consejo educativo), de la Organización Sionista, del Centro de Atención y Desarrollo Integral Sefaradí (Cadis) y del Comité Mexicano de Fesela.
A partir de 1926, la comunidad sefardí ha contado con diferentes rabinos y jazanim (cantores), principalmente de origen turco: desde el haribí Abraham Levy hasta nuestro actual guía espiritual, el rabino Abraham Palti. Son estos hombres sabios en conjunto con atinados dirigentes, como el actual presidente comuntiario, Carlos Sandoval Levy, los que han difundido y promovido entre los miembros de la comunidad la cultura, la tradición, moral, rito ortodoxo y modo de vivir judeo-sefardí.
A fin de que existiera un testimonio de la evolución de la herencia sefardí de los judíos de origen turcobalcánico radicados en México, se publicó un libro, con testimonios, entrevistas e investigaciones históricas acompañados de documentos, manuscritos, archivos y notas, que reflejan el inmenso valor de la vida sefardí en el país.
Los textos derivados e imágenes recabadas quedaron presentados de una manera amena, original y atractiva, siempre ligados a la dinámica cíclica del judaísmo.

El tema de la educación
Me gustaría recalcar que la comunidad sefardí siempre se ha preocupado por mantener prendida la llama de la educación judía.
Los primeros intentos por brindar alguna instrucción a los hijos de los miembros comunitarios puede ubicarse en el año 1935 cuando medio centenar de niños sefardíes eran conducidos, en el Club Unión y Progreso, por el profesor Bojor para estudiar hebreo, historia, tradiciones y costumbres judías.
A partir de entonces se crearon diferentes instancias para poder brindar una instrucción judía a nuestros niños, entre ellos el internado (Hogar Israelita) con la supervisión de las señoras Alazraki y Babani.
Pero, no fue sino hasta el años de 1944 cuando se creó el colegio Hebreo Tarbut Sefaradí con la dirección del profesor Avner Aliphas. Este colegio comenzó con noventa alumnos, y solamente contaba con escuela primaria o elemental. Fue creciendo al paso de los años hasta convertirse en un colegio con 800 alumnos, impartiendo clases con la dirección de profesor Agustín Albarrán y el moré Nissim Cohén Melamed.
En 1952, se le cambió el nombre por Colegio Hebreo Sefaradí coincidiendo con el aumento de los grados de estudio a secundarios y posteriormente a bachillerato.
A partir de entonces, en sus diferentes ubicaciones, se han impartido clases de judaísmo, hebreo y talleres de ladino, además de los currículos de materias de educación de México.
Todo esto dentro de un proceso de actualidad que refiere a la presencia de los judíos en México y su inserción dentro del entramado social del país.
El nuevo plantel cuenta con un Mercaz Sefarad, donde se imparten clases de ladino, música sefardí, al igual que tradiciones y costumbres. Los estudiantes se sumergen en un espacio ambientado como una típica calle de la añorada Sefarad, los balcones y ventanas se abren para mostrarles ejemplares de nuestra literatura. Los materiales de trabajo y juego son preparados por los alumnos con la guía de especialistas en os diferentes temas.
El colegio ha sido siempre de orientación sionista y se ha preocupado por destacar las tradiciones y costumbres judías, en particular las sefardíes. Y se distingue entre los mejores de México, tanto dentro de la red judía como fuera de ella.
En concordancia, la comunidad sefardí ha promovido y se ha adherido a la ideología sionista. A partir de 1939, con la presidencia del señor Lázaro Pérez, se creó la Organización Sionista Sefaradí, que agrupa al Keren Kayémet y Keren Hayesod, y se ocuparon de efectuar campañas en pro del Estado de Israel, así como de promover el pensamiento sionista entre la juventud, auspiciando tnuot (movimientos), viajes de estudios y la aliyá al Estado judío.
Actualmente la tnuá de la juventud sefardí se denomina Ken Dor Hadash. Miles de muchachos han sido janijim (participantes) y posteriormente madrijim (guías). Algunos de ellos el día de hoy ocupan puestos directivos comunitarios, destaca el presidente de la Organización Sionista Sefardí, Rubén Bross, que pertenece a la cuarta generación de líderes sionistas.
Cabe hacer notar que la comunidad judeoespañola es la única entre las comunidades de México que ha contado a lo largo del tiempo con una organización sionista propia. Ha demostrado su liderazgo y efectividad al lograr las más altas aportaciones económicas per cápita y la mayor capacidad de penetración ideológica.
Además, nuestra comunidad posee un coro de adultos y otro de niños. Ambos impulsan la música sefardí y han concursado en diferentes foros, con canciones en ladino compuestas en México, y se han ubicado en múltiples oportunidades entre los primeros lugares.
Pero, los turcobalcánicos son solamente uno de los cuatros pilares de la comunidad judeomexicana. Los otros son los askenazíes, los damascenos y los alepinos. Cada uno con sus propias instalaciones.
A pesar de esta aparente dispersión, existen reglas muy claras de convivencia que permiten y estimulan las relaciones y matrimonios entre sus miembros.
El Centro Deportivo Israelita, al cual concurren todas las comunidades, ha promovido una mayor unión por medio de acciones deportivas y sociales.
Por su parte, el Comité Mexicano de Fesela ha contribuido a estrechar las relaciones entre las tres comunidades sefardíes. Cada una de estas está representada dentro de este comité que cuenta con una veintena de personas que trabajan sin hacer distinción de géneros o edades. Lo jóvenes aportan su dinamismo y los menos jóvenes, su experiencia; pero, todo en un nivel de igualdad, para la consecución de un proyecto claro.
Se realizan actividades de carácter cultural con el propósito de rescatar, conservar, difundir la cultura y la tradición oriental y sefardí. Para ello se llevan a cabo conferencias, exposiciones, obras de teatro, muestras gastronómicas, presentaciones de libro, entre otros.
Paralelamente, el Comité Mexicano de Fesela tiene su faceta sionista. En conjunto con Fesela continental concurre a los más altos foros sionistas haciendo participar las nuevas generaciones. De esta manera, Fesela y sus once comités nacionales se distinguen por su dinamismo en toda Latinoamérica.
Cabe resaltar que actualmente en México, el antisemitismo es prácticamente inexistente. Aunque a raíz del conflicto «Plomo Fundido», aumentó temporalmente al tomar el tinte de antiisraelismo.
El Comité Central de la Judería Mexicana, como organismo representativo cúpula, aunado a las acciones de la representación diplomática, del periódico Tribuna Israelita y de otras organizaciones como el Instituto Cultural México-Israel y la B’nai B’rith México han logrado mantener una imagen respetable y de la colaboración dentro del accionar nacional.
Se han manifestado ante hechos y conductas discriminatorios y atentatorios a los derechos humanos en México y en cualquier parte del mundo. En particular, en años recientes se logró incluir en la ley de protección a los derechos humanos el término antisemitismo como forma de discriminación.
En ese mismo sentido, el año pasado se construyó un majestuoso edificio que alberga el museo Memoria y Tolerancia, donde se exponen los horrores del Holocausto y otros crímenes de lesa humanidad en contra de ciertas minorías.
Este museo, que abre cauces para el pluralismo y el respeto a las diferencias, se encuentra en el centro de la ciudad frente a la Alameda Central, lugar que durante la época de la Inquisición funcionó como quemadero de infieles.
A guisa de conclusión podríamos decir que la comunidad judía de México es un grupo solidario que tiene cada día una mayor y mejor inserción en la sociedad mexicana.
Su participación en los órdenes de gobierno se ha visto incrementada, destacando el hecho del nombramiento de un judío como titular del ministerio de Salud a nivel nacional.
Sin embargo, gracias a su intensa vida comunitaria, religiosa y social, los judíos de México son actualmente uno de los grupos que presentan el menor número de asimilación a nivel mundial. Se ha logrado cumplir con el principio de quienes vivimos en la diáspora: «Asimilar sin asimilarse».
A diferencia de lo que sucede en muchas comunidades del mundo que han cerrado parte de sus instalaciones y han visto disminuida su población, en México está última es estable y se abren nuevos locales, a la par que se amplían los servicios comunitarios.
En el caso de las comunidades sefardíes, las tres han inaugurado recientemente lugares de rezo y centro de reunión: el últimos es el de la comunidad Monte Sinaí. El más grande, el Centro Comunitario Maguén David, con 60 mil metros cuadrados construidos, en un terreno de 50 mil. El de la Comunidad Sefaradí, más reducido en dimensiones, pero ejemplar en su arquitectura. Todos llenos actividades.
En particular, la comunidad turcobalcánica demuestra con su esfuerzo y dedicación que se puede mantener viva y enriquecer la esencia de los valores de la cultura sefardí.
Por esto este artículo, porque creemos que somos un ejemplo de trabajo comunitario correcto para impedir la asimilación y recrear nuestra riqueza ancestral. En México, tenemos el orgullo de pertenecer o de admirar la cultura sefardí.