MICHAËL DE SAINT-CHERON ENTREVISTA A ELIE WIESEL

El diálogo entre un jasid y su discípulo

(1984-2000)

Oro Jalfón

Especial para Maguén-Escudo

Michaël de Saint-Cheron. Lleva el nombre de un arcángel bíblico y el apellido de un aristócrata católico francés de la región de Champagne. Lleva un recorrido personal tan fascinante como fuera de lo común: destinado al noviciado, habiendo pasado su niñez acudiendo a la iglesia de la mano de su padre, marcado desde su primera juventud por un fervor místico que lo condujo a múltiples monasterios y abadías, de Solesmes a Czestochowa, pasando por Hautecombe, tenía veintisiete años cuando se aprestaba a tomar los hábitos benedictinos. La fuerza del amor, el amor de un hombre hacia una mujer, conmociona esta decisión. La duda, dolorosa y liberadora a la vez, le embriaga y la idea de la sumisión de la vida familiar y de pareja por la entrega a Jesús se vuelve intolerable.

«¿Qué clase de religión es esta que opone el amor de Dios a la vocación espiritual del amor humano? Que religión es esta, que contradice el mandamiento divino de crecer y multiplicarse, llamando a los hombres y mujeres al voto de castidad?», se interroga el joven religioso.

Allí empieza el periplo judío de este escritor, ensayista, investigador del Centro Nacional de la Investigación Científica, graduado del Instituto Nacional de Lenguas Orientales de París, encargado del patrimonio en el ministerio de la Cultura de Francia, conferencista de renombre, encargado de cátedra en el Instituto Universitario de Estudios Judíos. Pues Michaël de Saint-Cheron es judío, nacido de madre judía; aunque le haya tomado muchos años comprenderlo.

Cuando volvió del convento, situado en la ciudad de Cologne, donde, valga la precisión, no pronunció ningún voto, Michaël de Saint-Cheron quiso, por primera vez en su vida, asistir a un oficio de Yom Kipur. Eran les fechas de las festividades judías, septiembre de 1982. Acude a la conocida «sinagoga de Montevideo», de rito askenazí ortodoxo, en el distrito 16 de París.

«Es todo Israel, el que está de pie, en este día de ayuno, delante del Arón hakódesh… no, no es un pueblo fósil el que se me presenta aquí, delante mío, es un pueblo resucitado el que me aparece (…) Lejos del mundo benedictino y franciscano, recibo en pleno corazón la revelación del pueblo judío». Así lo cuenta en su libro autobiográfico «Sur le chemin de Jérusalem» (En el camino a Jerusalén), un escrito íntimo y conmovedor sobre su itinerario personal, publicado en 2009.

Surgen las preguntas, los cuestionamientos. Nacido judío, hijo de una judía de Bruselas, asimilada, es considerado judío ante la halajá. Por otro lado, al profundizar en su relación con la Iglesia Católica, se da cuenta, al releer los textos fundamentales de la Biblia y los profetas, de que las profecías anunciadas en el así llamado Antiguo Testamento con respecto a la venida del Mesías no solamente no se cumplieron, sino que más bien Jesús y los cristianos contravinieron dichas profecías.

Michael decide «ser» judío, aunque ya lo es. Normaliza su conversión, cumpliendo con el precepto de la circuncisión, en 1983. Desde entonces, vive el proceso de «forjarse un alma judía, que no lo es todavía, sino un entre dos».

MAESTROS DE EXCEPCION: Wiesel y Lévinas, espíritu e intelecto

Profundamente humanista, imbuido de una gran curiosidad tanto espiritual como intelectual, el pensamiento de Michaël de Saint-Cheron se orienta hacia la filosofía ética. No es de extrañar que su camino se haya cruzado con el de grandes maestros como Elie Wiesel y Emanuel Lévinas.

Fue un encuentro fortuito. Un domingo del otoño 1983, la televisión francesa presenta una emisión llamada «El fervor jasídico: de Sighet a Jerusalén», en ocasión de la publicación del libro «Palabras de extranjero», del ya famoso y doblemente galardonado escritor Elie Wiesel. «Ese rostro y esa voz, contando sobre el shtetl, la yeshivá de sus años de infancia y adolescencia pasados en su aldea natal de Sighet, en los Cárpatos, entre 1937 y 1943, aquella presencia, el amor al estudio a través del jasidismo que él transmitía, literalmente me sobrecogieron y fueron para mí una revelación».

Michaël de Saint-Cheron, quien en aquel momento «no sabía nada sobre judaísmo», queda impregnado de aquel fervor que la imagen y las palabras del escritor, sobreviviente de la Shoá, emanaba a través de la pantalla de televisión. «Hay que precisarlo, Elie Wiesel es un jasid hasta la médula. Una de las fuerzas del judaísmo, es, a mi entender, el jasidismo. Y hoy todavía, me siento muy próximo de una cierta coloración mística e intelectual que este movimiento le imprime; una de ellas es la hospitalidad judía, que los jasidim y los lubavitch (aunque yo mismo estoy muy lejos de serlo) encarnan como ninguna otra escuela judía, aun en nuestros días, al alba del siglo XXI».

Estrechos lazos de amistad y respeto se crearon entre los dos hombres. Michael se convirtió en el primer biógrafo en lengua francesa del premio Nobel de la Paz. Siete títulos han sido publicados alrededor de la vida y obra de Elie Wiesel, la mayoría en forma de fascinantes diálogos, además de relatos y ensayos que de Saint Cheron le dedica. Particularmente, «El mal y el exilio», escrito conjuntamente por ambos (1988), y «El mal y el exilio, diez años después» (1999).

En la misma época, apenas unos meses después, en 1983, Michaël de Saint-Cheron «descubre» a quien sería su segundo maestro, el que lo formó «intelectualmente, más que espiritualmente». Emanuel Lévinas, de quien se dice haber sido uno de los más grandes filósofos judíos del siglo XX.

Ningún otro pensador judío reunió en él y de manera tan profunda tantos universos culturales: enseñanza bíblica, literatura rusa y de Europa occidental, cultura filosófica principalmente orientada sobre la metafísica, y después de la segunda guerra mundial, el encuentro con el Talmud. Paralelamente a su trabajo filosófico, Emmanuel Lévinas fue de 1945 al 1979 director de la Escuela Normal Israelita Oriental, donde formó numerosas generaciones de profesores de las escuelas de la Alianza Israelita Universal.

Es allí, entre los muros de esta mítica escuela donde Lévinas impartía cursos los sábados por la tarde, que Michaël de Saint-Cheron experimentó «una especie de llamado al estudio; no era una enseñanza ortodoxa en el sentido tradicional del término, sino de la tradición judía a partir del Talmud, de Rashi, de Maimónides, y de maestros del siglo XVIII como el Gaón de Vilna y rabí Haím de Volozhin, a quien le profesaba una gran admiración. Lévinas fue para mí el descubrimiento de la voz de la Ética judía, con letras mayúsculas».

Son estos dos personajes de excepción los que iniciaron Michaël de Saint-Cheron en la cuna de su judeidad. Encontró en ellos, «la voz del jasidismo y de la memoria de la Shoá, y al mismo tiempo, el cimiento intelectual de una tradición completamente opuesta a la tradición jasídica, pues, como sabemos, Emanuel Lévinas pertenece a la corriente de los mitnaguedim. Es mediante estos dos mensajeros de la palabra judía, que me forjé mi propia identidad, mi propio itinerario judío».

No sin añadir: «Una voz mediana, la voz de la poesía», la que le legó el poeta franco israelí de origen alsaciano Claude Vigé.

ENTREVISTAS CON ELIE WIESEL: 1984-2000, el diálogo entre un príncipe jasid y un joven judío

«Este es quizás mi último libro sobre Elie Wiesel. Este libro, son los fragmentos de un diálogo que se ha venido manteniendo, inalterable, alejado de las modas y de lo mundano, desde hace veinticinco años. Hoy, en ocasión de sus ochenta años, decidí retomarlos para, en cierta forma, obsequiárselos».

Una amistad indeleble, nacida un día de septiembre de 1983, en el bar del hotel Port Royal de París. El gran escritor acababa de cumplir 55 años, el joven estudioso tenía 28. El carácter excepcional de esta relación, ininterrumpida durante un cuarto de siglo, dio como último fruto literario, estas «Entrevistas con Elie Wiesel: 1984-2000». Cinco diálogos que arrojan luz sobre los grandes debates filosóficos de todos los tiempos, seguidos de cinco reveladores ensayos recogidos bajo el título: «Wiesel, ese desconocido».

Respuestas desgarradoras a preguntas desgarradoras, preguntas que no tienen respuesta, que quedarán para siempre sin respuesta, ambos lo saben, y, sin embargo, la pregunta deberá seguir formulándose, ahora y siempre, sabiendo de antemano que solo el silencio conserva la verdad, mucho más que la palabra.

«La Noche» es el primer libro de Wiesel, escrito después diez años de mutismo, tras la liberación por los americanos de los campos de muerte, en 1945. La obra, basada en su experiencia personal, es el relato de lo que un padre y su hijo soportaron juntos en el infierno de los campos nazis. El relato de la vergüenza del hijo por ser testigo del martirio de su padre, y el del dolor mudo de un padre que asiste, impotente, al sufrimiento de su hijo.

–¿De la noche, el sobreviviente puede volver?– pregunta MSC, en la entrevista titulada «Holocausto: existir se había vuelto un crimen».

–No se retorna jamás. Solo que… se finge retornar y mientras se finge, se trata de hacer cosas para ayudar a los demás.

Y sin embargo Eliézer, testigo a los quince años de la muerte de su familia en Birkenau, desconoce la deserción de la fe, incluso en medio de la tormenta del Holocausto: «Estoy a veces con Di-os, muchas veces en contra de Di-os, pero nunca sin Él… mi protesta contra el silencio de Di-os se inscribe dentro de la fe».

El encuentro de Kurt Waldheim con el Papa, «incluso si no era la intención del Papa, la consecuencia será de permitir a algunos de olvidar, borrar, perdonar demasiado rápidamente», el proceso de Klaus Barbie, la beatificación de Edith Stein, los archivos del Vaticano sobre los judíos: «La parte judía de estos archivos debería ser cedida al estado de Israel»… Israel, ese fenómeno planetario de la detestación del Estado judío y la aparición de un nuevo antisemitismo bajo el vocablo de antisionismo: «Decir que Israel es un país racista, no comprendo siquiera que se pueda insinuar».

–Hoy en día, ¿qué asunto le preocupa más en lo que respecta al destino del mundo? – Pregunta MSC en su última entrevista, «Diálogos al borde del nuevo milenio».

–El fanatismo. Sube, hace estragos, conquista y, en algunos lugares, vence, se trate de fanatismo político o religioso o étnico; e incluso de fanatismo antifanático. No acepto el fanatismo, en ninguna de sus formas.

Los ensayos que el autor le dedica al premio Nobel en la segunda parte del libro, aportan un colorido, a veces intimista, rebosante de detalles, sobre diferentes episodios de su vida. «Un premio Nobel llamado Wiesel»; «Un maestro llamado Mauriac»; «Sus madres murieron en Auschwitz» (en torno a su relación con el cardenal Jean Marie Lustiger, cuya madre fue víctima de la deportación); «El mal y la salvación en Kafka y Wiesel»; «El silencio y el secreto en su obra».

¿Quién mejor que su autor, Michaël de Saint-Cheron, para describir el impacto del pensamiento de Wiesel?

«Escuchen ese acento bíblico a la vez judío y universal, esa voz que viene del jasidismo, es decir, del fervor místico cuando este es fuente de vida, de memoria, pero también de hermandad entre los hombres. Si no, sería una mala mística y una mala memoria. Elie Wiesel, por medio de una voz judía, transmite un mensaje universal, que es tiempo de reescuchar».

Elie Wiesel, una de las grandes voces judías del siglo XX. Una voz que lleva la palabra de la memoria, portando en ella la esperanza, que a veces desespera, pero que siempre rechaza la total desesperación.

*La autora es periodista y fue directora del semanario Nuevo Mundo Israelita (1987-88) y directora ejecutiva del Centro de Estudios Sefardíes de Caracas.

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