LOS CUENTOS DE YOHÁ: tradiciones sefardí, árabe-islámica y universal

Yohá es, sin duda, el personaje más conocido y más celebrado dentro de la tradición cuentística sefardí. Sus bromas, chanzas y aventuras han sido contadas, a lo largo de los siglos, de padres a hijos, de abuelos a nietos, entre hombres, entre mujeres, entre amigos, y han quedado integradas en lo más profundo y entrañable del imaginario y de la memoria colectiva de los sefardíes, tanto de Oriente como del norte de África. Muy pocos personajes habrán alcanzado, en todas las comunidades de este pueblo, una popularidad tan generalizada, un valor tan identitario, una dimensión simbólica que encarne tantas y tan diferentes cosas (la ingenuidad y la astucia, la suerte y la desgracia, el esfuerzo y la indolencia, la risa y el drama de la cotidianidad). Todavía hoy, cuando la cultura tradicional judeoespañola se encuentra en vías prácticamente de extinción, cuando el romancero y los cuentos maravillosos pueden darse por casi olvidados, cuando las canciones etiquetadas como «sefardíes » flotan apenas en una discografía clónica, subsidiaria y comercial que muy poco tiene que ver con las exhaustas raíces tradicionales de aquel pueblo, los cuentos de Yohá siguen –aunque muy debilitados– dejándose oír, haciendo reír, despertando nostalgias de un pasado en que su voz se escuchaba mucho más alta y clara. No cabe duda de que, mientras haya sefardíes –en la acepción sociocultural del término–, Yohá estará, inseparable, a su lado. Y tampoco cabe duda de que el día en que Yohá sea olvidado por los sefardíes, eso querrá decir que los sefardíes habrán acabado de olvidar los últimos restos de su cultura.

Lo paradójico de todo esto es que Yohá no es un personaje originaria ni exclusivamente sefardí.

Al revés: Yohá es un ser mestizo, políglota, internacional, pluricultural, multirreligioso, que ha echado raíces en muchos sitios, ha viajado por casi todas partes –sobre todo dentro del mundo árabe-musulmán–, y encarna, en realidad, un tipo de personaje –a veces listo y a veces tonto, casi siempre cómico, pero a veces trágico– que es bien conocido en tradiciones folclóricas de todo el mundo. Así lo han puesto ya de relieve algunos estudiosos de la tradición sefardí, como Paloma Díaz-Mas cuando ha hablado de Yohá (o Giohhá, Nasredín, Nasretín o Nasrudín Hoya), el personaje de los cuentos folklóricos del mundo árabe islámico, que los sefardíes adoptaron en su narrativa popular.

En Turquía se identifica con un personaje histórico, al que se atribuye haber vivido en Anatolia a finales del siglo XIII. Pero, en la literatura árabe del Oriente Medio se documenta ya en el siglo VII; en todo caso, representa un tipo muy común en los cuentos folklóricos de ingenio de todas las tradiciones: el personaje modesto, a veces tonto y a veces astuto, que responde siempre con gracia y logra salir de las situaciones difíciles gracias a su picardía y humor, dejando con frecuencia burlados a los que son más poderosos o aparentemente más inteligentes que él 1.

El carácter del Yohá sefardí está modelado, sin ninguna duda, a partir del personaje homónimo –o casi homónimo, dada la gran cantidad de variantes onomásticas registradas– cuyas correrías se documentan sobre todo en la tradición árabe e islámica desde hace más de un milenio. A Clara María Thomas de Antonio se debe una síntesis muy detallada y pedagógica de lo que se cree saber acerca de la evolución histórica y literaria del personaje:

«Parece probado que las historias de Yuha se habían integrado en un libro ya mencionado en Iraq en el siglo X y conocido en Persia en el s. XIII. Posiblemente esta obra fuera traducida al turco en el s. XV, donde el protagonista pasa a llamarse Nasr al-Din Juya (Joya), al fundirse con otro personaje turco. El libro aumenta rápidamente de volumen y es retraducido al árabe en el siglo XVII, aunque la primera edición impresa no se realiza hasta principios del s. XIX, en Bulaq (El Cairo). Sus hazañas y dichos, reales o atribuidos a él, se difundieron rápidamente por todo el ámbito araboislámico y por países limítrofes, alcanzando aún mayor difusión en la literatura turca. Yuha, un hombre sencillo, salido del pueblo, está siempre vivo en la imaginación árabe y es uno de los mejores protagonistas de su risa: cuando su nombre se pronuncia, los rostros se iluminan con una sonrisa. Su rastro puede seguirse a través de las rutas de la seda o de las especias. »Todo el mundo le conoce en Iraq, Siria, Líbano, Yemen, Arabia, Egipto, Túnez, Argelia, Marruecos o Mauritania, y también fuera del mundo árabe: es famoso en Turquía, y conocido en Samarcanda, Armenia, Afganistán, Turquestán, el Cáucaso, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Crimea, Ucrania, Rusia, Nubia, Sudán, Senegal, Grecia, Albania, Malta, Sicilia, Calabria, Cerdeña o Al Ándalus. Sin embargo, en el resto de Europa es casi desconocido o confundido con otros personajes árabes, como ‘Antara» 2.

Tras ofrecer un elenco de más de cuarenta variantes que su nombre conoce en tan diversas tradiciones, regresa la misma investigadora a la primera obra literaria conservada que recoge noticias de él:

«Parece que el personaje en cuestión tuvo existencia real. Las hipótesis más convincentes parecen señalar que nació en Kufa, se llamó Abú-l-Gusn Nuh al-Fazari, vivió bajo el califato de Abú Ya’far al-Mansur, y más tarde se fundió con otro personaje popular turco, Nasr al-Din Juya, que pudo existir de forma independiente y vivir entre los siglos XIII y XV.

»Sin embargo, las vicisitudes por las que han pasado estas historias hacen muy complejo el análisis estratigráfico del libro del que hoy disponemos, Kitab nawadir Yuha, en el que queda de un 30 a un 40% del texto primitivo. Diversas tradiciones populares recogen muy variadas teorías sobre su existencia 3.

Según los diversos investigadores seguidos y citados por Thomas de Antonio 4, en el personaje folclórico de Yohá parece que convergen dos protopersonajes (Yuha y Nasr al-Din) que, en un principio, pudieron haber tenido vidas literarias (y quizás históricas, aunque esto sea bastante más dudoso) independientes, por más que sus rasgos y perfiles acabasen luego confluyendo en un mismo sujeto de ficción. He aquí algunos de los datos que se cree que se saben sobre Yuha:

«El primer testimonio literario sobre Yuha remonta al siglo IX: Al-Yahiz (m. 868), prosista de Basora, en su Risala fi-l-hakamayn, le menciona entre los individuos famosos por su necedad y le atribuye una asombrosa propensión a cometer errores y equivocaciones; y en su Kitab al-bigal cita una anécdota en que Yuha da una respuesta inesperada a un torpe hombre de Hims. Ya proverbial antes de la época de al-Yahiz, Yuha se convirtió en el personaje central de un número indetermiando de anécdotas que formaron un relato anónimo titulado Libro de las excentricidades de Yuha (Kitaba nawadir Yuha). Esta obra la recoge el bagdadí Ibn al-Nadim (930-995 aprox.) en su Kitab al-Fihrist (987-988), y de él tomarán sus materiales autores posteriores.

En el siglo XII, el filósofo de Nisabur, al-Maydani (m. 1124), en su Mayma’ alamtal registra un proverbio que se había hecho famoso –«más tonto que Yuhá»– y cita tres anécdotas del personaje, señalando que era un hombre de los Banu Fazara que tenía por kunya Abú-l-Gusn.

Esto está también documentado en otras obras que abarcan del siglo XI al XV. El nombre del personaje varía según las fuentes: Nuh, Duyayn, al-Duyayn b. Tabit, ‘Abd Alá… pero ninguna de ellas pone en duda su existencia histórica. […]

»Según indica Pellat, los biógrafos mencionan a un tradicionista de escasa reputación, llamado Abú-l-Gusn Duyayn B. Tabit al-Yarbu’i al-Basri, hijo de una esclava de la madre de Anas b. Málik (m. 709 o 711). Este tradicionista, que recogió tradiciones de la boca de Anas, Aslam o Hisam b. ‘Urwa y las transmitió a Ibn al-Mubárak, Waki o al-Asma’i, había sido apodado Yuha, de forma que ha sido confundido a veces con nuestro Yuha. Ibn Hayar al-’Asqalani (m. 1449) niega tal identificación en Lisan al-Mizan, pero al- Kutubi (m. 1363), en un pasaje anterior y más claro de sus ‘Uyun al-tawarij, indica la solución a este problema: según el siyistaní Ibn Hibban (m. 965) se habría confundido a este tradicionista de Basora y al Nuh de Kufa, también apodado Yuha, porque ambos murieron en la misma fecha, el año 777. Esta coincidencia es por lo menos curiosa, y quizás el tradicionista de Basora fue víctima de la malignidad de los habitantes de Kufa. Sin embargo, según Pellat, esto no pone en entredicho la existencia real de Yuha, que podría haberse llamado Abú-l-Gusn Nuh al-Fazari.

»Por otro lado, algunos antiguos autores si’íes reivindican a Yuha desde antiguo y hacen de él un tradicionista, asociado al poeta Abu Nawas (m. 813) y al inteligente loco Buhlul (m. hacia el 799)»5.

He aquí unos cuantos datos que algunos historiadores creen haber allegado sobre Nasr al-Din, el otro personaje supuestamente histórico al que diversas tradiciones pretenden hacer modelo del Yohá de los cuentos populares:

«Las referencias de al-Suyuti demuestran que Yuha era bien conocido en Egipto en el siglo XV. Sin embargo, no aclaran otro problema que se plantea: a finales de la Edad Media surge en Turquía otro símbolo que sustituye pariclamente, o al menos de forma local, a Yuha: Nasr al-Din Juya (Joya) o al Juya Nasr al-Din. Ya se han citado algunas tradiciones respecto a este personaje. Las versiones eruditas se podrían resumir, siguiendo a Bajraktarevic, en dos grupos:

a) Los que le sitúan en el siglo XIV-XV: Estos lo hacen vivir en el periodo de Bayaceto (Bayazid I, 1389-1402), Tamerlán (Timur, 1336-1405) y el 8º karamani, Ala al-Din. Esta tesis ha sido la preponderante en Europa, al ser introducida por Cantimir, Diez, Goethe, Von Hammer, etc., y al traducirse al alemán en 1890 la versión de las anécdotas de Nasr al-Din y Bu Adam hecha por Mehmed Tewfiq hacia 1883, la cual daba por sentada la teoría del escritor Ewliya Celebi. […]

b) Los que le sitúan en el siglo XIII: Estas tesis le hacen vivir en el período del sultán selyucida Ala al-Din (s. XIII) y están basadas en que el poeta turco Mahmud al-Naqqas Lamii (m.1532/33) afirma, en sus Leta’if, que fue contemporáneo de Saiyad Hamza, que vivió en el siglo XIII; y en que en antiguos manuscritos Juya es asociado al citado sultán selyúcida6».

Es obvio que las lagunas documentales y las confusiones y ambigüedades de los textos –nada raros, si tenemos en cuenta que estamos escrutando diez o quince siglos hacia atrás–, la profusión y el cruce de informaciones, la promiscuidad con que la historia y la ficción, lo real y lo legendario, se alían para entorpecer esta borrosa representación de Yohá, impiden que alcancemos ninguna certeza sobre el perfil histórico –si es que alguna vez lo tuvo– de nuestro personaje. De hecho, muchos estudiosos ponen en cuestión, e incluso niegan vigorosamente, que el Yohá de los cuentos sea hijo o réplica de ningún Yohá histórico. O, al menos, niegan que la aclaración de ese enigma pueda ser alguna vez –al cabo de tantos siglos– posible. Aunque sí que puede ser plausible que en Yohá confluyan los perfiles de las dos grandes ramas de su tradición que unos cuantos han delimitado:

«La identificación de ambos personajes viene avalada por un primer dato: en la primera edición árabe litografiada de sus anécdotas, editadas en Bulaq (El Cairo), el título es Nawadir al-Juya Nasr al-Din, apodado Yuha al-Rumi, 1880 aprox.). Los egipcios hacen aún de Nasr al-Din y de Yuha un mismo personaje. Sin embargo, a veces los árabes distinguen a ambos, llamando “Yuha al-Rumi” a Nasr al-Din»7.

Mucho más práctico que enredarnos en imposibles prospecciones historicistas, que están, seguramente, condenadas al más estrepitoso de los fracasos, puede ser reconocer que en Yohá se encarna el modelo del trickster, un tipo de personaje ambiguo y complejo (por lo general astuto, pero a veces también ingenuo, protagonista de anécdotas risibles, pero no exentas, muchas veces, de crueldad y de violencia) que recorre los imaginarios y las literaturas orales de innumerables pueblos:

«En las tradiciones miticorreligiosas de todo el mundo resulta prácticamente imposible no encontrar la figura del llamado trickster, tramposo o burlador que, al engañar de algún modo a Di-os o a los dioses, se convierte en una especie de fundador y de primer motor de la cultura humana. Si en la tradición cristiana es obvio que operan como tricksters las figuras de Adán y Eva, defraudadores de Di-os y padres del linaje humano, en la grecolatina tienen enorme relevancia las figuras de Prometeo y de Pandora, que desobedecieron a los dioses para donar el fuego y entregar las enfermedades a los hombres, y en la antigua Mesopotamia destacan Gilgamesh y Enkidú, quienes robaron cedros intocables de bosques sagrados con el fin de construir también edificios para los hombres.

La figura del trickster o burlador, que tuvo en sus orígenes connotaciones míticoreligiosas esenciales y profundas, ha dejado igualmente sembradas de ecos y de huellas las tradiciones no necesariamente religiosas de la literatura oral y escrita. Un trickster célebre, en nuestra propia órbita cultural, es don Juan, el supremo burlador de las mujeres y de las costumbres que la comunidad considera que deben regir la sociedad. Pero, también se han identificado como tricksters o como tramposos burladores el don Hurón del Libro de buen amor, el Pedro de Urdemalas de Cervantes y de numerosos cuentos tradicionales, y el Quevedo o el Jaimito de tantos relatos chistosos hispánicos, igual que sucede con el Yohá, Yehá, Yuhhá, Yufá o Nasreddin Hoçá protagonista de tantos cuentos satíricos conocidísimos en todo el norte de África y del Oriente mediterráneo, desde Marruecos hasta Turquía»8.

Los dos polos entre los que nos estamos moviendo en nuestro empeño por desentrañar algunas de las claves de la personalidad de Yohá no son del todo irreconciliables: es cierto que la vía historicista intenta reivindicar la existencia real de Yohá como celebrado escritor cuyo ingenio habría acabado convirtiéndose, a posteriori, en legendario; y que la vía mitologista prefiere verlo como un personaje de ficción, completamente ahistórico, en el que se concreta el perfil abstracto del trickster listo-tonto, cómico-trágico, que puebla mitologías y tradiciones literarias de todo el mundo. Pues bien, resulta que, en no pocos lugares, los grandes escritores, artistas, intelectuales, filósofos, han dado lugar a nutridas y asombrosas mitologías (absolutamente inventadas) que los han convertido, al poco de su muerte, en héroes de perfil muy similar al de Yohá.

Un ejemplo notable es el del Pushkin ruso, sobre el que el gran crítico literario Mijail Bajtin afirmó en cierta ocasión lo siguiente: «En torno a cada gran escritor se crean leyendas populares carnavalescas que lo visten de bufón. Así, Pushkin en estas leyendas se convertía en el bufón cortesano Balákirev [“Hablador”]. Existe, incluso, un Dante carnavalesco. Una serie de anécdotas sobre él: cómo desordenó la herramienta de un herrero el cual había deformado sus versos, cómo llamó “elefante” a un admirador molesto. Una serie de anécdotas representa sus respuestas sarcásticas a Can Grande, respuestas que lo convierten en una especie de bufón al lado de un tirano. Muchas de las anécdotas sobre Dante están incluidas en las facecias de Poggio Bracciolini»9.

El del ruso Pushkin no es un caso aislado: Esopo en la antigua Grecia, Dante y Giotto en Italia, Garci Sánchez de Badajoz y Francisco de Quevedo en España, Camões y Bocage en Portugal, etc., han dado lugar a gigantescos repertorios de chanzas, anécdotas, cuentos, vivos y repetidos durante siglos, que los han convertido en personajes carnavalescos, fronterizos entre los territorios de la realidad y la ficción, de la oralidad y la escritura, de nuestras tradiciones y de las de nuestros vecinos. Un fenómeno muy parecido, en definitiva, a lo que Yohá puede que sea y puede que represente en todas las épocas y lugares que han celebrado sus andanzas10.

Las limitaciones de espacio obligan a dejar simplemente apuntadas todas estas cuestiones, que algún día precisarán de un mayor desarrollo. Vamos ahora, simplemente, a presentar y a comentar tres cuentos sefardíes –los tres de Oriente– protagonizados Yohá, para que apreciemos que, sin dejar de ser típica y entrañablemente sefardíes, se trata de relatos que son también compartidos por otros pueblos y culturas.

He aquí la primera conseja de Yohá: Djohá desidó un día de ir al charshí a emplear. Salió una vizina, le disho: “Así viva Djohá, ya stas indo al charshí, tráeme un par de kalsas!”.

Salió otra vizina i disho: “Addio! I yo keroun par de charukas!” Kada vizina ke supo ke Djohá se iva ir al charshí, le demandó ke le trayga una koza.

Al kavo salió un ijiko, le disho: “Tengo un metalik. Tómalo i mérkame un chuflete!”. Djohá partió. Kuando tornó a las oras de tadre, kada uno demandó por las kozas ke enkomendó.

Él kitó l’aldikera el chuflete, se lo dio al ijiko i les disho a las vizinas: “Parayí verén düduyú chalar! El ke da las parás chufla en el chuflete! Si vozotros davash las parás, ivash a resivir vuestra komanda!”11.

Apenas precisa comentario la comparación con este otro cuento, que yo mismo recogí, en el año 1990, en el pueblo de Azuaga (Badajoz, España). Sus similitudes muestran con toda claridad que las dos son versiones diferentes pero inconfundibles del mismo tipo cuentístico:

Uno que era un jatero [el que hace los recados] y en el cortijo había mucha gente, y venía al pueblo a jatear, y le dice uno al jatero:

–Oye, Fulano, ¿vas a jatear?

Dice:

–Sí.

–Tráeme una cajilla.

Una cajilla era una cajilla de tabaco que entonces valía veinticinco céntimos.

–Tráeme una cajilla.

Y dice el jatero:

–Encargá está.

Llega otro y le dice:

–Toma, Fulano, toma un real y tráeme una cajilla de tabaco.

–Encargá está.

Y llega otro que estaban dos o tres de familia, el padre y dos o tres hijos, y dice:

–Oye, tráeme un barril.

El barril aquí es lo que en Madrid es el botijo.

Na’ más que los hay de dos maneras, uno

pa’ llevarlos en los carros, en la bodega del carro, y otros un barril, lo que es en Madrid un botijo.

–Tráeme un barril.

–Vale.

Bueno, pues se fue el jatero, hizo las compras, llegó al estanco, compró la cajilla del que le había dado el real, y llega el hombre al cortijo.

Y le dice:

–¡Fulano!

Dice:

–¿Qué?

Dice:

–Toma, la cajilla. Que me distes un real.

Dice el otro:

–Chacho, ¿y la mía no la has traído?

Dice:

–¿Tú me has dao el dinero?

Dice:

–No.

Dice:

–Pues por eso no la he traído.

Y llega el del barril y dice:

–¡Fulano!, ¿me has traído el barril?

Y dice el jatero, dice el jatero, dice:

–Oye, pos traía el barril, pero la até aquí y

la traje en el burro y el burro se ha caído y

se ha roto.

Y dice el Fulano:

–Ahora sí te lo pago.

Y dice el otro:

–Ahora sí te lo traigo12.

Conozcamos a continuación este otro cuento sefardí protagonizado Yohá: Djohá tinía una bodega eskura i sin ventanas, yena de viejos embarasos. Un día abashó a bushkar una koza, i le kayó en basho el aniyo ke tinía en el dedo. Salió Djohá a la kaleja i empesó a bushkar en basho.

Pasó por ay el vizino i le demandó: “Kuálo estás bushkando, Djohá?”. I Djohá le respondió: “Estó bushkando el aniyo ke me kayó del dedo!” “Te ayudaré i yo a bushkaldo!” le disho el vizino, i le demandó: “Ande te kayó?”. “Me kayó en la bodega”, le respondió Djohá.

“I tú lo estás bushkando akí, en la kaleja?”, se maraviyó el vizino.

I Djohá le respondió: “En la bodega está al eskuro i yeno d’embarasos! Komo lo v’a topar?

Akí ay luz!”13.

Comparémoslo con un cuento –protagonizado por un pastuzo, es decir, por un habitante de la ciudad de Pasto, cuyas gentes tienen (injusta) fama de tontos en Colombia– que yo recogí en 1999 a un informante de la ciudad de Armenia (departamento de Quindío, Colombia):

Una noche, un señor iba caminando por un parque, y vio que había un pastuzo buscando algo al pie de un poste de una luz. Entonces, el señor le preguntó:

–¿Y usted qué hace ahí?

Y el pastuzo le dijo:

– Estoy buscando un billete que se me perdió.

Entonces, el señor le dijo:

–Oh, sí, ¿quiere que le ayude a buscar, y si lo encontramos, partimos?

Entonces buscaron, y después de una hora de estar buscando, el señor le dijo:

–¿Y dónde fue que se le perdió ese billete?

Y el pastuzo le dijo:

–Por allá, a dos metros.

Y el señor le dijo:

–¿Y por qué lo está buscando acá?

Y el pastuzo le dijo:

–Porque aquí hay más luz14.

Las similitudes vuelven a resultar asombrosas. Igual que sucederá en el tercer ejemplo que, para finalizar, vamos a conocer:

Le disheron a Djohá ke en Amérika, kaminando por las kayes, se piza oro. Por esto tomó el vapor i se fue a l’Amérika. Salió del vapor y ensupitó vido en el lugar ande va meter el pie una lira de oro!

Disho: “Addió! Agora estó tanto kansado! No puedo meterme a akojer oros! Akí ya me v’a kedar muncho. Ya tengo muncho tiempo a mi disposizión para akojer!”.

Pasó un día, pasaron dos, i Djohá se fue a bushkar el oro, ma no topó nada de nada. Ansí, viendo ke se iva a murir al ambre, tomó el vapor i se tornó a Turkía!15.

Comparemos el simpático cuento sefardí con este otro que recogí a un informante de Armenia (Colombia):

Un pastuzo se iba a Nueva York, y le dijeron que allí los dólares se encontraban tirados en la calle. Cuando se bajó del avión, vió un billete de cien dólares en el suelo, y dijo: –¡Ah, más tarde empiezo a recoger!16

A todas estas parejas de cuentecillos podríamos sumarles muchas más, y todas nos conducirían a la misma conclusión: a que Yohá y sus cuentos, sin dejar de ser típica y localmente sefardíes, son también universales. Y a que por el cauce de su voz, de sus actos, de sus aventuras, se expresan, en realidad, las voces, las risas, el imaginario, de los sefardíes y de muchos más pueblos, de ahora y de antes.

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