Los Conversos de la Península Ibérica: Siglos XV a XVII

Los judíos que se habían convertido eran conocidos como conversos y, asimismo, como «marranos», un epíteto altamente denigrante. El vocablo marrano quiere decir cerdo, puerco, animal y, según el, Diccionario de la Real Academia, se le decía marrano al hombre sucio y desaliñado. Los judíos que no se habían convertido se referían a los conversos como anusim, «los forzados», pues pensaban que los que se convertían se habían dejado dominar por la mayoría de la población.

Según el historiador Cecil Roth, los conversos practicaban las ceremonias de la Iglesia Católica externamente; pero, en las casas mantenían las mosaicas. Piensa Roth que si los judíos se convertían, lo hacían para evitar la pena de muerte y, por lo tanto, la mayoría se mantenía fiel a sus creencias ancestrales.

Fuera del epíteto de marrano, el pueblo usaba una variedad de nombres despectivos para referirse a los conversos. Estrictamente se les llamaba «cristianos nuevos», pues en esta forma se los separaba de los «cristianos viejos», o de los que habían sido cristianos por dos generaciones, por lo menos.

Desde fines del siglo XIV se comenzó a notar que todos los años había un mayor número de cristianos nuevos. Si bien hubo conversiones en los siglos anteriores nunca habían sido numerosas. Kenneth Scholberg explica que el fenómeno de las conversiones en masa distingue a la Península Ibérica del resto de Europa occidental.

En los lugares de mayores prejuicios –Toledo, Murcia y la región de Andalucía– comenzaron a aparecer estatutos que controlaban la ascendencia de las personas que ocupaban cargos importantes. Los estatutos permitían que se indagara si una persona era descendiente de judío o moro. En realidad los estatutos sobre la ascendencia habían existido siempre, pues ya en Las siete partidas se mencionaba «el honor de la sangre» y se lo unía al concepto de hidalguía y al aprecio por los antepasados. Sin embargo, desde el siglo XV en adelante esta legislación fue usada en forma trágica y perjudicial. El honor de la sangre comenzó a llamarse «limpieza de sangre».

Los estatutos se aplicaron por doquier y esto produjo una preocupación constante entre los conversos. En el Colegio Viejo de San Bartolomé de Salamanca desde 1414 se prohibió la entrada de judíos, moros o conversos. El Estatuto de Toledo de 1449 declaraba que todo aquel que tuviera sangre judía no podía ocupar cargos oficiales y, por lo tanto, los conversos fueron depuestos de los mismos. Los poetas satirizarán los estatutos dos siglos más adelante; pero, cuando comenzaron a ser aplicados causaron terror en la población. Había estatutos en los colegios mayores, las órdenes religiosas, las cofradías y hermandades, las capillas y catedrales y las Órdenes de Caballerías, entre numerosas otras organizaciones, y todos prohibían la entrada a los judíos o sus descendientes.

El médico Huarte de San Juan propuso una extravagante teoría sobre la pureza de la sangre. En su Examen de ingenios, explicaba que los judíos nacían deformes debido al tipo de dieta que tenían (no menciona el tipo de deformidad) y también debido al cruce del desierto en los tiempos bíblicos. Este cruce, según Huarte, les hizo mucho mal por la carencia de agua y la insalubre atmósfera. De ahí, dice Huarte, es que todos tienen una cierta melancolía y falsedad, a pesar de ser sagaces e inteligentes. Estas características adquiridas en ese entonces fueron heredadas y transmitidas a través de la sangre. Por lo tanto, concluía Huarte, no se debía mezclar la sangre castiza con la de los judíos. Sin lugar a duda que muchos creyeron estas extrañas y ofensivas opiniones.

Al lado de Huarte, fray Alonso de Espina, rector de la Universidad de Salamanca, publicó un tratado en 1459, La fortaleza de la fe, en donde atacaba violentamente a los judíos con las más increíbles invenciones tomadas de leyendas y cuentos populares difamatorios que circulaban por la península.
Alrededor de 1480, apareció el Libro verde de Aragón que mostraba que gran parte de la nobleza española tenía antepasados judíos. Salvador de Madariaga explica que desde que las familias ilustres de España durante toda la Edad media se habían casado con las familias judías, probablemente toda la clase social alta, incluyendo la nobleza y los reyes, tenía sangre judía.

Los conversos servían como gobernadores, cardenales, obispos, diplomáticos y banqueros. Se puede decir que cuando los Reyes Católicos unificaron la Península estaban rodeados de conversos. Esto no disminuyó el problema de los mismos, ya que los rumores, las calumnias y las leyendas se multiplicaron.

Desde 1484 en adelante las persecuciones en contra de los conversos, de quienes se creía que mantenían la fe mosaica en secreto, se intensificaron hasta el momento de la expulsión. Numerosos conversos pasaron años en las cárceles de la Inquisición, como, por ejemplo, Alfonso de Zamora, profesor de hebreo en la Universidad de Alcalá; Martín Martínez Cantalapiedra, profesor de Salamanca, quien fue forzado a manchar su frente con la tinta que usaba para imprimir sus libros; el fraile agustino Alonzo Gudiel murió en prisión; y Gaspar de Grajar, abad de Santiago de Peñalba de la catedral de Astorga, fue juzgado por el tribunal de la Inquisición.

Algunos conversos, para hacer entender con sus actos que realmente se habían convertido, practicaban el cristianismo con mayor ahínco que el resto de la población y atacaban a los judíos y a las comunidades judías. El caso más notable fue el del rabino Selomó haLeví, que asumió el nombre de don Pablo de Santamaría, que fue obispo de Burgos y llegó a ser canciller del reino. Las persecuciones más acérrimas estuvieron a su cargo. Cuando comenzó su obispado escribió unas Ordenanzas sobre judíos y otros, que se llamaron Las Ordenanzas de doña Catalina, pues fueron firmadas por la reina Catalina, regente de Castilla. Estas ordenanzas constaban de veintidós artículos cuyas normas trataron de destruir física y moralmente a la población hebrea.

Los judíos que no se convirtieron y que profesaban abiertamente la religión mosaica continuaron viviendo en la sociedad hasta 1492. Después de la expulsión, la situación empeoró y las autoridades, así como los colegios imperiales y las universidades empezaron a pedir pruebas de limpieza de sangre a todos los conversos.

Las persecuciones fueron acérrimas. Las penalidades que imponía el tribunal de la Inquisición eran, entre otras, el abandono de toda dignidad y oficio, la confiscación de bienes, la perpetua infamia y el relajamiento al «brazo secular», o la autoridad civil, si no se abjuraba de la fe mosaica. Se desconoce con certitud el número de los que murieron en la hoguera; pero, se cree que en los primeros veinte años fueron quemadas más de 10 mil personas.

Una familia prominente de conversos fue la de Santángel. Uno de los hijos de Noá Chinillo, Azaría Chinillo se convirtió al cristianismo en el siglo XV y asumió el nombre de Luis de Santángel. El joven Chinillo fue tesorero de la corte de Aragón y uno de los que financiará el viaje de Colón al Nuevo Mundo. Un sobrino de Chinillo, Pedro de Santángel fue obispo de Mallorca y su hijo Martín fue magistrado en Madrid. Otra familia prominente fue la de la Caballería. Judá ibn Labí de la Caballería fue alguacil del rey Jaime I. Su hermano, que tomó el nombre de Bonafús, fue veedor general del reino de Aragón. Todos los hijos de Judá ocuparon posiciones de prestigio. Jaime fue consejero de Fernando el Católico; Fernando fue vicepresidente de la Universidad de Zaragoza, y Pedro fue responsable por las negociaciones del casamiento de Fernando e Isabel.

Entre otros conversos insignes se encontraban el escritor Hernando del Pulgar, secretario de la reina Isabel, que escribió, entre otras obras, Los claros varones de Castilla; don Juan Pacheco, Marqués de Villena y gran maestro de la Orden de Santiago era descendiente en ambos lados de judíos.

Descendientes de conversos fueron Fernando de Rojas, el autor de La Celestina; Teresa de Ávila, fray Luis de León; Luis Vives; los teólogos Francisco de Vitoria y Melchor Cano, y el escritor Mateo Alemán. Asimismo fue converso el confesor de la reina Isabel, Hernando de Talavera, que fue una de las personalidades más destacada de su tiempo. Fernando el Católico era descendiente de judíos por su madre, Juana Enríquez, que era nieta de Paloma, una famosa señora judía de Toledo. El prestigioso teólogo dominico fray Diego de Deza, que enseñó teología en Salamanca, y que luego fue obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla, era descendiente de judíos. Deza compuso el Libro de las sentencias en defensa de las doctrinas de santo Tomás de Aquino y fundó el famoso colegio del mismo nombre en Salamanca. Según Caro Baroja, los cristianos nuevos tenían conciencia de su valor intelectual.
En 1522 la Inquisición prohibió conferir títulos a los graduados de la Universidad de Salamanca que no pudieran probar su limpieza de sangre, y en 1525 los observantes franciscanos procuraron de Clemente VII un decreto por el cual se prohibió que entrara en religión la persona que fuera descendiente de judío, se hubiera convertido o no.

Entonces, en ese momento se puede decir que la discriminación no era religiosa, sino racial, pues se pedía prueba de la «limpieza de los antepasados». Mucho se ha discutido este tema. Algunos piensan que era religiosa y no racial. Sin embargo, los antepasados eran los que contaban como prueba de religión.

A pesar de que casi toda la nobleza de la época era pariente por un lado o por otro de familias judías, continuaron apareciendo obras en contra de los cristianos nuevos y sus descendientes.

Según J. Amador de los Ríos, «se desconoce en la historia de raza alguna situación más apremiante. El odio a los descendientes de los conversos llegaba, hasta en los hombres más graves y sesudos, consagrados al cultivo de las ciencias, al punto de tropezar en lo ridículo».

En el Tizón de la nobleza del siglo XVI, el cardenal Francisco Mendoza y Bobadilla, arzobispo de Burgos, demostró, como lo había hecho anteriormente en el Libro verde de Aragón, que no tan sólo sus padres, los condes de Chinchón, tenían sangre judía, sino que prácticamente toda la nobleza de la época era descendiente de judíos. Según Caro Baroja, la petulancia de los cristianos viejos llegó al máximo cuando en 1547 el cardenal Silíceo implantó el estatuto en la catedral primada.

Las persecuciones en España disminuyeron después de 1600; pero, el hecho es que aún entonces se le negaba al converso una posición de prominencia. Además, todavía los judíos y criptojudíos morían en las cárceles de la Inquisición o eran quemados. En el teatro de la época los chistes y burlas grotescas de carácter racial aparecen continuamente.

Sin embargo, esta discusión es sobre los «conversos» que quedaron en la península Ibérica y no sobre los judíos que la dejaron. Lo admirable es, como explica Miriam Bodian que los judíos nunca perdieron su «naturaleza hispana». Los emigrados, en los Países Bajos, o en otros lugares del mundo continuaron manteniendo las tradiciones ibéricas pues se sentían herederos de una antigua tradición.

Notas

Diccionario de la Real Academia Española, Madrid, 1980.
Cecil Roth, A History of the Marranos (Philadelphia: The Jewish Publication Society of America, 1932), 19.
Roth, A History of the Marranos, 27.
Kenneth R. Scholberg, Sátira e invectiva en la España medieval (Madrid: Gredos, S.A., 1971), 303.
Roth, A History of the Marranos, 32.
Américo Castro, La realidad histórica de España, 3era. ed. (México: Editorial Porrúa, S. A., 1962), pp. 60-67.
Julio Caro Baroja, Los judíos en la España moderna y contemporánea (Madrid: Ediciones Istmos, 1978), 2: 289.
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Caro Baroja, Los judíos en la España, 2:287.
Felipe Torroba Bernaldo de Quirós, The Spanish Jews (Madird: Sucursal Rivadeneyra, 1972), 271.
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