¿LADRONES EN EL TEMPLO o mensajeros sagrados?

DafYomi: el Talmud proporciona la versiónjudía del pasajecristianosobre los cambistas del BeitHamikdash en Jerusalén
Adam Kirsch

Hoy en día la mayoría de los judíos americanos y europeos se han educado más en la cultura occidental que en su propia tradición religiosa. El acceso a las grandes obras del arte, el pensamiento y la literatura occidentales fue uno de las recompensas de la emancipación judía, y en los últimos dos siglos nos hemos apoderado de esos alcances. Pero, la cultura moderna, laica y occidental es básicamente heredera del cristianismo, una religión que se autodefine por su oposición a la nuestra, tal como lo demuestra ampliamente la obra maestra de David NirembergEl antijudaísmo. Ello significa que muchos de nosotros absorbemos temas antisemitas como parte de nuestra educación, lo que nos deja en una relación paradójica con nuestra propia tradición.
Tomen, por ejemplo, el pasaje de Jesús expulsando a los cambistas del Templo. En el texto de Mateo 21:1, se lee que el galileo violentamente volteó las mesas de los que mercaderes que hacían vida comercial en las adyacencias del Templo, reprochándoles con sus famosas palabras: «Está escrito, mi casa ha de ser llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en una guarida de ladrones». Este episodio del evangelio vívidamente enmarca la relación entre el cristianismo y el judaísmo en sus contrastes de valores: unos judíos «mundanos, obsesionados con el dinero e indiferentes ante la Santidad», reciben un regaño de un predicador, al que le importa la pureza de corazón. Considero que precisamente este pasaje les es familiar a muchos judíos americanos, incluso para aquellos que jamás han leído los evangelios. Pero, me pregunto: ¿cuántos de nosotros podemos explicar qué estaban haciendo en principio los cambistas en el Templo? ¿Esos eran meros usureros, profanadores del Santo Templo, como podemos asumir, o estaban precisamente cumpliendo con un propósito sagrado? Conocemos bien la versión cristiana de este cuento, pero ¿qué pasa con la judía?
En parte para poder contestar tales preguntas estuve leyendo DafYomí. El Talmud es un texto que ha sido muy difamado en la cultura occidental, tanto en las eras cristianas como en las postcristianas. Por ejemplo, la palabra Talmudic (talmúdico) en inglés tiene connotaciones peyorativas, y se refiere a algo que tiene una complejidad «fútil y quizá corrupta». Leer el Talmud, sin embargo, me ha permitido empezar a entender por qué los rabinos pensaban y legislaban como lo hacían: me sirve para entender la lógica y la espiritualidad que guiaban su trabajo. Me permite ver el judaísmo desde sus propios términos históricos en vez de utilizar los de los otros pueblos.
En el ciclo de DafYomí encontramos un tratado, Shkalim, que es diferente desde muchos ángulos. Aunque hemos emprendido al Talmud mediante el Moed (la sección dedicada a las festividades, tales como Shabat o Pésaj), Shkalim no habla de ninguna efemérides. Por el contrario, se refiere a las finanzas del Templo, lo que da la impresión de que lo hubiesen movido a Moed desde Kodashim, la sección que estudia todo lo relacionado con el BeitHamikdash. Por estar leyendo el Talmud de Babilonia –el bavli– en el que no quedaron textos de Shkalim, este tratado lo extraemos del Talmud de Jerusalén –el yerushalmi– , que es más fino y conciso que el primero. Las discusiones en la Guemará allí casi no son tan largas ni alcanzan el mismo grado de complejidad y el grupo total de amoraím (estudiosos de la época talmúdica) que están presentes es diferente, puesto que se citan muy pocos de los sabios babilónicos que me son familiares.
No obstante, el tratado de Shkalim pronto arroja luces sobre la historia de los cambistas del Templo. Mientras este estuvo de pie, aprendemos en el Capítulo I que cada adulto judío estaba obligado a contribuir con medio siclo (shékel) al año para su mantenimiento. Esta ley se remonta a los tiempos de Moisés, que fijó esa cantidad como impuesto a los israelitas para pagar la construcción del Tabernáculo (el mishkán). Pero, en tiempos del Segundo Templo, los judíos estaban esparcidos por todo el imperio romano e incluso fuera de este, en el mandato persa. ¿Cómo podían enviar su dinero a Jerusalén para pagar la manutención de los sacerdotes y los sacrificios regulares? ¿Y cómo podrían asegurarse de que estaban aportando la cantidad correcta? Aquí es donde entran los cambistas. «El 15 de Adar –la fecha en que se pagaba el medio siclo– los cambistas se sentaban a sus mesas establecidas en el resto del país, fuera del Templo, para manejar la recolección de siclos». Los comentaristas no se han puesto de acuerdo sobre qué hacía esta gente exactamente: simplemente recogían monedas o las trocaban, o funcionaban como casas de cambio de divisas a moneda de Judea? Pero, en todo caso, queda claro que no debían verse como usureros, sino como funcionarios necesarios que les posibilitaban a los judíos cumplir con sus obligaciones legales.
Aun más, aprendimos de la Mishná en Shkalim3b que, inicialmente, los cambistas no tenían sus mesas en el Templo. Comenzaron esta actividad en las afueras, en las provincias o en otros sectores de la ciudad de Jerusalén. Solo después de diez años, el 25 de Adar, se llevaban sus mesas para adentro del lugar santo, donde recibían los pagos tardíos y «comenzaban a cobrar en especies» como por ejemplo ganado, de parte de los judíos que no podían cancelar con dinero. Esto era necesario para que los fondos pudieran estar listos para el 1° de Nisán, el comienzo del año nuevo calendario.
En una sociedad sin un sistema bancario desarrollado ni una estructura crediticia, pagar un impuesto internacional como este implicaba transportar grandes cantidades de monedas a Jerusalén. El Capítulo 2 de Shkalim nos da algunos detalles de cómo se alcanzaba este reto logístico. Los judíos debían depositar su medio siclo en lo que el Talmud llama «cuernos», que eran evidentemente cajas con una abertura muy pequeña y un fondo muy grande. «Así como había “cuernos” en el Templo, también había “cuernos” en el resto del país», leemos en Shkalim 5ª. Pero, si una comunidad judía distante quería transportar fácilmente las monedas, podía cambiar sus medios siclos por darkonot, monedas de oro más grandes que debían de pesar menos.
Este tributo anual debió de haber sido una tentación para los ladrones, y el Talmud orienta sobre qué hacer en caso de que los siclos se perdieran o se los robaran en el camino. Cada año en una fecha exacta, los sacerdotes del Templo harían «la colecta de la cámara», el retiro de todos los fondos necesarios para los gastos del próximo año. Antes de ese día, los siclos eran técnicamente propiedad de los donantes, y después pasaban a las arcas del Templo. Como resultado, si la remesa de siclos se perdía antes de la fecha, la comunidad debía reponerla, ya que legalmente era como si nunca lo hubieran entregado en el primer lugar. Si la pérdida ocurría después de la data de la colecta, empero, los siclos ya estaban en propiedad del Templo y este corría con las consecuencias. Una interpretación posterior a la Ley favoreció al Templo: si un cargamento de siclos se perdía, y los donantes lo reponían, y después se encontraban el botín extraviado, ambas remesas debían ir al Templo. Los donantes terminaban pagando el doble, les gustara o no.

Atribución y valor
La mención de las darkonot apunta a otro número de preguntas. El nombre de la moneda de los israelitas era el siclo (shékel), que es el que se utiliza hoy en día en el Estado de Israel. Pero, en el Imperio Romano, los judíos manejaban una gran variedad de divisas locales. ¿Cómo podía calcular cuál de estas equivalía al medio siclo bíblico? En la Mishná en Shkalim 6ª, rabí Yehúda observa: «Para los siclos no hay un valor fijo real». Justo después del retorno del exilio babilónico, dice Yehúda, el diezmo se pagaba en darkonot, monedas de oro de Persia; más tarde, en la era de los griegos, cancelaban con aselas, una moneda de plata; y posteriormente con la tiva. Finalmente, algunos trataban de cumplir pagando con un dínar, pero este no estaba reglamentado para valer lo mismo que un medio siclo, y los sabios «se negaban a aceptarlo». La única constante, según la Mishná, es que cada uno debía entregar la misma suma, sin importar cómo se llamara la divisa.
La lucha por calcular el valor exacto de un medio siclo incluso llegó a dimensiones místicas. En Shkalim 4b, rabí Meír dice que cuando Di-os originalmente instruyó a Moisés sobre el diezmo del medio siclo, le mostró «una especie de moneda de fuego»: el original platónico de un medio siclo, que muestra exactamente qué volumen y peso supuestamente debería tener. Para asegurarse de que el diezmo de los judíos no fuera menor que el original, las autoridades del Templo instituyeron un prémium, un pago extra mínimo que debía acompañar el medio siclo. Este prémium o kalbón, que en griego significaba monedita, aseguraba que el diezmo tuviera el valor exacto; este también se usaba para retribuirles a los cambistas su trabajo. Los rabinos detallan exactamente cuán responsable era alguien para pagar el prémium y en qué circunstancias debía hacerlo.
Finalmente, en las últimas páginas del capítulo 2, la Guemará retorna a su tema preferido: el respeto que se debía a los grandes rabinos, en especial a los que habían muerto. RabánShimón ben Gamliel nos enseña: «Uno no construye monumentos sobre las tumbas de los justos, porque sus palabras son sus epitafios», es decir, que un sabio de la Torá debe ser recordado por sus enseñanzas, no por la majestad de su túmulo. Por ello, el Talmud es muy escrupuloso a la hora de dar créditos a cada opinión del rabino que originalmente la formuló, lo que a menudo lo llevaba a largos debates en la academia sobre la materia.
Para ir al grano, oímos la historia de rabí Yojanán, que se quejaba de su alumno rabí Eliézer aseverando: «no dice la halajá en mi nombre», o sea, que no enseñaba la ley sin aclarar que él la había aprendido de Yojanán. Para apaciguarlo, otro rabino, Yaakov bar Idi, vino con una comparación bíblica muy inteligente. En el libro de Josué se lee que este les enseñaba a los israelitas toda la Torá, que él había aprendido de boca de Moisés. Pero, se preguntaba Yaakov, «¿Es posible que con cada afirmación que Yehoshúa hiciera, mientras estaba sentado explicándole al pueblo judío, él dijera “así dijo Moshé”?» Por supuesto que no, ya que todo el mundo sabía que Moisés era la fuente de todas y cada una de las aseveraciones de Josué. Así pasaba con Eliézer y Yojanán: el primero no tenía que atribuirle sus afirmaciones a su maestro una por una, puesto que cada quien tenía conocimiento de que Yojanán era la fuente de su sabiduría.
En efecto, es esta atribución verbal y específica la que constituye el mejor tributo a los sabios. Rabí Yitzjak va más allá al decir: «Cada maestro de la Torá de cuya boca la gente cita un asunto de halajá en este mundo, mueve los labios en su tumba», y acota que es una sensación agradable para el fallecido: «Es como cuando uno bebe vino con especias, incluso después de haberlo tragado, el sabor permanece en la boca». Esta es una imagen concreta maravillosa que nos muestra la satisfacción espiritual. Para los rabinos, poder contribuir con una discusión interminable sobre los asuntos de la Torá es lo más dulce que existe.

The Tablet Magazine

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