LADINO Y JAQUETÍA: dos lenguas, una nostalgia

Solly Levy

Especial para Maguén – Escudo
Excelentísima señora directora general de la UNESCO, donña Irina Bokova; excelentísimo señor embajador y delegado permanente de España ante la UNESCO, don Juan Manuel de Barandica y Luxán; distinguidos miembros del cuerpo diplomático y altos funcionarios, damas y caballeros, antes de tratar de enfocar nuestro tema de discusión, no puedo menos que expresar mi más sentido agradecimiento a las agencias y personas que, por primera vez en la historia, han integrado la jaquetía, lengua judeoespañola marroquí, en un evento como este, de envergadura internacional. Un evento histórico para las comunidades judías oriundas de Marruecos puesto que la UNESCO ha inscrito el judeoespañol entre las 3 mil lenguas amenazadas de extinción sobre las 6 mil existentes. (Estas son cifras aproximativas e inestables puesto que cada dos semanas muere una lengua en el mundo).

Por haber sido durante unos 500 años un simple instrumento de comunicación oral, la jaquetía corre mucho más peligro que el judeo-español oriental o yudezmo llamado también «ladino».1 Este se escribe y se publica desde hace siglos generando hasta hoy en día obras literarias, periódícos, revistas, etc. Según Michael Molho, erudito, historiador y rabino de Salónica en la posguerra, la literatura en ladino consta de 5 mil a 6 mil obras que incluyen centenares de obras teatrales, novelas, poesía y también traducciones y adaptaciones de obras europeas. Además son de mencionar los 300 títulos de una prensa que, según la investigadora Elena Rieder-Zelenko, fue lanzada en Turquía con la publicación del primer periódico judeoespañol, La Buena Esperansa, fundado en Esmirna, 1842, por Aarón YosephHazán.

A pesar de esta diferencia fundamental (por una parte una lengua de comunicación oral y por la otra una lengua que generó una gran abundancia de obras literarias y periodísticas) lo que nos une hoy en esta mesa es el peligro de extinción que se hace cada día más amenazador. La precariedad del destino de nuestras lenguas respectivas explica en parte la presencia de otro factor común, la nostalgia. Esta fue y sigue siendo el punto de arranque del renacimiento de ciertas lenguas minoritarias. Creo que, tanto en el caso de la jaquetía como en el del judeoespañol oriental, nuestras abuelas, en las tertulias familiares, alimentaban esta añoranza del pasado, de antiguos derroteros cuya imagen se va enturbiando a medida que fluye el tiempo. Sabemos que nuestras lenguas, tan frágiles y amenazadas como tantas otras, acabarán por desaparecer. A guisa de consuelo, tratamos de prolongar su vida en sueños y visiones de nostalgia. BarbaraCassin, filósofa y flilóloga francesa, helenista, autora de varias obras sobre las lenguas, nos pregunta en su libro Más de una lengua (Editorial Fondo de cultura económica, Buenos Aires, 2014): «Se ha preguntado usted alguna vez en qué lengua sueña? Es esta pregunta bella e importante».

Evidentemente soñamos en nuestra lengua materna, cargada de emociones, íntimo recuerdo de múltiples vivencias que forman parte de nuestro ser. Para algunos escritores aquí presentes, el sueño y la nostalgia fueron plasmados en creaciones literarias, lo que nos lleva a pensar en un renacimiento posible de lenguas desaparecidas o amenazadas de extinción. Es por eso que la primera obra literaria que se haya jamás publicado en jaquetía –500 años después de la expulsión– se titula Yahasrá – Escenas haketiescas2. Yahasrá es una exclamación que expresa nostalgia. Los únicos equivalentes posibles en castellano son frases tales como «¡Qué tiempos aquellos!», o en inglés «Thosewerethedays!».

Las palabras, su pronunciación, su melodía –así como el lenguaje corporal– todos estos elementos dan vida a esa nostalgia nuestra, como si fuesen antiguas fotos de color sepia en álbumes amarillentos cuyas hojas a veces son marcadas por pétalos de violetas marchitas. En alguna que otra casa de las muestras vive todavía una señora anciana que, con uno o varios chiquillos sentados en su falda, les va señalando con dedos temblorosos tal o cual personaje que marcó la historia de la familia. A veces les habla en la lengua antigua y se nota su alegría cuando ellos le piden explicaciones sobre tal o cual palabra o acontecimiento.
En aquellos momentos privilegiados de nostalgia transgeneracional –y aquí con la venia de la sala, daré rienda libre a mi nostalgia personal de judío tangerino– surgen romances y canciones tradicionales cuyas notas y palabras son ecos de un pasado frágil, pero que se niega a desaparecer, tal y como lo estamos demostrando todos aquí y ahora.

Judaísmo y sefardíes: identidades compartidas
Indiscutiblemente la base fundamental del sefardismo es el judaísmo. A pesar de las innumerables diferencias (ya sean de tipo geográfico o relacionadas con el grado de observancia) que existen entre las comunidades judías dispersas por el mundo (desde los jaredim o ultra-ortodoxos antisionistas hasta los reconstruccionistas o ultraliberales y los judíos ateos) es una perogrullada afirmar que todas se recononocen como pertenecientes a la nación judía y, quieran que no, herederas de la misma historia.

Tanto los judeoespañoles del Este como los del Oeste nos consideramos como judíos sefardíes. En este contexto es evidente que el término «sefardí» se refiere exclusivamente a lo judeoespañol, una definición mucho más excluyente, limitativa, que la que se aplica a comunidades arabófonas como las del sur de Marruecos, Siria, Líbano, etc. Nuestra religión la hemos vivido, la seguimos viviendo en judeoespañol. Un gran número de los textos que cantamos, incluso en hebreo, tanto en la sinagoga como en nuestros hogares, tienen un sonido español y con frecuencia están escritos en ladino, el judeoespañol calco, con letras hebreas. Por ejemplo la Hagadá, o relato de la salida de Egipto, se sigue leyendo desde hace siglos y aún hoy en día, alrededor de la mesa familiar, primero en hebreo y arameo, y después en ladino: «Este el pan de la aflisión que comeronmuestros padres en tierra de Egipto. Todo quien tiene fambre venga y coma. Todo quien tiene de menester venga y pascue…»

Aquí me parece necesario poner de relieve la influencia del castellano como fuerza antagónica frente al desarrollo de la jaquetía y del ladino en Marruecos. Citaré por ejemplo la traducción de un texto ladino en el castellano ampuloso de principios del siglo XX. Se trata de un capítulo de Yesh’ayahu, el profeta Isaías, que predice el advenimiento del Mashíaj (el Mesías) y el estabelcimiento de la paz universal. No voy a citar el texto entero, sólo un versículo.

TsahalivaronniyoshevetTsiyonki-gadolbekirbejkedoshYisrael. La traducción en ladino es de lo más simple: «Agózzate y canta compaña de Siyyón, que grande en tu seno el santo de Israel».

Y ahora la versión en castellano que leen los hispanojudíos marroquíes desde que la escribió el tangerino señor Isaac Assayag hará de esto cerca de 100 años: «Canta, placentera, y anégate en el lago de la alegría, gloriosa congregación de Siyyón, la omnipotencia de Dios resolvió favorecerte, con el privilegio de que Su divinidad guarezca tu mansión, sacrosanto pueblo de Israel».

Las comunidades judías oriundas del norte de Marruecos fueron alejándose progresivamente de la jaquetía por ser demasiado árabe y del ladino por ser demasiado calco, prefiriendo un español rebuscado y totalmente ajeno a la sencillez de los habitantes de la región. Las consecuencias de esta tendencia marcaron el principio de una pérdida de identidad.
Afortunadamente, dicha identidad siguió siendo marcada por la convivencia de las tres lenguas que constituyen la lengua la cultura hispanojudías de Marruecos, es decir el español moderno y arcaico, el árabe y el hebreo. A veces, en un mismo piyyut alternan –como lo vimos anteriormente– el ladino y el hebreo. Por ejemplo en los piyyutimjudeomarroquíes de las fiestas de Sucot, Pésaj y Shavu’ot, las melodías pertenecen al repertorio araboandaluz marroquí. Los hispanojudíos marroquíes somos los judíos de las tres culturas y la jaquetía es la lengua tricultural mediterránea.

Fonéticamente los rasgos que la distinguen del español moderno y del ladino son principalmente las consonantes guturales. La jaquetía, que se puede calificar de lengua judeohispanoárabe, conservó, por ejemplo, la ayinfaringal fricativa sonora. Faringal porque la emisión sonora se produce al nivel de la faringe, fricativa porque nada impide el paso del aire y sonora porque incluye la participación de la voz, como si fuera una vocal. Esta ayin ha desaparecido del hebreo moderno cuyos locutores la pronuncian como una álef: ayin. Pero, esto falsifica el texto porque, por ejemplo, la palabra attá con álef significa tú y a’ttá con ayin significa ahora.

El mismo tipo de fenómeno ocurre con la het, la hé y la qof. Entrar en detalles más precisos nos obligaría a rebasar con creces el tiempo que se nos ha otorgado. En resumidas cuentas se puede decir que, como el hebreo moderno, la jaquetía pronunciada a lo occidental ha desechado los sonidos guturales por demasiado «árabes». Grave error porque dichos sonidos son, a mi manera de ver, elementos esenciales de nuestra tarjeta de identidad, por así decirlo son nuestras huellas digitales.
Sefardíes de mañana : una minoría a la hora de la mundialización
La lengua es expresión de identidad, de valores, de historia y de sentido de la existencia. Es el único elemento que garantiza a la vez la originalidad de un grupo etnocultural y su cohesión social frente al fenómeno de la mundialización. Es el tejido que favorece el sentimiento de pertenencia a una colectividad y de apropriación de su patrimonio cultural.

Por lo tanto es necesario proteger más que nunca las lenguas minoritarias. En el norte de Marruecos, por ejemplo, la presencia avasalladora de la lengua y de la cultura españolas, sobre todo a principios del siglo XX, no permitió la valorización ni el desarrollo de la jaquetía, manteniéndola en un estado de sublengua del que hoy está tratando de extraerse. En la presente era de la mundialización es necesario, tal como lo hace el Centro Sefarad-Israel, multiplicar los intercambios entre las comunidades judeoespañolas de ambos extremos del Mediterráneo y de estas con España y favorecer la producción de obras originales artísticas, literarias y musicales para enriquecer el patrimonio hispanojudío.

Sabemos que la mundialización no debe tener como consecuencia la desaparición total de las lenguas y culturas minoritarias. Por el contrario la supervivencia y el desarrollo de estas puede tener consecuencias favorables, intensificando aún más que hoy en día los intercambios de productos de las diversas industrias culturales tales como el cine y la televisión. El teatro judeoespañol y, en general, la literatura judeoespañola, deberán ser protegidos por los diferentes Estados y por organismos internacionales. Estos objetivos –aunque no identificados como tales en un principio– son la razón de existir de la UNESCO desde el 15 de noviembre de 1945

Finalmente, la educación deberá seguir siendo una prioridad constante en dichos programas de desarrollo. Las diferentes asociaciones culturales judeoespañolas tendrán que disponer de fondos para la formación de docentes, la creación de becas y premios y la producción de material pedagógico de calidad, con el fin de asegurar la trasmisión de nuestra herencia lingüística y cultural.

NOTAS
1 Para numerosos especialistas, entre los cuales se destaca el profesor Haïm-Vidal Sephiha, el término ‘’ladino’’ designa el judeo-español ‘‘calco’’, lengua escrita y no oral, utilizada exclusivamente en textos relacionados con la Torá, el Talmud y la liturgia.
2Solly Levy, Yahasrá – Escenas haketiescas, Éditions EDIJJ, Montreal, 1992