La última entrevista

Isaac Chocrón Serfaty: 1930-2011
La última entrevista
Por Milagros Socorro

Llamé el martes 1 de noviembre con la idea de saludar a Sara, interesar me por su salud –también quebrantada–, y hacerle saber a Isaac que estaba pendiente de él. Dos días antes había visto a Belén y a Rodolfo, grandes amigos de Isaac, y me habían dicho que ya este no atendía al teléfono ni estaba para visitas.

Para mi sorpresa, Sara sonaba firme y alegre. Nada en su voz revelaba los embates de la quimioterapia a la que ha estado sometiéndose. Al preguntarle por Isaac me dijo que esperara. Iba a ver si podía ponerse al teléfono. Un instante después escuché una voz chillona que deformaba la de Isaac, pero conservaba intacto su singular cadencia al hablar: me invitaba a almorzar al día siguiente. Confirmé con Sara la sorprendente convocatoria y ella la secundó encantada. Era evidencia de que Isaac estaba alentado y de buen ánimo.

Sara es mujer muy pequeña y morena. Nació en San Fernando de Apure, en 1935. En 1965 se cansó de planchar rumas de ropa en una tintorería y le pidió al actor Miguel Salazar que le recomendara una casa donde estuvieran buscando una persona para lavar y planchar. Nada más, porque ella nunca aprendió a cocinar. Ni le ha interesado. Fue así como el sábado siguiente llegó a la casa de Chocrón, un mediodía en que habían venido a comer Román Chalbaud y Elías Pérez Borjas.

El lunes comenzó a trabajar y este domingo 6 de noviembre fue ella quien cerró los ojos del escritor en la madrugada.

En el camino, Sara se había convertido en su ama de llaves, asistente, telefonista (lo que supuso espantar por décadas a los inoportunos que llamaban en las mañanas, consagradas a la escritura de la obra de Chocrón), y compañera de viajes cuando Isaac era invitado a dictar seminarios de un semestre en grandes universidades, así como en estadías de unas semanas en las que ambos alternaban con las grandes figuras del espectáculo de Madrid, Nueva York y San Juan de Puerto Rico. Durante esas largas estadías, Sara aprovechaba para leer los libros de Isaac, que en Caracas le resultaba imposible por falta de tiempo.

Cuando ella le comentaba pasajes, él le decía: “no, por favor, Sara, no me diga nada. Usted sabe que me choca releerme”.

–Al principio fue muy difícil. Usted no sabe la paciencia que tuve que tener–, me dice Sara mientras supervisa las dos personas a su cargo que han venido a arreglar los almohadones en los que se recuesta Isaac. Parada junto a la silla que me han destinado frente a la cama de Isaac, apenas rebasa mi cabeza. Es muy pequeñita. Como ha perdido el cabello y no quiere exhibir la cabeza pelada, lleva un gorro de lana de esos que terminan en punta. Parece un duende yendo presuroso con sus cortas piernas de un lado a otro, pendiente de todo. Es ella quien se ocupa de lo atinente a la persona de Isaac. Está allí cuando lo ayudan a acostarse y cuando pide que lo auxilien para incorporarse. Se asegura de que coma, administra sus medicinas y está a su lado por las noches cuando las pesadillas atormentan su descanso.

Desde luego, fue abonada permanente al camastro que las clínicas destinan a los acompañantes de los pacientes.

–Pasa muy malas noches. Se queja de dolores y habla… dice cosas. Cosas de otras épocas. El doctor ha sufrido mucho –ah, porque siempre le ha dicho “doctor”.

En cuanto llego, a las 12:30 del mediodía, como él fijó, me hacen pasar a donde está. Desde hace por lo menos un año, Isaac no duerme en el piso de arriba, donde está su cuarto, sino en la sala, donde han hecho instalar una cama de hospital. Lo encuentro pálido y más delgado. Con voz exhausta imparte dos órdenes: a mí, para que vaya al comedor a ver la mesa servida para atenderme; y a Sara, para que le haga servir un vodka con amargo de Angostura. Salimos disparadas. Efectivamente, la mesa está espléndida. Y al ratico Sara regresa trayendo ella misma el trago, que deposita en la mesa rodante de hospital.

Me dispongo a hacer la visita en una actitud inusual: aprieto las heladas rodillas de mi anfitrión como quien se aferra a un manubrio de donde proviene el efluvio del arte y la creación. Aún muriéndose, Isaac Chocrón flota en lo que Ugo Ulive ha definido como “un impulso creativo enorme”.

Puedo sentirlo.

Los dos sabemos que se está muriendo, pero no podemos obviar nuestro protocolo de siempre, el de hablar de los libros que él ha escrito y va a escribir. Le pregunto cómo está y me dice: “estoy mejor, porque ya no tengo miedo. Ni de morir ni de vivir”.

Con las dificultades del caso, hablamos de los miedos que ha sentido meses atrás (en algunos momentos estuvo verdaderamente aterrado).

De pronto se queda callado, cierra los ojos y en una frágil duermevela balbucea, habla del Centro Médico, dice algo acerca de los doctores, algo así como que no le dicen la verdad. Le pido que abra los ojos y me mire. Lo hace. Despliega unos ojos como platos en cuyo fondo está Isaac. El Isaac de siempre.

–Que estás mejor, me dices –le digo.

–Sí –constata con esa melodía que era su marca, su precioso estilo. Pedí que no me enviaran la muerte, que me dejaran hacer cinco o seis cosas que me faltan. Después de eso, me entrego tranquilo a la muerte. Recuerda que yo tengo una ventaja: soy judío. Tengo, por tanto, una gran seguridad frente a la muerte.

–Qué cosas te faltan, Isaac.

Los párpados se le caen, sacude la cabeza pesadamente.

“Quiero seguir escribiendo. Cualquier cosa. Lo que sea. Tal vez, una historia de amor”.

Me parece una idea extraordinaria. Todos queremos escribir una historia de amor.

–¿Entre quiénes? –quiero saber. Quiénes serían los protagonistas de esa historia de amor.

–Unos amigos. Me encantaría escribir la historia de mi amistad con Victoria De Stéfano.

Da un sorbo al vodka. Retoma un asunto del que solíamos hablar (y que he decidido que será su legado secreto para mí). “Mi horario de escribir siempre fue de 9 de la mañana a 12 del mediodía. Si no me hubiera impuesto ese horario, nunca hubiera escrito nada”.

Sarita viene a ver cómo va la cosa. Lo mira con una inmensa ternura, como siempre, por lo demás. Le pregunto si juzga conveniente que lo deje descansar. Pero el propio Isaac interviene para retenerme.

¿Acaso he olvidado que hay un almuerzo especial? Sara le dice que, precisamente, ya la comida está lista. Isaac hace amagos de pasar a la mesa, pero ella le hace ver que eso puede ser un poco complicado. En cosa de minutos, los almohadones son reforzados con dos más a su espalda. Se ha decidido que nos arreglaremos con la mesa de hospital.

Isaac hace esfuerzos por comisquear un poco de la paella que ha hecho encargar para atenderme. Miro alrededor y veo un ejemplar de Beirut, I love you, de Zena el Khalil, editado por Siruela. Es un regalo del padre Baquedano. Y, un poco más allá, está la más reciente novela de Boris Izaguirre Dos monstruos juntos, con una dedicatoria que pone: “Para Sarita e Isaac, mis dos monstruos favoritos”.

Isaac termina su almuerzo.

Además ha comisqueado unos bocados. Sarita vuelve con un helado. El teléfono suena de manera persistente. Cojo en el aire el platico cuando Sara se ve reclamada por alguien que ha llamado. Con respeto reverencial, acerco a la cuchara a la boca del maestro, que acepta la golosina de buen grado. Lo sirvo con la mano izquierda. Ambos somos zurdos, una condición que ha atizado nuestra complicidad. La zurdera me acerca a Isaac Chocrón. Puedo decir que somos escritores zurdos. Venezolanos y zurdos.

Venidos de la provincia (Isaac nació el 25 de septiembre de 1930, en Maracay). Admiradores del inglés. Y zurdos. Sarita retira todo y se marcha, no sin asegurarse de que Isaac está pulcro.

Le pregunto por el fracaso. Esa noción que descarta sin mayores aspavientos. “Creo que nunca fracasé. No podía fracasar, porque a mí me encanta escribir. Y tomarme mi vodka”.

–Un consejo para los jóvenes –le pido sabiendo que es una pendejada, pero es una última pregunta. Sé que no volveré a verlo.

–Les diría –me contesta sin titubear–: olvídate de ti mismo y ponte a escribir dos horas.

Me mira largamente. La entrevista ha terminado. Le pregunto por uno de sus grandes afectos: Román Chalbaud, de quien me habló, en la entrevista periodística que sostuvimos cuando cumplió 75 años, como su cruz (porque la polarización política los dejó en bandos diferentes; e Isaac tiene una opinión paupérrima de Chávez, cuyas alabanzas canta Chalbaud).

–¿Ha venido últimamente Román? Cierra los ojos. De repente los abre ampliamente y me dice: “cómo va a venir si no se ha muerto”.

Asiento sin oponer una resistencia que sería una necedad. Comprendo: we are not in Kansas anymore, ahora estamos en el terreno de la ficción, de la inmensidad.

Ha llegado la hora de irme.

Sólo falta revisitar un ritual que hemos cultivado. Le pido que me recite Shemá Israel. E inmediatamente comienza a entonar: Shemá Israel, Adonai Elohim… un verso tras otro, con suave modulación, la oración hebrea con el cantaíto de Isaac.

Sé que lo ha aprendido de su padre. Y, de hecho, vuelve a decírmelo.

Apenas termina, me levanto. Sara ha llegado a tiempo para escucharlo recitar. Vienen a hacerlo reposar y no se niega. Se dirige a mí una vez más y me pregunta: ¿tú vienes mañana? El domingo 6, Sara me cuenta que a la una de la madrugada lo oyó quejarse. Se acercó a él. Isaac cogió la mano de Sara, se la llevó al corazón y la presionó sobre él.

Ella le preguntó: ¿es allí donde le duele, doctor? Y entonces él exhaló un largo suspiro y se quedó, dice Sara, “como un niño, tranquilito. Sin dolor ni molestias”.

Esa noche voy al teatro a ver Petroleros suicidas, de Ibsen Martínez, dirigida por Héctor Manrique, con la actuación de Fabiola Colmenares, Iván Tamayo, Dimas González y el primer actor Luis Abreu. Será este quien, al final de la función, haga un pequeño homenaje a Isaac Chocrón con la voz quebrada. Aplaudo de pie con la mano izquierda golpeando la derecha.
El Nacional, 12 de noviembre de 201