LA POLIGAMIA en Israel

En Israel, en pleno siglo 21, miles de familias judías practican la poligamia. Son dos las comunidades en este pequeño país, en las cuales los hombres se casan con más de una mujer –aunque no viceversa– con la mayor naturalidad: Una es la de los llamados «Hebreos Negros» que han formado su comunidad en la ciudad de Dimona desde el año 1969. La otra, es la de origen yemenita, que arribó de ese país con el establecimiento del Estado de Israel. Estas comunidades no tienen problemas con la ley gracias a uno de los rasgos más característicos del estado judío: que no existe una Constitución ni la figura del matrimonio civil, por lo tanto, aunque desde la creación del Estado Israel se prohíbe la poligamia, es imposible controlar si un hombre está casado con una mujer o con varias. Claro que según las leyes de la Torá, no hay ningún indicio de que la poligamia esté prohibida, y más aún, tanto Abraham como Isaac y hasta el rey David tenían múltiples mujeres.

«Nuestra vida se rige según el Viejo Testamento, y este nunca menciona que la multiplicidad de mujeres sea inmoral», dice Emanuel Ben Israel, uno de los diez miembros del concejo de líderes espirituales de la comunidad polígama de Dimona. «En todo el mundo existen más de 1.200 sociedades que aplican la poligamia; para nosotros esta forma de vida no es nada extraordinaria».

«Yo sentía que tenía dos mamás» Sheifá Bat Israel es una joven de veinte años que creció en su pequeña casa de Dimona junto a su papá, dieciséis hermanos y sus dos mamás, o por lo menos ella lo ve de esa manera. «Siempre sentí que tenía dos mamás, y cuando mi madre biológica no estaba en casa, la otra me cuidaba como a su propia hija», dice Sheifá y agrega: «Me siento muy orgullosa de formar parte de mi comunidad y de la forma que vivimos». Por eso no se avergüenza de hablar de su familia con sus compañeras de la Universidad de Ben Gurión.

Pero, ese no es el caso de Rajel de dieciséis años, una de las seis hijas de Badra (50 años) y Saíd Jubani (57). Este, a su vez, está casado con otras dos mujeres: Kadia (60) y Naamá (40), con siete y dos hijos respectivamente. Ellos son miembros de una familia yemenita que llegó a Israel hace más de siete años y actualmente viven en la localidad de Benei Aish situada entre Jerusalén y Tel Aviv.

Poco después de llegar a Israel, el Estado les dio una casa que dividieron en dos, de modo que ahora hay dos salones, dos cocinas y varios dormitorios. Rajel confiesa no estar nada orgullosa de la forma de vida que llevan sus padres y por eso nos ruega que no le saquemos fotos para este reportaje. Sin embargo, aun siendo parte de distintas culturas y viviendo a kilómetros de distancia parece ser que muchas mujeres sienten lo mismo al compartir «su» hombre con otras. «Para compartir a tu esposo con otras mujeres hay que tener mucha paciencia, pues cuando hay muchas mujeres hay muchos problemas. Debo reconocer que a veces siento celos, ya que cada una necesita su espacio y no siempre lo tenemos », dice Kadia con tono de resignación.

Elisheva Bat Israel (51 años) desde su casa en Dimona, expresa lo mismo, pero con distintas palabras: «Aunque la lógica indique que esta forma de vida es la correcta, es cierto que a los sentimientos no se los puede controlar. Cuando mi marido le regala un ramo de flores a su otra mujer, yo me pongo un poco celosa».

Dónde dormir esta noche pero, no solo las mujeres polígamas tienen cosas en común. Los hombres polígamos comparten algunas características que les facilitan sus tantos matrimonios simultáneos. La pregunta del millón es: ¿Tiene energía el hombre para estar con varias mujeres y dejarlas a todas satisfechas? «Actualmente lo hago casi todas las noches, y cuando era más joven todas las noches. No hay ingún problema en satisfacer a todas, yo las quiero por igual», declara Saíd con una sonrisa pícara en el rostro.

Elisheva a su vez describe a su esposo en forma muy similar a Saíd, sin conocerlo siquiera. «Mi esposo corre tres veces al día y come muy sano, por lo que tiene un excelente estado físico que le provee energía para todas », dice ella, agregando un poco más seria: «Tampoco nosotras necesitamos hacerlo todas las noches, la rutina de trabajar y atender a los hijos cansa mucho».

¿Y cómo se arreglan por las noches? «Es el hombre quien define, y generalmente cada familia tiene su propia organización. Puede ser una semana con cada una o tres días. Él puede ir al cuarto que tenga ganas, depende de su criterio», dice Elisheva, aunque esta respuesta es válida tanto para los negros hebreos como para los judíos yemenitas.

Le preguntamos también a Elisheva si no le parece injusto el hecho de que para el hombre esté permitido tener a muchas mujeres y que estas se tengan que conformar sólo con un marido. Ella responde con toda naturalidad que «a la mujer no le da la energía para ocuparse de más de un hombre, y aparte no es lógico que tenga relaciones sexuales con más de uno porque es él quien tiene el espermatozoide; por lo tanto en caso de embarazo, ¿Cómo se sabría quién es el papá?»

Es esta respuesta, la que lleva a Emanuel Ben Israel a cuestionarme y a hacer un cambio en los roles de la entrevista, y paso yo –representante de la sociedad occidental– al banco de los acusados. «¿Acaso no escuchamos frecuentemente sobre hombres que luchan por su derecho a casarse con otro hombre, o sobre mujeres que luchan por la misma causa? ¿Por qué la nuestra es menos álida?», pregunta con tono de abogado defensor.

Y asimismo los cuestionamientos a los comportamientos de la sociedad occidental son constantes y rotundos dentro de esta comunidad. Sheifá, una joven de tan sólo veinte años, lanza su interrogante: «¿En el mundo occidental no es muy común que el hombre engañe a la mujer y esté con otras a sus espaldas? ¿No es todo una actuación constante? Por lo menos nosotros hacemos las cosas de frente. Con todas las enfermedades sexuales que hay hoy en día como el sida, si vas a compartir a tu marido con otra mujer, más vale que estés enterada con quién es».

Polígamos hasta el año 1000 La práctica de la poligamia se prohibió en los judíos de Europa alrededor del año 1000 de nuestra era por el rabino Guershom Ben Yehuda para evitar tensiones entre judíos y cristianos, ya que los segundos la consideraban una especie de degradación humana. Sin embargo, algunos judíos sefaradíes y yemenitas (judíos que no son ni sefaradíes ni askenazíes) la siguieron practicando hasta el día de hoy.

Muchos judíos que vivieron en países árabes han practicado la poligamia hasta épocas recientes porque allí era la norma; pero, con la inmigración a Israel este número se redujo, aunque hay cientos de polígamos que lo son en secreto en diferentes partes del país.

Los «Hebreos Negros», una comunidad de afroamericanos que llegaron desde1969 procedentes de Chicago, EE UU, se consideran descendientes de una de las diez tribus perdidas, tras la expulsión de Jerusalén por los romanos en el año 70. Ellos no ocultan sus leyes y practican la poligamia abiertamente en Israel. La autorización de la multiplicidad de mujeres fue decidida por el Consejo Espiritual de esta comunidad cuando arribaron a Israel. Hasta los años 80, este cambio fue causa de graves problemas familiares que acabaron en divorcios y huidas de mujeres. Hoy, la tercera generación acepta esta forma de vida como un hecho sobreentendido.

Margaret Mead –antropóloga social– argumenta en su libro Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas que los roles del hombre y la mujer en la sociedad no son fijos ni innatos, sino que dependen de otros elementos culturales. Este libro se basa en una investigación realizada entre los años 1931 y 1933 sobre tres culturas en Nueva Guinea: Arapesh, Mundugumor y Tchambuli; cada una distinta de la otra en cuanto a distribución de roles según el género. En la primera, ambos sexos cooperan en un clima de igualdad; en la segunda los dos sexos de destacan por su carácter agresivo; y en la tercera –para sorpresa de la sociedad occidental– el sexo femenino es el dominante, siendo la mujer la encargada del sustento, y el hombre, sumiso, se encarga de las tareas domésticas.

Esta investigación solo demuestra hasta qué punto, nosotros, sumidos en nuestra propia realidad, ignoramos –o somos incapaces de ver– que existen otras reglas sociales distintas a las nuestras, y a veces tan cerca de nuestras vidas. La poligamia en Israel existe, y según lo que expresan los integrantes de estas comunidades, lo seguirán haciendo a lo largo de las generaciones. Seguirán, al igual que el judaísmo, guardando sus tradiciones de manera constante e incansable. Así, algunos otros judíos, vean este tipo de vida como prohibido o indeseable.

¿Y quiénes son los “Negros Hebreos”?

Los llamados “Negros Hebreos” son alrededor de dos mil personas que viven en Dimona y se concentran alrededor en la escuela Zilman, la cual funciona como lugar de encuentro para la comunidad. En la reciente festividad de Sucot, de la escuela salía una alegre y sonora música. Aquel día, los chicos correteaban y bailaban con sus túnicas multicolores, mientras que los adultos –también vestidos con túnicas y además con turbantes blancos– cantaban y entretenían a los niños.

Esta comunidad tan controvertida por sus orígenes y costumbres, le da un intenso ambiente de color a esta arenosa ciudad sureña de Israel.

Sin embargo, el apodo que llevan –«Hebreos Negros»– es la ferviente prueba de los prejuicios en cuanto a su color de piel, y de que aún no han logrado integrarse a la sociedad israelí. «Una día, iba caminando por una calle de Dimona y una mujer que venía con su hijo en dirección opuesta cruzó la calle para esquivarme», cuenta Sheifá.

Después de avances y retrocesos, producto de treinta años de lucha por conseguir un status digno en el Estado judío, recibieron finalmente el año pasado la ciudadanía israelí, aunque continúa el debate acerca de si reconocerlos o no como judíos.

Ellos afirman que su forma de vida, costumbres, derechos y obligaciones, se basan en la Torá y el regreso del pueblo judío a Israel. Esto explica por qué prefieren vivir en este país a pesar de tantos obstáculos. Como dice Emanuel: «Yo en los Estados Unidos tenía un título universitario y un muy buen trabajo. Por otro lado, Israel es un país muy complicado para vivir, especialmente para nosotros. El único motivo que explica tanto sacrificio es amor al pueblo judío y el sueño de siglos de volver a Israel».

Aquí, viven en una especie de kibutz, pero en plena ciudad: tienen un comedor común y sus propias industrias; los autos y las casas en su mayoría son propiedad de la comunidad aunque también está permitida la propiedad privada.