La lección de un CEMENTERIO JUDÍO, por Mark Steyn

Por Mark Steyn

La santidad de este camposanto en Tánger habla a gritos.

Gracias a la maravillas de la globalización, estoy escribiendo esto desde un salón de té de hadas decrépitas a las afueras de la rue de la Liberté de Tánger, disfrutando de un café y un croissant asado y convertido en panini. ¿Qué podría ser más auténticamente marroquí? Por alguna razón, las servilletas tienen grabado, en español, «Gracias por su visita».

A pesar del zumbido de las moscas, puedo ver en un televisor de plasma localizado arriba en una esquina en el que Jimmy Carter, doblado al árabe, está denunciando a Israel. Al Jazeera no cubre tanto la entidad sionista sino que la golpea, hora tras hora, sin parar. Así que aquí, en la frontera occidental del mundo islámico (si uno no incluye Yorkshire) las únicas noticas que importan provienen de esa pequeña porción de tierra apenas más ancha en su punto más angosto a un pueblo canadiense, muy lejos de donde me hallo.

Esta cobertura saturante sin parangón de la «masacre del Mediterráneo» (tal como los titulares de la prensa británica la bautizaron) hay otras histoiras judías en las noticias. Esta captó mi atención en Shalom Life de Canadá: «No hubo daños en los cementerios judíos de Tánger ». Aparentemente, el vetusto hospital judío [el Benchimol] en este puerto antiguo fue derribado hace unos meses, y la diáspora judeomarroquí de Toronto se preocupó al pensar que las tumbas del cementerio local estaban ya en la lista de demoliciones. No hay de qué preocuparse, les aseguró a los lectores del Shalom Life el señor Abraham Azancot. El cementerio judío de la rue du Portugal está perfectamente a salvo. «Su santidad ha sido respetada consistentemente por el gobierno local que actualmente le está dando a la comunidad recursos para ayudar en las reparaciones en curso».

Suena muy bien. Al encontrarme en el vecindario, pensé que podría acercarme y cerciorarme de las «reparaciones en curso». Es algo difícil de ubicar al menos que uno conscientemente lo ande buscando: dos puertas de metal sólido en negro coronan una calle, en la intercepción de la rue du Portugal con la rue Salh Dine, y sólo una señal mínima indica lo que hay detrás. Cuando se empuja las puertas chirriantes, un par de calzoncillos me saludaron al ondear con la brisa.

En Haití, quizás esto sea parte de un ritual de vudú como alerta de no seguir adelante. Pero, en Tánger era sólo un día de lavar y las cuerdas con ropa que se secaba pasaban por encima de las primeras tumbas. Si usted fuera Ysaac Benzaquén (muerto en 1921) o Samuel Mamán (muerto en 1925) compartiría la eternidad con los interiores largos del cuidador del lugar. Pace señor Azancot, no hay sentido de «santidad» ni de «comunidad»: como lo indica la ropa interior, esto dejó de ser un lugar público, sino un patio trasero que por casualidad tiene una serie de tumbas en él. Usé el término «cuidador del lugar», pero ocuparse del sitio no parece ser una prioridad: otra hilera de tumbas se utilizan para almacenar leña que él ha ido lentamente cortando de los árboles de la zona. Además de esto, los pollos escarban entre las placas conmemorativas, haciendo espacio entre bolsas de basura, docenas de zapatos viejos y miles de botellas rotas.

Es un terreno privilegiado, con una vista magnífica del Mediterráneo, si a uno no le importa la basura ni los excrementos de las gallinas, y uno sortea cuidadosamente los vidrios.

Yo merodeé por encima de las lápidas: Jacob Cohén, Samuel J. Cohén, Samuel M. Cohén… muchos cohanim aquí durante años. No más. En un rincón aislado, seis muchachos –des musulmans naturellment– miraban cómo un séptimo limpiaba una lápida, como parte del proyecto de «proveer a la comunidad de recursos para ayudar en las reparaciones en curso».
¿Cuál «comunidad»? En el año 2005, había menos de 150 judíos en Tánger, casi todos ellos muy viejos. Para el 2015, se calcula que no habrá nadie. Cada vez que mencionaba esta estadística a la gente, la reacción siempre es la misma: ¿por qué deberían vivir los judíos en Marruecos? Pero, en 1945 había casi 300 mil en este país. Hoy, casi 3 mil quedan, es decir, un uno por ciento de lo que alguna fue una población grande y significativa.

Esta es una reconfiguración demográfica poco usual en muchos países: imaginen si la población francófona de Canadá o los esquimales fueran el uno por ciento hoy de lo que había en 1945. Pero, no es infrecuente entre los judíos. Hay cementerios parecidos a este en todo el mundo, lugares donde alguna vez hubo judíos y hoy no. Hace una semana dije que en los años 20, el 40 por ciento de la población de Bagdad era judío. Pero, fácilmente pudiera uno citar a Chérnovitz en Bucovina, ahora parte de Ucrania. «No hay ninguna tienda que no tenga escrito un nombre judío en las vidrieras», escribió sir Sacheverell Sitwell, quien visitó la ciudad en 1937. Hoy no es así. Como en Tánger, la «comunidad» vive en el cementerio.

Uno puede sentir el mismo proceso ahora mismo en, digamos, Londres, la décima tercera ciudad judía del mundo, pero con una población que envejece rápidamente; en en Malmö, Suecia, donde un brote de antisemitismo en ciertos barrios ha hecho que los residentes judíos se muden a Estocolmo; o en Odense, Dinamarca, donde el años pasado el superintendente Olav Nielsen anunció que no admitiría más niños judíos en las escuelas locales.

La presencia judía en casi todas partes del mapa es tan precaria como, parafraseando a Sholem Aleijem, un violinista en el tejado. Y los enemigos de Israel han determinado que la comunidad judía más grande de todas sea tan precaria y que parezca poco sustentable.

En 1939, durante los disturbios de la calle Cable, la Unión Británica de Fascistas gritaban a los judíos londinenses: «¡Váyanse a Palestina! », siendo que ésta era en ese entonces el nombre del hogar judío. La semana pasada, Helen Thomas, decana de los grupos de periodistas que cubren la Casa Blanca, nos gritó:

«¡Fuera de Palestina!», siendo este último nombre la designación de la tierra que ilegalmente ocupa el Estado segregacionista judío. La señorita Thomas aconsejaba: ¡Váyanse a su casa… a Polonia y Alemania». Dondequiera que haya un judío, cualquier cosa que sea un judío, él debería estar en otro lado y ser de otra forma. Y también por eso será odiado.

Anuncios