LA GRANADA JUDÍA DE LOS ZIRÍES

Casi tres siglos antes de construirse la Alhambra, Granada fue ya un reino próspero y fascinante dirigido por visires judíos que pusieron su inteligencia a favor de una dinastía de origen norteafricano, los ziríes.

Era el siglo XI, cuando la gran guerra civil (fitna) había roto la unidad del califato de Córdoba, creándose un mosaico de pequeños estados llamados los reinos de Taifas.

Uno de los más poderosos fue el creado en Granada que abarcaba Almería y Málaga, manteniendo fuertes lazos con el norte de África.

En aquel territorio muy pronto comenzó a destacar una figura principal: el judío Samuel Negrella, jefe de todas las juderías hispanas y consejero favorito del rey Habus y más tarde su propio hijo (José Negrella) del sucesor, el rey Badis. Bajo sus mandatos la ciudad alcanzó prosperidad y un intenso (aunque efímero) destello en donde la poesía y la arquitectura brillaron con viveza.

Fue el momento en donde los judíos realmente comprendieron que su segunda patria era Sefarad (Al Ándalus) y, sin perder sus raíces religiosas, supieron integrar lo mejor de la cultura musulmana. Crearon entonces un lugar casi mítico para la cultura mosaica que tuvo como centro la judería y el barrio que hoy conocemos como el Realejo.

En él floreció especialmente la poesía con Negrella (el visir del rey) e Ibn Gabirol como sus principales representantes. Una lírica exquisita que hablaba del amor, del poder o de la muerte en medio de los enredos cortesanos.

Todo ello, sin embargo, se cortó de raíz poco tiempo de ser instalado, tras una terrible la persecución y matanza de los judíos granadinos de diciembre de 1066. Reinaba para entonces Abdalá, el último rey de la dinastía que tuvo que pagar fuertes parias a Alfonso VI para ser protegido de su eterno rival, el reino taifa de Sevilla.

Enredados entre estos impuestos y las numerosas batallas, el reino irá perdiendo poco a poco fuerza, siendo uno de los de los que pidan (junto a Sevilla) ayuda a los almorávides, nueva dinastía triunfante en el Magreb. Con su entrada se desvanecerá definitivamente el sueño de un reino independiente y culto que solo regresará a partir de 1232 con la llegada de los nazaríes al poder (los constructores de la Alhambra).

De todo aquel período aún nos quedan muchos restos. En realidad, gran parte del famoso Albaicín fue construido en esta época, con sus famosos cármenes (jardines con vistas hacia la Alhambra). Dentro suyo aún se conserva el alminar de la mezquita mayor (hoy incluido en la iglesia de San José) de técnica cordobesa.

Resta una parte importante de de la muralla, y numerosos aljibes realizados en ladrillo y aún en uso que servían para el reparto de agua por toda la ciudad.

Existen también unos discutidos restos de la zona de la Alhambra, denominados los palacios ziríes. En la actualidad apenas son unas ruinas de casas y patios pero es probable que se encontrara en ellos instalada ya la famosa fuente de los leones.

Según algunos investigadores (Oleg Grabar) se trataría de una obra judía encargada por el primero de los Negrella que recordaría el mar de bronce que se encontraba en el imaginario palacio del rey Salomón, un gran cuenco de bronce del que desconocemos su función que era sostenido por toros puestos en un suelo un suelo de cristal tan fino que la propia reina de Saba levantó sus faldas para no mojarse en él.

El llamado Bañuelo del Nogal es la construcción que mejor se conserva de este periodo. Se trata de un hamman o baño árabe dividido en varias estancias (siguiendo el esquema de las termas romanas) del que sólo nos queda su esqueleto constructivo (estaría pintado y estucado).

Resulta espectacular los juegos de luces que van produciendo a lo largo del día sus lucernas estrelladas.

Para saber más hay dos libros especialmente recomendables. Uno es una novela. El mar de Bronce de Felipe Romero (2006) que nos permite descubrir la vida cortesana en tiempos de Negrella y el culto a la poesía centrado en la figura de Ibn Gabirol. El otro es una verdadera rareza con la que a veces nos regala la historia. Las memorias de Abd Alláh, el siglo XI contado en primera persona (como lo tituló su traductor Levi Provençal) en el que podemos ser testigos directos de la crisis agónica del último de los ziríes.

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