La «CONSPIRACIÓN DEL SILENCIO» Una historia desconocida sobre los BANDEIRANTES JUDÍOS DE BRASIL

Dra. Anita W. Novinsky

Unas pesquisas realizadas en los últimos años en los archivos inquisitoriales en Portugal sacaron algunas informaciones sorprendentes sobre la historia de los judíos sefardíes (conversos, cristianos nuevos, marranos) en Brasil, hechos y episodios que eran completamente desconocidos hasta fecha reciente. Ilustres historiadores brasileños y extranjeros, sin acceso a la riquísimas fuentes inquisitoriales –que estuvieron en secreto durante los tres siglos que funcionaron los tribunales del Santo Oficio, en la península Ibérica, y que solamente estuvieron disponibles al público grande en la década del 60 del siglo XX– ignoraban importantes acontecimientos que ocurrieron en la sociedad colonial. Las nuevas investigaciones realizadas en las últimas décadas vienen a cambiar fundamentalmente determinadas interpretaciones de la historia del Brasil y también de la judía.
En este artículo voy a retomar la cuestión de los bandeirantes paulistas [Nota del traductor: exploradores de la antigua villa de São Paulo de Piratininga –actual San Pablo– que establecieron las fronteras de Brasil más allá de lo acordado por el tratado de Tordesillas], tan magistralmente tratada por el renombrado historiador portugués Jaime Cortesão (Cortesão, 1958) y rescatar un personaje al que debemos, según el autor, la formación del territorio nacional brasileño: Antônio Raposo Tavares. Fue revolucionario y explorador, político e idealista, y en la historia de los descubridores, según su biógrafo, no tuvo quién lo superase (íbid).
Toda la vida de Antônio Raposo Tavares está envuelta en misterios y quizá nunca tengamos elementos para revelarlos. Entre tanto, los nuevos estudios genealógicos contribuyeron a esclarecer algunos puntos oscuros en la historia del bandeirismo de los cuales el más importante fue la revelación de que Antônio Raposo Tavares y sus compañeros en estas empresas militares eran judíos (Salvador, 1976). Este hecho viene a cambiar varias interpretaciones que había sobre el conflicto entre paulistas y jesuitas, y nos permite hoy entender mejor la motivación que llevó a los bandeirantes paulistas a un odio feroz contra las misiones de la Compañía de Jesús.
La historiografía clásica sobre las bandeiras atribuyó la furia devastadora con que los bandeirantes atacaron las reducciones jesuíticas a motivos económicos y rivalidades en la posesión de los indios. El que los intereses crematísticos hayan formado parte de los planes de los bandeirantes es muy comprensible; pero, los documentos muestran que existía una razón ideológica muy fuerte que influyó en esa guerra sangrienta. En 1628, Raposo Tavares, acompañado por su séquito de conquistadores, inició los ataques a las reducciones y gradualmente las fue destruyendo. Expulsaron a los jesuitas del Paraná e hicieron recular la expansión castellana. En tres años las bandeiras completaron la destrucción de Guayrá y se apropiaron de la tierra, que fue incorporada al Brasil. Raposo Tavares se había lanzado contra los jesuitas con la determinación de destruirles las aldeas y matarlos a todos. En el asolamiento de las misiones jesuitas arrasaban con ciudades y villas, y las dejaban vacías de indios y deshabitadas. Los paulistas acababan con las iglesias y destruían todas las imágenes religiosas católicas.
Después de todo, ¿quién fue ese joven alentejano que, a los dieciocho años, se aventuró a ir al Nuevo Mundo y se volvió, en palabras de JúlioMesquitaFilho, el «héroe de una de las más famosas hazañas de que guarda memoria la historia de la humanidad»? El barón de Río Branco comprendió la grandeza de Raposo Tavares y lo elevó a la altura del precursor y principal idealista de la política geográfica de expansión de Brasil en el suroeste. Y WáshingtonLuíz ratifica y amplía la biografía del gran expansionista del territorio brasileño (Cortesão, 1958).
¿Cómo se explica la guerra sangrienta liderada por Antônio Raposo Tavares contra los padres de la Compañía de Jesús? ¿Acaso los intereses económicos llevarían a tan dilatado odio y ferocidad?
Jaime Cortesão fue el primer autor que relacionó el fenómeno de las bandeiras al Santo Oficio de la Inquisición y nos presenta a Raposo Tavares como un luchador contra la opresión y la teocracia de los jesuitas, al defender la libertad de cada hombre a resistirse a una religión impuesta por la fuerza (Cortesão, 1958).
Ya mostré en un trabajo anterior que los jesuitas fueron, en Brasil, los principales agentes del Santo Oficio portugués. En el Colegio de la Compañía de Jesús se armaba la mesa inquisitorial para que se ejecutaran las órdenes de los inquisidores y juzgar a los sospechosos de herejía; toda correspondencia secreta de los inquisidores era enviada a Lisboa por el [Padre]Provincial [nota del traductor: máxima autoridad de la Compañía en cada una de las provincias en las que los jesuitas distribuyen el mundo] o, en su ausencia, por el rector del colegio. (Novinsky, 1992). En América, la Inquisición de Lima actuaba con una ferocidad mayor que en España. Los jesuitas de las misiones estaban vinculados a la Inquisición de Lima y sirvieron como sus comisarios. Estaban autorizados a perseguir y prender a los bandeirantes judíos, que estaban acusados de los más horrendos crímenes. Desde mi punto de vista, las razones poderosas que llevaron a la violencia de los bandeirantes contra los jesuitas deben buscarse en las acciones del Tribunal de la Inquisición en Lima.
Raposo Tavares fue criado por la segunda esposa de su padre, su madastraMaria da Costa, cristiana nueva, criptojudía y fervorosa practicante de la religión judía, que al resultar presa por la Inquisición, junto con parte de la familia, quedó reducida a la miseria después de pasar seis años en las cárceles del Santo Oficio (Proceso inquisitorial 11992). Raposo Tavares conocía personalmente todas las ceremonias hebreas porque Maria da Costa, en su confesión por ante el Inquisidor, se refiere a todas las tradiciones que seguía en su casa.
Los jesuitas enviaban anualmente cartas a España, sobre los delitos de los bandeirantes, y allí se quejaban de que los mataban sin piedad. Crearon alrededor de los paulistas una «leyenda negra» basada en pruebas falsas.
El líder del antisemitismo en la América Hispánica fue el padre Antonio Ruiz de Montoya, que inventó todo tipo de calumnias contra los judíos y denunció ante el Rey que Raposo Tavares era el principal autor de la destrucción de las misiones del Paraguay y de haber llevado su atrevimiento hasta entrar en la jurisdicción del puerto de Buenos Aires. Cuando fue a Madrid como procurador de la Provincia Jesuítica del Paraguay, encargado de pedir auxilio para acabar con los ataques de los bandeirantes contra las reducciones, Montoya logró obtener de Felipe IV la Cédula del 16 de septiembre de 1639, en la cual los bandeirantes eran condenados a perder los bienes y la vida, y acaba ordenando que fuesen juzgados por el Tribunal del Santo Oficio, por los inquisidores, comisarios y ministros, «por la experiencia que dotras cosas tienen» (Cortesão, 1958 p.35).
Las bandeiras fueron unas insubordinaciones políticas, militares y revolucionarias que destruyeron Guayrá, Itatín y Tape. Los bandeirantes se consideraban poderosos, hacían despachos sin autorización, nombraban capitanes mayores y oficiales de guerra, izaban bandera y formaban verdaderos ejércitos, de cuatrocientos portugueses y dos mil indios, para entrar armados al Paraguay. (Cortesão 1952 pp.35-38). El rey Felipe IV [de España, que también era soberano de Portugal] consideró la situación muy grave, pues tenía que los paulistas llegaran al Potosí [principal fuente de ingresos de la Corona, a partir de las minas de plata]. Ante amenazas tan serias, ordenó que se prohibieran que los paulistas cautivaran indios, so pena de muerte, y que todos aquellos que ayudaran o sirviesen en las bandeiras, con dinero, armas y municiones, serían castigados de la misma forma o serían expulsados de cualquier estado del Brasil.
Incluso siendo una guerra de intereses materiales, de venganza y odio, la cuestión religiosa era invocada, pues los bandeirantes paulistas eran acusados de cometer varios delitos contra el cristianismo, razón por la cual debían ser entregados a la Inquisición. El «secreto» que fue el modelo de funcionamiento seguido por el Tribunal también se invocó en la Cédula Real: «Los bandeirantes judíos debían ser entregados»secretamente» al Santo Oficio». El padre Montoya, una vez en Madrid, pide al Rey que «abra los ojos» para ver lo que estaban preparando los portugueses.
Los jesuitas, desde el comienzo de las invasiones, sabían perfectamente que los paulistas eran cristianos nuevos y los acusaban de ser judaizantes. Los documentos oficiales de las comarcas y los testamentos raramente empleaban el término «cristiano nuevo» o «judíos», pues la sociedad, tanto en Portugal como en las colonias, vivía la «cultura del secreto». Desde el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio en Portugal era peligroso hablar y las personas se autocensuraban durante las conversaciones en el seno de sus propias familias. El padre Antônio Vieira, por ejemplo, fue denunciado a la Inquisición por un compañero jesuita.
En la carta enviada a su Majestad, el rey Felipe IV de España, el 12 de junio de 1623, por Francisco Vasques Trujillo, también iba claramente señalado el origen judío y el criptojudaísmo de los paulistas: «judíos encubiertos», «falsos cristianos» (Anais do Museu Paulista, S. Paulo, Imprensa Oficial do Estado, 1949, vol. XVIII, pp. 310-4). Los jesuitas recordaban siempre que los paulistas eran judíos secretos, «eran cristianos y actuaban como judíos» y que todos estaban «infectados de judaísmo».
También el padre Nicolás Durán, en 1627, escribe al padre Francisco Crespo, de Guayrá, que la población de San Pablo estaba constituida por un lado de herejes y por el otro de judíos. Se refiere a aquellos cristianos nuevos incrédulos y blasfemos, y asimismo a los que practicaban secretamente los rituales hebreos.
El enemigo mayor de los judíos, el padre Antonio Ruiz de Montoya, llamado el «apóstol de Guayrá», decía que los paulistas eran auténticos aliados de Satanás, y que el Diablo intervenía en cada paso junto a los indios, usando varios disfraces para desviarlos de la fe. Los bandeirantes, además de judíos y diablos, eran calificados, aun en los siglos posteriores, en las crónicas jesuíticas de corsarios, piratas, bandidos, facinerosos, bestias y fieras. Los historiadores sudamericanos, hasta hoy, se refieren de la misma forma de los crímenes de esos tales «monstruos». Dice Jaime Cortesão que las fuentes jesuíticas no son fidedignas. También Basílio de Magalhães, Alfredo Ellis Júnior y JúlioMesquitaFilho discrepan de la historia que acepta, sin discusión, las fuentes de origen jesuítico, que eran manipuladas según los fines que se deseaban alcanzar (Cortesão, 1953, p. 26). Montoya quería que los paulistas fueran juzgados exclusivamente por la Inquisición. Les enseñaba a los indios a odiar a los bandeirantes. La iconografía de las misiones mostraba a Satanás como un bandeirante: barbudo, con fenotipo bien paulista, agitando las alas (Cortesão, 1953, p.38).
Los jesuitas españoles creían píamente y repetían que los paulistas judíos tenían una alianza con el Demonio. En 1639, en el auge de la expansión del bandeirismo, el superior de la reducción del Uruguay y comisario del Santo Oficio de Lima, el padre Diego de Alfaro, quien odiaba a los portugueses, llegó, de parte de la Inquisición, con la orden de apresar a Raposo Tavares y entregarlo a la Inquisición. Los bandeirantes mataron al comisario.
Cuando Montoya fue a España a poner el reclamo contra los paulistas bandeirantes y pedir que se tomaran providencias militares para impedirles destruir las reducciones, publicó un libro, Conquista espiritual, que, según Cortesão, es un texto de propaganda y tendencioso, cuyas ideas fueron utilizadas y aceptadas por los historiadores nacionales y extranjeros.
Jaime Cortesão llama la atención sobre el «misterio» que rodea la vida de Raposo Tavares y que él denomina «conspiración del silencio». En torno a su nombre se hizo un silencio absoluto, puesto no aparece en las actas de comarca de San Pablo entre 1642 y 1649. En abril de 1642, Raposo Tavares recibió los ediles de la referida villa que le entregaron un poder que le otorgaba autoridad especial por toda la Capitanía, en todo el Brasil, en el Reino de Portugal y donde fuera necesario.
Cortesão no aclara mucho de qué se trataba ese poder, pero lo más misterioso es dónde estuvo Raposo Tavares entre 1642 y 1648. No existe ninguna documentación que se refiera a él, apenas una que habla de su regreso en 1647. Los documentos del Consejo de Guerra, del Consejo Ultramarino, la correspondencia del Rey y de las autoridades no mencionan absolutamente nada de Raposo Tavares en este período. ¿Acaso habrá acompañado la comitiva de su gran amigo el Conde de Monsanto, que fue nombrado embajador extraordinario en la corte de Francia? Pienso que tal vez haya ido a Holanda, ¿o se quedó en Portugal? Quizás haya encontrado presa a su familia o «reconciliada» ¿O será que llegó al Perú? Hay varias suposiciones, pero ninguna comprobación.
Una afirmación fundamentalmente importante para este trabajo es la siguiente: Jaime Cortesão afirma categóricamente que es falsa el aserto de los historiadores de que los jesuitas defendían la libertad de los indios en nombre de los derechos humanos. Son falsos también los alegatos de que los bandeirantes eran bandoleros y despiadados, pues su generosidad y capacidad de sacrificio contradicen esas falsas acusaciones. Cortesão considera que los jesuitas forjaron esos delitos de los bandeirantes.
El fanatismo y las supersticiones de los jesuitas fueron combatidos por los paulistas, iconoclastas y apóstatas que desaprobaban los dogmas de la Iglesia. Educado hasta los dieciochos años en el judaísmo, Raposo Tavares representó la esencia del espíritu de los cristianos nuevos, manifestado tantas veces en pensadores marranos. Fue acusado de negarles la extremaunción a los que morían y no incluir curas en las bandeiras; pero, no creo que esto haya sido la regla, pues había muchos conversos entre el clero portugués, con varias prácticas sincréticas.
No pienso que la mayoría de los bandeirantes fuera judaizante. Hostilizaban a la Iglesia que identificaban con la Inquisición. Esparcidos por todo el Brasil tenían poco interés en la religión. Muchos mantuvieron su identidad judía, la memoria de lo que les contaban sus padres y abuelos. Incluso siendo indiferentes a cualquier práctica religiosa, algunos pequeños vestigios de judaísmo permanecieron entre sus costumbres. Se parecían a los israelitas modernos: «judíos sin religión».
A pesar de que las fuentes jesuitas no son consideradas fidedignas, muchos historiadores se basaron en ellas para escribir sobre ese período. El famoso Capistrano de Abreu, dice Cortesão, formó sus opiniones sobre los bandeirantes y los brasileños usando los textos falsos y tendenciosos de los jesuitas.
Los sacerdotes de la Compañía de Jesús no formaban un bloque político uniforme ni compartían todos las mismas ideas. Los de Portugal, por ejemplo, eran sospechosos a los ojos de sus hermanos ignacianos españoles y había orden del Rey de apresarlos, pues fomentaban y participaban en la «Entradas» de los paulistas. También entre los jesuitas castellanos había simpatizantes de los bandeirantes y de sus ideas. Para comprender esas divisiones, no podemos olvidar que muchos cristianos nuevos portugueses entraron en la Compañía de Jesús en el primer siglo de su existencia. Pertenecer a la Iglesia traía una cierta seguridad contra la Inquisición. La Compañía de Jesús se volvió más rígida en la aplicación de los «estatutos de limpieza de sangre» a partir de fines del siglo XVI, presionada por otras órdenes religiosas. Se volvió elitista y racista, al permitir solo la entrada en la orden de los «puros de sangre» (Lima, 2008). Puesto que la sociedad vivía la «cultura del secreto», es difícil conocer la dimensión del judaísmo mantenido por los bandeirantes.
Raposo Tavares debía ser entregado a la Inquisición. Felipe IV envió una carta al virrey del Brasil para que ejecutara sus órdenes. Pero cuando el inquisidor mayor de Lisboa debía tomar las providencias para ejecutarlas, irrumpió la revolución que liberó a Portugal de España y la órdenes reales no se cumplieron. El obispo y el inquisidor estaban ligados a la Compañía de Jesús y a la Inquisición, violentos adversarios de los bandeirantes y tomaron partido contra la independencia de Portugal.
Poco sabemos de la vida particular de Raposo Tavares. La intimidad de su hogar es deconocida. Algunas actitudes que asumió durante su vida prueban su espíritu de independencia y carácter fuerte. Mientras tanto, en torno a Raposo Tavares se creó una «conspiración de silencio», cuya razón no fue comprendida hasta hoy en día. Verdadero explorador de un continente, Raposo fue en su tiempo totalmente ignorado. En las obras impresas de su época se habla de su expedición incomparable, pero no se menciona su nombre ni los de sus compañeros.
Cortesão se pregunta abismado: ¿Cómo se explica ese silencio?
Conocido el origen judío de los bandeirantes y el odio que los jesuitas les tenían, se yerguen nuevas hipótesis: ¿Habrá influido el antisemitismo de la política del Estado y de la Iglesia en el desprestigio que sufrió Raposo? La historiografía clásica también sufrió la influencia de la literatura jesuítica que intencionalmente conspiró con el silencio que rodeó a Raposo Tavares. Durante siglos, los historiadores callaron sus hechos. Cortesão procuró demoler cierto mitos y la «leyenda negra» sobre los bandeirantes inventada por los jesuitas y aceptados por los historiadores en general. Los hechos que los jesuitas cuentan no son verdaderos y las Cartas Anuales están llenas de milagros e interpretaciones sobrenaturales. Montoya y sus compañeros estaban constantemente en combate con el demonio y demás espíritus, y todos los días anunciaban nuevas maravillas. Con todo, no podemos generalizar el comportamiento y el fanatismo de los jesuitas ni minimizar su obra que tiene aspectos constructivos y abnegados, pero hay un mundo que separa la mentalidad de determinados ignacianos españoles de otros como el padre Antônio Vieira.
A partir de la conversión en Portugal de todos los judíos al catolicismo (1497) y del establecimiento de una Corte de Justicia (la Inquisición en 1536), para vigilar y castigar a los cristianos nuevos sospechosos de practicar el judaísmo, se dividió la sociedad portuguesa en «puros» e «impuros». Dos visiones del mundo, dos mentalidades irreconciliables. Los conversos se volcaron cada vez más hacia afuera, más mundanos, hacia las innovaciones en las ciencias, en la medicina, en las letras. Muchos judíos sefarditas, de cuarta o quinta generación, iniciaron una vida de aventuras y cambiaron su concepto del mundo. Jaime Cortesão se pregunta: ¿será que el misterio de la desaparición de Raposo Tavares no refleja las dos visiones del mundo: de un lado los represivos regímenes absolutistas y de la Contrarreforma, y del otro, la libertad? ¿Será que el espíritu de las bandeiras no habrá influido en la formación del Brasil, que trasciende el aspecto territorial?
El miedo a la Inquisición impuso en cada portugués una autocensura y una «cultura del secreto». Los «puros» –hidalgos, nobles, clero, puritanos– se volvieron hacia el pasado, interesados en preservar el Antiguo Régimen y sus privilegios. Esos «puros» no se aventuraban a ir a América, a arriesgarse a morir en los naufragios, de malaria o comidos por los indios. Quien se interesaba por embarcar hacia un mundo desconocido era el que no estaba bien en Portugal, siempre con la vida en peligro: los cristianos nuevos. Según los viajeros y testigos contemporáneos, tres cuartos de la población blanca de Brasil, en el siglo XVII, estaba constituida por judíos (Anita Novinsky, 1992).
Los bandeirantes judíos, Antônio Raposo Tavares, Pedro Vaz de Barros (fundador de São Roque en el estado de San Pablo), los hermanos Fernandes (fundadores de Sorocaba, también en San Pablo) y otros tantos, fueron, para Jaime Cortesão, desmitificadores del universo. Eran iconoclastas y desconocemos en qué creían realmente.
Raposo Tavares fue colocado en el pedestal de los «hombres que hicieron el Brasil». Podemos decir que, como todos los cristianos nuevos, representaba, con su avidez de libertad, la herencia de los profetas y la esencia del espíritu que el judaísmo legó a los conversos.
Antônio Raposo Tavares, descendiente de los «forzados» al catolicismo, no consta como judío en ningún libro clásico de la historia de Brasil o de la historia judía. Como enemigo del Santo Oficio de la Inquisición, guerrear contra los jesuitas españoles era luchar contra la institución que mató a millares de cristianos nuevos inocentes, tal como lo escribió el padre Antônio Vieira.
Raposo Tavares pertenece, por lo tanto, a la historia de Brasil y a la de los judíos.
La historia no le hizo justicia ni sus contemporáneos. Muchos bandeirantes fueron recompensados por su brillante obra, alcanzaron cargos, títulos y beneficios. Raposo Tavares no recibió ninguno, absolutamente nada. ¿Por qué? Permaneció desconocido. ¿Por qué? Representó a los contestatarios de los regímenes de opresión y del fanatismo. ¿Por qué fue víctima de la «conspiración del silencio»?
Pero, como escribió Jaime Cortesão: «Ahora se levanta la tapa de granito de un sepulcro donde dormía un gigante».

BIBLIOGRAFIA
Anais do Museu Paulista. Imprensa Nacional. San Pablo, 1949. Volumen XVIII
Cortesão, Jaime; Raposo Tavares e a formação territorial do Brasil, en Obras Completas. Vol 9. Oporto. PortugáliaEditoria, 1958.
Introdução à história das bandeiras. Editora Livros Horizonte, 1975.
A Colonização do Brasil. Oporto. Portugália Editora, 1969.
Novinsky, Anita; CristãosnovosnaBahia. San Pablo, Editora Perspectiva, 1992.
Processo inquisitorial de Maria Costa no. 11992. Instituto Nacional de Arquivos Torre do Tombo, Lisboa.
Salvador, José Gonçalves; Cristaosnovos. Povoamento e Conquista do solo brasileiro. San Pablo, Editora Pioneira. 1976.
Santos, RobsonLuíz Lima; O AntissemitismonaCompanhia de Jesus. Tesis de doctorado defendida en el Departamento de Historia de la Universidade de São Paulo, San Pablo, 2007.

Coloquio.