ISABEL LUÍS, LA BONITA: puesta en la casa del infierno por volverse loca

Maria Fernanda Guimarães / António J. Andrade

Cumplió exactamente veinticinco años en la víspera de caer presa, el 4 de junio de 1693. Es imposible describir la escena, que fue de un dramatismo verdaderamente extraordinario. El hijo mayor, de cuatro años, aferrándose de la falda, en una alucinante explosión de gritos. Y ella, apretando contra el pecho al otro hijo, de apenas un año de edad, deshecha en un llanto ahogado y convulso. Cuando se lo quitaron a la fuerza fue como se le hubiesen arrancado una parte de sí misma.
En paralelo, los otros miembros de la cuadrilla venidos de la sede del concejo apresaban al marido y le ponían los hierros, pues también era reclutado, tal como un hermano y otros parientes más.
Un mes después, lo entregaron a la Inquisición de Coímbra. Se identificó diciendo que se llamaba Isabel Luís, cristiana nueva, casada con Gaspar Rodrigues, hija de Gaspar Luís y MariaDias. Luego la metieron en una celda, en compañía de Helena Rodrigues, su coterránea y amiga.
El paso de los días y de los meses, y de un año entero no hicieron disminuir el dolor causado por la separación de los hijos. En todo caso se acrecentaba al pensar si estarían muertos o vivos, abandonados como quedaron, sin bienes ni amparo. Y la soledad de la cárcel más el recuerdo de los hijos le iban royendo el entendimiento.
En la celda de al lado estaba Clara Oliveira, su vecina casada con AtanásioRodrigues, también preso, ambos moradores de Carção (feligresía de Vimioso, Tras-os-Montes, Portugal). Y Isabel González, originária de Zamora, en el reino de Castilla, que se había ido a casar a esa localidad. Isabel Luís golpeaba la pared de la cárcel, llamaba a Clara y se subía para mirar por la ventana, pidiéndoles a las otras que hicieran lo mismo y hablasen con ella.
Llegado el invierno, la humedad de la celda aumentaban los dolores y el tiempo lúgubre traía ideas torvas. Isabel comenzó a sentirse asaltada por crisis de entendimiento de las cosas simples y entró en desespero. Se ponía a gritar y no era la única. Lanzaba las cosas que tenía al alcance de la mano. Se subía sobre los muebles que a manera de estantes había en la celda. Rasgaba la lencería y los vestidos. Se halaba el pelo y se rasguñaba toda y quedaba sangrando. Había comida que le traían y debía durar tres días, pero que ella engullía de una sola vez, como desesperada.
Mucho se esforzaba la compañera de celda para calmarla, pero no lo lograba. Venían los guardias y de nada servían las advertencias que le hacían, por lo que a veces le ataban las manos para que se tranquilizara. En una ocasión, logró, al montarse en los estantes, arracar una tabla y con ella le dio golpes a Helena.
Era imposible aguantar la situación, ya que, su ejemplo contagiaba a otras mujeres, que se ponían a gritar, también como locas. Llamaron al alcaide y este, el 21 de febrero de 1695, ordenó que fuese metida en «la celda del infierno»: una pieza aislada, pequeña y oscura. Ahí la soledad pesaba aún más.
Dos semanas después, el 9 de marzo, la trajeron de nuevo a su antigua celda, junto a Helena Rodrigues. Al principio pareció curada de su locura, pero después volvió a intranquilizarse. Naturalmente, en ese momento llamaron a los médicos del Santo Oficio para revisar el caso y la trataron como era costumbre: con remedios y sangrías. Tres meses después, a mediados de junio, tuvieron que meterla nuevamente en la «celda del infierno» y dejarla sola, con su locura. Y este tratamiento llamado «solitaria» se prolongó entonces durante 60 días, que lo no era usual.
Después de eso, conoció dos celdas más y otras dos compañeras que con ella habían llegado presas: Ventura Lopes, cristiana nueva de Vimioso, y BirtesLopes, de Carção, su madrastra. Sobre la primera, diría Isabel a los inquisidores, en una de sus audiencias:
«Ventura Lopes y Domingos Pires, el barrigón, su marido, habitantes que eran de Vimioso, eran enemigos de la reo desde hacía ocho años, debido a que el marido de la reo y el padre de la misma reo hicieron apresar a dicho Domingos Pires, para casarse con dicha Ventura Lopes, lo que él no quería hacer, al decir que ella estaba mal de su cuerpo, y en efecto, lo obligaron a casarse y le quedó con odio, lo que es público y notorio».
Del resto y como cabría esperar, Isabel Luís acabó denunciando a todos los que ella llegaron presos y fue acusada, a su vez, por todos ellos. A manera de ejemplo, veamos un poco las confesiones de Isabel:
«Al morir Francisco Rodrigues, el sargento, por la Pascua anterior a la prisión de la declarante, quisieron los hijos del mismo mandar hacer ayunos judaicos, por el alma de susodicho padre, los cuales se llaman AtanásioRodrigues, labrador y curtidor, casado con Clara de Oliveira; Bernardo Rodrigues, tendero, soltero; AntónioRodrigues, zapatero y curtidor; y Luisa Rodrigues, casada con Francisco Lopes, que vinieron presos, excepto la mencionada Luisa Rodrigues; y por no tener dineros, pidieron 6 mil reis prestados a André Rodrigues, tendero, cuyos 6 mil reis fueron llevados por Bernardo Rodrigues a la villa de Chacim, donde los distribuyó para hacer los llamados ayunos judaicos de la ley de Moisés».
Y este testimonio habrá sido uno de los muchos que contribuyeron para que aquellos tres hermanos fueran condenados a la hoguera. Tal como lo fue Domingos de Oliveira, acerca del cual Isabel Luís testimonió lo siguiente:
«Al morir la suegra de Domingos de Oliveira, llamada MariaChiquilha, hará nueve o diez años (…) él había llamado gente de la nación de los cristianos nuevos a su casa donde, cerrando la puerta, les dio de cenar y después de cenar leyó de un libro oraciones judaicas; y le hubo dado a Isabel Rodrigues dos varas de paño por intención y limosna de la Ley de Moisés y otros oyeron decir (…) que Domingos de Oliveira dijo una misa en la ermita de san Esteban, una misa seca».
De las confesiones de Isabel, así como de otros procesos, pudiéramos recoger muchas otras notas, de interés para el estudio de los hábitos de la comunidad marrana de Carção. En cuanto a la alimentación, por ejemplo, se hace mención a un plato que acostumbraban a comer en la cena de Kipur que constituía en bacalao con garbanzos, o cuando velaban los muertos, que servían bacalao, queso y nueces. Igualmente se habla de una rosquilla que aún hoy es un dulce típico de la región de Macedo de Cavaleiros.
Volviendo atrás, a la locura de Isabel Luís, naturalmente que se trataba el problema de la imputabilidad de sus crímenes. Era necesario averiguar si ella ya estaba loca antes de caer presa y, en ese caso, sería imputable, o si perdió la razón en la cárcel, o si era fingimiento y malicia. Y averiguar si la locura se acabó y ella recuperó el entendimiento. Para eso fueron oídas varios testimonios: los guardias, el alcaide, las compañeras de celda y los médicos de la Inquisición que la trataron. Veamos algunos extractos de esas exposiciones:
El alcaide dijo: «Cuando vino presa a estas celdas, tenía juicio, entendimiento y capacidad, en la misma forma que tienen las demás presas y de esta manera estuvo hasta mediados de enero de 1695 y entonces comenzó a tener acciones de las que se concluía que no tenía entendimiento (…) y fue curada por los médicos y últimamente recuperó el juicio (…) procurando con mucho cuidado todo lo que le era necesario para sus vestidos y sustento, y hablando con mucho propósito, sin tener más enfermedad y con mejor salud y vivacidad muy vigilante, excepto en dicho tiempo en que le pareció estar fuera de juicio y serían cuatro o cinco meses, así antes como después de eso, le parece que es una persona de entendimiento y sagacidad».
El doctor João Mendes, 72 años, declaró que fue a la cárcel y que ella quedó «laxa de juicio» y que «por los medicamentos que le dio ella mejor de dicha lesión (…) y que ahora “la halló con buen entendimiento” y consciente de todas sus potencias y con capacidad».
De modo semejante se expresó el doctor AntónioMendes, de 64 años, profesor y primado de Medicina de la Universidad, diciendo: «Estaba convidado a curar una presa en febrero o marzo de 1695 de una manía que tenía y le aplicó los remedios que a su entender eran convenientes (…) hasta que se puso con aquel uso de razón que corresponde a una persona».
Isabel Gonçalves dijo que la conocía desde que nació y que «antes de estar presa tenía buen entendimiento, juicio y capacidad», pero después quedó «de forma que parecía loca, cantando y diciendo palabras en voz alta y no dejaba dormir a la gente (…) y después de dicho castigo como que tuvo miedo y está quieta y sosegada, y hará un año que está en sus cabales perfectos».
Helena Rodrigues, después de contar algunas de las vesanias de Isabel, dijo que ella misma se enfermó y «en el tiempo en que estaba convaleciente, por ella no la dejaba comer ni dormir, y por la debilidad en que la había puesto la enfermedad, también enloqueció, por lo que la alejaron de la compañía de la testigo».
Ventura Lopes dijo: «Cuando Isabel vino a su lado, tenía una lesión en el entendimiento; sin embargo, hará cuatro o cinco meses que ya no habla sin propósito y está en su juicio perfecto».
Menos concordante y más severo fue el testimonio de Catarina Lopes, «la bicha», casada con un tío paterno de Isabel. En efecto, «dijo que no vio hacer a la referida Isabel Luís cosa alguna que locura considerable; no obstante, es persona de poco asiento y algún tanto atolondrada, como también son sus hermanos».
Con base en estos y otros testimonios, concluyeron los inquisidores que Isabel era imputable. Y pasaron a analizar sus delitos, para concluir que era hereje, promotora y encubridora de otros como ella, y se elaboró la sentencia en la mesa de la Inquisición de Coímbra el 29 de octubre de 1696, en la que se decidió su muerte en la hoguera. La sentencia fue presentada al Consejo General que la ratificó, en sesión del 11 de noviembre de 1696.
El día 24 de noviembre, en víspera del auto de fe, fueron a atarle las manos, leerle la sentencia y hacerla «posar» por última vez ante el pintor que le haría un retrato con el sambenito que llevaría puesto en la procesión y que después sería remitido a Carção a fin de ser fijado en la pared interior de la iglesia matriz.
Viéndose así de manos atadas, Isabel comenzó a hacer más denuncias y a implorar misericordia. El inquisidor que la oyó «dio poco crédito a la confesión de la reo», que es lo mismo que decir que ella no estaba diciendo toda la verdad.
Y si la escena de la aprehensión fue de intenso dramatismo, no menos fue la salida de la cárcel hacia el quemadero. Estaba ya la procesión en la calle e Isabel en la «casa del paño» cuando pidió una última audiencia al inquisidor presente y que estaba ordenando la cola de la procesión, el doctor João Duarte Ribeiro, que la oyó, pero no le aceptó la confesión por «hablar groseramente».
Después del drama de la prisión, la locura y de la muerte en la hoguera, Isabel Luís ganó un nuevo nombre: «la bonita». Su retrato, colgado en la iglesia matriz de Carção, era tan lindo y perfecto que ella parecía «una estampa… tan hermosa que parecía viva».
Fuentes
A.N.T.T. Inquisición de Coímbra 6731.
http://almocreve.blogs.sapo.pt/18369.html