IBN GABIROL: Entre lo profano y lo litúrgico

*Pocos pueblos recuerdan a sus poetas con la devoción que tiene el judío por sus paitanim. El doctor Aquibá Benarroch Lasry ahonda en la vida del poeta malagueño, cuyos 950 años de su muerte conmemoró la Asociación Israelita de Venezuela en octubre.

El gran historiador de las ideas, Isaías Berlín, dijo que el pueblo judío tiene mucha historia y poca geografía. Sabemos todos muy bien lo que ha querido decir, pues nos ha faltado poseer siempre una tierra en la que el pueblo judío se asentara, lo cual no fue óbice para que a lo largo de los siglos conservara una gran vitalidad y en consecuencia poseyera una larga historia. Pero, es interesante reflexionar un poco sobre lo que significa tener mucha historia y la forma en que esta se escribe. Casi siempre en la historia de todos los pueblos se hace resaltar los hechos importantes, la biografía de personajes relevantes y, más modernamente, la forma de vida que tenían en todos sus aspectos, social, económico, religioso, etcétera. Pocas veces se hace referencia a los poetas de ese pueblo, lo cual en la mayoría de los casos solo despertó el interés de una minoría intelectual.

Sin embargo, en el caso del judío ha sido la existencia de estos personases, poetas, filósofos, pensadores, rabinos, lo que ha mantenido la vitalidad del pueblo, lo que han sabido conservar las tradiciones, la fe y la fidelidad a la Torá como principios fundamentales.

Y uno de estos personajes, en general poco conocido por la mayoría, fue Shlomo Ben Yehudá Ibn Gabirol, más conocido entre los musulmanes como Aba Ayyub Sulaimán Ibn Yahia, y entre los cristianos como Abén Cebrol o Avicebrón.

Ibn Gabirol nació en Málaga en 1021, aunque algunos dicen que fue en 1022. Ciudad situada en el sur de España, él mismo algunas veces firmaba sus trabajos como Malaguí, el malagueño. Procedía de una familia de Córdoba que había tenido que huir por la llegada de los fanáticos beréberes que obligaban a los judíos a la conversión o a la muerte. A los nueve años la familia se traslada a Zaragoza, entonces uno de los reinos musulmanes más importantes y ricos de España. Los padres fallecieron poco tiempo después de su llegada a Zaragoza, a consecuencia, sobre todo, de la gran pobreza y miseria que sufrieron. Ya desde la edad de doce años, Gabirol dependió de la comunidad judía local para su sustento. La ayuda de ésta disminuyó tan pronto como su poesía recibió pública aclamación por su ingenuidad de juventud. Ibn Gabirol encontró refugio y ayuda con frecuencia de la casa de Ibn Ga’nach, un médico y gramático local, del cual recibió amor parental, enseñanzas judías; pero, sobre todo, tratamiento para la enfermedad de la piel que lo afligía. Era una enfermedad muy dolorosa y deformante causada, probablemente, por una disposición de tipo nervioso, según creen algunos investigadores. La realidad era que esta enfermedad le provocó grandes dificultades a nivel social, pues hacía lo posible por esconderse y evitar la repugnancia que expresaban los rostros de las gentes con las que se encontraba. Muy a menudo escribió sobre el tormento de sus heridas carnales, las sensaciones de quemazón que se abatían sobre su alma.

En Zaragoza adquirió su formación y educación judía: el misticismo de la Biblia, los midrashim, las halajot y la Mercabá, el misticismo del carro; así com en el uso de las fuentes filosóficas en árabe. Desde una edad muy temprana tenía una formidable capacidad para componer poesía en hebreo, como expresa en su poema Aní ha-sar: «Yo soy el maestro que canta y la canción es mi esclava… Aunque apenas tengo dieciséis años, tengo la sabiduría de un hombre de ochenta».

El estilo de vida de vida de Ibn Gabirol cambió de la noche a la mañana a raíz de un encuentro casual con Yecutiel Ibn Asán al-Mutawakkit Ibn Kabrún, que era un respetado ministro de la corte de Zaragoza. Yecutiel se convirtió en el protector de Ibn Gabirol hasta su ejecución a causa de las intrigas de la Corte. Mientras que los sentimientos de Ibn Gabirol hacia Samuel Hanaguib eran ambivalentes, su amor por Yecutiel fue innegable. Yecutiel era apuesto, refinado, de buen carácter y tierno en su amor por el talentoso joven Salomón. La comunidad judía de Zaragoza se había hartado de él y alrededor del año 1045, Gabirol fue obligado a abandonar Zaragoza. Al partir escribió el poema «Mi garganta está reseca de suplicar».

«Si tu corazón se ha vuelto duro, se ablandará al enfrentarse con el odio que hay frente a mí… Estoy enterrado, pero no en una tumba, en el ataúd de mi propia casa… mezclo mi sangre con mis lágrimas, y mis lágrimas con mi vino. Soy tratado como un extraño, despreciado, como si estuviera viviendo con avestruces, atrapado entre los ladrones y los locos, que piensan que sus corazones se han vuelto sabios… A su juicio son gigantes, saltamontes a los míos…»

Fue en Zaragoza donde él elaboró gran parte –tal vez todo– su trabajo filosófico y donde escribió también sus más queridos poemas. Reservó el hebreo exclusivamente para la poesía, tanto litúrgica como social, y escribió su prosa en árabe. Tras su marcha de Zaragoza su rastro permanece oscuro. Se fue a Granada y disfrutó de la protección de Samuel Hanaguid.

Pasó sus últimos años solo por España viviendo en la pobreza y en la soledad. Ibn Gabirol murió probablemente en 1058 a la edad de 37 años. Incluso su muerte estuvo envuelta en un velo de misterio y dio lugar a historietas curiosas. Una leyenda afirma que un erudito no judío, celoso de su saber, asesinó a Gabirol y procedió a enterrarlo bajo una higuera. El árbol dio una magnífica cosecha, la que causó una gran sorpresa que finalmente fue objeto de investigación. El asesino fue ahorcado en esa misma higuera.

Su libro de moral Tikún mido hanéfesh (Reparación de las cualidades del alma), escrito en Zaragoza y el Mibhar Hapeninim (Selección de perlas), se han convertido en libros fundamentales del judaísmo. Sin embargo, su más famoso libro neoplatónico Mekor Jayim (Fuente de vida) único que ha quedado de sus escritos filosóficos, fue rechazado por los círculos del judaísmo. Durante muchos siglos esta obra, altamente apreciada por los escolásticos cristianos, fue considerada escrita por un católico o un árabe, hasta que un investigador francés, Munk, descubrió a mediados del siglo XIX un resumen de la obra escrito en hebreo y en el cual se aclaraba definitivamente que Gabirol era el verdadero autor de esta su única y fundamental obra filosófica. Hoy día se encuentran traducciones de esta obra en casi todos los idiomas. Pues, a semejanza de Maimónides, busca un acuerdo entre la filosofía aristotélica, es decir, la razón, con la más pura ortodoxia judía. Para Ibn Gabirol, el camino para lograr la perfección y la elevación del espíritu era el cumplimiento y la observancia de las mitzvot. También escribió una hazaarot en las que exalta las 613 mitzvot o preceptos del judaísmo.

Ibn Gabirol fue un extremista. Vagó entre una fe espléndida y una sombría desesperanza, una altivez extremada y un sentimiento de desprecio, entre una confianza en sus posibilidades y un sentimiento de fracaso y de falta de fuerzas.

Destacó y ha permanecido vivo su recuerdo gracias a los poemas religiosos que aún hoy se recitan entre las comunidades sefardíes y algunas askenazíes. En especial en las festividades de Rosh Hashaná y Yom Kipur, son muy numerosas, de una gran belleza, son todas ellas una alabanza al Eterno en el mejor estilo de los salmos y un sentimiento de parquedad y de humillación del ser humano. Recuerdo en este Kipur el poema Elo-hay Al Tedineni, que se recita en el shajarit, y muchos otros más.

A pesar de que sus poesías religiosas y seculares son muy distintas entre sí, como no podía ser menos por su diferentes función, hay ciertos hilos que establecen relación entre una y otra, y muchos de los poemas de uno y otro campo están relacionados también con su pensamiento filosófico.

Ibn Gabirol fue, desde el punto de vista cronológico, el segundo gran poeta de la escuela hebraico-española, la cual iba a ser, por su propio mérito y por el de sus compañeros, el movimiento literario más decisivo de la literatura hebrea durante setecientos años o más.

El comienzo de esta escuela a mediados del siglo X fue algo que se puede considerar como revolucionario. Hasta entonces la poesía hebrea en sus diferentes centros había sido casi totalmente poesía sagrada –piyut–, creación litúrgica destinada a insertarse en el ritual de oraciones y a adornarlo. Una poesía hebrea rotundamente profana que se ocupara del mundo y del hombre fue creada por primera vez en Sefarad. El desarrollo de esta escuela fue una de las manifestaciones más espléndidas de aquella fértil fusión entre la cultura judía y la árabe. Y aunque parezca paradójico, fue el conocimiento de la lengua arábiga de parte de los intelectuales y rabinos, lo que estimuló y despertó a la creación de una poesía y una literatura escrita en hebreo y en árabe.