Hacia un nuevo tipo de IDENTIDAD del judío venezolano

Néstor Luis Garrido

Especial para Maguén – Escudo
Es un lugar común en los medios de comunicación de la colectividad judía de Venezuela decir que esta es un ejemplo de cooperación y de integración, y que la distinguen de las otras, medianas y grandes, presentes en América, y esta aseveración se basa en la cooperación institucional entre las dos principales kehilot presentes desde el siglo XIX hasta nuestros días, expresada no solo en gestos de buena voluntad ni discursos, sino en empresas comunes que han estado operando en el país, desde los años 60 al presente. En esta exposición, trataremos de abordar cómo se ha reflejado en la identidad judía venezolana esas decisiones políticas de cooperación y en algunos casos de integración, y cómo se ha ido conformando una nueva percepción de lo judío, que ya no se basa en la distinción tradicional sefardí-askenazí ni en la dicotomía religioso-laico, sino en una de hibridación y mestizaje, que se encaminan hacia un autoconcepto de comunidad ashkefardí venezolana, acrónimo creado por Moisés Garzón Serfaty hace ya varias décadas, que se refleja no solo en el país, sino también en las colonias que se han formado en el extranjero, producto de la emigración, hacia lugares como Panamá, Israel y el sur de la Florida.
El proceso de formación de la comunidad judía de Venezuela, al igual que todas las otras que comparten el continente americano, es bastante similar: durante la colonia, los intentos de conformar lo que entonces se llamaban red de marranos o sinagogas secretas en las Indias se vieron frustrados por el peso de la Inquisición. Estas comunidades secretas tuvieron tanto éxito en Venezuela que nadie nunca las ha detectado o tan fracasadas que no lograron mantenerse, al menos en el seno de lo que se conoció durante la colonia como Provincia de Venezuela y luego Capitanía General. Sosa Llanos (2010) reporta cuatro casos de judaizantes llevados desde Venezuela hasta el tribunal de lnquisición, uno de los cuales, Benito Henríquez fue condenado por rabino en 1650 y otro, Miguel Fernando de la Vega, por hacer proselitismo judío en Maracaibo en 1718. Al menos estos dos casos pudieran revelar la existencia de alguna audiencia a la que predicar o en la que oficiar. Otra evidencia de presencia judía en Venezuela la reporta Carciente (1991) con la fundación del villorrio de Santa Irmandade, en 1693, en la zona costera de Tucacas, donde hubo una colonia de judíos portugueses de Curazao y que fue destruida a principios del siglo XVIII a manos del gobernador colonial español. Este hecho revela el interés por parte de los activos miembros de la comunidad judía de Curazao en establecerse en Tierra Firme. La presencia de judíos caribeños entre las tropas independentistas venezolanas es bien conocida, entre los que también se cuenta la existencia de Isidoro Borowski (1807-1837), quien vino desde Europa central a luchar por la independencia. La iniciativa de establecer una comunidad judía en el país comienza en 1818 cuando comienzan a llegar grupos familiares a Coro provenientes de Curazao, y se consolida en 1830, año en el que Samuel Hoheb se convierte en el primer judío en obtener un cargo público, al ser elegido alcalde de Coro (Blank. 1993. p. 211). Paralelamente, otro grupo de judíos sefardíes, esta vez de la colonia danesa de Santo Tomás, se estableció en Barcelona. Kaplan y Avni, según lo reporta Bejarano (2013), señalan que estos sefardíes occidentales «se asimilaron dentro de las sociedades católicas por falta de población judía que podría haber asegurado servicios comunitarios, o una oferta en el mercado conyugal». En estos momentos, la Asociación Israelita de Venezuela reporta como judíos a solo dos personas descendientes por ambos lados de la comunidad coriana, los hermanos Telma y Herman Henríquez López Fonseca. Rafael Curiel Penso, (Curiel 2013, comunicación personal) registró la existencia de más de 1.700 personas vivas como descendientes de Jacob Haim Curiel Fidanque, padre del fundador de la comunidad judía de Coro en el siglo XIX. Otras familias pueden tener igual dimensión y sus miembros han llegado a niveles insospechados de influencia en la vida venezolana, como el actual presidente Nicolás Maduro y su más ferviente contrincante Henrique Capriles Radonski, ambos cristianos. Es de hacer notar que los judíos de Coro fueron expulsados de la ciudad entre 1855 y 1860, tras unos motines antisemitas. Ningún hecho histórico de esa dimensión se registró en Venezuela sino 149 años después, con el primer allanamiento, sin causa justificada hasta el día de hoy, de la sede del Club Hebraica, en la ciudad de Caracas.

De Marruecos venimos
Antes de hablar de la formación de las primeras instituciones judías en el país, es necesario recordar que la Venezuela del siglo XIX fue un país de gran inestabilidad política: desde la independencia de España y la separación de Colombia, el país pasó por varias guerras, incluida una de trece años que impuso, a menos de manera formal, una federación tutelada por un poder central muy fuerte. En los años 70, la dictadura del general Guzmán Blanco impuso cambios trascendentales: el laicismo, casi anticlericalismo masón, el matrimonio civil, la expulsión de las órdenes religiosas extranjeras (que significó el cierre de muchas escuelas católicas) y la expropiación de los bienes inmuebles de la Iglesia. El mestizaje que se venía observando en la colonia se generaliza al cambiarse la estructura económica, y como parte de la política modernizadora emprendida en ese tiempo se favoreció la inmigración europea, para «blanquear la población», según la conseja general. De acuerdo con esta disposición, se prohibía la visa de residencia a negros, asiáticos y judíos, quienes entraban como súbditos españoles o ingleses, y por lo general con certificados falsos de ser cristianos, en esas típicas contradicciones de los gobiernos de la época. En el caso de los hebreos o israelitas, como se les llamaba entonces, una vez adentro, no había problemas para ejercer sus derechos religiosos, a menos que se tomaran en cuenta el poco número de correligionarios y la falta de rabinos y maestros.
Aunque casi sin ningún nexo de parentesco ni de continuidad institucional, la comunidad judía de Coro, no así la de Barcelona, sirve para el imaginario actual de ambas kehilot como referencia identitaria, como punto de partida y como carta fundacional. En un país donde la nacionalidad se mide por su relación con el libertador Simón Bolívar, en la mayoría de los textos que hablan de la historia de los judíos en Venezuela se exalta la colaboración de algunos judíos con él, hecho que muchas veces se utiliza como «justificativo» o «prueba de venezolanidad», como también lo es la costumbre de hacer listas de judíos famosos de la época, como una «carta aval» que aparentemente se necesita para probar el legado judío en el país, y en cierta forma, utilizarlo como «salvoconducto» en la vida nacional.
La comunidad sefardí actual del país arranca con la llegada de judíos del norte de Marruecos a finales del siglo XIX, tras una decisión del Reino de España de acreditar como súbditos a los hebreos de esa zona del norte de África en 1875. La mayoría de esta oleada inmigratoria provenía de Tetuán y Tánger, y de los enclaves españoles de Melilla y Ceuta. En palabras de Carciente (1991) «El judío de Marruecos (…) es piadoso y trabajador. Su mundo es el hogar, la sinagoga y el trabajo». En 1894 (por lo que el próximo año cumplirá 120) llega a Caracas el primer séfer Torá, para las festividades de Rosh Hashaná, no obstante se reporta la presencia de pequeños núcleos de judíos marroquíes en todo el territorio nacional y las actividades religiosas se hacían en casas privadas. Las razones de esta dispersión se debe a un curioso sistema de ayuda entre paisanos, que les hacían préstamos a los recién llegados, generalmente en mercancía, para que arrancaran a trabajar, con la condición de que buscaran nuevas plazas de comercio, alejadas de la del prestamista, por lo general establecido en las ciudades más importantes.
Aunque prácticamente ha quedado invisibilizada en la historiografía comunitaria, la primera institución judía de Venezuela se estableció en 1875 cuando se organiza la Sociedad Benéfico Israelita de Barcelona, que establece el cementerio judío de esa ciudad. No obstante, la comunidad judía reconoce como primera institución la Sociedad Sefardí de Beneficencia, de Caracas, de 1907 como la piedra fundacional de la vida kehilatí del país, aunque esta no se consolidó al igual que se predecesora, pues solo duró dos años, aunque logró la construcción de un cementerio, el primero de su tipo en la ciudad de Caracas. En 1919, el tercer intento de organización comunitaria se logra con el establecimiento de la Sociedad Israelita de Venezuela, que dos décadas después se convertirá en la Asociación Israelita de Venezuela actual. La primera empresa fue la construcción de una sinagoga en la urbanización El Conde, de Caracas, que se convirtió en el primer templo judío del país y desde allí ofició el primer rabino y profesor de materias hebreas del país, Moisés Binia, contratado en 1941.
Tras la guerra española, la Venezuela que se estrenaba en la explotación del petróleo, recibió una enorme oleada de inmigrantes de ese país. Paralelamente llegaron también grupos importantes de italianos y portugueses, y en menor medida de Alemania, Francia y del Medio Oriente, incluyendo la entonces Palestina. Los vaivenes políticos en los demás países latinoamericanos y el atractivo de la economía venezolana hicieron que grupos de judíos (tanto sefardíes como askenazíes) se asentaran en el país, provenientes de Cuba, Colombia, Perú, Argentina, Brasil y del Caribe inglés, especialmente de Trinidad.
En 1943, se funda en Caracas el principal periódico para la comunidad, El Mundo Israelita, una empresa personal de Moisés Sananes, cuyos ejemplares se vendían en los kioscos de la ciudad. Cabe destacar que Sananes es el único judío que participa en el llamado Comité Israelita Pro Refugiados, al que pertenecía un connotado grupo de intelectuales y miembros de las elites económicas del país. Este comité luego se llamaría Comité Venezolano pro-Palestina, el cual incidió positivamente en el voto favorable del país para la creación del Estado de Israel cuando se discutió la partición en 1947 (Blank 1993)
Para 1954, el proceso de modernización de Caracas obligó a la demolición de la sinagoga de El Conde, y la AIV decidió comprar un terreno en un sector cercano, Maripérez, para la construcción de la Gran Sinagoga Tiféret Israel, inaugurada en 1963, proyectada para albergar a centenares de personas durante los servicios, en vista del crecimiento demográfico de la comunidad sefardí durante los años 50, con la llegada de judíos de Siria, Egipto y Marruecos, capacidad que se justificó aún más en 1967, tras la guerra de los Seis Días y las amenazas antijudías en Marruecos, que culminó con la salida de su enorme comunidad hacia varios destinos, entre ellos Caracas. De igual impacto también fue la inmigración de los judíos de otras ciudades de Venezuela, que se acercaban a la capital en busca de la educación que ofrecía el colegio de la comunidad askenazí.

Venezuela con acento yidis
En forma separada, en los años 20 del siglo pasado comenzaron a llegar a Venezuela grupos de judíos de Centro y Europa del Este, principalmente de Rumania, de las regiones de Besarabia y Bucovina, y de Hungría. Primero vinieron los hombres, muchos de los cuales huían del servicio militar, y posteriormente trajeron novias de sus países respectivos para formar hogares. Aunque muchos tenían otros oficios, la mayoría de los judíos askenazíes de Venezuela se dedicaron al comercio casa por casa, y muchos contaron con la ayuda de mayoristas sefardíes que aplicaron con ellos la misma condición, por lo que los judíos askenazíes se residenciaron también por todo el territorio. No obstante, al igual que sus pares sefardíes, en la medida en que lograron independencia económica, muchos establecieron tiendas en las principales ciudades del país como Caracas, Barquisimeto, Valencia, Maracaibo y Maracay.
El 27 de noviembre de 1931, se funda la Sociedad Israelita Aschkenazit (sic) con dos propósitos: Establecer un centro de ayuda mutua entre los correligionarios y recolectar fondos para la beneficencia y establecer una sinagoga (Nassi, 1981). Las actividades religiosas se llevaban a cabo en casas de familia. Muchos de estos judíos tenían ideas de izquierda, tal como lo revela el hecho de fundar el primer sindicato de vendedores ambulantes (clapers) en la ciudad de Valencia, cuyos estatutos estuvieron escritos originalmente en yidis. Sin embargo, el hecho de que Venezuela estuviera en la dictadura del general Juan Vicente Gómez y de que la mayoría de los judíos del país eran extranjeros, la SIA optó por establecer en sus estatutos una prohibición de discutir en su seno cualquier asunto político de Venezuela (Nassi, 1981). El Centro Ashkenazit se convirtió en 1941 en el Centro Israelita de Caracas, y en esa época redoblaron los esfuerzos por captar a los judíos húngaros que llegaban al país, mientras grupos askenazíes de los estados Zulia y Aragua fundaron sus propias organizaciones. De ellas, solo existe la Sociedad Israelita de Maracaibo.
La delantera demográficamente hablando la tomó la comunidad askenazí en 1939, cuando la incipiente colectividad judía del país logró, tras varias negociaciones, que el presidente Eleazar López Contreras dejara desembarcar en Venezuela a dos grupos de judíos austríacos que huían del nazismo, lo que hizo que aproximadamente 600 personas se incorporaran a su vida comunitaria. El crecimiento poblacional hizo que en 1942 se comprara una casa para servir de sinagoga, además de centro social. También en ese año se trató de fundar una organización de judíos polacos, que finalmente se consolidó en el Centro Social y Cultural Israel, donde entre otras cosas estaba prohibido hablar alemán, tal como era la costumbre de los judíos de Besarabia.
En esa época, la interacción entre sefardíes y askenazíes, desde el punto de vista institucional, es muy limitada, casi de desconocimiento mutuo. A pesar de que en los años 30 hubo iniciativas individuales que unieron a jóvenes sefardíes y askenazíes a trabajar juntos, como el semanario Israel o la organización deportiva Macabi, esto tuvo poca repercusión en el ámbito del liderazgo comunitario, en el que el campo de la cooperación se daba por razones pragmáticas: La gente de una u otra kehilá utilizaba los servicios de la otra comunidad cuando así lo necesitaba: a la hora de casarse o de enterrar a alguien, los askenazíes usaban las instalaciones de los sefardíes; y a la hora de recibir educación judía, los sefardíes iban a la primera escuela judía de la ciudad, un Talmud Torá dominical fundado en 1942 por el señor Chanales, que sirvió de base para la primera escuela judía del país, el colegio Moral y Luces Herzl-Bialik, que comenzó en 1946, luego de que el Centro Social y Cultural Israel decidiera crear una escuela privada y exclusivamente judía, pues en ese momento la mayoría de los niños judíos asistían a las escuelas públicas venezolanas, lo que, a juicio del común, trajo como resultado los primeros matrimonios mixtos del país, años antes, con la pareja B. -B. El nuevo colegio reflejaba en su nombre los basamentos ideológicos de su fundación: ante el dilema de impartir educación sionista o yidishista, se optó por ambos, lo que coincidió con la compra de un colegio laico preexistente que le dio su personalidad jurídica ante el Ministerio de Educación y que se llamaba Moral y Luces, que recuerda una sentencia de Bolívar muy famosa: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». Además del currículo impuesto por el gobierno, el colegio impartía clases de yidis, hebreo, historia hebrea y nociones de religión, además de festejar las efemérides nacionales y del calendario judío. El acento de la educación judía se basó en elementos sionistas, debido al impulso que recibió del director del colegio, el doctor Gross, quien era un fuerte defensor de las ideas de los padres fundadores del recién inaugurado Estado de Israel, por lo que se impulsó el estudio del hebreo y de las actividades sionistas mediante los movimientos juveniles Hashómer Hatzaír (sionismo laico de izquierda) y el Benei Akiva (sionismo religioso de centro). Aunque al primero de estos iban más askenazíes y al segundo más sefardíes, ambos movimientos recibían indistintamente jóvenes de ambas kehilot. En 1950, el Centro Social y Cultural Israel y el Centro Israelita de Caracas decidieron fusionarse y crearon la Unión Israelita de Caracas, cuyas oficinas en esa etapa y hasta 1961 estuvieron en el colegio Moral y Luces, con lo que este se convirtió en el epicentro de la vida judía askenazí principalmente y, en cierta medida, de la sefardí.
La inmigración de judíos sobrevivientes del Holocausto a finales de la década de los 40 y toda la década de los 50 coincidió con la expansión económica de Venezuela y el proceso de modernización llevada a cabo por la dictadura de Pérez Jiménez, y que prosiguió en los 60 con la llegada de la democracia. Con esta ola inmigratoria arribaron numerosos profesionales, artistas, intelectuales, industriales, profesores que impulsaron la vida nacional. Muchos de ellos fundaron empresas, principalmente textiles y de la confección, y conformaron una especie de elite cultural que se reflejó en el prestigio que desde entonces detentan. Otros, aprovecharon también la inexistencia de leyes de númerus clausus en las universidades públicas venezolanas para hacerse profesionales, una de las vías más expeditas en el ascenso social del país durante esa época.
Según Natalio Glijanski, uno de los fundadores del colegio, este se fundó basado en el principio de la inclusión: pobres o ricos, religioso o laicos, askenazíes o sefardíes, pues la idea era mantener juntos a todos los niños y jóvenes judíos, como un esfuerzo contra la asimilación cultural y los matrimonios exogámicos. Las bases de la interacción entre sefardíes y askenazíes, comienza primero por abajo, para luego ir escalando hacia arriba. A pesar de que ambos grupos se miraban con desconfianza, los jóvenes comenzaron a superar las barreras étnicas para casarse con parejas de la otra kehilá. Lo que unas décadas atrás fue motivo de rumores, el matrimonio F. -B., en los 50 y 60 comenzó a ser común, así como también lo fueron los casamientos fuera de la comunidad.

Una vida juntos
La Guerra de los Seis Días marca un antes y un después en la vida de la comunidad judía de Venezuela y de las bases de la cooperación interinstitucional entre ambas kehilot. Una oleada de cuestionamientos se dieron en el seno de la Universidad Central de Venezuela, sobre todo por parte de grupos de estudiantes relacionados con grupos de izquierda y de la guerrilla urbana que hacían vida en esa casa de estudios, motivó a muchos a buscar maneras de protegerse, cosa que hicieron mediante la activación del Movimiento Sionista Universitario. Los que ya eran padres, comenzando por el matrimonio Benaím Meiller, comenzaron a impulsar la idea de la creación de un club cuyos propietarios serían tanto la Asociación Israelita de Venezuela como la Unión Israelita de Caracas, por lo que en 1967 se funda el Centro Social Deportivo Hebraica, un espacio no solo de entretenimiento sino que también albergaba, desde el principio, una escuela que recibió el nombre de Moral y Luces Hebraica, cuyos dueños serían tanto la AIV como la UIC. A partir de este momento se eliminan las clases de yidis (a las que solo estaban obligados a entrar los askenazíes) y todo el acento educativo judío se basa en lo israelí: de esta forma, el núsaj para rezar, las melodías para interpretar la liturgia y la narrativa se hizo basada en el estilo israelí, diferente por lo tanto de las tradicionales marroquíes y centroeuropeas, lo que incidió en la pérdida de ciertas entonaciones, por ejemplo, del séder de Pésaj, que hoy en día tiende a hacerse según el canon impartido por el colegio y no por las tradiciones de una u otra comunidad.
Por otro lado, se establece la necesidad de actuar políticamente unidos ante las autoridades venezolanas, para lograr una representación que salvaguardara los intereses de la comunidad y de asumir la defensa de Israel ante el gobierno nacional, por lo que se crea la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela (CAIV). Tanto Hebraica como Caiv mantienen la modalidad de la alternabilidad de su presidencia entre sefardíes y askenazíes, la cual se mantuvo así, en el caso de CAIV, hasta la última presidencia de Freddy Pressner, en 2007, cuando asumió por segunda Abraham Levy Benshimol, seguido por Salomón Cohén Botbol y David Bittán Obadía, en la actualidad. En total, la CAIV ha tenido seis presidentes askenazíes y siete sefardíes. En Hebraica el número de presidencias se ha repartido equitativamente entre ambos grupos).
A pesar de que en Venezuela se estaban dando los primeros pasos de integración, el escenario en la mayoría de las comunidades del resto del mundo no era así y según Garzón Serfaty (2012), «La situación del mundo judío y de Israel a mediados y finales de los años 60 hizo que surgiera la necesidad de aglutinar voluntades y esfuerzos de las comunidades sefardíes(…) se daba una subvaloración de la cultura los judíos sefardíes y orientales, había un predomino askenazí y una segregación de los sefardíes y judíos orientales que habían hecho aliá y vivían, necesariamente, en maabarot (tiendas de campaña), en espera de que sus condiciones mejoraran».
En 1973, coincidiendo con la guerra del Yom Kipur, las tres publicaciones que entonces existían de las distintas comunidades (Maguén de la AIV, Unión de la UIC y Menorá de la B’nai B’rith), en un esfuerzo conjunto de Moisés Garzón Serfaty y Rubén Mérenfeld Z’L, se fusionaron para crear Nuevo Mundo Israelita, un semanario escrito únicamente en español, cuyas dueñas son ambas kehilot, y que se convierte así en la cuarta empresa común intercomunitaria, expresada en la configuración de su comité editorial, en el que participan delegados no solo de la UIC y la AIV, sino también de la Federación Sionista de Venezuela, de la B’nai B’rith , y últimamente de la Federación de Mujeres Judías. Nuevo Mundo Israelita llega gratuitamente todas las semanas a todos los miembros de la AIV y de la UIC, y por consiguiente las otras publicaciones que se mantienen en la comunidad tratan de hacer distribución gratuita, como las revistas Recuerda – Zajor, del comité Venezolano de Yad Vashem, y Rumbo a tu Judaísmo, de Jabad Lubavitch. Tanto en la dirección del NMI como en su plantilla de redactores y reporteros ha habido sefardíes como askenazíes (4 sefardíes, 3 de matrimonios mixtos -1 con sefardí y 2 con askenazí- y seis askenazíes. De los casados, dos sefardíes lo ha hecho con otro sefardí, cinco se han casado con judíos de la otra kehilá, y cuatro se han casado fuera de esta). El dato tiene relevancia, por cuanto ayuda a entender el proceso de integración de ambas kehilot, siendo que el NMI es una fuente importante para la construcción de un imaginario común. Tras siete años sin circular, en 1980 la AIV volvió a editar la revista Maguén – Escudo, esta vez como una mezcla de trabajos de divulgación de la cultura sefardí y otros de carácter académico.
En 1983 se fundó el Beit Avot Haim y Malka Ivcher, como una iniciativa de la Unión Israelita de Caracas. Como único geriátrico judío existente, este vino a llenar las necesidades de protección de esa parte del ciclo vital. Aunque al principio estaba destinado solo a los miembros de la UIC, pronto las peticiones de admisión para los miembros de la comunidad sefardí se hicieron sentir. En los 90 se convierte en una empresa común, así como lo es el Centro Médico Yolanda Benaím de Katz, un dispensario que ofrece a los judíos y a la comunidad vecina de San Bernardino servicios médicos a bajos costos.
En la Federación Sionista de Venezuela, una entidad que aglutinaba una serie de instituciones de cooperación con Israel como los Amigos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, el Keren Hayesod, el Keren Kayemet leIsrael, los amigos de la Univesidad de Tel Aviv, del Tejnión, del Instituto Weitzman, del hospital Shaare Tzédek, el Asaf Harofé, etc. Allí también se aglutinan ambos grupos étnicos sin distinción, y el ejemplo se ha visto igual en las organizaciones paracomunitarias como el Comité Venezolano de Yad Vashem, el Instituto Cultural Venezolano Israelí, la Cámara Venezolano-Israelí, por lo que desde el punto de vista institucional hay muchos espacios de cooperación y de convergencia entre un grupo y el otro.
Luego de una evidente expansión de la comunidad judía de Venezuela, que alcanzó su máximo esplendor en los años 80, tanto en número de individuos como en el de instituciones, colegios, sinagogas, actividades, donaciones como de miembros, considerándose su número entre 25 y 30 mil personas en 1989, en 1997 su número había decrecido según el estudio realizado por Sergio Della Pergola. El número actual de miembros de la comunidad se mantiene en secreto. Los emigrantes, fenómeno evidente durante la primera década del siglo XXI y que no es exclusivo de la comunidad judía, sino que atañe a la sociedad general venezolana, ha conformado grupos de venezolanos en Florida, Panamá, España e Israel, país este donde se ha nacido una organización de ayuda al olé, impulsada por exaskanim del Keren Hayesod de Venezuela, y que asiste a los recién llegados con una entidad llamada Beit Venezuela, con sede en la ciudad de Shoham.
En la actualidad, la comunidad judía de Venezuela conserva sus estructuras institucionales: la CAIV maneja las relaciones con el gobierno del país y mantiene las alertas sobre antisemitismo, y las dos organizaciones principales siguen siendo la AIV y la UIC, aunque por razones políticas y del cierre de la embajada de Israel en Venezuela, en enero de 2009, la Federación Sionista ha bajado su perfil. Por su lado, la B’nai B’rith ha disminuido en el número de logias y su movimiento juvenil, Hilel, hoy está desaparecido. Hebraica, no obstante, es una megainstitución, que abarca además de las actividades recreativas, deportivas, el Centro Cultural Gonzalo Benaím Pinto, el Centro Cultural Kohn Brief, los movimientos juveniles Macabi, Noar le Noar (Universitarios) y Hashómer Hatzaír, y en sus instalaciones funciona actualmente el periódico comunitario. En el ámbito cultural, la comunidad judía ha ampliado sus actividades hacia el público venezolano, al igual que otras instituciones comunitarias y paracomunitarias que hablan de cultura y Holocausto. Desde el punto de vista religioso, la Asociación Israelita de Venezuela tiene tres sinagogas y un colegio, aunque tiene afiliadas otras diez más), la Unión Israelita de Caracas tiene dos sinagogas, mientras en la ciudad hay otros minyanim askenazíes, y dos más en el interior de la República. Ambas se consideran ortodoxas, pero sus congregaciones son más bien tradicionalistas, si se comparan con otros grupos religiosos como los Lubavitch, presentes en el país desde 1975 con dos sinagogas, una página web y una revista trimestral (en ambas con minyanim sefardíes) y los de la corriente de Bet Shmuel, que tienen dos sinagogas.
Las instituciones judías se mantienen al margen de otros grupos que se autocalifican como judíos tales como los mesiánicos (con tres sinagogas) o los benei anusim, aunque sí tienen se tienen contactos informales por las redes sociales o porque forman parte del público general de las actividades culturales programadas por ambas kehilot. Pero, por otro lado, tanto la AIVcomo la UIC pertenecen a varios organismos judíos internaciones, como el Congreso Judío Mundial y al latinoamericano, y en el caso de la AIV, a la Federación Sefaradí Latinoamericana (FESELA).
En 1992, hubo una iniciativa muy importante de unión entre las comunidades sefardíes y askenazíes: la creación de un consejo comunitario, Vaad Hakehilot, una institución en la que ambas organizaciones toman decisiones en conjunto que tienen que ver con el tema religioso, educativo y asistencial.
Ante las adversidades sociales a los que se ha visto enfrentada la comunidad judía de Venezuela en los últimos años, que durante los años 70 y 80 logró un equilibrio económico entre sefardíes y askenazíes, acrecentadas en los últimos diez por la emigración de una parte de la población, sobre todo de la clase alta y la clase media alta, con lo que se quebró lo que en su momento Blank (1993) llamó, parafraseando a Elazar, una corporación de hacedores y donantes, en donde había representantes de las dos comunidades. Por ello, la kehilá ha reforzado sus programas de asistencia social a los necesitados con una red de ayuda, llamada Yájad, que incluye varias organizaciones comunitarias, donde trabajan voluntariado de ambos grupos, para dar comida a los necesitados, trabajo, becas estudiantiles en la educación básica y universitaria, además de mantener un ropero comunitario, el Centro Médico Yolanda Katz y el asilo de ancianos. Este sistema ha permitido que la familia judía caraqueña mantenga cierto nivel de vida y un grado de equidad y dignidad, amén de ser un ente de nivelación social.
Según Blank, citando a Cohén y Elazar (1985), la comunidad judía cumple con los tres niveles de distribución del poder tradicional del judaísmo, en el que el gobierno (kéter maljut) está representado por la CAIV, y en menor medida por la FSV; el poder religioso (kéter kehuná), que decide en cuanto a la vida espiritual, mediante los rabinos de la AIV y la UIC, reunidas en el Vaad Hakehilot, que se reconocen mutuamente dentro de la misma ortodoxia, y que no discuten la autoridad de sus colegas de los Lubavitch o de Bet Shmuel, los cuales no tienen carácter estrictamente étnicos; y finalmente el kéter Torá, las instituciones educativas formales (el colegio Moral y Luces, que abarca al 95% de los niños comunitarios), con otros tres colegios en el país como el Sinaí (de corriente más religiosa); el jardín de infancia Or Jabad (de Lubavitch) y el colegio Hispano Hebreo Bilú, de Maracaibo; e informales, como el Instituto Superior de Estudios Judaicos (para adultos), las instituciones culturales antes mencionadas, el Nuevo Mundo Israelita y las demás revistas comunitarias, así como también los centros culturales de Hebraica, el Gonzalo Benaím Pinto y el Kohn Brief.
Como producto también de las restricciones de tipo económico y el achicamiento de la comunidad, ambas kehilot han planteado la necesidad de su fusión institucional, unificando por ejemplo los servicios de administración de las dos, la utilización de unas mismas oficinas y servicios centralizados para así ajustarse a la nueva realidad. Esto no ha contado con el apoyo de los empleados de ambas instituciones ni con el del público, más por una cuestión de nostalgia que de pragmatismo. El plan contempla la centralización de todos los servicios en Hebraica, y hasta los momentos cuando se anunció en 2010 solo se ha completado la mudanza de Nuevo Mundo Israelita al club comunitario en 2012, pero nada más.

El tema de la identidad
Cuando nos adentramos en el tema de la identidad judía, en general, y la sefardí o askenazí en particular, cuestión que es básica para el diseño de actividades de difusión y cultura, porque sin la definición del público al que se dirigen los programas de divulgación, se puede caer, en el caso de Venezuela, en una serie de esfuerzos que no llegan porque no están conectadas con la audiencia. Ver actividades como un concierto de klezmer organizado por el Museo Sefardí de Caracas Morris E. Curiel o una lectura en jaquetía hecha por la Biblioteca Anita y Leo Blum no es producto de la fantasía, sino de acciones concretas llevadas a cabo en el país y que representan iniciativas multiculturales que aparentemente están definiendo al judío de hoy.
En más de cuarenta años de convergencia y de matrimonios intercomunitarios, en el que hay aportes de ambas kehilot, más el de los individuos de otro origen étnico que han optado por la conversión, se nos plantea la siguiente interrogante: ¿qué elementos determinan la identidad de los judíos venezolanos que se hallan en situación de cultura híbrida? ¿Cómo se definen los hijos de estos matrimonios mixtos endogámicos y exogámicos? Cuando abordamos el tema de la identidad, el cual responde directamente la pregunta sobre qué son los judíos venezolanos, debemos hacer referenica a Hermann quien determinó que la identidad judía moderna está delineada por algunos elementos, los cuales enumero a continuación:
1. La religión
2. La lengua
3. La memoria compartida
4. La centralidad de Israel
5. El defensa frente al antisemitismo

Estos más de cuarenta años de convergencia y de cooperación entre ambas kehilot ha reforzado una percepción de igualdad entre judíos venezolanos de ambos orígenes, que según Blank es producto de la influencia del país donde está inmersa, y que se refleja en la manera de hacer las cosas: en lo político, la comunidad judía funciona como una federación con un poder centralizado, tanto ante el exterior como hacia el interior.
Como país que ha favorecido históricamente el mestizaje, que pudiera ser un verdadero ethos nacional, hacia adentro de la comunidad los matrimonios intercomunitarios son hoy por hoy la norma, tal como lo demuestra un sencillo estudio que hemos realizado:
Tomando en cuenta que el periódico de la comunidad, el Nuevo Mundo Israelita, publica la lista de matrimonios y bar mitzva que celebran tanto la UIC como la AIV, y siguiendo la secuencia de los apellidos de los novios o los apellidos de los que cumplen trece años, se tomó una muestra que va desde mayo de 2012 a mayo de 2013.
Se obtuvieron 66 eventos, con los siguientes resultados:
37% sefardí con sefardí
37% sefardí con askenazí
10 % askenazí – extracomunitario
8 % askenazí – askenazí
4 % sefardí – extracomunitario

Esta situación nos pone ante una disyuntiva: en vista de que desde los años 60 ha habido la decisión política de unir y fusionar ambas comunidades, y de la intención de que todos servicios a excepción de los cultura, que seguirán manteniendo sus estructuras: los museos Kern y Sefardí de Caracas en las sinagogas de San Bernardino y Maripérez, respectivamente, y la Biblioteca Leo y Anita Blum y el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, cómo se definen a sí mismos y qué objetivos deben trazarse. ¿Podemos seguir siendo sefardíes o askenazíes? ¿Debemos buscar una tercera opción y cuál ha de ser? ¿Ashkefardíes? ¿Israelíes? ¿Judeovenezolanos? ¿Todas las demás?
En una aproximación empírica al tipo de identidad de los judíos venezolanos del siglo XXI, se realizaron apenas diez entrevistas con diez familias venezolanas donde hubiese diversidad de orígenes entre las parejas. Se escogieron cinco con padre askenazí y cinco de padre sefardí. A este grupo se les hicieron las siguientes preguntas, en entrevistas por separado, y siguiendo un mismo patrón de preguntas: Las primeras tenían que ver sobre asuntos domésticos: lengua hablada en casa, si hablaban una segunda o tercera lengua, conocimiento del jaquetía o el yidis, nivel de religiosidad, qué cocinan en shabat, a cuál sinagoga van en las fechas, dónde celebran el séder de Pésaj, la importancia que le dan a los temas del Holocausto y la expulsión de España, se les pidió enumerar dos hechos relevantes en la vida de los judíos en Venezuela y el papel que tiene Israel en sus vidas y finalmente si consideraban que comunidad había sufrido más ataques antisemitas en el país. Luego se les hacían dos preguntas adicionales: ¿Sus hijos qué son, sefardíes o askenazíes? Una vez que contestaban, se les preguntaba por qué. Los resultados son bien particulares: en primer lugar, a diferencia de la ley israelí que determina el origen étnico de un niño proveniente de un matrimonio intercomunitario por el apellido del padre, en Venezuela esto está lejos de ser el canon. Al no ser una obligación en Venezuela la definición de origen para ser miembro de una u otra comunidad, aunque la tradición diga otra cosa, aunque sean pocos, hay miembros de origen diversos inscritos en las organizaciones judías. Por otro lado, la identidad es algo más complejo que una disposición en unos estatutos, como veremos a continuación:
El total de las familias consultadas usaban el español como idioma de la casa, con conocimientos limitados del jaquetía y casi ninguno del yidis; no obstante, el uso de palabras del yidis y del jaquetía es común entre ellos, lo que ameritaría un estudio lingüístico más profundo, pero en esta primer acercamiento se nota por ejemplo el uso indiferente de palabras como zajená-schitze para referirse a las ayudantes domésticas. Debido a que el jaquetía y el español tienen una base común, que la población marroquí que lo usa es más reciente en el país que los de habla yidis, que la mayoría de los askenazis provenía de países de América Latina, que en Venezuela, luego de la fusión de las publicaciones comunitarias en Nuevo Mundo Israelita en 1973, siete años después reapareció Maguén-Escudo como una revista donde aparecen constantemente artículos y anécdotas en jaquetía, además de todo el esfuerzo editorial del CESC en la difusión de esta lengua, los judíos venezolanos están más en contacto con esta lengua que con el yidis. Después del español, la mayoría de los matrimonios contactados utilizan como lengua judía el hebreo, el cual aprendieron en el colegio o bien en viajes o estadas en Israel.
En cuanto a la religiosidad, siendo que los sefardíes van desde la observancia tradicional a la estricta, mientras que los askenazíes se mueven entre el laicismo puro a la ultraortodoxia, si tomamos en cuenta los grupos como Jabad y Bet Shmuel, se nota el fenómeno de que la identidad de los hijos de estas familias está determinado por el nivel de ortodoxia de alguna de las parejas. Si ambas son igualmente religiosas, la identidad está determinada por la sinagoga que visitan.
En cuanto a la gastronomía, se nota que incluso en los hogares donde se cocinan platos ambas tradiciones, la tendencia es a hacer aquellos de la suegra sea más conservadora. De los diez matrimonios, solo uno prefería el shulent por encima de la oriza. El patrón se repite en cuanto a la celebración de la primera noche de Pésaj, donde la tendencia es la siguiente: si ambas familias celebran los dos sedarim, el primero se hace con la familia más tradicionalista, y el segundo con la menos. Ya que algunos askenazíes de Venezuela tienen por costumbre hacer una sola noche, los cuatro que se hallan en esta situación invierten el orden, y en tres casos consultados, la parte askenazí (suegros y a veces los hermanos) van a la casa de los sefardíes a celebrar la Pascua.
En cuanto a la importancia de recordar el Holocausto, que se usó como ejemplo del cultivo de la memoria, todos coincidieron con su importancia en la vida judía en general. Es de hacer notar que los que tenían algún antepasado que pasó por la Shoá lo consideraba como muy relevante. Este no es el caso de la expulsión de España, a la que se considera de menor impacto hacia el seno de la familia. En cuanto a los eventos importantes de la historia judía en Venezuela, en ocho de las diez entrevistas se habló del tema de la profanación de la sinagoga de Maripérez y los allanamientos a Hebraica (2004 y 2007), nueve hablaron de la expulsión de la embajada de Israel, ocho de los barcos durante el Holocausto, seis de la comunidad judía de Coro, dos de la ayuda de los judíos al Libertador Simón Bolívar, y dos a los clapers.
Las diez familias consultadas se consideran sionistas, en el sentido de apoyar la existencia del Estado de Israel y su carácter judío. En todas las familias, por lo menos un miembro ha visitado Israel. Esta coincidencia nos hace suponer que Israel es un elemento aglutinador y definitorio de la identidad judía venezolana. En cuanto al antisemitismo, aunque los ataques hayan afectado a una u otra comunidad, las diez familias coinciden en que el hecho está dirigido contra todos.
Aunque no se consultó ningún caso de familias producto de la exogamia y la conversión, la tendencia señalada por las dos direcciones ejecutivas de la AIV y la UIC, representadas por Diana Ponte y Lilian Ponte (ambas casadas con parejas de la otra comunidad) es que la pareja judía determina la identidad sefardí/askenazí de los hijos. Según se dijo, la afiliación a una comunidad u otra de los conversos por convicción (sin ánimos de matrimonio) está determinada por el origen étnico del rabino que los ha convertido. Hará falta investigar por qué los matrimonios exclusivamente sefardíes casi triplican los de los askenazíes en la misma condición. Dos factores pudieran estar detrás: mayor emigración de askenazíes o mayor cantidad de matrimonios exogámicos (cuyas conversiones no se realizan en Caracas y cuyas bodas no entran, por lo tanto en las instituciones comunitarias ortodoxas) por parte de estos últimos, lo que explicaría la razón de que la mayor parte de los bar mitzvas con apellidos mixtos tienen una contraparte centroeuropea.

A manera de conclusión
En conclusión debemos decir que, al menos en Venezuela, esta aproximación empírica indica que se ha construido una identidad judía que combina elementos de cuatro fuentes: el sefardí, el askenazí, el israelí y el venezolano. De estos cuatro es el sefardí el de mayor peso, debido a que ha sido el que mejor ha conservado la tradición y la religión. La cercanía con la cultura venezolana favorece esta tendencia, lo que menoscaba la del yidishkait, que se ve más lejana y foránea, además de que esta ha perdido sus fuentes originales con el Holocausto. El judío venezolano tiene una fuerte identificación con Israel y con el pasado, y siente que cualquier ataque a un judío está dirigido a toda la comunidad, sin distinciones étnicas, a pesar de que en los estudios hechos por la CAIV hay una tendencia, entre los escritos antisemitas que han aparecido en la presna venezolana en los últimos años, a identificar como perniciosos a los askenazíes y no a los sefardíes (justificado esto por el hecho de que estos comparten la cultura española y porque tienen más tiempo en el país), aun cuando uno de los ataques más publicitados fue el de la sinagoga sefardí Tiféret Israel.
Esta aproximación a lo que pudieran ser los elementos de la identidad judía caraqueña nos indican que los judíos de la ciudad se encuentran en una encrucijada multicultural de la que toman elementos de una y otra, y no de una por la otra. Esta aproximación pudiera ser común a otras kehilot en el mundo, sobre todo el iberoamericano, en las que ya sea por disminución demográfica o por decisión política de sus dirigentes, se han establecido vasos comunicantes entre una comunidad y otra, y en las que hace falta salvar ambos aportes culturales, porque la pérdida de uno es pérdida para la otra.

Referencias bibliográficas
AIZENBERG, I. 1995. La comunidad judía de Coro 1824-1900. Una historia. Segunda edición. Caracas. Ediciones de la Asociación Israelita de Venezuela y el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas.
BEJARANO, M. 2013. Un mosaico de identidades fragmentadas. Los sefardíes en América Latina. En Maguén-Escudo Nro. 166. Centro de Estudios Sefardíes de Caracas. Caracas.
BENARROCH LASRY, A. 1987. Comunidades judías en la diáspora. Problemática y porvenir. La Semana Publicaciones. Jerusalén.
BLANK, L. 1993. The Integration of Ashkenazi and Sephardi Jews in Venezuela through the Decision-Making Process in the Educational System. Jewish Political Studies Review 5 3:4. Yeshiva University. Nueva York.
CARCIENTE, J. 1991. La comunidad judía de Venezuela. Síntesis cronológica (1610-1990) y referencias bibliográficas para su estudio. Biblioteca Popular Sefardí. Asociación Israelita de Venezuela y Centro de Estudios Sefardíes de Caracas.
CONFEDERACIÓN DE ASOCIACIONES ISRAELITAS DE VENEZUELA (2013) Informe de antisemitismo en Venezuela. Año 2012. Caracas.
ELNECAVÉ, N. 1974. El problema de la identidad judía. Federación Sefaradí Latinoamericana. Buenos Aires.
FLEG, E. 1943. Por qué soy judío. Riopiedras. Barcelona. Edición española de 2000.
GARCÍA CANCLINI, N. 1990. Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Editorial Grijalbo.
HERMAN, Simon N. 1977. Jewish Identity. A social psychological perspective. Sage Library of Social Research 48. Beverly Hills, California.
KLIKSBERG, B. 1983. Investigación sobre la juventud judía de Venezuela. Ediciones de Hebraica y Macabi Internacional. Caracas.
LACHMANN, F. s/n ¿Qué es un judío? Editorial Israel. Buenos Aires.
UNIÓN ISRAELITA DE CARACAS. 2001. Noticia de una diáspora. Crónicas de la comunidad ashkenazí de Venezuela (Fascículos1-10). Nuevo Mundo Israelita. Caracas.
YERUSHALMI, Y. H., 2002. Zajor. La historia judía y la memoria judía. Arthropos. Barcelona.