FRANCISCO DE MIRANDA: Espíritu revolucionario y filosemita

José Chocrón Cohén

Quizás sea Miranda la figura más fascinante del siglo XVIII y XIX de Venezuela: militar, librepensador, aventurero, revolucionario y filosemita, lo que en su momento era toda una muestra de su condición rebelde y de su valentía moral.

Especial para Maguén-Escudo

El talante revolucionario delPrecursor de la Independencia de Venezuela e Hispanoamérica, Francisco de Miranda cobra relieve en el alma sensible y multifacética de este insigne venezolano de proyección universal, no solo para llevarlo a destacar en el mítico ámbito de la gesta histórica, sino en muchos otrosaspectos de su humana y sencilla cotidianeidad.

Podríamos decir que es en Pensacola, en el contexto de la independencia norteamericana, donde brota desde una perspectiva épica el espíritu revolucionario de Miranda al concebir por primera vez la idea de una gran patria libre para Hispanoamérica, a la que llamaría poco después Colombia o Colombeia.

Nombrado capitán del regimiento de Aragón y edecán del general Juan Manuel Cagigal, acompañó a este, en abril de 1781, con las tropas españolas que irían a reforzar el asedio impuestopor el general Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, a la plaza de Pensacola, la cual se hallaba ocupada por los ingleses.

En aquellos momentos la guerra de la independencia norteamericana se hallaba en pleno desenlace y Francia defendía a los colonos independentistas, viéndose obligada la Corona española a cuyo servicio luchaba Miranda, a apoyarla en su enfrentamiento contra los ingleses, dada la vigencia del Tratado de Amistad Borbónico entre España y Francia. La intervención destacada del joven edecán en la toma de esta ciudad y su posterior capitulación, en julio de 1781, tras dos meses de operaciones, le valió ser ascendido por orden real al grado de teniente coronel, que le fue impuesto por el general Juan Manuel Cagigal, su buen amigo, quien también había sido ascendido y designado gobernador de La Habana.

Un mes más tarde, Cagigal lo comisiona a Jamaica como negociador en el canje entre prisioneros ingleses y españoles. El joven teniente coronel hace gala en Jamaica de sus mejores cualidades diplomáticas ante el gobernador inglés Dalling, desempeñándose con astucia y prudencia hasta arreglar satisfactoriamente el canje. Regresó a La Habana con una buena cantidad de prisioneros españoles rescatados e importantes informaciones acerca del estado militar de la isla.

A pesar de sus brillantes servicios, Miranda se vio envuelto nuevamente en una tenebrosa tramoya, urdida con falsas e insidiosas acusaciones. En esta ocasión no solo se le censuraban algunas de las estipulaciones de Jamaica. También se le denunciaba por su actuación en esta isla, donde decían que pronunció discursos para incitar a la libertad de las colonias españolas. Igualmente se le acusaba de extralimitación de funciones, abuso decompetencia e incursión en los delitos de traición y de contrabando, alegándose que durante sus investigaciones de espionaje militar en la isla susodicha, había sido ayudado por un comerciante inglés, Philip Allwood, cuyos servicios gratificó Miranda facilitándole el transporte de una cierta cantidad de telas entre los equipajes del gobierno español que representaba.

Casi simultáneamente, a finales de ese año de 1781, le llegan a Miranda dos órdenes de arresto. Por un lado, una preventiva derivada de un decreto real por los delitos de traición, espionaje y contrabando, como consecuencia de lo acontecido en Jamaica, y,por el otro,la de arresto eclesiástica contenida en una segunda sumaria proveniente del Tribunal Inquisitorial de Sevilla y remitida al Consejo Supremo de la Inquisición, ordenando su prisiónpor«proposiciones, retención de libros prohibidos y pinturas indecentes».Miranda es detenidoy enviado a La Habana donde es puesto luego en libertad por el gobernador Cajigal, quien redacta un certificado endefensa de su subalterno y amigo.

Pocos días después, el 5 de febrero de 1782, el Supremo Consejo Inquisitorial, sobre la base de las dos sumarias ya enviadas por el Tribunal de Sevilla, dicta sentencia contra Miranda disponiendo: «[Que] fuese preso con embargo de bienes, se le siguiera causa hasta definitiva y al tiempo de su prisión se reconocieran las pinturas, libros y papeles que tuviese, recogiéndose los prohibidos».

Respecto a la sentencia del Consejo Supremo Inquisitorial de 1782, esta proveníadel delito más antiguo, que le imputaba la Inquisición desde 1778, por«proposiciones, retención de libros prohibidos y pinturas indecentes»,como anteriormente dijimos.No era ningún secreto que el espíritu curioso e inquieto de Miranda, ya desde temprana edad, no podía permanecer impermeable a la nueva corriente del pensamiento racionalista de la Ilustración que estaba incubándose por aquel entonces en Europa.Tampoco era un secreto que el joven Miranda disponía, desde ese año de 1778, de una voluminosa biblioteca, entre cuyos libros se contaban numerosas obras que eran consideradas sediciosas, pero que, no obstante, constituían lectura obligada para cualquier hombre culto de su tiempo, pese a estarterminantemente prohibidas por la censura inquisitorial. Hume, Pope, Rousseau, D´Alembert, Wilkes, Diderot, Locke, Swift, Boileau, Hume, Burke, Raynal, Montesquieu, Voltaire, Puffendorf y Helvecio, entre otros escritores estigmatizados por el AncienneRègime y la Iglesia formaron parte de la voluminosa biblioteca de Miranda.

A pesar de las dos órdenes de arresto provenientes de distintas jurisdicciones, la real y la eclesiástica, Miranda salió de Cuba por mandato de Cagigal, en abril de 1782, en la expedición naval hacia las islas británicas de las Bahamas.

En agosto de 1782, con fundamento en el real decreto, Miranda fue detenido y, cargado de grillos, enviadoprisionero a La Habana; pero, logró su libertad gracias a los buenos oficios de Cagigal.

Nuevamente, sin embargo, el 28 de octubre del mismo año de 1782, una nueva ejecutoria de la Inquisición vino a cumplimentar la referida sentencia del 5 de febrero que ordenó apresar a Francisco de Miranda y confiscarle las pertenencias.

Por defender al caraqueño ante el Consejo de Indias, Juan Manuel Cagigal fue destituido de su cargo de gobernador de La Habana.

Entretanto Miranda esperó oculto durante algunos meses en la villa de Matanzas; pero, tras perder las esperanzas de reponer su precaria situación legal, se embarcó en La Guaira furtivamente, en mayo de 1783, con destino a los Estados Unidos de América, donde habría de permanecer alrededor de dieciocho meses, nutriéndose de las aleccionadoras experiencias y los innovadores principios libertarios de la joven nación independiente.

Durante su estancia en Estados Unidos, destaca una referencia elogiosa hacia la persona de Jacob Rodríguez Rivera, a quien conoció en el transcurso de su estada en Newport, durante el tercer trimestre de 1784. Miranda le había entregado a este una carta que traía de Nueva York y le describió como «judío de carácter y honradez», según sus propias palabras.

Se sabe de Jacob Rodríguez Rivera que era un importante empresario quehabía llegado a la ciudad de Newport, una de las más antiguas sedes de refugiados sefardíes en el nuevo continente del Norte, en 1745, e introdujo en América la manufactura de la cera o aceite de esperma que en muy poco tiempo llegó a convertirse en una de las industrias más importantes de la nueva nación americana.

Newport poseía diecisiete fábricas de aceite y velas, y disfrutó prácticamente del monopolio de este mercado a lo largo de la Revolución americana.

Desde 1655 aproximadamente existía en Newport una comunidad importante de judíos de origen español y portugués.

Es interesante destacar que durante su estada en Estados Unidos,Mirandase apuntó a las clases de hebreo que impartía EzraStiles, quien, además de profesor de esta lengua era presidente de la Universidad de Yale y estaba considerado como el más importante académico del país.

Stiles hizo elogios, más tarde, de este discípulo venezolano distinguiéndolo como «un hombre lleno de ideas y de conocimientos» y llamándolo «ardiente hijo de la libertad».

A la luz de lo expresado se confirmaaunmás la posibilidad de que Miranda cultivara amistades con judíos durante su recorrido por los Estados Unidos.

Probablemente a lo largo de su intensa experiencia norteamericana durante la cual entró Miranda en contacto con prominentes personalidades de esa nación, tales como Jorge Washington, Alejandro Hamilton, TomásPainey Gilberto de Lafayette entre otros, y tras el desencanto de saberse perseguido por la justicia española desde dos diferentes jurisdicciones, su espíritu revolucionario alcanza una de sus más elevadas expresiones.

Ya, tras su llegada a Londres, Miranda escribió el 10 de abril de 1785 una carta por intermediación del conde de Floridablanca, primer ministro de la Corona, dirigida al rey Carlos III, solicitando que se le exonerara del empleo y rango que gozaba en el ejército, añadiendo que también apreciaría lo siguiente: «que se me permitiese el beneficiar, o reembolsar la cantidad de ocho mil pesos fuertes que me costó el empleo de capitán, con que comencé a servir en el Ejército, a fin de reparar algo los graves quebrantos que se me han ocasionado últimamente».

Por otra parte, el embajador español Bernardo del Campo espiaba constantemente a Miranda, a quien consideraba un conspirador político contra los intereses de la Corona. Finge amigabilidad y consideración hacia Miranda, pretendiendo alimentarle falsas esperanzas en torno a los resultados de las diligencias sustanciadas ante la Corte madrileña de donde, a fin de cuentas, no llega ninguna respuesta. El embajador y el conde de Floridablanca, mientras tanto,maquinan planes, incluso para arrestarlo, durante su travesía europea, advertido como están delinminente viaje de Miranda por el continente europeo.

La animosidad de prócer libertador gana en aquellos momentos espacio en su fogoso corazón de soldado despechado, y brota, quizá, en su grado más excelso,la llama de su espíritu revolucionario, desencadenando los grillos de una inútillealtad con la metrópoli y propulsando a nuestro héroe hacia el fulgurante reencuentro con su destino sudamericano.

Se reavivaron entonces sus planes de independencia para América y entabló amistades con políticos e intelectuales, amigos de la libertad, como el conde Andreani, Bentham, Fitzherbert, el general Rainsford, lord Howe, lord Sydneyy lord Shelbourne entre otros. Frecuentaba los salones de la realeza y se codeaba con los más destacados personajes de la sociedad londinense.

Se podría decir que cristalizaron a partir de aquellos momentos sus grandes proyectos independentistas para Hispanoamérica.

Saldrá de Londres el 10 de agosto de 1785de Inglaterra para recorrer, durante un enriquecedor periplo de cuatro años,a todo lo largo y ancho del continente europeo.

Hombre exquisito por su cultura y su intelecto, Miranda habría de llamar por doquier la atención y relacionarse con los personajes más relevantes de su tiempo. Luchador de mil batallas y a la vez culto y refinado caballero, su raro y pintoresco sincretismo de intelectualidad y aventurerismo matizan su vida y su obra de un romántico carisma. Se codeó con reyes, príncipes y aristócratas, frecuentó a célebres políticos, sabios y artistasy coqueteó con las mujeres más bellas e interesantes.

 

Una Europa de comunidades judías

Durante su viaje europeo se relacionó con personajes judíos y anotó en su diario diversos comentarios que evidencian a todas luces su postura librepensadora y filosemita.

Entre otros muchos comentarios al respecto, por no extendernos demasiado, mencionaremos solo algunos de los más relevantes. Describe,por ejemplo,en fecha 12 de septiembre de 1785, su encuentro con el célebre médico y naturalista hebreo, residente en Berlín, Marcus ElieserBloch, uno de los más importantes ictiólogos de su siglo, haciendo elogio, además, de la intelectualidad judía centroeuropea. El doctorBloch, escribe Miranda en su Diario,«posee un ordenado gabinete de curiosidades naturales…este hombre es un judío, como son la mayoría de los hombres de genio y literatura aquí».

El 10 de septiembre de 1785, dos días antes de entrevistarse con el doctorBlochen Berlín, Francisco de Miranda lo había hecho ya con el célebre «filósofo judío y escritor» Moisés (o Moses) Mendelssohn, con quien, según las notas de su diario, llegó a enfrascarse en una fogosa discusión en torno a la libertad y la independencia «con tanto celo como el rey de los judíos jamás habría establecido su sistema religioso».

En 1781 había tenido lugar un intento frustrado de lo que pareció marcar el inicio de una futura emancipación social de los judíos cuando el emperador ilustrado Jose II de Austria decretó su denominada Patente de tolerancia, según la cual se les permitía a los judíos asistir a las escuelaspúblicas y ejercer la agricultura, la industria y el comercio. Sin embargo, no se les concedía derecho alguno al culto religioso ni derechos ciudadanos. Sabido es que Francisco de Miranda, respetuoso de la pluralidad de valores ycreencias, se adhirió a una petición hecha al emperador José II para que los hebreos pudieran disfrutar de los mismos derechos que los demás súbditos en los territorios de su imperio. Tal adhesión ha quedado corroborada cuando, entre los múltiples documentos que conformaron sus archivos personales de Francisco de Miranda, se encontró la copia de una carta de petición a favor de la emancipación de los judíos, escrita al emperador José II por un judío, Benjamín Szepeier, quien era suegro del príncipe Dolgoruky, amigo de Miranda. Esta extensa carta, originariamente escrita en francés, y traducida al castellano, fue la queinspiró el referido proyecto deadhesión de Miranda abogando por los judíos, y le fue entregada a principios de 1787 por el mismo príncipeDolgoruky,durante el encuentro de ambos en el puerto ruso de Jerson. Miranda se expresará en términos elogiosos del Príncipe y la bella princesa Dolgoruky, judía convertida, diciendo: «Son sumamente amables y no les falta instrucción».

Llegado a la ciudad italiana de Módena, en noviembre de 1785, pregunta a su posadero sobre el número de habitantes y anotacon cierto dejo de indignación, en su Diario:«Habitantes 25.000 y 4.000 judíos, que mi posadero decía que no debían contarse con los cristianos».

Miranda escribeen su diario sobre Liorna:«60.000 habitantes, entre ellos 12.000 judíos», y resalta a continuación, con palabras elogiosas, la sinagoga de esta ciudad «que es suntuosa», según sus propias palabras. También toma nota de la otra sinagoga anexa, más pequeña, o Scuola en que, según su propia descripción, «se enseña a los chicos a leer y oficiar en la religión, cosa muy propia y que debía imitarse en todas».

El 30 de enero de 1786, mientras admiraba el monumento del Coliseo romano anota en su Diario una observación insólita por ser desconocida. Dice:«Vespasiano lo hizo edificar aplicando 12.000 judíos…» y teniendo a la vista el célebre Arco de Tito detiene su atención en sus bajorrelieves que, tal como expresa en su Diario, describe «…el gran Candelabro de Oro a siete brazos, con otros despojos judíos, que acaso son los mejores que nos han quedado de la antigüedad».

Después de su travesía por las islas del Egeo, Grecia y Turquía, y tras su llegada a Rusiaa finales de 1786, en Kiev, al igual que en Jerson, y más tarde, a lo largo de su recorrido, los días transcurren en medio de una intensa vida social, cada vez más cortesana y elitesca, de convites, juegos, bailes,paseos y excursiones, relacionándose siempre con el cuerpo diplomático destacado en la nación rusa, así como con las más relevantes personalidades de la alta sociedad rusa, en cuya cúspide se encuentran el príncipe Potemkin y la gran emperatrizCatalina, que generosamente le prodiga su respeto, consideración, amistad, ayuda e incluso suprotección.

En noviembre de 1787 durante una visita a la Academia de Ciencias sueca, Miranda observa entre los libros de la biblioteca las obras de Marcus ElieserBloch, el célebre médico y naturalista judío que había conocido durante el mes de septiembre de 1785 en su gabinete de Berlín y así lo registra en sus anotaciones.

El 23 de diciembre de 1787 llega Mirandaa Copenhague ycuatro días después, el 27 de diciembre, vino a visitarlo su guía del día inmediatamente anterior quien, tal como testimonia Miranda en su Diario, «es un doctor judío». La monarquía absoluta imperante en Dinamarcafavoreció decididamente la integración de las comunidades judías. En 1788 se les permitió a los judíos unirse en gremios en Copenhague y solo a partir de 1798 les fue permitido estudiar enuniversidades y otras escuelas de altos estudios.

Es por la razón indicada que opinamos que nuestro anónimo «doctor» judío del año 1787 debió haberse formado probablemente en alguna universidad extranjera, y dada su condición de profesional de la medicina, así como su función de guía y constante interlocutor de Miranda no sería extraño que hablara español y se tratara de un marrano retornado al judaísmo.

Miranda asimismo registra ese mismo día, 27 de diciembre de 1787, su visita a «una moza de Holanda que es bonita» aunque al parecer ingratamente calva quien también «según parece es judía…».

Al día siguiente, dando un paseo por la ciudad, estuvo en la Bolsa «en que casi no había más que unos cuantos judíos», dice Miranda en su Diario.

Ese mismo día asiste al teatro de la Comedia acompañado de su buen criado Andrés y de su guía judío, «mi Asmodeo», como lo apodaba cariñosamente.

Recorre primeramente los distintos pasadizos y calabozos de la llamada Torre Azuly luego la Stok-Hauset o Cámara de la Inquisición donde entre otros desgraciados se conmisera de «unos infelices judíos» encarcelados allí «por comprar efectos hurtados».

El 12 de febrerode 1788Miranda conoce a una familia judía a la que alude en términos gentiles y respetuosos en su Diario.

Se trata del cónsul de Inglaterra en Elsinor, el señor Fenwick y su familia. «Este cónsul –escribe Miranda– haceya más de 40 años que está en Elsinor; tiene el aspecto e inclinaciones judaicas…está muy bien informado del comercio del país, del que me informó bastante. Su señora (…) tiene un porte gentil y decente; es nacida en Arcángel, de un almirante ruso, Lewes, inglés de nación…»

Dicho cónsul debió atraer especialmente la atención de Miranda, pues lo describe en estos términos: «Tiene un aspecto de original cual ningún otro».

Al anochecer del mismo viernes primaveral de su llegada a Ámsterdam, día 2 de mayo de 1788, que corresponde al día 26 del mes de Nisán del año 5548, según el calendario hebreo, Miranda asiste, en la sinagoga alemana, a los rezos vespertinos de la iniciación del Shabat, el día más santo de la semana para la religión judía, en el que, según él mismo relata en su diario, «cantaban que era una gloria».

Esa misma tarde asiste también a la sinagoga portuguesa que a su juicio es «la más magnífica que he visto, mas la nave no ofrece bella proporción».

Miranda está presenciando, en estos sublimes momentos, los oficios religiosos correspondientes al primer Shabat inmediatamente posterior alaterminación de la festividad de Pésaj, la Pascua judía.

A la salida de la sinagoga, Miranda observa en su diario: «Iluminación en todas las casas de judíos».

No deja de sorprender la inusitada preferencia que concede el precursor venezolano alas sinagogas y al barrio judío, adonde acude nada menos que el primer día de su llegada a la cosmopolita Ámsterdam.

Enla metrópolis neerlandesa se creó una nueva comunidad de judíos sefardíes, que creció rápidamente con características muy peculiares. Estos judíos de origen hispanoportugués y de tradición sefardí navegaron los mares del mundo, muchos de ellos hicieron grandes fortunas y fundaron nuevas comunidades en Inglaterra, el Caribe, llegando hasta la colonias inglesas y holandesas.

Debido a las relaciones de comercio internacional, muchas de esta familias judías se dispersaron por otros lugares de Europa, el Levante y el norte de África, y establecieron conexiones comerciales con el Levante y Marruecos.

Era posible hacer un largo recorrido por el viejo continente, pasando por Hamburgo, Burdeos, Liorna, Ámsterdam o Londres, sin experimentar ningún sentimiento violento de cambio. En más de la mitad del mundo se podía mantener correspondencia en la misma lengua hispanoportuguesa, pues la mayor parte de las familias importantes eran internacionales, ya que tenían algún miembro en cada uno de los grandes centros de actividad económica.

También las relaciones entre los holandeses y América del Sur fueron establecidas en gran medida por judíos sefardíes, quienes contribuyeron de manera importanteen la creación de la Compañía de las Indias Occidentales Neerlandesas en 1621, y ocuparon algunos de elloscargos en la dirección de sus actividades.

Incluso con España y Portugal estos judíos sefardíes continuaron manteniendo las relaciones económicas después de las expulsiones a que, durante finales del siglo XVy siglo XVI,fueron sometidos en ambos países,aun cuando, por razones obvias, hubieron de adoptar nombres supuestos para tal propósito.

Los marranos españoles y portugueses,no solían diferenciarse de los gentiles. Cabe destacar sobre este particular que la Inquisición, consciente de esta circunstancia, hizo siempre todo lo posible para obtener informes acerca del pseudónimo comercialde cualquier marrano fugitivo, así como de la identidad de sus corresponsales comerciales en España.

Los nombres españoles y portugueses eranmuy visibles para sus vecinos, pese a que vestían, peinaban y se arreglaban como holandeses, lo mismo que sus apellidos que también fueron transformados en holandeses con fines comerciales y para eludir las sospechas inquisitoriales.

Es sabido que José de los Ríos llegó a llamarse Michel van der Riveren, mientras que Luis de Mercado fue conocido como Louis van der Marka, para protegerse de las persecuciones.También se sabe que el judío Abraham Isaac Pereira, destacado comerciante de Ámsterdam, comerciaba con el supuesto nombrede Gerard Carl Bangardel.

En la ciudad de Estrasburgo, el 27 de julio de 1788, siendo las nueve en punto de la mañana, mientras Miranda gozaba, desde la altura de una famosa torre, «la bellísima vista que ofrece la ciudad y sus cercanías», oye un toque del cuerno de cobreque por decreto de las autoridades se hacía sonar dos veces al día (a esta hora y a la medianoche)«en ignominia de los judíos por haber estos envenenado las aguas», escribe Miranda en su Diario.

Francisco de Miranda no vacila en sublevarse, indignado, contra esta infamante costumbre registrada de tal modo en la historia la indignidad humana y un apasionado clamor de protesta ante tamaña ignominia le hace exclamar con vehemencia en su Diario: «¡Qué diantre de calumnia fanática, que además costó la vida a 10.000 de estos infelices que fueron quemados vivos en sus casas!».

Después de pasar por Montpellier yToulouse llegaa Burdeos donde visita el Palacio, la Bolsa y la casa de «Raba Hermanos, judíos portugueses», tal como anota en su Diario el 25 de marzo de 1789.

Según las escasas referencias históricas que poseemos, los hermanos Raba constituían una rica familia judía de comerciantes exiliada de Portugal por la Inquisición, quienes en 1783 confiaron la construcción de su residencia, el Castillo Raba (Château Raba), al famoso arquitecto Victor Louis, el constructor del Gran Teatro de Burdeos.

El encantador parque de este castillo, conocido como Chantilly, fascinante para la época, era un famoso lugar de encuentro para los visitantes de la ciudad, a quienes la familia Raba permitía disfrutar de su Château, animándolos a visitar, incluso, sus salones, las salas de música y demás pertenencias.

Los paseantes podían admirar los céspedes de aquellos fastuososjardines adornados por estatuas y fuentes, las sendas bordeadas por soberbios árboles dibujando un laberinto entre setos y animales míticos salvajes y familiares.

Las celebridades de la época solían visitar el célèbre jardín Chantilly de la familia Raba. Entre ellos nuestro Francisco de Miranda, como hemos podido corroborar a través de su Diario.

No es de extrañar que, además de la familia Raba, Miranda hubiera entablado también relaciones con algunos de los judíos sefardíes residentes de Burdeos, tales como Abraham Furtado o alguno de losmiembros de la casa Rodrigues-Pereira quienes comulgaban, al igual que el propio Miranda, conla causa girondina.

 

El girondino

Retornará aLondres en 1788 después de su largo viaje por Europa,donde permanecerá tres años luchando por lograr apoyo para su proyecto independentista.

En Londres reanudó Miranda conversaciones con el primer ministro Guillermo Pitt sobre la proyectada emancipación de Hispanoamérica, presentándole planes y estudios de operaciones militares en el continente americano.

La indiferencia del ministro Pitt ante los planes de Miranda, obligan a este a buscar nuevos horizontes para la realización de su ideal libertario y decide encaminar sus pasos, cuanto antes, hacia Francia.

El 19 de marzo de 1792 sale Miranda de Londres, vía Dover-Calais, con destino a París.

No es nada improbable que durante su estada en Francia en 1789, primero en Burdeos y luego en París, pocos meses antes del estallido de la Revolución Francesa con la toma de La Bastilla, Miranda hubiera confabulado con los conspiradores girondinos, probablemente, en Burdeos, y luego en París, bajo una identidad falsa, con el nombre de Meiroff, gracias a un pasaporte otorgado por el embajador ruso, ya que desde su deserción del ejército español en 1781y hasta su glorioso retorno aVenezuela, en 1810, Miranda hubo menester de falsas identidades durante sus múltiples viajes, en su mayoría proporcionadas por las embajadas rusas, gracias al favor real que siempre le prodigó la emperatriz Catalina II de Rusia.

La historia registra, igualmente, que desde marzo de 1792 hasta enero de 1798 vivió multitud de aventuras y desventuras en Francia apoyando la causa girondina. Luchó con el ejército revolucionario francés y fue nombrado mariscal de campo siendo destinado a los ejércitos del norte (es decir, Bélgica y Holanda) bajo el mando del general Dumouriez donde en poco tiempo logró cosechar grandes éxitos militares. Destacó en las batallas de Morthomme y Briquenay,donde Miranda, al mando de una división, obligó a retroceder a las fuerzas prusianas. Estas se retiraron de manera definitiva del campo de Valmyel día 20 de septiembre de 1792. En este lugar, según dicen, existe hoy una estatua de Miranda frente a la del general Kellerman, conocido como el héroe de Valmy, en conmemoración de ese triunfo, al cual él contribuyó.

Un pleito entablado contra el general Dumouriez y las constantes rivalidades entre los radicales jacobinos y los girondinos, fracción política de Miranda y la más moderada, le llevan ante el tribunal revolucionario que dicta un auto de detención en su contra y desde entonces, empieza su tortuoso recorrido de condenas, presidios y absoluciones,dependiendo de la tendencia política dominante en cada momento.

Obligado finalmente a la clandestinidad, el 22 de diciembre de 1797 firma apresuradamente el Acta de París con José del Pozo Sucre y Manuel José de Salas. Dicha Actaplantea las gestiones encaminadas a lograr la independencia de Hispanoamérica buscando el apoyo de Inglaterra y Estados Unidos.

Pocos días después, el 3 de Enero del año de 1798, sale de París, de retorno a Inglaterra, disfrazado, según anota en su Diario, con «una peluca y espejuelos verdes» y provisto de un pasaporte falsificado a nombre de Gabriel Eduardo Urouxd´Helander.

Miranda disfrutó en Francia momentos de opulencia y fama y, de semejante modo, la fuerte naturaleza de su carácter díscolo fue pábulo para acusaciones e intrigas en su contra condenándole, en ocasiones, a la clandestinidad y el presidio. Los múltiples sinsabores causados por las injusticias sufridas durante su accidentada vida en Francia, tuvieron sin embargo merecido descargo póstumo. Su retrato forma parte de la galería de los personajes en el Palacio de Versalles y su nombre está grabado en el Arco del Triunfo en París.

 

La judía Sara

Llegado a Londres elel 15 de enero de 1798 tiene su primera reunión con el ministro Pitt a quien trata depersuadir para que Inglaterra, en alianza con los Estados Unidos, participe en la empresa libertadora de las provincias americanas oprimidas bajo el yugo de España. Prepara un plan militar para libertar a Sudamérica y elabora un proyecto de Constitución.Finalmente Miranda se decepciona por la indiferencia del gobierno inglés sobre «el importante asunto de las colonias hispanoamericanas», según sus propias palabras.

Pese a los múltiplesreveses sufridos durante los últimos años, ocurre un importante evento en el entorno de Miranda querenueva su vida sentimental y le insufla nuevos ímpetus para proseguir. Se trata de su encuentro, en febrero de 1800, nada menos que con Sara Andrews, o «Sally», como cariñosamente la llamaba Miranda. Esta mujer mujer con quien formó en Londres un hogar estable y quien mostró hacia Miranda una devoción total por el resto de su vida, es reputada por la historiografía tradicional como descendiente de judíos.

Sara Andrews entró a trabajar como ama de llaves al servicio de Miranda durante su estada en Londres y terminó convirtiéndose en su entrañable compañera y madre de sus dos únicos hijos conocidos, Leandro, nacido en octubre de 1804, y Francisco, nacido en febrero de 1806. Oriunda de Yorkshire, Sarah Andrews era hija de John Andrews y DinahHewson y poseía un solo hermano llamado Moisés. Reputada como judía según la opinión general de los historiadores, es ya tenida por compañera de Miranda en 1803, cuando ambos se mudan a la casa de la calle Grafton, en Londres, hoy propiedad del gobierno de Venezuela.

La historiadora Miriam Blanco-Fombona desmiente, no obstante, la opinión de los historiadores que la precedene intenta demostrar no solo que Sarah Andrews no era judía y que fue bautizada el 24 de julio de 1774 en una iglesia anglicana (confesión a la que pertenecían sus padres y su hermano) de MarketWeighton, sino que, además, había contraído formalmente matrimonio eclesiástico con Francisco de Miranda.

Sea como fuere, incluso aceptando el hecho de que ni Sarah Andrews ni sus padres y hermano fueren judíos, tal hecho no refuta, ni mucho menos, la opiniónsostenida por la historiografía tradicional de su ascendencia judía.

El 29 de septiembre de 1800, Miranda, quien para entonces se hacía llamar Mr. Martin, recibe de las autoridades británicas el tan ansiado pasaporte y el 10 de octubre sale de Londres rumbo al continente europeo. La Haya, Amberes, Bruselas y finalmente París.

José Fouché, ministro plenipotenciario de la policía francesa, ordena en noviembre de 1800 la expulsión de Miranda, pese a lo cual el venezolano llega a París tras obtener un permiso «tácito».

Tres meses más tarde, el 3 de marzo de 1801, es capturado y encerrado en la cárcel delTemple por mandato del mismo Fouché. Pocos días después, «el general Miranda, extranjero acusado de maniobras e intrigas contrarias a los intereses del gobierno francés y de sus aliados» finalmente, es expulsado.

El 22 demarzo de 1801, Miranda sale de París, vía Amberes, hacia Holanda, con un pasaporte firmado por Fouché, y se embarca en Rotterdam, rumbo nuevamente a Inglaterra.

En busca de Colombeia

Es sabido de todos el desenlace final de la prodigiosa hazaña de Francisco de Miranda, es decir, su frustrada y descabellada expedición libertadora hacia Coroiniciadael 3 de agosto de 1806, con el desembarco en La Vela yla toma del fortín de San Pedro, así como la exitosa culminación de su ambicioso proyecto independentista, tres años y medio más tarde, el 13 de diciembrede 1810, con su llegada triunfante a Caracas, donde fue recibido con entusiasmo por la población y por Bolívar, siéndosele conferido por la Junta de Caracas, poco después, el 31 de Diciembre de ese mismo año, nada menos que el rango de «Teniente General de los Ejércitos de Venezuela».

 

El porqué del hijo del canario

Por razones de espacio y a fin de ajustarnos más estrictamente al tema que es objeto de este trabajo, abandonaremos, pues, la secuencia de estos históricos acontecimientos de todos conocidos para profundizar en los orígenes más íntimamente personales que forjaron probablemente en Mirandasu espíritu revolucionario. En este sentidotal espíritu revolucionario podría pensarse que responde en gran medida a la reacción de su naturaleza inquieta y rebelde frente a los actos de hostilidad y repudio de las personas desu entorno. Ya en sus años de adolescente debió experimentar no pocaconfrontación con aquella clase mantuana que pretendió poner en entredicho la fama y honra de su padre, don Sebastián Miranda.

Cuando en 1764, contando Francisco con apenas catorce años de edad, el capitán general de Venezuela, don José Solano, constituyó un batallón de milicias y dentro de ellas dispuso la formación de una «Compañía suelta de blancos isleños» nombrándose a su padre, don Sebastián de Miranda, para comandarla, por ser una persona de mérito, un gran escándalo se produjo entre ciertos nobles criollos quienes consideraban inadmisible e indigno que don Sebastián,en su calidad de comerciante, propietario de una tienda de lienzos, («oficio bajo e impropio de personas blancas»), pudiera ostentar en las calles el mismo uniforme que los hombres de superior calidad y «sangre limpia».

Como consecuencia de esta incómoda situación de constantes chismes, vejaciones y rechiflas prejuiciosas que minaban arbitrariamente el buen nombrede don Sebastián, este se vio precisado a tener queabandonar la tienda y poco después, solicitar su retiro de las milicias, aunque con derecho a disfrutar las prerrogativas que su posición de capitán retirado le ofrecía, incluyendo el uso de bastón y uniforme del batallón de milicias.

Esto exasperó aún más el rechazo de los patricios caraqueños y pese a la defensa a favor de Miranda por parte del gobernador Solano, los nobles criollos del Batallón de Blancos se opusieron a alternar con este«capitán reformado» que pasaba a retiro de su batallón con el goce de «todas las preeminencias, excepciones, fueros y prerrogativas que le correspondían», empeñados como estaban en impedirle «ostentar en las calles el mismo uniforme que los hombres de superior calidad y sangre limpia».

La situación llegó a tal extremo que, por instigación de dos de los referidos mantuanos,a saber, el comandante interino de dicho batallón, Juan Nicolás Ponte y el capitán Martín de Tovar, el ayuntamiento o cabildo se dirigió a Miranda conminándole a exhibir, en el término de tres días, los papeles y documentos que acreditaban «su limpieza de sangre», apercibiéndole que si volvía a usar el uniforme y bastón del nuevo batallón, «lo pondría en la cárcel pública por dos meses» y «se le recogería el bastón y el uniforme que por derecho se vendería por piezas y sus productos se aplicarían a los presos de la cárcel».

El pleito llegó hasta el monarca de España, Carlos III, quien, al cabo, zanjó aquel embarazoso asunto mediante Real Cédula, fechada en San Ildelfonso el 12 de septiembre de 1770,en el que aprobaba el retiro concedido a don Sebastián de Miranda «con el goce de todas las preeminencias, excepciones, fueros y prerrogativas militares que le corresponden como tal Capitán reformado y el permiso de que pudiese llevar bastón y vestir el uniforme del nuevo Batallón de Milicias de aquella Provincia».

En la breve exposición de motivos que encabeza dicha Cédula Real se denuncia «el empeño» de algunas personas «también ilustres de la ciudad de Caracas» en «mancillar y obscurecer la pureza de su origen», e imponiendo, finalmente, «perpetuo silencio sobre la indagación de su calidad y origen».

Y llegado a este punto me permito señalar que, si bien la historiografía tradicional se dirige mayormente a hacernos creer que Sebastián de Miranda fue acusado y procesado debido, básicamente, a su condición de canario de humilde condición, como lo prueba su profesión de comerciante, oficio este «bajo e impropio de personas blancas», tal como se expresa literalmente en el expediente de la causa por la que se le procesó; a nuestro entender, sin embargo, el humilde origen social del capitán Miranda no era lo que en realidad constituía la causa de aquella querella interpuesta por los malpuestos mantuanos. Lo que estos pretendieron verdaderamente demostrar fue que el capitán Miranda, no era cristiano viejo, es decir, de sangre limpia, libre de mezcla con moros y judíos, indicio este revelador a todas luces de las sospechas suscitadas por los mantuanos en torno a la ascendencia judía de don Sebastián.

En la España borbónica del siglo XVIII, para acceder a las órdenes militares o a cualquier otro cuerpo civil, administrativo o eclesiástico no existían leyes restrictivasque discriminaran entre cristianos viejos, ya fueran estosricos o pobres, aristócratas o plebeyos. Tales normas restrictivasse aplicaban especialmente a losllamados cristianos nuevos, es decir, judíos convertidos al catolicismo y sus descendientes, pues sobre estos recaía la presunción iuris tantum de sospechosos de judaizar, es decir, de profesar secretamente la religión judía, o dicho de otra manera, de ser «marranos» o «criptojudíos».Así pues, suponemos que si el padre de Francisco Miranda hubiera sido simplementeun humilde «blanco de orilla», pero cristiano viejo, es decir sin sospecha de«sangre infecta» de moro o judío, los nobles criollos no hubieran pretendido impedirle «ostentar en las calles el mismo uniforme que los hombres de superior calidad y sangre limpia”». Entiéndase bien: «Superior calidad y sangre limpia». Así se expresa literalmente el texto de la causa, cuyo expediente reposa en los archivos históricos de la Nación. ¿Qué mancha abominable para la dignidad y la honra puede ocultarse tras la profesión de comerciante?¿Qué otros fundamentos distintos a la sospecha de descendiente de judeoconverso recaída sobre Miranda hubieran podido asistir a estos recelosos mantuanos para atreverse a mantenerle tal querella? ¿Cuál sino la sospecha de criptojudaísmo, habría sido el motivopor el quele inquirieran a don Sebastián Miranda una certificación de «limpieza de sangre» como medio de prueba para que este pudiera hacer uso de las prerrogativas propias de su condición de capitán retirado?

Significativa en este sentido es la Real Cédula del 12 de septiembre de 1770, anteriormente mencionada cuando, al relacionar en su encabezamiento los atropellos ocasionados por los mantuanos Juan Nicolás de Ponte y Martín de Tovar a Sebastián de Miranda, explícitamente enfatiza el «empeño» de los mismos en «mancillar y obscurecer la pureza de su origen».

Pocos años después de la resolución absolutoria emanada por la Real Cédula del 12 de septiembre de 1770 a favor de su padre, el joven Francisco de Miranda habría de hacer uso de toda clase de recursos, esfuerzos e inventiva cuando, contando con apenas veintiún años edad y recién egresado como estudiante de matemáticas, filosofía y derecho de la Universidad, es impedido de sentar plaza en el Real Cuerpo de Cadetes de su ciudad natal por las mismas causas referentes a «su origen» que había tenido que soportar su padre.

Persuadido por sus progenitores, el 25 de enero de 1771 decidió embarcarse en La Guairarumbo a la Península Ibérica y en noviembre de 1772 manifestóal Rey su deseo de servir en el ejército, no sin antes arreglar los documentos acreditativos de su limpieza de sangre que tantos recelos provocaban entre sus paisanos patricios de Caracas.En diciembre del mismo año adquiere el grado de capitán del Regimiento de la Princesa, pero afin de ser admitido en las tropas del monarca español, Miranda hubo de agregar más pruebas a las ya aportadas por su padre. Además de la fe de bautismo y casamiento suyo y de sus causantes, y otros recaudos más, debió presentar un auto motivado en unas informaciones de limpieza de sangre, concordadas con un documento testimoniado, en que se verificamediante veintiséis testigos que sus progenitores, así como sus ascendientes paternos y maternos «han sido cristianos viejos, limpios de toda mala raza, sin mezcla de baja esfera, antes sí de sangre limpia».

A este respecto es de señalar que ya fuere con dinero, amistad o intercambio de intereses, la limpieza de sangre ciertamente se compraba, a veces a mayor costo, pero se compraba.

De manera semejante lo había afirmado yaGregorio Marañónquien afirmaba: «Era fácil obtener uno de esos certificados de limpieza de sangre, aunque la sangre no estuviera muy limpia».

A modo de conclusión se hace obligatorio hacer hincapié, no solo en la cualidad de ilustrado de Miranda, digno hijo del Siglo de las Luces, sino también en su cualidad de librepensador.

Si echamos ahora una ojeada al panorama europeo en tiempos de Miranda observaremos que durante el siglo XVIII existía la pretensión, generalizada en algunas monarquías europeas, de difundir los ideales libertarios y progresistas de la Ilustración propios de aquel Siglo de la Razón, mediante la instrumentación de políticas dirigidas a favorecerla educación y el bienestar social bajo la égida de un absolutismo esclarecido.

Esta concepción política de avanzada, comúnmente denominada despotismo ilustrado o absolutismo ilustrado, fue inoperante, sin embargo, para lograr la emancipación de las comunidades judías. Sus directrices, supuestamente inspiradas por el espíritu emancipatorio de la ilustración, estaban caracterizadas, no obstante, por los equívocos, la discriminación y el prejuicio hacia los judíos propendiendo a confundir el término «emancipación» con el de«asimilación» o «conversión».

El librepensamiento de Miranda, no obstante, trasciende mucho más allá de esas estrechas fronteras del pensamiento ilustrado convencional. Estimulado por los ideales de progresismo, racionalidad y respeto pregonados por la Ilustración más pura y genuina,dirige sus esfuerzos a «liberar a su patria de la intolerancia religiosa»,proclamando sin cesaren sus cuatro proyectos constitucionales para Hispanoamérica,los de 1790, 1798, 1801 y 1808, el postulado de que «ningún ciudadano será molestado por sus opiniones religiosas» en su sueño de una patria americana independiente.

Este librepensamiento sin prejuicio de Miranda habría de constituir finalmente el fundamento sobre el que habrían dereafirmarse tanto su sentimiento revolucionario comosu evidente filosemitismo, tal como lo demuestran lasprofusas muestras que, en tal sentido, dejó plasmadas en su Diario personal.

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