FERNANDO «el Judío» de Aragón e ISABEL «La Catolina»

Dr. Moisés Garzón Serfaty

Recuerdo que mi maestro, el rabí Jacob Essayag, quien junto con el rabí Jacob Cohén, ambos en la escuela de la Alianza Israelita Universal de Tetuán, me iniciaron en mis primeros conocimientos de judaísmo, en la lectura de la Torá y en los rezos, cuando tenían que mencionar a Isabel de Castilla, por quien sentía una gran aversión, decía «Izzebel, la catolina», equivalente jaquetiesco de Isabel la Católica. Desde entonces, he podido constatar mediante mis lecturas que la aversión de mi maestro de la infancia por esos dos reales personajes, en especial por la reina, estaba más que justificada y que el abortado proyecto de beatificación, que se pretendía concretar a finales del siglo XX, constituía y constituye un verdadero insulto a la historia, al pueblo judío y a la Humanidad.
Esta reina de Castilla, posteriormente de la España unificada, nacida en 1451 y muerta en 1504, es en efecto la responsable de la introducción de la Inquisición en su reino, así como de la expulsión de los judíos en 1492.
Caída bajo la total y completa dependencia de la Orden de los Dominicos, otorgó plenos poderes a los inquisidores, quienes hicieron reinar el terror, en especial entre los cristianos nuevos, multiplicando las torturas, las intimidaciones, las exacciones y los autos de fe, en medio de la arbitrariedad y la impunidad más absolutas, desafiando a menudo a la alta jerarquía católica y al mismo papa, con métodos precursores de los utilizados siglos después por la Gestapo.
Hasta la Iglesia Católica Romana se escandalizó más de una vez con la actuación de la Reina.
El celo religioso de Isabel no era ciertamente de los más puros, ya que los bienes considerables de las personas condenadas por la Inquisición eran confiscados en provecho del tesoro real.
El papa Sixto IV, en un breve fechado el 23 de enero de 1483, dice: «Parécenos que la Reina tiene prisa en instituir y reforzar la Inquisición por ambición y por deseo de obtener bienes terrenales más que por celo en la defensa de la fe y por temor de Dios(sic)».
El profundo antijudaísmo de Isabel no le impidió tener consejeros de origen marrano, ni aún de utilizar los talentos de judíos integrales, como don Isaac Abrabanel.
Lejos de sentirse satisfecha con la expulsión de todos los judíos del reino de España, sometió el matrimonio de su hija con el rey Manuel de Portugal, en 1496, a una condición: la erradicación de Portugal de todos los judíos refugiados de España, así como también de los propios judíos portugueses.
Así, toda la Península quedó libre de judíos.
El ardiente odio de la reina española se extendió aún más allá con la forma de presiones sobre Inglaterra y los pequeños Estados italianos a fin de que tomaran medidas análogas.
Tal fue este personaje altamente simbólico y pretendidamente ejemplar, propuesta a la admiración de los creyentes.
Hasta los mismísimos santos se hubieran revolcado en sus sepulcros de haberse canonizado a esta mujer implacable.
Y de Fernando, ¿qué decir? El rey fue la imagen del verdadero «varón domado», a remolque de su esposa. El dicho «tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando» es una muestra de que en una época de hegemonía masculina, el rey aceptaba la equiparación con la reina en cuanto a poder. Desde luego, el dicho no es más que eso. En rigor, el poder lo ejercía Isabel, aunque ambos son citados y recordados conjuntamente por los historiadores, gracias a sus varios logros. No obstante, en su epitafio se destaca únicamente el de la unidad religiosa de España.
En efecto, en la tumba de los Reyes Católicos, en El Escorial, hay una placa funeraria cuyo texto latino, traducido, dice: «Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, marido y mujer siempre concordes, llamados Católicos, yacen en este sepulcro de mármol. Derrabaron el poder de la secta mahometana y redujeron la obstinación de la herejía judaica». Nada sobre el descubrimiento del Nuevo Mundo, nada acerca de la lograda unidad española en punto a Reinos, nada en referencia a la anexión de Nápoles a la corona hispana. Vale entender que lo único importante y trascendente realizado por los monarcas católicos fue la unidad religiosa.
Para una cabal refrendación y reforzamiento de aquella fe unificada crearon esos reyes el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, de cuya actividad habla así el jesuita Juan de Mariana, coetáneo de Cervantes: «La gente no tenía libertad de oír y conversar entre sí, por temor al Tribunal, en las ciudades, pueblos y aldeas, y a los delatores atentos para dar aviso de lo que pasaba».
En España rigió la Inquisición hasta 1820; decayó desde el siglo XVIII al entrar los inquisidores en la costumbre de vivir de los bienes confiscados a las víctimas. Muy debilitada pasó a la América hispana; se instaló principalmente en Lima, México y en Cartagena de Indias.
Para la historia que, modernamente entendida, es ante todo fijación de procesos, los Reyes Católicos de España, a pesar de su placa funeraria, constan especialmente como referencia inicail de lo que, después de ellos, sería la apertura literaria del Siglo de Oro, de Cervantes, Góngora, Lope, Quevedo, Gracián. Burlaron estos la Inquisición. ¡Y valga recordar que el propio Rey Católico, antijudío, estaba y está en la lista de Américo Castro de los personajes españoles con antecedentes judíos!

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