En el Talmud La caída de LA CASTA SACERDOTAL fue su merecido

Los ejemplos bíblicos de rectitud y perversión muestran que, en el judaísmo, la bondad es posible y de origen divino.
Adam Kirsch

En el tratado de Shkalim, los lectores del Daf Yomí se encontraron con dos familias sacerdotales conocidas como la casa de los Avtinas y la casa de Garmu. Cada uno de estos clanes era guardián hereditario de los rituales del Templo de Jerusalén: la primera estaba a cargo de quemar el incienso y la segunda de hornear el pan de la proposición o léhem panim. No obstante, en una lectura posterior del Daf Yomí, en el tratado de Yomá, oímos hablar de nuevo de cómo estas familias se negaron a compartir sus recetas, tomándolas como si fueran secretos industriales. Esto irritó a las autoridades del Templo, que trataron de traer artesanos de Alejandría para que los reemplazaran, pero estos no pudieron emularlas ni hacer las cosas correctamente, y las familias en cuestión tuvieron que ser reenganchadas tras acordar un sueldo doble.
¿Qué estarían pensando los de la casa de Avtinas para que de una manera tan avara y egoísta ocultaran su fórmula para el incienso o tenían acaso algún motivo más respetable? En Yomá 38ª, la Guemará nos ofrece un contraste de opiniones sobre ello. Tras la destrucción del Templo, rabí Yishmael recuerda que iba caminando por una senda y se tropezó a un descendiente de la casa de Avtinas. «Le dije: “tus padres buscaron ensalzar su honor y así disminuir el honor de Di-os”, pero ahora que se acabado el Templo y las castas sacerdotales perdieron su puestos de prestigio. “El honor de Di-os se mantiene tal cual y ha decaído el honor de ustedes”».
La anécdota sugiere, de manera oblicua, que una enorme convulsión en la sociedad de Judea se había provocado con la destrucción del Templo. La jerarquía sacerdotal era grande y bien establecida, por lo que constituían la clase alta de la nación; ahora todos repentinamente se volvían inútiles, como los emigrantes aristocráticos en la Revolución Francesa. Hay incluso una pizca de satisfacción en las palabras de Yishmael. Para el Talmud no es secreto el hecho de que la ostentación de los sacerdotes y el ansia de prestigio a veces los hacía muy impopulares. La caída de la casa de Avtinas pudo haber hecho pensar a algunas personas que había recibido su merecido.
Como sucede a menudo, aquí es útil completar el relato del Talmud de Jerusalén posterior al Templo con uno que nos ofrece el historiador Josefo en La guerra judía. Él era también sacerdote y simpatizaba totalmente con la clase dominante en la Judea de entonces, como es de suponer. Pero, al leer entre líneas, es posible detectar que la gran revuelta judía de los años 66-70, que intentaba derrocar el régimen romano y que terminó en catástrofe, fue en verdad una lucha de clases. Las castas sacerdotales dominaban Jerusalén con la benevolencia de los mandatarios romanos. El movimiento conocido como los zelotes –militantes radicales antirromanos, que ocuparon el Templo al principio de la rebelión– no solo luchaban contra un ocupante extranjero, sino también contra los colaboradores del Templo. (Una de las primeras acciones de los rebeldes fue quemar las oficinas que guardaban los registros de las deudas, una táctica que seguramente les valió la popularidad entre los judíos pobres). Es típico que en el enfoque apolítico del Talmud que ninguno de estos conflictos aparezcan en los debates rabínicos sobre el sacerdocio ni el Templo. La impopularidad de la casa de Avtinas se atribuye simplemente a su tacañería al no querer compartir la fórmula del incienso y no a una reivindicación mayor de tipo político o económico. Incluso, esta mancha negra se limpia con otra anécdota contada por rabí Yojanán ben Nuri.
Un día, tras la destrucción del Templo, Yojanán cuenta que él se cruzó con un sobreviviente anciano de la casa de Avtinas, que portaba un pergamino con la fórmula para hacer el incienso. «Mientras existiera la casa de mis antepasados, no se podía pasar a nadie», dijo el viejo. Pero, ahora que la cadena de transmisión se había cortado, él no tenía otra opción sino encomendársela a Yojanán: «Ten cuidado con ella», pidió. Ya que ellos eran tan humildes, Aquibá ordenó que se borrara su mala reputación: «Está prohibido mencionarlos de manera desfavorable». Este episodio es como una parábola de cómo, después de la desaparición del Templo, la autoridad religiosa se traspasó de los sacerdotes a los rabinos que interpretaban la Ley.
La caída de la casa de Avtinas llevó a la Guemará a reflexionar sobre el asunto del prestigio póstumo. Los rabinos mencionan a un hombre llamado Ben Kamtzar, que conocía la técnica de escribir con cuatro plumas simultáneamente, pero que se negaba a enseñarle a otra persona. «Sobre Ben Kamtzar y sus contrapartes» la Guemará cita una frase del libro de Proverbios: «Pero el nombre del malvado debe podrirse». Según los rabinos, esto significa que los nombres de las personas perversas se vuelven impopulares, por lo que la gente deja de dárselos a sus hijos,, tal como en la actualidad ningún judío llama Adolfo a su hijo.
Más preocupante es la conclusión de los rabinos de que ciertos apelativos están tan imbuidos de maldad que las personas que los llevan son sujeto de castigo divino. En el capítulo 22 del primer libro de Samuel, por ejemplo, se lee de un tal Doeg el edomita, a quien el rey Saúl había encargado de matar la familia de los sacerdotes que estuvieran conspirando con David en su contra. La furia de Doeg –se dice que mató a 85 sacerdotes en un día– fue una buena razón para que su nombre se incluyera en la lista de los que deberían borrarse.
En Yomá 38b, los rabinos cuentan la historia de un niño del que se creía que vivía en tiempos de la rebelión judía y que se llamaba Doeg ben Yosef. Este era el favorito de su madre: «Cada día ella le medía la altura con las palmas de su mano y donaba en oro al Templo el equivalente del peso que había subido». Cuando los romanos sitiaron Jerusalén, la ciudad fue víctima de la hambruna y la madre de Doeg terminó por matarlo y comérselo. Josefo también reporta casos de canibalismo durante este período terrible. ¿Por qué le aconteció esto a Doeg? Los rabinos contestan que se debió a su nombre, que era de un perverso: «Vean lo que le sucedió».
¿Realmente los rabinos creían que la gente se merecía morir a causa de sus nombres? Esto se nos antoja abiertamente injusto y, de hecho, esto molestó a rabí Elazar, que rápidamente revisó la regla: «A un recto se le honra por sus propias acciones y un malvado está condenado no solo por sus propias acciones, sino por las de su tocayo perverso». Según esta lógica, un ser bondadoso que lleva un mal nombre no sufrirá por esta causa; pero, alguien que viva con la perversión que sugiere su nombre recibirá un castigo extraordinario. En cuanto al pobre Doeg ben Yosef no se sabe cómo queda, porque él apenas era un niño.
Mientras transcurre la discusión, la Guemará tomo otro ejemplo bíblico de rectitud, como el de Abraham, y de perversión, como el de la gente de Sodoma y Gomorra. Rabí Elazar utiliza una alusión bíblica para apoyar la idea hermosa de que «incluso por un justo se creó el mundo». Después de todo, Di-os hizo lo que conocemos y «vio que era bueno», siendo que «bueno significa recto». Rabí Yojanán añade a esto que Di-os nunca permite que el mundo se quede sin justos: «Ningún recto (tzadik) abandona este mundo sin que otra persona similar sea creada». Los tzadikim son raros, pero Di-os «plantó algunos de ellos en todas y cada una de las generaciones». Esta aseveración pareciera conectarse a la tradición folclórica judía de que hay 36 tzadikim en cada generación, aunque nosotros no sepamos exactamente quiénes son.
Hacia el final del capítulo 3 de Yomá, la Guemará vuelve a contemplar un cita de Proverbios: «Si se refiere a los desdeñosos, él los desprecia; pero al humilde le concede la gracia». De acuerdo con Reish Lakish, este aforismo se relaciona con el misterio del pecado y del libre albedrío. Di-os nos da la libertad de pecar y no nos detiene en la comisión del mal; pero, si resolvemos hacer el bien, Él activamente nos ayudará. Reish Lakish nos regala una metáfora: imaginen un mercader que vende nafta mal oliente y un dulce bálsamo. Si un cliente viene a comprar nafta, el comerciante se la venderá, pero le dirá: «¡Sírvase usted!». Él no querrá acercarse demasiado al mal olor. En cambio, con el bálsamo el mercader dice: «Espéreme para yo servírselo, así que usted y yo disfrutaremos del aroma». Como siempre, el realismo moral de los rabinos es impresionante: no niegan la propensión humana al mal, pero insisten en que la bondad es posible y de origen divino.

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