El Yom Kipur de los marranos – 1609

El presente artículo quiere ser un homenaje a la memoria de los protagonistas del suceso histórico que narro y comento, a su valentía y profundo sentido de la identidad judía que atesoraban. Era la persuasión inconmovible de que nada ni nadie podía aniquilar la supervivencia del pueblo de Israel.

Cuatrocientos años después, su ejemplo permanece como paradigma de raigambre y continuidad, de segura esperanza.

I- El fenómeno de judaizantes o conversos en las posesiones españolas de América.
Recién descubierto el Nuevo Mundo y a raíz de la expulsión de los judíos decretada por los monarcas Fernando e Isabel (ambos sucesos acaecen en 1492), la afluencia de judíos y judaizantes a las desconocidas tierras es evidente y preocupante. Los fugitivos buscan alejarse de la intolerancia y del rechazo que operan como razón de Estado, huyen de la Inquisición que los vigila de cerca. Los siglos XVI y XVII serán los períodos en los cuales su presencia e influencia se hacen más notorias, especialmente en puertos y ciudades florecientes como Veracruz, Méjico, La Habana, Portobelo, Cartagena de Indias, la señorial Lima y hasta el Río de la Plata.

Numerosos investigadores e historiadores de prestigio se han dedicado a detectar en antiguos documentos de archivo –especialmente inquisitoriales– los nombres, actividades y correrías de individuos y familias, aparentemente buenos y leales cristianos, pero que guardaban una fidelidad heroica a la fe de Israel y la cumplían en secreto en la medida de sus conocimientos y posibilidades.

La crónica colonial hispanoamericana abunda en personajes, episodios, anécdotas, acosos, castigos, torturas y hasta la pena de muerte en el infamante «auto de fe», el escarnio público. A quienes pretendiesen profesar una religión distinta y desafiar el orden institucional y la fe oficial de la España ultracatólica se les prometía un destino siniestro.

Judíos y conversos se desplazan por todo el continente todavía a medio explorar. La Inquisición instala sus primeros sendos tribunales en Méjico y Lima en 1570 por orden del rey monástico Felipe II. Ante la vastedad del territorio será necesario fraccionarlo y los inquisidores funcionarán en Cartagena de Indias a partir de 1610.

Obviamente, no sólo la pureza de la fe cristiana movía a los jueces del «Santo Oficio». Entre bastidores afloraban intereses más terrenales como la confiscación de bienes muebles e inmuebles, multas cuantiosas, someter a la humillación a quienes caían en sus redes y prolongar la «culpa» en sus descendientes por varias generaciones como una especie de segundo pecado original, estigma indeleble y motivo de oprobio «para la casta» en lenguaje de época.

Prácticamente, casi tres siglos arreció el cerco de temor, la inseguridad, la trama de espionajes urdidos y montados por las tres inquisiciones americanas que respondían al inquisidor mayor, la Suprema con sede en Madrid.

Mucho, bien e insuficiente se ha escrito sobre el tribunal encargado de velar por la ortodoxia de la fe católica e integridad de costumbres, por la práctica interpretada a capricho de los valores evangélicos y por la indisociable unidad imbricada entre la Iglesia y el Imperio que se apoyaban y desarrollaban mancomunadamente.

La Inquisición sobrevivió hasta la víspera de las independencias. Decayó tanto que al final husmeaba supercherías, nigromancia, bigamia, palabras obscenas y otras minucias que presagiaban su ocaso. Su plataforma conceptual se debilitó con la llegada de los Borbones al trono de España cuando irrumpe el siglo XVIII y el libre pensamiento se apodera de los espíritus.

Los líderes revolucionarios en Hispanoamérica la consideraron obsoleta, desfasada y fuera de contexto para los tiempos nuevos en los jóvenes países que nacían al desplomarse la égida ibera en ultramar.

En el reino de la Nueva Granada permaneció hasta 1811. En el Perú se extinguió en 1813. Los «expedientes» fueron reducidos a cenizas durante la tolvanera de la independencia, pero sus copias a duras penas han sido preservadas en los repositorios archivísticos españoles.

II- Lima, epicentro de un judaísmo subrepticio
Fue fundada por el conquistador extremeño Francisco Pizarro en 1535.

Capital de un virreinato que abarcaba todo el antiguo dominio del Inca y por su proximidad al puerto de El Callao en el Pacífico, Lima fue una de las ciudades sudamericanas frecuentada por los conversos que iban y venían atraídos por su estratégico emplazamiento y los pingües réditos del voluminoso negocio y tráfico de variadas mercaderías.

El puerto era fuente de las noticias procedentes de Europa, el vivero de la supervivencia y el punto del cual era más factible esfumarse en caso de peligro o amenaza.

En la actualidad, como tantos lo hemos hecho, estudiar los expedientes de los reos, al igual que las deposiciones de testigos, nos proyecta un panorama asaz completo de un criptojudaísmo dinámico en el aspecto religioso, de práctica asidua, lo cual me atrevería a denominar «firmeza en la fe».

Lima era el punto de encuentro de marranos provenientes de muchos puntos de su dilatada diáspora. Una comunidad marrana se radica en Lima desde los primeros tiempos. Lima será, pues, el teatro del episodio que da nombre a este escarceo historiográfico.

III- Pedro de León Portocarrero
Quizás el personaje central de los acontecimientos es el portugués Pedro de León Portocarrero a quien el ilustre historiador peruano Guillermo Lohmann Villena identifica como exclusivo autor de la «Discricion (sic) General del Perú». Valga citar textualmente a este reconocido investigador del judaísmo colonial:

«Portugueses y judíos detentaban la proporción más voluminosa del comercio dentro del Virreinato, los segundos con el agravante de deslizarse a la comisión de actos contrarios a los intereses de la monarquía española».
(Lohmann Villena, Revista Histórica tomo XXX, Lima 1967)

El relato de De León oteaba varias intenciones: primeramente, informar a flamencos mercaderes de las jugosas ganancias que se podían captar en América y como consecuencia, asestar golpes contundentes al monopolio ideológico y financiero que la Metrópoli impuso a sus dominios durante más de dos centurias.

De León Portocarrero ha debido desembarcar en América hacia 1600. Pronto armó una red mercantil que se extendía desde Panamá al Perú. Tenía agentes intermedios como Álvaro de Silva Cardoso, entre otros, sus hombres de confianza en las transacciones.

No tarda la Inquisición en sospechar de él, de su prosperidad y de su heterodoxia. Ambos aspectos, según parecía, eran inseparables. Previamente había sido detenido en Sevilla; pero, jamás se retractó de su judaísmo lo cual admiró mucho a sus jueces y pasó la gran prueba, confesar abiertamente su creencia mosaica.

Pienso que también los aviesos y codiciosos inquisidores le perdonaron la vida pues las multas que se le imponían serían más frecuentes y copiosas.
Mientras estuvo en el Perú, en compañía de otros marranos o judeoconversos, Pedro de León Portocarrero se aferró a su fe a escondidas, pues era un estricto observante de la Ley. Como fue usual, se trataba de un judaísmo poco o nada ortodoxo, adulterado con elementos cristianos, sin pauta rabínica ni talmúdica. Sabían que eran judíos; se sentían orgullosos de su estirpe pese a los peligros circundantes, desafiaban al catolicismo y las implacables autoridades que lo representaban. Por su parte, los corifeos de la Inquisición suponían que su actuación era un señalado servicio a Di-os y a la Corona.

De tal suerte que el riesgo era inevitable especialmente cuando los conversos eran «fichados», arriesgando sus vidas, honra y fortuna por su apego indefectible a sus orígenes. Era asunto de identidad personal o familiar, una identidad que ha sido invencible al paso de los siglos, mucho antes y mucho después de la Inquisición hasta el Holocausto.

IV- El Kipur de heroica esperanza 1609
Diez días después del novilunio de septiembre a falta de un almanaque lunar, (debidamente establecido), Pedro de León y tres judíos portugueses se juntaron con el objeto de celebrar a su manera el Día Grande como llamaban a Yom Kipur. El reducido «minián» (quórum) estuvo integrado por Álvaro Cardoso (de Braganza), el cirujano sangrador Ma-noel da Fonseca y el cura Manoel Nunes Magro de Almeyda, natural de Coímbra.
Todos ayunaron de acuerdo con el mandato halájico y alternaron la lectura de salmos con pasajes del libro bíblico de Ezra (Esdras) el Escriba referentes a la reconstrucción del Templo y del reino de Israel después de la deportación en Babilonia.

Así, en oración y reflexión, anclados en la esperanza mesiánica, los marranos aguardaron el anochecer y la salida de la primera estrella que señala el nuevo día. Luego cenaron platos frugales, cocidos en aceite, y dieron por concluida la festividad mayor del ciclo anual judaico.
¡Cuánta seguridad abrigaban esas almas de que Israel retornaría a su Tierra, que la renovación del pueblo, del país y del Santuario eran promesas divinas y que el Eterno jamás desiste de sus designios!

No hubo, pues, texto más a propósito que la narración del retorno, con Ezra, el líder a la cabeza, para reinstaurar en Jerusalén el culto al verdadero y único Di-os. Sin duda, ha debido de ser el clérigo converso Magro de Almeyda, conocedor de las Sagradas Escrituras, quien encabezó el Kipur de 1609 como improvisado «hazán» (cantor).

V- Cuatro siglos de expectación redentora
¡Cuántas veces en todo el hemisferio se llevaron a cabo actos similares! Los documentos consultados son parcos en evidencias, pues se trata de expedientes jurídicos. Nos es lícito conjeturar que los judaizantes observaban los grandes festivales consignados en la Torá y permanecían aferrados a la milenaria tradición y ello los sustentaba espiritualmente.

Así anudaban el nexo con sus hermanos dispersos en todas las latitudes del mundo, además de reforzar su valor e integridad. La Inquisición continuó sus pesquisas minuciosas durante años con tenacidad y saña hasta que los judíos camuflados de nuestra historia fueron atrapados. En el curso de mis indagaciones en fuentes que reposan en la Biblioteca Nacional del Perú, di con el relato del Auto público de fe que tuvo verificativo en la plaza Mayor de Lima el domingo 21 de diciembre de 1625, un espectáculo aterrador y lúgubre por decir lo menos, destinado a infundir temor y escarmiento a todos los estratos sociales.

(Biblioteca Nacional del Perú-Lima ref. documento B 1698)

En las descripciones de las causas ventiladas y penas impuestas aparece Manoel da Fonseca (alias Diego de Andrada como nombre postizo) quien fue quemado por «judío contumaz e impenitente, negativo y relapso».

En el mismo acto fue condenado Álvaro Cardoso como remero no sin antes recibir cien azotes de escarnio. El caso más patético fue el del sacerdote Manoel Nunes Magro de Almeyda –de Coímbra– . Era el que almorzaba antes de celebrar Misa, –vale citar las palabras que están en el Auto– «de casta y generación de judíos, apóstata, hereje (…) y hizo y dijo cosas indignas de escribir».

Murió prisionero antes del auto de fe, pero el castigo que se le infligía no lo exoneraba ni siquiera post mórtem: un maniquí que lo sustituía fue calcinado y sus restos exhumados para arrojarlos al fuego.

¡El sadismo de la Inquisición no conocía límites!
Magro de Almeyda fue uno de tantos sacerdotes judaizantes que utilizaron el catolicismo como pantalla. Dentro de las filas del clero era más fácil proteger a los suyos; pero, los dos rostros que presentaban se les transformaban en una navaja de doble filo y los exponía a la delación.

VI- Palabras finales emotivas
Cuatrocientos años ha, en la Ciudad de los Reyes, la Lima colonial y aristocrática, un puñado de judaizantes, recios en su fuero interno, se recogieron para conmemorar el día del Gran Sacrificio cuando el Sumo Sacerdote pronunciaba el Nombre Inefable de Dios. Los criptojudíos eran todos potencialmente mártires. Si eran descubiertos estaban conscientes de las represalias crueles a que estaban expuestos como en efecto sucedió y acabamos de demostrarlo. Vivían un constante acoso; y más allá de los peligros y dificultades se empeñaban en profesar la religión de sus mayores y encarnarla como motivo primordial de sus existencias.

¡Perdurable lección que cruza las épocas: apología del derecho a ser diferente!
¡Qué extraño y aleccionador Yom Kipur de 1609!
¡Qué confianza en el porvenir del pueblo de Israel pese a que según reza el documento original «…estamos perseguidos y arrastrados de todas las naciones»!
Trescientos años aún faltaban para que Israel resucitara de acuerdo con la expresión del escolarca Cecil Roth.
¡Resurrección sobre el solar antiguo, el suceso judío más relevante de todo el siglo XX!
Los marranos lo anunciaron, lo esperaron y estaban persuadidos de que el destino manifiesto se cumpliría en alguna encrucijada del devenir histórico.
Lo que el Tribunal clerical no pudo quemar, confiscar, flagelar, cubrir con el sambenito ni enviar al cadalso fue la Idea, la sustancia perpetua del Judaísmo que vencía a los tiempos, las distancias y vicisitudes inenarrables. Fructificaría en el instante oportuno, no sin antes pasar por el sacrificio de incontables vidas humanas al kidush Hashem.
Daba la impresión de que Israel se extinguía ante el empuje y tosudez religiosa de la ceguera y de una concepción unilateral de la vida pero el olivo verde estaba prometido a rejuvenecer.
Una sentencia rabínica dice con toda propiedad: el judío es como la aceituna; da de sí lo mejor cuando lo exprimen.
Panamá, Yom Kipur de 5770
28 de septiembre de 2009