EL VALOR DE CONTAR

Néstor Luis Garrido

La escena conmueve por la falta de dramatismo: sentado frente a la urna de su madre, Ernesto Spira recibe con una sonrisa a un grupo de amigos y líderes de la comunidad judía de Venezuela. Hace apenas unas horas el alma de su madre, Trudy, había desencarnado y la sinagoga Beit Yosef, de San Bernardino, recibía a todos cuantos se envalentonaron para rendirle, con su presencia, un adiós a esta mujer. Como todo buen moré, Ernesto cuenta: «MoshéRabenu nació y murió el mismo día, el 7 de adar, y mi madre nació y murió en la misma fecha, el 27 de enero».
Sesenta y nueve años antes, el 27 de enero de 1945, Trudy Spira renacía de las cenizas del horror cuando fue liberada por el ejército ruso de la enfermería del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, adonde había llegado, desde Bratislava, junto a su padre, su madre y hermano. En su retirada, los nazis la habían dejado atrás cuando evacuaron a todos los prisioneros del lager, quizá porque pensaban que le faltaban minutos para morir, por lo que no valía la pena el esfuerzo de obligarla a marchar a otro campo. Había perdió los dedos de los pies que se le congelaron luego de que la castigaran ordenándole permanecer toda una noche parada en la nieve. Tenía 12 años y medio cuando la libertad le devolvió la vida.
La historia de Trudy durante la Shoá es quizá la más conocida entre nosotros. Si bien tardó veinte años de los sucesos para comenzar a relatar sus experiencias a sus más allegados, una vez superada ese primer miedo que todo sobreviviente tiene antes de hablar, porque dudan de si la audiencia creerá o no lo que les ha pasado, hizo de la palabra su herramienta contra la desmemoria.
Al principio, la comunidad judía de Venezuela la escuchó, hasta que a inicios de los años 80 se presentó ante el resto del país, con el periodista Napoleón Bravo, para dar su testimonio en el famoso programa de Radio Caracas Televisión llamado Dimensión Humana, en la época en que la serie Holocausto puso a los venezolanos a pensar en lo que había sucedido. Definitivamente, el testimonio de Trudy nos acercaba a los hechos, no solo porque teníamos a una testigo de primera mano, que pudiera ser nuestra vecina, sino porque contaba su historia desde los ojos de una niña que llegaba a un campo de exterminio con una muñeca en la mano.
Fue también en los ochenta cuando, junto a un grupo de sobrevivientes residenciados en el país, cofundó el Comité Venezolano de YadVashem, organización de la que era su vicepresidente hasta su desaparición física, y desde donde ella hizo de la memoria una causa de vida: primero, impulsando la realización de la película La Ausencia, dirigida por Lisbeth Rodan de Schonfeld; luego apoyando la cátedra de Judaísmo Contemporáneo y ShoáZygmund y Anna Rotter, de la Universidad Católica Andrés Bello; y la revista Recuerda-Zajor, en cuyo primer ejemplar, en el año 2002, dio su testimonio. Ya como oradora de orden, ya como moderadora, Trudy siempre fue un personaje clave los actos de recordación de la Shoá y del levantamiento del gueto de Varsovia.
A mediado de los 90, el profesor José Antonio Pardo, entonces docente de matemáticas en el colegio San Francisco de Sales, de Sarría, invitó a Trudy a dar una conferencia a los niños que estudiaban allí, muchos de ellos víctimas indirectas de la violencia en los barrios, pues había huérfanos y muchachos que habían perdido a sus hermanos por el hampa. Con maestría, Trudy testificó ante esta audiencia inusitada para ella. Como respuesta, los jóvenes escribieron ensayos y confeccionaron tarjetas que, luego, le entregaron en forma de álbum, donde le agradecían la valentía de contar algo tan terrible y tan personal, algo que quizá les era familiar, en otra escala y tiempo.
Su testimonio lo llevó Trudy a todos los lugares a donde pudo ir, siempre con gran humildad: ambientes judíos o gentiles, universidades o escuelas primarias en Caracas como en otras ciudades del país y del exterior; a los medios privados o a los estatales, ante embajadores o amas de casa, ya la enviara el Comité Venezolano de YadVashem o representando otras organizaciones en pro de la tolerancia como Am Israel o el Espacio Anna Frank.
Recientemente, alguien, cuyo nombre nos reservamos, comentó con la acritud del sarcasmo: «¿Otra vez esta mujer va a contar su historia?» La impertinencia provenía de quien creía que se sabía la vida de Trudy en la Shoá, sin entender que, más que hechos, ella transmitía vivencias, desde la verdad, para lograr una empatía total con la audiencia, se tratara de jóvenes universitarios o de niños en edad escolar, como los de este caso, el Colegio Ávila. Al regresar, esa persona expresó, más o menos: «Realmente, la señora Trudy no debería nunca dejar de contar lo que le pasó». Allí también hubo una lección de vida.
Ella siempre seguirá relatándoles a los jóvenes del mundo su historia: en Youtube hay por lo menos cuatro videos y audios donde se la puede escuchar; su relato está contenido en el tomo número 1 de Exilio a la Vida (UIC, 2006) y porque en octubre de 2010 terminó de escribir sus memorias, redactadas originalmente para sus nietos, pero que fueron publicadas un año después por la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela con el título Regreso a Auschwitz: un testimonio en el que se empeñó en resaltar las buenas acciones de hombres y mujeres, judíos y gentiles, que la ayudaron a sobrevivir al mal absoluto.
«¿Para qué hablar de lo malo si podemos hablar de lo bueno?» dijo alguna vez, con ese juego de palabras característicos de la yidish-keit. Así, en su libro confiesa: «Hasta el día de hoy no me canso de repetir que por cada persona mala que llegué a conocer durante mi vida, encontré por lo menos una buena que estaba dispuesta a ayudarme y extendió su brazo fraterno». He allí la fuerza moral de su testimonio: la ausencia de odio y de venganza contra quienes le quitaron a su padre EliézerMangel, a quien vio por última vez a través del alambre de púa que los separaba en Auschwitz.
Reducir la saga de Trudy a su activismo por el «Nunca jamás la Shoá» es censurar la mitad de su vida, entregada con denuedo a la comunidad judía: primero, como directora ejecutiva de la Unión Israelita de Caracas, donde junto al rabino PynchasBrener y el recordado doctor BénekJelinowsky Z’L –con quien compartió en 2003 el Premio al Mérito Comunitario de la AIV – conformó una trilogía de identidad de esa institución askenazí; y luego en un cargo similar en la Asociación Israelita de Venezuela, donde su corrección, su habilidad para ganarse a las personas y sus consejos llenos de inteligencia y sabiduría, la naturalizaron en la comunidad sefardí.
«No llores, porque estoy seguro de que tú y yo nos volveremos a encontrar, si no en este mundo, entonces en el venidero». Con estas palabras, Trudy reproduce en su libro la despedida de su padre a su madre en Auschwitz. Con esa misma fe, los hijos de Trudy, Ernesto y Raquel, así como el resto de sus familiares la despidieron, con lágrimas sí, pero endulzadas con sonrisas, para celebrar la vida de quien fue un ejemplo de valentía moral en esta Venezuela necesitada de esperanza.

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