EL SUICIDIO PARTICULAR DE PRIMO LEVI ronda en su trabajo póstumo

Una nueva edición monumental de los escritos completos de uno de los más conocidos sobrevivientes de Auschwitz nos muestra a un humanista que trabajaba en la sombra.

ADAM KIRSCH

Cuando Primo Levi murió, en 1987 a la edad de 67, tras rodar por las escaleras de su edificio de apartamentos, en Turín, Italia, su colega escritor y también sobreviviente ElieWiesel hizo un epigrama de su maestro: «Primo Levi murió en Auschwitz cuarenta años más tarde». El suicidio largamente postergado del sobreviviente del Holocausto es una historia cuyas entrelíneas conocemos muy bien. Jean Amery, que se sobrepuso a las torturas de la Gestapo y a Auschiwitz, ingirió una sobredosis de pastillas para dormir en 1978; Paúl Celán, que pasó la guerra en un campo de trabajo forzado en Rumania y vio cómo mataban a sus padres, se ahogó en el Sena en 1970;JerzyKosinski, que estuvo escondido durante toda la ocupación nazi a Polonia, se asfixió en una bañera en 1991. Al lanzarse de un tercer piso, Levi parece estar enviando el mismo mensaje: tuvo que sobrellevar el peso de una experiencia intolerable tanto como se pudo, hasta que las fuerzas cedieron y se tuvo que dejar derrumbar.

Pero, hay una diferencia crucial entre Levi y esos otros escritores de la Shoá: una que resalta en cada página de su Obras completas, que se presentaron recientemente en inglés en una edición hermosísima de tres volúmenes publicada por Ann Goldstein. Amery fue un el autor de un libro llamado Sobre el suicidio, y Celán era un poeta de la incomunicación agonizante; y El pájaro pintado de Kosinski versa sobre una fantasía surrealista que gira alrededor de la muerte y la tortura. Pero, desde su primer al último de sus títulos, el tema de Primo Levi no era la muerte sino la supervivencia, no el triunfo del mal, sino el desafío de este. Era un hombre que vivió Auschwitz y de allí surgió hecho un humanista. Esto lo hizo, ante muchos lectores, en especial los judíos de Estados Unidos, que comparten con la judería italiana una visión asimilada y agnóstica, uno de los espíritus heroicos del siglo XX. Al igual que George Orwell y AleksandrSolzhenitsyn, el nombre de Levi permaneció en favor de la supremacía de los valores humanos ante la violencia avasallante. Todo ello convirtió su suicidio en un acto particularmente oscuro y desalentador, a pesar de que estuvo diciendo que no hallaba la manera de vivir en un mundo donde Auschwitz fue posible.

De hecho, en su trabajo, Levi muestra el dolor de distanciarse de la idea del suicidio como respuesta a la Shoá. En Los hundidos y los salvados, Levi dibuja un contraste agudo entre su cosmovisión y la de Jean Amery. Este apellido era un pseudónimo que formaba un anagrama del nombre Hans Mayer, un judío vienés que fue arrestado por la Gestapo en Bélgica en 1943 y pasó el resto de la guerra en campos de concentración. (Amery y Levi se conocieron en Monowitz, el campo de trabajo industrial que formaba parte del complejo de Auschwitz, aunque en sus escritos Levi no recuerda a Amery, este sostenía que sí lo había visto). En sus libros postbélicos, Amery insistía que no era posible sobreponerse a la experiencia de haber estado a merced de verdugos:  «Cualquiera que haya sido torturado, permanece siendo torturado», escribió, para luego agregar: «La confianza en el mundo… no se recuperará jamás». Por su parte, Levi escribe, a propósito de Amery, que la vida después de Auschwitz era «una muerte sin fin». Pero, el italiano se disocia de esta manera de pensar. Escribió que en parte la diferencia entre él y Amery es que este último se define como intelectual de una manera en que Levi no coincide. Por supuesto, Levi tenía una buena educación sumida en la cultura y la literatura italiana. Uno de los momentos inolvidables de Si esto es un hombre (el título de su primer libro, reeditado en sus Obras completas) es el capítulo llamado El canto de Ulises, en el que Levi describe sus intentos de parafrasear algunas frases del Inferno de Dante. La escena que Levi trata de recordar es aquella en la Ulises realiza su última jornada por el estrecho de Gibraltar: un viaje a un mar desconocido, al que no ha ido antes ningún hombre y donde la tradición señala que no se puede ir. Pero, Ulises, en un momento que constituye uno de los principios del humanismo occidental, le dice a sus marineros que hay que retar esos tabúes: «Hechos nos fuisteis para vivir como brutos, / sino para perseguir virtud y conocimiento». Levi le recitaba estos versos a un compañero de prisión llamado Jean, mientras ambos arrastraban una enorme olla de sopa, y los oían como «el trino de una trompeta, como la voz de Di-os. Por momentos olvidaba quién era y dónde estaba».

Ciertamente esta experiencia corresponde a la de un intelectual: de hecho, uno de los ejemplos más inspiradores del siglo XX de lo que alguna vez fue obvio y que ahora se pone en duda de que las humanidades nos humanizan. Aun así, Levi insiste en que él no es un pensador en el sentido estricto en que lo usa Amery. Para este, el intelectual es alguien que «vive dentro de un cuadro de referencia espiritual en el sentido más amplio…. [y] por la inclinación y la habilidad tiende a formas abstractas de pensamiento». Y Amery creía que tal intelectual estaba en gran desventaja en Auschwitz, tanto física –pues no estaba acostumbrado al trabajo manual– como mentalmente –ya que no podía dejar de preguntarse «por qué» en un lugar donde, según Levi, «no había un porqué».

Por otra parte, Levi dice en Los hundidos y los salvados que se benefició en Auschwitz de no pensar en términos abstractos sobre el significado de esta vivencia. «Quizá debido a que era más joven o más ignorante que él, menos lacerado o menos consciente, yo casi nunca tuve tiempo de contemplar la muerte», expuso en un escrito. Por el contrario, Levi se concentró en los problemas tangibles y las tareas inmediatas de la vida en lo que él siempre llamaba, utilizando la palabra teutona, el lager: «Hurtar un mendrugo, evitar el trabajo extenuante, remendarme los zapatos, robar una escoba… La empresa de vivir es la mejor defensa contra la muerte y no solo en los campos», escribió.

A este hábito de prestarle atención a la realidad y tratar de domarla se lo atribuye Levi en gran parte el hecho de que tenía una educación científica en vez de una literaria. A él lo enviaron a Auschwitz en febrero de 1944, después de que él y otros amigos fueron arrestados por su actividad como partisanos en la Italia ocupada por los nazis. En aquella época tenía veinticuatro años y ya había completado su entrenamiento avanzado como químico industrial: la profesión que continuó ejerciendo cuando volvió a casa tras su estada en el campo, durante casi todo el resto de su vida. Y ser químico lo ayudó a salvarse en el lager. Ello fue verdad en el sentido más pragmático: Levi fue asignado a un laboratorio químico en Monowitz, con lo que eludió el trabajo físico pesado y la exposición a los elementos que mataron tantos prisioneros (también le dio la oportunidad de pillar algunos objetos que podía intercambiar en el mercado negro de los alimentos, lo que era absolutamente indispensable para evitar morirse de hambre ante las escasas raciones oficiales, según lo qué el mismo aclaró).

No obstante, el ser químico también ayudó a Levi en un sentido menos tangible, a juzgar por sus propias palabras. La química le dio lo que él llama «un legado de hábitos mentales», un interés por analizar y por resolver problemas que iba desde lo atómico a ámbito humano: «Si actúo de cierta forma, ¿cómo va a reaccionarán la sustancia que tengo en la mano o mi interlocutor? ¿Por qué eso o él se manifiesta de esta forma o se detiene o altera un comportamiento específico? ¿Puedo anticipar qué va a pasar a mi alrededor en un minuto, un día o en un mes? Y si se puede, ¿cuáles son las señales que deben tomarse en cuenta y cuáles hay que desechar?». Este tipo de curiosidad no solo ayudó a Levi a dominar los códigos secretos múltiples y los desafíos de la vida en Auschwitz, sino que lo mantuvo con la mente sana, interesado en la vida como un problema. «Para mí, el Lager era una universidad. Nos enseñó a ver a nuestro alrededor y a tomarles la medida a los hombres», escribió.

Preservar la idea de educación en tal escenario, donde la probabilidad de la supervivencia día a día era menor y la idea de un futuro estaba ausente, era una bendición, un regalo espiritual. Esta es la parte más impresionante de todas, pues, según lo testifica el propio Levi, entró al Lager siendo ateo y nunca cambió sus convicciones. La única vez que se vio tentado de suplicarle ayuda a Di-os, recuerda, fue cuando se vio ante una comisión de doctores de la SS que decidía cuáles prisioneros debían ser enviados a las cámaras de gas. Pero incluso en ese momento, Levi evitó rezar, pues ello sería una violación a sus creencias. «Las reglas del juego no se cambian cuando está a punto de terminar o cuando uno está perdiendo». No era solo un ateo en la madriguera del zorro, sino uno a las puertas de la cámara de gas: esta es una fortaleza espiritual y una confianza en sí mismo que, irónicamente, normalmente atribuimos a los santos.

La vuelta al título Si esto es un hombre –a cambio del título con que más se le conoce en inglés de Supervivencia en Auschwitz (Survival in Auschwitz)–  es una característica pequeña pero emblemática de la edición de Goldstein de las Obras completas. En este sentido, ella afirma en sus escritos: «Para presentar a Levi como él mismo lo hizo». Esto significa, de manera crucial, que cada libro ha vuelto a ser traducido, a excepción de Si esto es un hombre, que fue revisado por el traductor original, Stuart Woolf. Un equipo de nueve especialistas vertió estas 2.500 páginas al inglés, a la vez que preservó una tónica unificada plausible: el estilo lúcido, penetrante y sin pretensiones que es tan propio de Levi.

La Obra selecta  se mantiene en concordancia con Levi al presentar cada uno de sus volúmenes italianos en su forma y orden originales, un cambio que afecta principalmente sus colecciones de cuentos y ensayos, que muy a menudo son divididas y vueltas a juntar en sus ediciones en inglés. También hay cientos de páginas de prosa que jamás se recogió ni se tradujo, en especial de sus cuentos cortos y ensayos que aparecieron originalmente en los diarios italianos.

El resultado de estos cambios no solo altera radicalmente nuestra percepción de los logros de Levi. Goldstein sostiene en su introducción: «Él no quiso que lo clasificaran solo como un escritor del Holocausto, y esa etiqueta es una injusticia deleznable». También es una realidad que Levi escribió otras cosas más que su experiencia en Auschwitz, que apenas fue un año de los 67 que vivió. Él produjo una libro testimonia, La tregua, sobre la dificultad y el picaresco viaje de vuelta a su casa al finalizar la guerra; una novela poco poderosa, llamada Si ahora no, ¿cuándo?, sobre las experiencias de una banda de partisanos judíos en los tiempos de la guerra en Polonia; unas memorias científicas ingeniosas, El sistema periódico; un libro de una historia semificticia sobre el glamur de la ingeniería, La llave estrella; y numerosos cuentos cortos con un tono de ciencia ficción o de ficción especulativa, recogidos en libros como Historias naturales o Defecto de forma.

De estos libros, El sistema periódico es un tercer clásico, junto a Si esto es un hombre y Los hundidos y los salvados, y diríamos que vale la pena leer La tregua. La otra obra tiene valor principalmente para completar el panorama del pensamiento de Levi y su carácter: especialmente La llave estrella, que es su esbozo más irresistible de las virtudes del trabajo. Pero, en fin no es una injusticia decir que es precisamente en su papel de escritor sobre el Holocausto donde Levi tiene mayor importancia. Su fuerte no está en la invención de tramas ni de personajes: esta carencia se hace evidente en su única novela real, Si ahora no, ¿cuándo?Él resalta al recordar y reflexionar sobre su propia experiencia e inevitablemente la vivencia que absorbe su imaginación era Auschwitz.

El título Supervivencia en Auschwitz que le pusieron al primer libro de Levi cuando apareció en su traducción inglesa en 1959, es en verdad menos sugestivo que el original Si esto es un hombre. Este proviene de una frase del poema de Levi que sirve de prefacio al libro:

Considerad si esto es un hombre

Que brega en el fango

Que no conoce la paz

Que lucha por medio pan

Que muere por un sí o por un no

Sin embargo, Supervivencia en Auschwitz puede ser en realidad más parecido al espíritu del libro de Levi que su propio título. Esta es la crónica más conocida en el mundo sobre el Holocausto: la que los lectores jóvenes, en particular, hallan irresistible, puesto que su enfoque no está en cuestiones metafísicas como la naturaleza humana, sino sobre las cosas pragmáticas de la vida en el lager.  Levi ofrece un reporte claro y específico de la vida un prisionero: cómo dos personas dormían, o caían exhaustos, en un estrecho catre de madera; cómo una dieta basada en sopa producía necesariamente ganas frecuentes de orinar y cómo esto era especialmente tortuoso durante la noche; cómo funcionaba el mercado negro y cuál era el precio de una lonja de pan o de un pedernal para encender un cigarrillo. En resumen, Levi escribe sobre la actividad en el lager, en vez de la pasividad mortal de los mussulmanner o musulmanes, los prisioneros abatidos que se habían rendido en su lucha por la vida. Aunque Levi no le ahorra al lector nada del horror de Auschwitz, su enfoque en la actividad –que significa vida y posibilidades– evita que el libro se vuelva doloroso de leer.

En términos literarios, no sería extravagante comparar Si esto es un hombre con una novela de Jack London, en el sentido de que Levi también está interesado en la forma como los humanos sobreviven en condiciones de extrema dificultad. Es parecida a la de London la forma en que Levi entiende que tales condiciones exponen la lucha darwiniana por la supervivencia que normalmente está oculta en una vida civilizada. Auschwitz, según Levi en Si esto es un hombre, era un «experimento riguroso para determinar lo que inherente y lo que es adquirido en el comportamiento del animal humano enfrentado a la lucha por la vida». Una de las conclusiones más inquietantes de esta experiencia es que la bondad moral, tal como la definimos en nuestra vida cotidiana, no era necesaria ni posible para aquellos que deseaban sobrevivir, para estar entre los salvados y no entre los hundidos.

Normalmente, pensamos en la bondad en términos de la obediencia envolvente a la ley. Pero, esta definición era inútil en Auschwitz, donde las reglas estaban diseñadas para matar a quienes las seguían. Tal como escribe Levi, «lo más sencillo era sucumbir: uno solo debía seguir todas las órdenes que recibía, comer solo la ración, acatar la disciplina del trabajo y del campo». Por lo tanto, la supervivencia significaba anular todos los hábitos morales con los que entró allí el prisionero. Era imperativo robar comida, recargar el rigor del trabajo a otros, aprovecharse de cualquier ventaja posible. Esto implicaba «una lucha extenuante de uno contra todos, y una suma no despreciable de aberraciones y compromisos».

La diferencia entre el salvado y el hundido, que Levi introduce en Si esto es un hombre en 1947, pesó tanto en su conciencia que dedicó un libro entero a ello casi cuarenta años más tarde. En Los hundidos y los salvados, publicado en 1986, retornó a la complejidad moral de la supervivencia en lo que él llamó «la zona gris» de Auschwitz. Era imposible hablar de «dos bandos, víctimas y perseguidores», escribió. En cambio, había una jerarquía de persecución, en el que los prisioneros privilegiados oprimían a los que estaban debajo y los prisioneros ordinarios se veían a sí mismos como rivales en vez de camaradas. Particularmente Levi está impresionado por los sonderkommandos, los prisioneros encargados de evacuar los cadáveres de la cámara de gas, de forma tal que aquellos colaboraban con los crímenes nazis de la forma más íntima. Aun así él insiste: «Nadie tiene la autoridad para juzgarlos, ni siquiera aquellos que pasaron por el lager ni, mucho menos, aquellos que no lo hicieron». Buscar lecciones morales en Auschwitz es mirar en el lugar equivocado, insiste.

Y de hecho la experiencia en el lager no convirtió a Levi en una especie de moralista. La expresión más clara de su ética la podemos hallar no en sus dos libros más famosos sobre el Holocausto, sino en su texto menos conocido también incluido en la Obra completa, en La llave estrella, su cuasi novela de 1978. Este libro extraño consiste en su totalidad en cuentos contados a un narrador, que es más o menos Primo Levi, por un hombre llamado Faussone, un mecánico profesional. Las historias de Faussone a veces mencionan asuntos amorosos o familiares, pero su objeto real es el trabajo: los retos, descritos con gran detalle, de construir un puente o armar una grúa. Lo que Levi está tratando de hacer en La llave estrella es probar que incluso  una obra de construcción puede ser tan dramática y glamurosa como lo es la destrucción en la mayoría de las novelas. ¿El lector se apasiona con la inutilidad tan fácil como lo hace con la maldad?

La respuesta, evidentemente, es no: La llave estrella no es una gran novela, precisamente porque carece de pasión humana. Pero es con este libro en donde la reverencia de Levi por el trabajo surge de manera más clara. «Al oír a Faussone, me siento conforme en mi interior a una hipótesis tentativa que nunca antes había articulado y lo que aquí entrego al lector: como todo el mundo sabe, el término “libertad” tiene muchos significados, pero quizás la forma más accesible de libertad , la que se disfruta de forma más subjetiva y la que más beneficia al orden social, se deriva del hecho de uno ser competente en su propio trabajo, y de ahí generar placer al realizarlo». Basta un momento para darse cuenta de que lo que Levi realmente están diciendo es que «el trabajo nos hace libres: lo que literalmente significa las palabras que les daban la bienvenida a los prisioneros en las puertas de Auschwitz y otros campos, Arbeitmachtfrei.

En esas palabras hay una gran verdad, insiste Levi, lo que es menos verdad por el hecho de que se pervirtieron horriblemente y fueron parodiadas por el fascismo. Uno de los elementos de la vida en Auschwitz que Levi expone con gran fuerza es la forma en que el lager hacía del trabajo un instrumento de tortura. Los prisioneros de Monowitz aparentemente estaban construyendo una fábrica de caucho sintético, cuyos productos ayudarían a los alemanes a ganar la guerra. Pero, ellos eran forzados a trabajar sin herramientas ni entrenamiento –sin mencionar la falta de alimento y descanso– lo que hacía que las labores fueran dolorosas y finalmente inútil: nada de caucho se produjo en Monowitz. En otro capítulo de Si esto es un hombre, llamado El trabajo, Levi describe cómo fue forzado a cargar rieles que pesaban 69 kilos: «Después del primer trayecto, quedé sordo y casi ciego por el esfuerzo, y no podía agacharme por cualquier motivo para evitar el segundo», escribió. El trabajo que realizaba Faussone en La llave estrella es exactamente lo opuesto a esta labor-castigo: lleno de propósito, de pericia y asumido en libertad. En este sentido, Faussone es el anti-Jean Amery, un hombre que vive porque hace y no muere porque piensa.

Levi fue capaz de ejecutar un trabajo fructífero durante las décadas de su carrera como químico en una fábrica de pintura,  tal como lo plantea en detalle en El sistema periódico. Esta biografía inusual, publicada en 1975, está dividida en capítulos que se llaman de acuerdo con los elementos químicos, cada uno de los cuales viene a jugar un papel más o menos central en la historia. En Hidrógeno, por ejemplo, Levi recuerda un experimento clandestino que él y un amigo hicieron cuando eran adolescentes, el cual terminó en una explosión. Se sintió tan atraído por la química desde el temprana edad en parte porque ella representaba la forma de asir y domeñar el mundo físico, escribió. Esta era una habilidad que sintió que se había perdido en su comunidad judía italiana, cuya mayoría de profesionales estaban en un lado y en otro de este esquema: «¿Qué sabíamos hacer con las manos? Nada, o casi nada… Nuestras manos eran torpes y débiles a la vez, deterioradas, insensibles: la parte menos educada de nuestros cuerpos». La química representaba una educación para las manos y la mente al mismo tiempo; y tal como lo demuestra Levi en varios capítulos de El sistema periódico, implicaba una solución de problema tan intricada, si no tan peligrosa, como cada acto que asumía Faussone el mecánico. Era «un caso particular, una versión más agotadora, del oficio de vivir».

En este sentido, las técnicas profesionales del químico y las técnicas de supervivencia del prisionero tendían a converger. Levi describe la primera, pero pudiera estar hablando de la segunda cuando comenta: «Uno se confunde en la oscuridad durante una semana o un mes, y llegarás a pensar de que estará oscuro para siempre, y puedes sentir que estás echándolo todo por la borda… entonces oteas un rayo de luz en la oscuridad, giras en esa dirección, y la luz se hace más brillante, y finalmente el orden se impone al caos». Entonces, la verdad de Auschwitz se parecía más a la amarga descripción del llamado de un químico que su amigo le da por respuesta: «Siempre estuvo oscuro, nunca vimos el rayo de luz, uno golpea la cabeza más y más contra el techo que cada vez se hacía más bajo».

Al leer toda la obra de Levi en esta nueva edición, queda claro que él se valió para sobrevivir de su ética pragmática, su fascinación por la resolución de problemas, y la experiencia de Auschwitz reforzó esa ética y esa fascinación, convirtiéndolas en pilares de su cosmovisión humanística. Pero, Levi fue excesivamente sincero y perspicaz para señalar que las manos habilidosas y un cerebro brillante fueon, en el caso de ellos, capaces de sobreponerse al mal y soportar el lager. En cambio, la supervivencia de Levi dependía de una serie entera de factores que estaba fuera de su alcance y del de cualquier otro. Vivió debido a que tenía veinticuatro años cuando fue deportado, y por ello fue asignado a trabajar en vez de ser enviado a las cámaras de gas, como las mujeres, los niños y los viejos que venían en su transporte. Vivió porque no fue deportado sino en 1944, una época en que, tal como señala en Si esto es un hombre, los nazis habían desacelerado su programa genocida para poder aprovecharse del trabajo judío.  Vivió porque casualmente sabía de química y los nazis necesitaban prisioneros para emplearlos en un laboratorio. Vivió porque contrajo fiebre escarlata precisamente cuando el campo estaba a punto de ser evacuado y por eso lo dejaron atrás en la enfermería, en vez de ser forzado a marchar en las caminatas de la muerte que acabó con casi todos los demás prisioneros. Vivió porque la propia fiebre escarlatina no acabó con él como sí lo hizo con muchos otros pacientes. En resumen, vivió por tal concatenación de razones irrazonables que se acumularon en esa oportunidad. Y ninguna ética humanística es más poderosa que el azar.

Por ende, hay dos maneras de leer la vida y el trabajo de Levi. Puede resultar una historia esperanzadora de un hombre que sobrevive a las peores torturas imaginales y que se las arregla para hallar un significado, propósito y felicidad en la vida. O por el contrario, puede ser la historia de un hombre que accidentalmente se escapa de la muerte y está tan perseguido por la nulidad moral de la supervivencia que, ante los ojos de otros observadores –como Diego Gambetta– su falla final fue no haberse suicidado del todo, sino por accidente. Gambetta presenta argumentos muy fuertes para esta teoría. Levi, el escritor, no dejó una nota de despedida; era tan introvertido y tan delicado para cometer suicidio de forma tan pública; era demasiado científico para escoger un método –saltar de un tercer piso– en el cual había altísimas probabilidades de dejarlo gravemente herido o paralizado; estaba tomando medicamentos que tenían la capacidad de bajarle en exceso la presión sanguínea, que podían producirle mareos y perder el balance.  La cronología que encabeza el primer volumen de sus Obras completas sostiene que el 11 de abril de 1987, «Levi muere, suicidio». Pero, debió aparecer un signo de interrogación sobre esta versión de los hechos, una duda que nos deja al menos un margen de esperanza.

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