El sabio que conocía lo que era el «GUAY» y la «GUAYA», y el «AY» y el «HAY»(AT 860)

José Manuel Pedrosa

Para nadie es ningún secreto que los cuentos emigran con facilidad de un lugar a otro, que saben adaptarse a las lenguas, a las culturas, a los contextos más diferentes, y que son capaces de adoptar formas y desarrollos extraordinariamente originales sin renunciar, al mismo tiempo, a los vínculos que los ligan unos a otros y que les asocian a familias y a ramas que se extienden por las épocas y por las geografías más insospechadas. El relato cuyos pasos vamos a seguir es uno de los que mejor pueden ejemplificar todos estos fenómenos. Se trata del que tiene el número 860 en el monumental catálogo de cuentos universales de Antti Aarne y de Stith Thompson, en el que fue resumido del modo siguiente:

Las nueces de ¡ay, ay, ay!: una princesa es ofrecida al hombre que traiga un vaso con todas las aguas, un ramo de todas las flores y las nueces de ¡ay, ay, ay! El héroe trae agua del mar, una colmena y una castaña con espinas que hace que el rey grite ¡ay, ay, ay!1

A juzgar por las escuetas indicaciones de este mismo catálogo, la dispersión geográfica de nuestro cuento es tan escasa como llamativa, pues sólo una versión argentina, algunas puertorriqueñas, una «judía» y otra de «las Indias orientales» pudieron ser localizadas por el equipo catalogador. De la versión de las Indias Orientales no he logrado averiguar otra cosa más que su referencia abreviada en el propio catálogo de Aarne y Thompson, que remite a «West Indies: Flowers 470». Lo más probable es que se trate de alguna versión recogida en cualquiera de las islas del Caribe, posiblemente de las de habla inglesa o francesa.
En cuanto a la versión «judía», a la que tampoco he podido acceder, fue publicada, a tenor de los datos que ofrece el catálogo de Aarne y Thompson en uno de los seis volúmenes de Der Born Judas: Legenden, Märchen und Erzählungen (Leipzig, 1918) II, 114, de M. J. Bin Gorion. Sospecho que este autor debió tomarla del libro hebreo de Ben-Sirá, una de las más importantes compilaciones de cuentos de todos los tiempos, y, desde luego, una de las más clásicas de la tradición judía, cuyas protoversiones parece que pudieron ver la luz en el norte de África (algunos autores señalan hacia el sur de Italia o hacia Al-Ándalus) entre los siglos VII y X, cuyos primeros testimonios manuscritos datan del siglo XIII, y de la que empiezan a conocerse ediciones impresas a partir de 1519. Su reciente publicación en castellano, en versión cuidadísima de Elena Romero, que enfrenta, contrasta y comenta una traducción del hebreo y una versión sefardí, ofrece por fin al lector en español la posibilidad de adentrarse en esta obra tan fundamental como desatendida de la cuentística universal, y de establecer paralelismos y concordancias hasta ahora muy difíciles de lograr con nuestra propia tradición hispánica.
Uno de los cuentos más curiosos de esta trascendental compilación, cuyo protagonista es el niño sabio Ben-Sirá (encarnación del difundísimo y universal tópico del puer senex), es el que Elena Romero ha traducido así de una edición en hebreo que vio la luz en Venecia en 1544:

Hasta que se difundió su fama [de Ben-Sirá] por todo el mundo, y finalmente oyó [hablar] Nabucodonosor, rey de Babilonia, [acerca de] su sabiduría. ¿Y de quién lo oyó? De sus sabios, pues cuando oyeron sus sabios [hablar de] su sabiduría, se dijeron:
–¡Ay de nosotros!, ¡guay por nosotros!, que ahora nos hará perecer Nabucodonosor. A no ser que le malsinemos ante el rey para que envíe a por él. Le preguntaremos algo difícil que nosotros conozcamos, pero él no; y si no nos da respuesta, le daremos muerte.
Así [lo] hicieron. Informaron al rey y envió a por él. [Pero antes] indagó:
–¿Y qué queréis preguntarle?
Le respondieron:
–¿Qué es ay y guaya? Si lo sabe, bien; pero si no, le daremos muerte.
Fueron a por él mil jinetes; todos ellos tenían los dedos mutilados y eran arrancadores de árboles, pero todos ellos al unísono le dijeron al rey:
–Señor nuestro, si quieres enviarnos por todo el mundo, iremos; pero no nos envíes a uno de los sabios de Israel, no sea que haga con nosotros como lo que hizo Eliseo con los ejércitos de Siria.
Les escribió [el rey el siguiente mensaje]: A las bestias de campo se las he dado para su servicio [Jer. 27.6] [y les dijo:]
–Cuando os diga: «Marchaos [de aquí]», le diréis esta señal que me prometió su Di-os y vendrá con vosotros. –Y se lo escribió a ellos en una carta.
Cuando llegaron ante él y le mostraron la carta, les dijo Ben-Sirá:
–No os ha enviado [el rey] a por mí, sino a por una liebre que tengo.
Tomó luego la liebre y escribió su cabeza [depilándole el pelo]: «Ciertamente esta es una bestia del campo y te servirá».
[Cuando recibió Nabucodonosor la liebre] preguntó:
–¿Cómo está rapado este pelo como un pergamino? –Y añadió–: No [parece] como [hecho con] hierro ni como [con] otra cosa [semejante, pues] veo la carne dentro y el pergamino no es posible que contenga carne. –Y no sabía cómo estaba hecho.
Luego envió [Nabucodonosor] otro destacamento a por él y le mandó [a decir] por escrito: «Si no quieres venir en honor mío, ven en honor de tu liebre».
Entonces se ablandó [Ben-Sirá], complaciéndole el asunto, y fue a visitarlo; y cuando vino a su lado entonces tenía siete años.
Al punto se reunieron todos los sabios de Nabucodonosor ante él y empezaron a preguntarle, diciéndole:
–¿Qué es ay y guaya?
Les contestó:
–Cuando oísteis hablar de mí, ciertamente tuvisteis el ay; y ahora, si os doy muerte, he aquí que tendréis la guaya.
Le dijeron:
–Explícanos claramente qué es guaya y qué es guay.
[Dijo:]
–En ella [en la última palabra] hay dos vav 2 y su significado es que cuando va caminando un hombre y se da con un perro y [este]le agarra por la oreja, en verdad que guay de él. Pero, si cuando aún no se ha librado de una serpiente, viene contra él un león, entonces ciertamente ay [de él] y guaya [por él].
Al oír aquello se asustaron [los sabios], pero dejando de lado tales palabras, dijeron:
–No entendemos qué es lo que dices. Muéstranos a nuestros ojos guay y guaya.
En seguida fue [Ben-Sirá] y cogió una cesta que tenía dos bocas. Fue y atrapó tres culebras y tres alacranes, y poniendo los alacranes en la boca inferior y las culebras en la boca superior, cerró la cesta y regresó ante el rey. Le preguntaron sus sabios:
–¿Qué hay en esa cesta?
Les contestó:
–Mirad.
Al punto puso uno de ellos su mano en la cesta en la boca de arriba, y al palpar las culebras exclamó:
–¡Guay! ¿Qué es esto? –Puso su mano en la boca de abajo, y al picarle un alacrán, gritó–: ¡Guay y guaya!
Les dijo Ben-Sirá:
–Ciertamente ya os habéis enterado de lo que es guay y guaya y lo habéis visto.
Cuando [los sabios] vieron aquello, de inmediato se asustaron, y estremeciéndose y temblando, cayeron de bruces.
Les dijo el rey:
–Establecisteis conmigo la condición de que si [Ben-Sirá] no sabía [qué era] guay y guaya, le daríais muerte. Ciertamente ha sabido [lo que era] guay y guaya. La sentencia que disteis contra él de que fuera muerto, ahora los reos de muerte sois vosotros.
Le contestaron:
–Haga el rey con sus siervos lo que desee.
En seguida se los entregó a Ben-Sirá, quien les dijo:
–¿Acaso no os había dicho que vosotros no me habíais hecho venir sino por guay y guaya?
Luego les cogió, y arrojándolos en el pozo de los leones, murieron: [allí les] vino el guay y guaya.
Tomó entonces el rey a Ben-Sirá, y asentándolo en un trono de oro y poniéndole una corona en la cabeza, le dijo el monarca:
–Yo te haré rey, pues eres digno de reinar.
Le contestó:
–Mi señor, no quiero, que soy pequeño; y [además] no me corresponde a mí reinar sobre Israel, ya que no soy de la estirpe de David 3.

Elena Romero ha vertido agudamente un juego de palabras hebreo que enfrenta la exclamación ay (de sentido similar a la castellana) con la exclamación way «guay», que «significa «duelo, endecha, llanto» por una desgracia terrible o irreparable». Se da, además, la coincidencia afortunada de que también en español la exclamación guay y el sustantivo de su misma familia guaya tienen los mismos sentidos, puesto que están bien documentados sus usos respectivos como exclamación de dolor y como sinónimo de «endecha» o de «planto funeral», lo que facilita sin duda la coincidencia, sin pérdida de sentido ni de coherencia, entre el juego de palabras hebreo y el equívoco verbal castellano.
Ello explica que se documenten en nuestra lengua española versiones del mismo cuento basadas en procedimientos retórico-estilísticos similares. Julio Camarena y Maxime Chevalier, en su monumental y muy reciente Catálogo tipológico del cuento folklórico español, han remitido a docenas de versiones recogidas en toda la geografía española de habla castellana, pero también a versiones catalanas, gallegas, vascas, a muchas recogidas en todo el ámbito hispanoamericano, e incluso a unas cuantas portuguesas, que amplían de forma muy considerable el ya muy anticuado catálogo de Aarne y Thompson 4.
Una versión de extraordinaria importancia, porque documenta la tradicionalidad del cuento hace siglos, es la que incluyó Joan de Timoneda en su Sobremesa y alivio de caminantes, una colección de chistes que fue publicada en 1563 y ampliada en 1569:

Recibió un caballero por criado un mozo, al parecer simple, llamado Pedro. Y, por burlarse de él, diole un día dos dineros, y díjole:
–Ve a la plaza, y tráeme un dinero de uvas y otro de aij.
El pobre mozo, comprado que hubo las uvas, se reían y burlaban de él, viendo que pedía un dinero de aij. Conociendo que su amo lo había hecho por burla, puso las uvas en la capilla de la capa, y encima de ellas un manojo de ortigas. Y, llegado a casa, díjole el amo:
–Pues, ¿traes recaudo?
Dijo el mozo:
–Sí, señor, ponga la mano en la capilla y sáquelo.
Puesta la mano, encontró con las ortigas, y dijo:
–¡Aij!
Respondió el mozo:
–Tras eso vienen las uvas, señor 5.

El cuento sigue estando muy difundido en la tradición oral moderna de España y de Hispanoamérica. Podemos comprobarlo mediante la siguiente versión, recogida en el pueblo de Cuzcurrita de Aranda (Burgos):
Pues eran un capitán y su señora y el asistente. Y tendrían invitados [en casa], porque era para reírse [del asistente] con los invitados.
Dice [el capitán del asistente] –Me hace bien las cosas, pero es un poco tonto. Verás cómo nos vamos a reír [con él] un rato. –Y le dice:–mira, vete a la tienda, toma ocho duros y me traes dos de «hay», dos de «no hay» y cuatro de guindas.
Va el chico y dice:
–¡Este hombre!…. Bueno, bueno –dice–, yo no encuentro otra solución.
Llega, se rompe un poquito el bolso [del pantalón], se saca un poquito el aparato [el pene] para ese bolso, y en el otro nada. Viene a casa y le dice:
–A ver, hijo, ¿me has hecho bien el recao?
Dice:
–Sí, sí señor.
–A ver, ¿cómo?
Dice:
–Pues aquí lo traigo en el bolso.
Y le dice el capitán a su señora:
–Anda, mira a ver. Métele la mano al bolso.
Mete la mano, se tropieza [con lo que tenía entre las piernas, que se lo había metido a ese bolso], y dice:
–¡Ay!
Y después, mete la mano en el otro bolso, y dice:
–No hay.
Claro, le traía vacío.
Y después, con la otra mano, dice:
–Tome.
Y [le entrega] los cuatro duros de guindas.
Con lo cual, [el asistente] le había sisao cuatro duros, y ya quedaron todos contentos 6.
Esta otra versión fue obtenida de una persona del pueblo de Mocejón (Toledo):

El rey y la reina discutían, y la reina decía que eran más listos los estudiantes que los militares, y el rey decía al contrario. Y entonces le da la reina dos pesetas a un estudiante y le dice que traiga una peseta de lo que hay y otra peseta de lo que no hay. Y le trajo una peseta de lo que había, pero de lo que no había no le trajo nada, porque no había. Entonces el rey llama a un soldao, y le da las dos pesetas y le dice que le traiga igual, una peseta de lo que hay y otra peseta de lo que no hay.
El soldao se encuentra otro amigo y le dice que se vaya a gastárselo en vino. Y entonces, cuando vuelve el soldao, le dice la reina que si lo ha traído. Y le dice el soldao que sí que lo trae. Y le dice que le meta la mano en un bolsillo. Le mete la mano en el bolsillo, y al no encontrar nada dice:
–Que no hay nada.
Y el soldao le contesta que era una peseta. Una peseta de lo que no había.
Y entonces, al preguntarle por la otra peseta, le dice que le meta la mano en el otro bolsillo. Lo cual que el bolsillo lo tenía roto, y le llevó la mano a los cojones. Y entonces ella, claro, al llegar allí dice:
–¡Ay!
Y el otro contestó:
–¡La otra peseta 7!

La siguiente es otra versión española recogida en el pueblo de Miajadas (Cáceres):

La reina y el rey le daban una moneda a un soldao y a un estudiante para que fueran a comprar un real de «hay» y otro que «no hay». Entonces llegó el estudiante harto de andar por todos los comercios del pueblo. Y no encontraba eso, y se rindió. Y el soldao llega, y se arrancó el forro de un bolsillo, y en el otro entró un puñao de ortigas. Y llega la reina, entra la mano en el bolsillo, en el que no tenía nada y dice:
–Meta la mano usté aquí a ver.
–«No hay».
Y luego entra en el bolsillo la otra mano. Y se picó y:
–«¡Ay!».
Ahí está el de «hay». O sea, que siempre ganaba el soldao otra vez, ¿no8?

La siguiente versión vasca, traducida del euskera al castellano, puede permitirnos apreciar cómo el mismo juego de palabras en que se basan las versiones en hebreo y en español puede ser operativo también en otras lenguas:

–Muchacha, le dijo un señor a su criada–, ahí tienes tres cuartos y con ellos compra tres cosas: nadar, de cuatro maravedíes; no nadar, de otros cuatro, y ay, de otros tantos.
Fue la muchacha a cumplir estos encargos de su amo y compró un corcho con el primer curto, con el segundo un pedazo de plomo y con el tercero un alfiler largo. En cuanto llegó a casa puso un balde con agua y llamándole a su amo le dijo que allí tenía sus compras.
–Vamos a ver, ¿dónde las tienes?
Entonces la muchacha, tirando al cubo el corcho:
–Ahí –dijo–, ahí anda en el agua cuatro maravedíes de nadar –y arrojando el plomo– Ahí otros cuatro de no nadar.
–¿Y el tercero, dónde está?
–Espere usted un poco.
Y sacando del pañuelo del pecho el alfiler largo de cabeza grande le metió en la pierna a su amo.
–¡Ay, ay, ay! –gritó este.
La muchacha contestó con sorna:
–¿No es acaso bastante ay para comprar por cuatro maravedíes9?

Cuando por fin sea publicada la anunciada y esperadísima revisión y ampliación del catálogo tipológico de Aarne y Thompson que lleva años preparando el profesor Hans-Jörg Uther, podremos descubrir si el cuento-tipo 860 conoce versiones en otras tradiciones, y si el juego de equívocos verbales en que se basa resulta operativo o ha podido ser al menos adaptado a otras lenguas o ámbitos. Mientras tanto, establecer las concordancias entre la viejísima versión hebrea del libro de Ben-Sirá y las tradiciones contemporáneas en las lenguas española y vasca, más la constancia que tenemos de su existencia en otras lenguas hermanas del español, como el catalán, el gallego y el portugués, y acaso también en el inglés o en el francés de «las Indias Occidentales» a las que se refirió escuetamente el catálogo iniciado por Aarne y desarrollado por Thompson, constituye un avance nada pequeño para nuestro conocimiento de su tradición y de su poética.

NOTAS
1. Traduzco de Antti Aarne y Stith Thompson, The Types of the Folktale: a Classification and Bibliography [FF Communications 184] 2ª revisión (Helsinki: Suomalainen Tiedeakatemia-Academia Scientiarum Fennica, 1981) núm. 860. Véase además la catalogación de sus motivos constitutivos en Thompson, Motif-Index of Folk Literature: a Classification of Narrative Elements in Folktales, Ballads, Myths, Fables, Mediaeval Romances, Exempla, Fabliaux, Jest-Books and Local Legends, ed. rev. y aum., 6 vols. (Bloomington & Indianapolis-Copenhague: Indiana University-Rosenkilde & Bagger, 1955-1958) núms. H 1377.1, H 1377.2 y H.1377.3.
2. [Nota de la traductora]: «La palabra vav, además de designar a la sexta letra del alefato, sirve también para denominar la conjunción ilativa y; de ahí parece deducirse que la dúplice vav de way –que implica la connotación de «y»– alude a un tipo de desgracia mayor sobreañadida a otra menor previa, como lo muestra el ejemplo que sigue».
3. Andanzas y prodigios de Ben-Sirá, ed. E. Romero (Madrid: CSIC, 2001) pp. 73-81.
4. Véase Julio Camarena y Maxime Chevalier, Catálogo tipolólico del cuento folklórico español Cuentos novela (Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 2003) núm. 860.
5. Joan Timoneda, Sobremesa y Alivio de Caminantes, en Joan Timoneda y Joan Aragonés, Buen Aviso y Porta Cuentos. El Sobremesa y Alivio de Caminantes. Cuentos, ed. P. Cuartero y M. Chevalier (Madrid: Espasa Calpe, 1990) Primera Parte, Cuento 51, pp. 233-234.
6. Elías Rubio Marcos, José Manuel Pedrosa y César Javier Palacios, Cuentos burgaleses de tradición oral (teoría, etnotextos y comparatismo) (Burgos: Colección Tentenublo, 2002) núm. 94.
7. El informante fue Canuto Pérez, nacido en Mocejón (Toledo) en 1940, y entrevistado por mí en Madrid el 4 de septiembre de 1993.
El informante fue Antonio Rosa Cañamero, nacido en 1931 en Miajadas (Cáceres) y entrevistado por mí allí el 20 de agosto de 1989.
8. Resurrección Mª de Azkue, Euskaleriaren Yakintza: Literatura popular del País Vasco, 4 vols., reed. (Madrid: Euskaltzaindia-Espasa Calpe, 1989) II, núm. 201.