EL CEMENTERIO JUDÍO DE TETUÁN: un vistazo (extracto)

Philip Abensour

Está considerado, por su antigüedad, su alcance y sus particularidades como una fuente excepcional1 para el estudio del judaísmo norafricano, el cementerio judío de Tetuán, en Marruecos, curiosamente no ha sido objeto, hasta hace poco, de una sola investigación profunda. Una revisión exhaustiva del cementerio sería de un gran interés para la genealogía y la historia de los judíos tetuaníes.

Historia
Nombrada desde el año 710 en las historias árabes o europeas, la ciudad de Tetuán, al extremo norte de Marruecos, desapareció a principios del siglo XV, destruida indudablemente por los conquistadores españoles.
Su renacimiento y su verdadero comienzo como poblado con influencia data de finales del mismo siglo, debido a que los inmigrantes hispanomusulmanes provenientes de Granada, dirigidos por Abul-Hassán al Mandarí la reconstruyeron, según el trazado andaluz que persiste hasta el día de hoy.
Los primeros habitantes judíos, expulsados de España en 1492, llegaron en la misma época, cuando se estaba levantando la nueva ciudad, ya fuera que arribaran directamente de la Península Ibérica o bien más tarde tras una estancia en Fez, entonces capital del reino.
Así, la comunidad judía de Tetuán se distingue de las de otras localidades de Marruecos, pues esta estaba constituida desde el principio exclusivamente por judíos exiliados de España (megorashim) y no por los israelitas autóctonos (toshavim).
El cementerio judío fue creado probablemente poco después de 1492, aunque la kehilá fue organizada formalmente en 1530 por el rabino HaimBibas, según las reglas y costumbres de los judíos de Castilla.
En un principio, el barrio judío o Judería se hallaba cerca del cementerio, al noreste de la ciudad, hasta su destrucción en 1790 por el sultán MulayYazid.
El nuevo sector israelita, muy característicos por sus veredas paralelas atravesadas por una calle central rectilínea, se construyó por un decreto o dahir del sultán MulaySliman con fecha de 5 de agosto de 1807, al este de Tetuán.

Leyendas y tradiciones
El cementerio judío de Tetuán fue escenario, a lo largo de sus cinco siglos de existencia, de muchas leyendas, pasadas y transformadas de generación en generación, como las siguientes:

PIEDRA CAÍDA
Hace mucho tiempo que vivía en Tetuán un rabino muy venerado, tanto por judíos como por musulmanes, que se llamaba ribí Isaac Cohén (o quizás fuese rabí Moshé Caro, según un testimonio local). A su muerte, los islámicos se apoderaron de su cuerpo a fin de enterrarlo en su camposanto. La noche siguiente, un grupo de judíos recuperó el cadáver del rabino y lo inhumaron clandestinamente en su cementerio. En la mañana, las autoridades moras enviaron los guardias para buscar el cuerpo para luego descubrir, con estupefacción, que la tumba del rabino estaba cubierta de una enorme piedra, imposible de levantar.
Con la convicción de que tal roca venía de lo alto, esta toma el nombre de Piedra caída. Ese monolito aún es visible hoy en día en el cementerio.
Hay otras versiones de la misma leyenda. Según una de ellas, el rabino habría traspasado sin percatarse la puerta de una mezquita, que según los musulmanes, significaba que quería abrazar la religión islámica. Tras negarse, el rabino fue ahorcado por ellos. Los judíos querían enterrarlo según la Torá, por lo que rescataron el cuerpo y lo llevaron al cementerio de Castilla. Al día siguiente, la famosa piedra monumental recubría la tumba.

EL POCITO
Un pozo pequeño, situado precisamente a una lado de la Piedra caída, es igualmente objeto de creencias, especialmente por parte de las mujeres que no podían tener hijos, que venían allí a rezar.
SALMOS Y LLUVIA
Durante un período de sequía, los musulmanes amenazaron a los judíos de arremeter violentamente contra ellos si no provocaban la lluvia. El rabino HasdayAlmosnino vino a rezar al cementerio y al comienzo de la lectura de un salmo, la lluvia comenzó a caer.

Descubrimiento del cementerio
De una superficie de casi quince hectáreas, el cementerio judío está situado al noreste de Tetuán. Al salir de la ciudad vía Ceuta, se le puede observar a la izquierda, justo antes del panteón musulmán.
El camposanto está flanqueado de colinas y se extiende hacia lo alto, hasta perderse de vista.
El muro que lo rodea completamente fue construido en 1931, mediante una campaña de recolección de fondos entre los judíos de Tetuán que duró tres años.
Después de traspasar la rejita de entrada y recorrer una senda de unos cien metros, se observa una bifurcación.
A la derecha, en la parte de abajo, se halla la parte más nueva, que aún está en uso.
A la izquierda, se va a los altos del cementerio por un camino estrecho, marcado por pasos cada día más difusos.
En la subida, se descubre a la derecha una zona de tumbas fechadas a finales del siglo XIX y del principio del XX. En la parte derecha de la parcela, se halla el túmulo del rabino Isaac Bengualid (1777-1870), indudablemente el más ilustre de los líderes religiosos de Tetuán. La piedra está recubierta de cal, así como también, de un lado y del otro, las de sus hijos Semtob y Vidal. Ninguna tiene epitafio.
Al ir a la izquierda se perciben algunas parcelas, especialmente la de Nahón, y más allá, el Cementerio de Castilla.

El Cementerio de Castilla
La zona más antigua del camposanto se llama así porque allí sin dudas fue uno de los primeros lugares donde los judíos exiliados de España en Marruecos tuvieron su sepultura.
La mayor parte de la tumbas se halla en la parte baja.
La zona superior del cementerio es mucho menos densa. Un terreno inmenso casi desértico se nos abre ante los ojos. Unas tumbas dispersas y donde cada vez menos se pueden observar los nombres. Un poco más de quince no tienen ninguna inscripción.
Y he aquí una, muy citada, sin fecha: µrm[ µhrba r µkjhes decir, «el sabio rabino Abraham Amram». Las otras están en camino de ser descifradas.
De hecho, la ausencia de epitafios es conforme a la tradición de no mencionar nada sobre las tumbas de personas que tenían descendientes, sino que solo los individuos sin hijos tenían derecho a una inscripción, con el fin de dejar una pista para la posteridad.
Diferentes formas y motivos geométricos pueden describirse. Las tumbas tiene una forma antropomórficas (y no a manera de paralelepípedos) más o menos marcada, lo que parece corresponder a una influencia más autóctona y fenicia que española.
Cuando se encuentra una inscripción, esta figura exclusivamente en la parte circular superior de la tumba.
No es sino a partir de finales del siglo XIX que se hallan los epitafios a lo largo de toda la piedra tumular, y la primera pareciera ser la del rabino Isaac Nahón, muerto aproximadamente en 1882.

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