El camino de un pueblo singular: Entrevista a Fernando Carbonell

Fernando Carbonell, presidente de Tarbut Sefarad de Lucena, es un apasionado del judaísmo. Sus estudios universitarios y su actividad profesional lo han llevado discurrir por el mundo de la filosofía y de las expresiones creativas de los judíos, tanto de diáspora sefardí como de la askenazí, hasta convertirse en un experto en lo que se refiere al klézmer y el jasidismo. Nuestro asiduo colaborador Antonio Escudero Ríos -filósofo extremeño y creador de la Nueva Orden de Toledo, que lucha contra el antisemitismo- lo entrevista sobre lo que significa el pueblo judío para Carbonell y éste aporta interesantes puntos de vista sobre la definición de lo indefinible.

Antonio Escudero R. –Antonio Machado, un poeta singularmente amado por mí, escribe: «Caminante, no hay caminos, se hace camino al andar». Ligando esto con el destino errante del pueblo judío, son su constante peregrinación en busca de una tierra donde asentarse, yo te preguntaría si no te parece contradictorio que un pueblo tan «definido» como el judío se haya constituido sobre caminos hechos al andar, sin fin ni meta precisa, salvo su asentamiento en Israel.

Fernando Carbonell. –Sí, es muy contradictorio. Y ahí está su gran valor, su interés, su misterio. Pero no creo en las contradicciones, creo que todas son aparentes. Pues una contradicción exige (significa) su superación. Es una incitación a superarla. Aunque ello costara toda una vida, o toda la historia humana.

Así le pasa a esa contradicción que señalas en el pueblo judío. Es una contradicción enormemente vital, con vitalidad sin fin, probablemente. Porque nace y se realimenta a lo largo de los siglos en la idea con la que el pueblo judío se ha identificado, la idea de eso que no puede nombrarse y yo aquí no lo intentaré… y le llamo «idea», como podría llamarle «soplo» o callarme, o cualquier otra cosa.

El pueblo judío ha rodado por el mundo como una hoja en el viento, como cualquier otro pueblo. Pero él ha mantenido esa identificación, eso es un misterio. ¿Qué tiene ese «soplo» que tanto le ha dado, o recibido, o qué, a los que se han puesto en su corriente?

Pero en esa identificación no sólo ha estado el «soplo», sino también: «la escritura», en general; y un libro en especial. Y ello ha contribuido a dejar en la historia un rastro que, a través, y a pesar, y gracias, a idolatrías, herejías y ateísmos, llega hasta hoy, vivísimo.

La «definición» del pueblo judío nace en «lo indefinible». ¿Sin fin definido, dices en tu pregunta, «salvo su asentamiento en Israel»? Entre las inacabables contradicciones a las que esa «indefinición» conduce está un compromiso intenso con la vida, las personas, la vida diaria, las cosillas y, entre ellas, la tierra y el paisaje. El judío ha sido ciudadano del mundo y al mismo tiempo ha vivido una tensión física con la tierra, generalmente hacia Tierra Santa, pero también hacia su shtetl de Ashkenaz, y sobre todo hacia la cibdad de Sefarad.

AER: –Se dice que la Historia comenzó con la escritura. Teniendo en cuenta que no hay pueblo como el judío que se haya construido sobre las escrituras entendidas como Ley, mandato, ¿serían los profetas hebreos los primeros constructores de la Historia tal como la entendemos: no desde atrás, sino hacia adelante, reclamada desde el futuro?
FC: –En esa identificación, junto al «soplo», estaba «la escritura». Sí. El judío quiso ser un pueblo de escritores y lectores. Y hay, ahora, una estremecedora coherencia (no menos misteriosa que la contradicción, que vimos antes) en que sea el pueblo que se identificó en todas sus estructuras sociales a ese medio del pensamiento, la escritura, el que pervive, como el más antiguo, desde el principio de la historia, desde su fundación.
Toda su historia, pensamiento e instituciones son proyección de la naturaleza propia de la escritura. Como ésta, guarda su deuda con el habla, el sonido, aliento, las oscuras fuentes de la palabra y el pensamiento, el inconsciente y el sueño. Se moldea en la vida y cuenta lo pasado. Se proyecta al futuro, y se hace proyecto y ley, vida. Y utopía. Mesianismo.

Esta múltiple dimensión vital no sólo está en los profetas canónicos. Está por toda la literatura y cultura judía, tanto hebrea como yídica o sefardí. O en cualquier otro idioma o medio. Está en Kafka. En Spinoza. En el cine… en el humor… No tengo entendido que la Historia «tal como la entendemos», la de las facultades universitarias de Historia, posea toda esa riqueza, sino que se limita a lo que considera hechos, del pasado y fuentes del presente, contrastadas, en la línea restrictiva en la que también se mantuvo, en el judaísmo, la Haskalá, hoy muy superada.

AER: –Parece que el pueblo judío, más que reivindicación del espacio, ha estado siempre buscando el tiempo, en la historia. ¿Es ése también tu parecer?
FC: –Bueno, de ello me hace más consciente tu pregunta. El compromiso del judío con la vida lo lleva a la dimensión temporal, la dinámica. También entre los pueblos de Oriente Medio, por Mesopotamia, se usaba como alabanza suprema la expresión de «Señor del Tiempo».
Para la cultura católica, y quizá cristiana, es la inmutabilidad una característica esencial de Di-os, de un Di-os parmenídeo. He sabido que cuando judíos y griegos se encontraron, identificaron más bien a su innombrable, con el devenir, con el fuego heracliteano.
Antes hemos hablado de cómo la escritura ha conformado sus dimensiones en la cultura e historia judías. Y, entre ellas, y quizá sobre todas, la dimensión profética. No entendida como una mera predicción dentro de un tiempo lineal, único, sino, como en alguna Cábala (entre ellas la española), como «inspiración profética», en el seno de una, llamémosla «dimensión», diríamos, múltiple, de vivir el tiempo… ya… laberinto de posibilidades. (Esta dimensión plural los lleva a que cuando casi nombran lo innombrable, en hebreo, lo hacen en plural).
¿Por eso ha permanecido, ha sobrevivido, el pueblo judío, en el tiempo? Ello, como digo, dentro de un compromiso vital: no sólo viviendo dimensiones, en abstracto, sino buscando e interpretando signos, del tiempo y de los tiempos. El mesianismo es una de sus más famosas e influyentes tensiones temporales.Y, bueno, a lo largo de la historia no siempre dejaron lo mesiánico en un futuro lejano que no nos compromete porque a él nunca se llega. En más de una ocasión tuvieron la valentía de decir: ¡Ahora! Tanto en su pensamiento religioso como político, en tanto haya alguna diferencia.

AER: –¿No crees que la Historia en el caso de los judíos, más que basada en el progreso, es una historia sagrada, acrónica, de la Divinidad en los hombres, de la palabra de Di-os hecha escritura, contada una y otra vez?
FC: –Sí. De esa idea partí, al empezar estos paseos reflexivos a los que me invitas: «soplo» (o «inquietud», podríamos también llamarlo) y «escritura». En ellos se hace y deshace la historia judía en su riqueza no lineal (¿diré «rizomática», con el término de Deleuze? ¿mejor orgánica, viva?), tanto en el espacio como en el tiempo, recorriendo el mundo, los países, los ascensos y las caídas, atravesando otros pueblos, progresos y regresos diversos, crónicas e historias, oficiales y clandestinas. Pero, inquietud y escritura. Quizá, de entre ellas, sea la inquietud, sagrada, la que parece darle su carácter misterioso, acrónico, que la conecta con lo que está más allá de lo civil y terrenal. Pero, si es así, no olvidemos que está también la escritura, el compromiso con las huellas dejadas en el mundo, en lo civil: la Ley. Por eso no sólo es historia sagrada; también puede haber en el pueblo judío historia civil, crónica. ¡O crónicas! Pues una historia civil judía, atenida a los hechos, para la que la «inquietud» sea sólo un hecho, aunque bien complejo, que ignorara todo más allá, una así nunca sería una mera historia lineal basada sólo en la idea de progreso, sino en muchas otras ideas que le dan ese carácter vivo, plural, al que antes me referí.

Y, por cierto ¿es la «inquietud», la insaciabilidad indefinible siempre más allá, o es la «escritura», cuál de las dos, es la que, en nuestros días, lleva al pensamiento y cultura judíos (¡oh paradoja de paradojas!) más allá de ser, como ha venido definiéndolo la historiografía oficial, el pueblo inventor del monoteísmo, ligado en su constitución e historia al monoteísmo (como algunos podrían interpretar muchas de mis consideraciones)? ¿Cuál de las dos es la que lleva a la cultura judía, digo, a alentar y vislumbrar horizontes, y sentir lo sagrado, incluso por los senderos de un ateísmo, o un agnosticismo? No sé. Probablemente, ambas: una indiscriminada «inquietud», siempre en torno al signo.

AER: –¿Cómo se combina la fuerte individualidad judía con el sentimiento de colectividad de ser pueblo?
FC: –Con inteligencia. Como el judío, yo contestaría, una y otra vez, como tú dices, con lo mismo: «inquietud» sin fin y «escritura».

El que se identifiquen con una «inquietud» sin nombre, favorece, invita poderosamente a la individualidad, a la libertad. El que busquen en el pozo indefinible de la tradición, donde el individuo debe revivirla desde lo más propio y exclusivo de sí mismo, también. El judío se ha identificado con una unidad tremendamente plural. Ya antes indiqué que uno de los nombres del innombrable horizonte eterno de «inquietud» al que se dirigen está en plural. Podríamos traducirlo, del hebreo, (corríjanme los entendidos) literalmente por «direcciones», «orientaciones», «caminos».

¡Cuántas autoridades han defendido un judaísmo sin dogmas! (¡Pienso ahora en el gran Abraham ben David de Posquières, con el que me he encontrado, en escritos, hace unos días, polemizando con mi paisano y colega Maimónides!).

Y «escritura»… Ya sólo su primera letra, su signo soberano, la que expresa precisamente la unidad, esa letra álef, tan rica y compleja, es casi un aspa, una cruz universal, astronómica, desde los cuatro puntos cardinales. Pero no. Tiene una interrupción, una diferencia, justo en el centro. Y está también su larga tradición de interpretación de la sagrada escritura. Hay que decir que sí, que en la sagrada escritura está la pena de muerte; pero, que ya desde el siglo II ¿o fue el III? se abolió en la práctica. ¿Fueron los judíos pioneros en eso? Los legisladores interpretaron el imperativo del «no matarás» como más supremamente categórico.

Cuando Marc Chagall vivió en un colectivo estudio de pintores en el París de principios del siglo XX, decía que los italianos cantaban y que los judíos discutían. Dice el refrán que donde hay dos judíos hay tres, o cuatro, opiniones.

La inteligencia y sentido práctico con que las autoridades judías han administrado su cultura para conciliar individuo y colectividad podría analizarse desde puntos de vista más concretos, psicoanalíticos, políticos. Quizá la discusión une más que el acuerdo, la apertura, más que la cerrazón.

Un momento crucial en esa dimensión del judaísmo fue la diáspora de Babilonia, la primera, en el siglo VI antes de la era común. El judaísmo oficial lamenta esa fecha; pero, permítase a un gentil seguir el criticismo judío, y disentir. Cuando el judío tuvo que mantener su identidad entre los pueblos diferentes de la tierra, lejos ya del Templo, una nueva dimensión de articulación y flexibilidad de la ley, de relación del individuo y la colectividad, empezaba a crecer y desarrollarse fecundamente.

En nuestros días, cuando a Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, le plantean, en sus viajes por el mundo, críticas al Estado de Israel, responde que eso él sólo lo hace en Israel.

Esa riqueza vital, sin embargo, tiene amargos costes. La historia judía es fecundísima en críticas internas y apostasías (¿no es el cristianismo una de ellas?). Así son también los numerosos casos de pensamientos, por parte de judíos, claramente antisemitas. Tales pensamientos, si por un lado honran, con su independencia, al judaísmo, y de esa manera lo siguen, yendo hasta contra sí mismos; por otro, en algunos casos, ofuscan su propia visión con la sinrazón y la injusticia.

AER: –Hay una ambivalencia contradictoria con respecto al judío entre las gentes. Por una parte, es un pueblo respetado y admirado. Por otra, existe a veces una actitud de rechazo que se manifiesta en expresiones populares despreciativas. Por ejemplo: perro judío, hacer una judiada, ser un fariseo, etcétera. ¿Cómo explicas este fenómeno?
FC: –Hay un momento histórico de inflexión entre ambas actitudes: las cruzadas del siglo XII, en la que el judío pasó de ser un útil organizador y comerciante a ser una competencia a eliminar. (También en ese momento la civilización islámica empezó a abandonar su legado clásico y liberalidad, y a entregarse a la intolerancia).

Es esta una causa del antisemitismo de tipo economicista. Pero, no basta. El antisemitismo es más profundo y de más largo alcance. Creo que hay razones históricas. Y, digamos, filosóficas, o ideológicas.

Decía un filósofo antiguo que dos fuerzas mueven todo: la concordia y la discordia. Hace tiempo que proyecto una filosofía de la historia basada en la concordia, o algo así; pero, la historiografía reinante basa casi todo en la discordia. Sobre todo, la llamada «Historia Universal», empezada a construirse precisamente desde las Cruzadas y el inicio de la Baja Edad Media, cuando Europa empezó a proyectar su dominación universal.

Según esta historia, el género humano ha progresado matando al padre. Y, en referencia a ese marco universal, dos colectividades han ido desempeñado el papel de víctimas en ese proceso: los negros africanos, representantes del origen de la humanidad, y los judíos, representantes de la escritura y el origen de la civilización. Y esa conciencia oscura sigue muy viva y operante.

Es triste que el ser humano pensante, gente a veces inteligente, no sea consciente de esas poderosas fuerzas que actúan en él y no se independice de ellas. Y crea y alimente sus propios prejuicios, muchas veces con razonamientos ridículos. Por ejemplo, hay algo que a cierta izquierda mundial la impulsa a obtener autocomplacencia, un espectro de progresismo y cura de mala conciencia, a costa de sacrificar al judío de forma racionalmente obscena.

Entre las tendencias que definen a la «izquierda» está el progresismo, la abolición de los antiguos regímenes, la liberación de las cadenas del pasado y de la tradición. (Personalmente, de acuerdo). Pero no es difícil que el pueblo conservador de la cultura más antigua de la tierra sin solución de continuidad, el judío, y que además sigue, en muchas de sus instituciones y manifestaciones, promoviendo la civilización, la ley, la economía, la vida y la convivencia, pase a ocupar el papel de «antiguo régimen a abolir y definitivamente eliminar», dentro de un esquema ideológico mundial, al que las «izquierdas» son tan proclives. El progresismo parece así asegurado con la identificación del enemigo mundial: el judío. Y parece desdeñarse que el progresismo, el criticismo, desde sus mismos orígenes, ha sido promovido por multitud de judíos, e instituciones judías, en el liberalismo, en el socialismo, el anarquismo, en la revolución francesa, en la rusa, etcétera, en su constante movimiento de reinterpretación de la ley adaptándola a los nuevos tiempos…

Parece que tal tendencia es poderosa, pues, en muchos casos, es asumida hasta por los mismos defensores del judaísmo o del Estado de Israel, incluso muchas veces por sus mismas autoridades o representantes, que contestan con complejos, tímidamente, o con poca claridad, a lo que es una ola mundial de tergiversación informativa y engaño masivo de los medios de comunicación, con la colaboración pasiva y cotidiana de un público irreflexivo y así estupidizado.

Y especialmente, están los países musulmanes: hasta que no salgan del imperioso laberinto de la discordia, y, a la vista de su propia historia, no acepten su hermandad con los judíos, y acepten la colaboración que éstos gustosos les prestarían (como de hecho intentan), no tendrán ni paz interna, ni externa, ni progreso. Esa colaboración la hubo en los prodigiosos primeros siglos de expansión del Islam. Y, más tarde, en el imperio turco. El Estado de Israel, en lugar de ser el acosado enemigo común, sería el impulsor y organizador de un Oriente Medio de progreso y justicia.

Y también, las radicales contradicciones de la cultura judía, que aquí he comentado, y que alimentan, a veces, la disensión interna, que antes vimos, quizá se proyecten sobre los gentiles, que no se dan cuenta de que, en ocasiones, su crítica antijudía está proporcionada por los propios judíos. Recuerdo el caso de aquel debate teológico medieval en el reino de Aragón entre un judío, Najmánides, y un cristiano, Pablo Christiani, judío converso.

AER: –Existe una penetración en lo judío de lo sagrado, incluso en el pensamiento de su representantes más modernos y racionalistas, como el temor a Di-os, como el acatamiento del mandato Divino, como la escritura sagrada. ¿No ves curiosa esa mezcla de racionalismo crítico y acatamiento de la Voluntad Divina?
FC: –Una de las características del pensamiento actual, digamos, posmoderno, es la imposibilidad de distinguir entre pensamiento racional, o racionalista, filosófico, y el religioso; entre Filosofía y Teología. Incluso entre Ciencia y Teología. La modernidad se alimentó de una oposición entre ellas. Hoy no. En ambas disciplinas hay principios y dogmas, razonamientos e intuiciones, conceptos e imágenes, lógica y fe. Hoy no se consideran independientes la física de Newton de su teología. El cálculo infinitesimal y los cálculos sefiróticos de[l cabalista español Moshé] Cordovero. Se habla del misticismo del Tractatus de Wittgenstein.

Ya el penúltimo misticismo judío, el jasidismo, ese prerromanticismo, lo sintió y lo practicó así.

Lo más señalado del pensamiento del siglo XX, dentro y fuera del judaísmo, ha encontrado lo mítico en la vida diaria; lo sagrado, en la cotidianidad. Es uno de los mensajes, pongamos por caso, del Ulises, de Joyce, que, por cierto, pone de personaje protagonista a un judío.

Y mucho han contribuido los pensadores judíos, desde siempre, y en concreto en los últimos 30 ó 40 años, a esta posmodernidad.

No. No puede, por tanto, sorprender hoy que toda esa comunidad del pensamiento se encuentre también, y sobre todo, en el pensamiento judío, que desde sus orígenes ha crecido a partir de una clara conciencia del pensamiento: desde sus interioridades, hundidas en el tiempo remoto, la llamada «tradición», el flujo, por donde pasa el «soplo» y llega al sonido, que rompe y abre, el habla presente, la gramática generativa del lenguaje y la escritura, etcétera, etcétera, sobre lo cual antes insistí.

Y en todos esos parajes, por donde se aventura el pensamiento, la conciencia y la inconsciencia, late lo desconocido sin límites y el ansia de descubrirlo, la sorpresa ante nuestra ignorancia y el atrevimiento a avanzar y ver en la oscuridad. Es el maravilloso espíritu, humilde y orgulloso, es la «inquietud» frente al abismo, de Job.

FERNANDO CARBONELL

Nace en Córdoba en 1949.
Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid.
Profesor de la Universidad de la Laguna de 1972 a 1975.
Profesor visitante en la Universidad de Harvard y el MIT (Massachussets Institute of Technology). (EE.UU) de 1975 a 1977. Estudia con W.V.O. Quine y N. Chomsky.
Profesor de enseñanza secundaria en Madrid.
Socio fundador y directivo de CRUCE. Arte y pensamiento contemporáneos, de Madrid, asociación cultural alternativa desde 1993.
Entre sus obras y artículos de filosofía y crítica artística figuran:
«¿Qué pensamiento disimula Matilde?», catálogo de la exposición de M. Quejido en el Museo Español de Arte Contemporáneo, Madrid, 1988.
«Proposte etiche all’arte contemporanea», en Segno, nº 202, febrero 1999, Palermo.
«Odio la prensa», en Inventario, nº 9-10, Madrid-Barcelona, 1999.
«Improvisación, música y pensamiento contemporáneo», en Doce notas, nº 10, Madrid. Diciembre 2002.
Conferencias en las Universidades Menéndez Pelayo de Santander, Complutense de Madrid, Arteleku de San Sebastián, Academia de España en Roma, Galerías Nuvole y Colori di luce, de Palermo, Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia, entre otras.
Clases de canto con Sofía Noel.