CONFERENCIA ante la UNESCO Hay un creciente interés por estudiar el JUDEOESPAÑOL (extracto)

Emb. Juan Manuel de Barandica y Luxán

Al irse de España, los sefarditas se llevaron consigo su acervo cultural hispanohebreo, incluidas sus tradiciones, la memoria esencial de su origen y, sobre todo, su lengua española que han mantenido a lo largo de los siglos. Y allí donde se asentaron y volvieron a formar importantes y prósperas comunidades judías –en Estambul, Salónica, Belgrado, Sarajevo, Sofía, Plovdiv, Ámsterdam, Tánger, Tetuán, Casablanca, Larache…– los sefarditas siguieron hablando y comunicándose en la lengua española que se habían llevado. También en el nuevo mundo se consolidaron comunidades de judíos de lengua española, especialmente en Caracas y Buenos Aires.
La pérdida de comunicación con la Península Ibérica y su aislamiento por tanto del español que se hablaba y evolucionaba en España han convertido su lengua en una reliquia y casi un milagro histórico.(…) Pero, ello no significa que haya sido una lengua congelada y que no tuviera su propia evolución: con el tiempo se fue enriqueciendo con préstamos lingüísticos de los sitios donde las comunidades se iban asentando, fruto de su convivencia con las lenguas locales: el turco, el griego, el italiano, el francés o las lenguas balcánicas en cuanto al yudezmo, y el árabe en cuanto a la jaquetía. Además por supuesto del constante y arraigado contacto religioso y cultural con el hebreo, en cuyo alfabeto -aljamiado lo llamaban- se escribieron estas lenguas durante siglos.
El judeoespañol no solo ha sido una lengua de comunicación cotidiana, sino también lengua literaria y de cultura.
En la propia España, a comienzos del siglo XX, hay que recordar las campañas del senador Dr. Pulido en pro de la relación de España con esos «españoles sin patria», que eran para él, según su libro de 1905, los sefarditas. También fue importante la acción del escritor y traductor Rafael Cansinos Assens. Y, siempre en ese tiempo que consideramos Edad de Plata de la cultura española, cabe mencionar el interés hacia el mundo sefardí del escrito vanguardista Ernesto Giménez Caballero, que en 1929 realizó un viaje a los Balcanes y estudió a quienes pugnaban por mantener sus señas de identidad judeoespañola, lo que plasmó en sus crónicas en la Gaceta Literaria y su película Judíos de patria española.
En los últimos años, el interés por los estudios sefardíes y las medidas para la preservación, difusión y estudio del patrimonio cultural judeoespañol han experimentado un aumento muy notable. Proyectos como la Plataforma Erensya -puesta en pie por Centro Sefarad, con quien hemos coorganizado esta Conferencia- o la página Sefardiweb de nuestro Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que coordina la profesora Paloma Díaz-Mas, ayudan a tejer redes entre las dispersas comunidades sefardíes, a conservar su legado cultural y a reforzar su viveza. En la misma línea, cabe mencionar también instituciones, proyectos y centros universitarios en todo el mundo, páginas web como Voces de Haketía o revistas en judeoespañol como AkyYerushalayim y El Amaneser (sic).
Pero, no solo son estudiosos e instituciones quienes están valorando y poniendo en valor la historia, la lengua, la literatura, la música y las tradiciones culturales y religiosas de los sefardíes.
Ellos mismos parecen haber redescubierto en época reciente su cultura y querer impulsar acciones para conservarla y estudiarla. Ilustre ejemplo de esta actividad está en la obra de Ángel Wagenstein, tan importante en todos sus aspectos, y que toca también los que se refieren al legado sefardita (por poner tan solo un ejemplo, en Lejos de Toledo, último volumen de su famosa trilogía).
Así, aunque el uso del judeoespañol como lengua materna y cotidiana pueda estar ahora en declive entre las comunidades sefardíes, hay un significativo fenómeno de recuperación de memoria y tradición y un esforzado resurgimiento del judeoespañol como lengua literaria entre descendientes de sefardíes que no lo tuvieron ya como lengua materna. A Solly Levy, por ejemplo, debemos la primera obra literaria escrita en jaquetía (Yahasrá – Escenas haketiescas, Montreal 1992).
En la ceremonia de conmemoración en la sinagoga de Madrid del Quinto centenario de la expulsión, Su Majestad el Rey [Juan Carlos I] dijo:
«Debemos reconocer que fue admirable, a pesar de las circunstancias de su salida, que las comunidades sefarditas guardaran, con lógicos sentimientos encontrados a su patria de tantos siglos, fidelidad a su lengua, el ladino, a sus obras y tesoros literarios y fidelidad al romancero musical. (…)»
El Consejo de Ministros del pasado viernes día 6 de junio aprobó, por cierto, el anteproyecto de ley en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes que justifiquen tal condición y su especial vinculación con España, que someterá a las Cortes Generales, cuya exposición de motivos refleja perfectamente el espíritu del legislador en relación a las comunidades sefarditas al decir que «se denomina sefardíes a los judíos que vivieron en la Península Ibérica y en particular a sus descendientes, aquellos que tras el edicto de 1492, que compelía a la conversión forzosa o a la expulsión, tomaron esta drástica vía». Dice también la exposición de motivos que «en los albores del siglo XXI, las comunidades sefardíes del mundo se enfrentan a nuevos desafíos: algunas quedaron maltrechas en la furia de los totalitarismos, otras optaron por los caminos de retorno a la añorada Jerusalén; todas ellas vislumbran una identidad pragmática y global en las generaciones emergentes. Palpita en todo caso el amor hacia una España consciente del bagaje histórico y sentimental de los sefardíes. Se antoja justo que semejante reconocimiento se nutra de los oportunos recursos jurídicos para facilitar la condición de españoles a quienes se resistieron celosa y prodigiosamente, a dejar de serlo».
La nueva Ley podríamos decir que tiene vocación de culminar el proceso, de alguna manera iniciado por el Real Decreto de 20 de diciembre de 1924, que abría la posibilidad y establecía las condiciones para que optaran a la nacionalidad española los judíos sefarditas que, tras el fin del Régimen de Capitulaciones, habían quedado huérfanos de la protección de España. Este Real Decreto fue (…) la base legal en que se fundamentó la decisión (…) de España en la Europa ocupada por la Alemania nacionalsocialista (…) para salvar a muchos miles de judíos sefarditas e incluso, interpretando extensivamente su acción, a otros judíos que no necesariamente lo eran.
El judeoespañol es, en suma, parte fundamental de la historia lingüística y literaria de España y de nuestro legado cultural.