Animales feroces: comentarios a la obra teatral de Isaac Chocrón

ANIMALES FEROCES: COMENTARIOS A LA OBRA TEATRAL DE ISAAC CHOCRÓN
Wladimir Acevedo

• Aspectos formales y temáticos de la obra Animales Feroces.

Animales Feroces (1963), obra capital en la dramaturgia nacional. Escrita en la convulsa década de los 60, de la Caracas del siglo XX. Década esta, marcada por un contexto político y social en el cual la cotidianidad del país estaba sumida en una auténtica babel. Década que se caracterizó por un conjunto de protestas sociales, conatos de guerrillas urbanas, facciones sociales radicalizadas, himnos e ismos de revolución, de aires cubanizantes castristas; todo esto se desperdigaba en aquella Caracas del pasado siglo. Esta rochela urbana era a su vez, el escenario montado en las tablas de la ciudad, antes de que se bajase el telón del gobierno de Rómulo Betancourt. El contexto de los años 60 fue paralelamente, el tiempo de la colectivización del arte; el de las capillas literarias. Todo lo urbano era hostil y violento. Parecía que para ese entonces solo no se podía estar si se quería figurar o darse a conocer en el mundo del arte y la literatura; de hecho, no es extraño que ninguna individualidad resaltara en aquel tiempo; si no hasta mucho después. Es en este contexto en el que nacieron grupos y colectivos artísticos, que intentarían asumir el rol de interventores de la cultura artística venezolana, autodenominándose las más de las veces vanguardistas y rupturistas en detrimento de la tradición literaria. Para aquel entonces, los reflectores parecen alumbrar a una de estas capillas literarias antes que a las demás. Hablamos del Techo de la Ballena. Inspirados por Rimbaud pero también por Marx, querían cambiar la monotonía de la vida pero también transformar la realidad social, el statu quo imperante. Performance, happenings, arts abstrac y prosas experimentales eran sus municiones contra toda convención manejada en torno al arte, hasta ese momento.
No se podría negar, dicho esto, que el joven Chocrón no se sentiría influenciado por todos estos cantos de sirenas contestatarios e iconoclastas, que permearon a casi toda la juventud de la clase media urbana caraqueña de los años 60. Libertad creadora, denuncia social, y afán de revolucionar el arte, eran imperativos que se imponían a sí mismos poetas, novelistas, dramaturgos, pintores, cuentistas, etc. Los tópicos de la literatura de esta década, iban desde la denuncia social y política, hasta tener como protagonista de las mismas, a la ciudad, el fenómeno urbano; que se representaban apocalípticamente, en un país que se resquebrajaba en su orden interno. Pero más allá del contenido temático, era la forma lo que iba a ser una preocupación genuina en los vanguardistas de los años 60; trayendo como correlato un arte experimental y conceptual la más de las veces, que devenía por esto mismo en franca contraposición al canon literario de aquel entonces.
En una época como la descrita más arriba, donde la contestación es el ismo snob practicado por las nuevas generaciones, que quieren diferenciarse de sus “padres” literarios, se halla el joven Chocrón. Igualmente rebelde como los de su época, igualmente contestatario y anarquista, se lanzaría a la construcción de una obra cuyas características formales y temáticas se desligaría, en mayor o menor medida, de la literatura realista y rural precedente.
Los experimentos formales en la obra de Chocrón son patentes. En su obra teatral Animales Feroces, se puede hallar una serie de experimentos formales en relación al tiempo de los acontecimientos; al juego con el orden de los sucesos; la simultaneidad del relato, etc., que contravienen preceptos clásicos como principio, medio y fin. Los recursos formales en la dramaturgia chocroniana, van desde un manejo no lineal del tiempo del relato, hasta diálogos peculiares en el que se hace notar algo del teatro del absurdo. Por ejemplo, en la Escena VI, Chocrón experimenta con la simultaneidad del relato. Leemos dos narraciones superpuestas, la de Benleví y Rosa contando a Asdrúbal, el Coronel, pasajes de historias bíblicas: la prueba de fe que dios pide a Abraham, y paralelamente la conversación que mantiene el resto de la familia sobre la muerte de Ismael. De igual modo, en la Escena IX, hallamos lo que en la jerga cinematográfica se denomina flashback, es decir, un salto atrás; concretamente, cuando a Ismael, apenas lo acababan de hallar muerto. En esta escena Asdrúbal (el Coronel) es el que más habla al contrariado Daniel respecto al recién descubierto cadáver de su hermano; simultáneamente, Mari y Sol hablan respecto a Ismael, y sobre qué hacer para ponerle fin a la conflictiva relación madre e hijo. Ya en la Escena I y II, de la segunda parte, aparecen rasgos propios del teatro del absurdo. Los diálogos entre Asdrúbal y Daniel; entre Ismael y Mari recuerdan a obras de Samuel Becket (Esperando a Godot). Diálogos rápidos, cortos, a veces incoherentes y absurdos. Mari habla con Ismael, pero se podría decir que imagina que habla con él; son diálogos cortos que se sitúan en un tiempo anterior, a los la Escena I. Sin embargo, no es en el experimentalismo, no es en la forma en la que Chocrón va a ser, un artífice, necesariamente. Es en el contenido de las mismas.

• Chocrón: El país, la familia y el principio de contradicción del judío.

En los tópicos literarios, en los ítems de sus obras, se ven reflejadas muchas de las preocupaciones de una generación de venezolanos. Es el caso del personaje Sol, de Animales Feroces. Ella es la única en echar raíces, la única fértil de los Orenses, la única en ser “ciudadana universal”, tal cual sentencia socrática. A través de este personaje Chocrón deposita el malestar cultural y las angustiosas sentencias de una generación de venezolanos, tal vez de clase media alta, que ven en el país un tren que va hacia un precipicio, que acabará con todos sus habitantes: “¡Esto no es un país!¡Esto es un clima! ¡Por eso, poco seres humanos sobreviven!¡A la mayoría nos entierran vivos o nos empujan al suicidio!”. A través de ella se ve la cosmovisión de un país que se les va de las manos a sus habitantes y gobernantes, creando la angustiosa condición de incertidumbre, desarraigo y desesperanza en sus ciudadanos. Irse del país o quedarse y hacerse un lugar en este, parecen roer el pensamiento de Sol.
Se ha dicho mucho, hasta hacerse casi un lugar común, que en estas obras del Chocrón de los 60, el tema del país y la familia es nuclear. Sin embargo, hay que notar que al menos en Animales Feroces, no se trata de la típica familia venezolana; no, es una familia de tradición judía, y no sólo esto, sino que también coexisten en esta obra tres generaciones distintas: La de Benleví; la de las hermanas Orense y la última, que serían los hijos de Sol. Es decir, hay una tridimensionalidad de mundos ahí, que traerá las continuas fricciones en la familia Orense. Benleví, el más viejo de todos, y no por casualidad el más conservador, será el único en seguir las prácticas rituales de su religión de modo riguroso. Rezará y orará por Ismael, para que el innombrable, dios, absuelva al muchacho por suicidarse; religiosamente irá al templo y mantendrá estrechos lazos con la comunidad de la sinagoga; en fin, es el fiel practicante que sigue la ley de las escrituras reveladas. En cambio los hermanos Orenses, que son menores que Benleví, parecen algo escépticos respecto al judaísmo y a sus rituales. Sara soporta estoicamente las consecuencias de un matrimonio a conveniencia:
“Sara: ¿recuerdas cuando papá lo trajo a almorzar? Ya era u viejo. Vino como un amigo de papá. Esa misma noche me dijeron que quería casarse conmigo. ¿Por qué? Porque le gustan las niñas; Benleví es bueno y tiene buena posición. ¡Buena posición!”.

No obstante, una generación como la de Benleví verá en esta clase de maridaje el deber ser de una tradición: “Benleví: cada cual debe casarse dentro de su círculo”, suponemos el judío. Sin embargo no todas las Orenses son sumisas como Sara. Sol, por su parte no acatará las leyes del pueblo judío. No se casará por conveniencia. Es, podríamos decir, la judía liberal, algo iconoclasta, que construirá su propio sino. Sin embargo en ella, en Sol, hallamos una imagen; es la imagen de la diáspora, la del exilio arquetípico del pueblo judío, que vaga sin tierra, sin patria, eternamente errante; y esto, no es cualquier cosa y tampoco deja de ser irónico que la más liberal y laica de los Orenses este repitiendo sin saberlo, una tradición originaria y vivencial que caracteriza a su pueblo: el exilio y el desarraigo. Su hermano Daniel, el más joven de los Orenses, es el menos rebelde, el más diplomático y amigable; no es casualidad que sea el favorito de Mari, la hija de Sol. Pero irónicamente, es el más transgresor de todos. Tanto en Sol como en Daniel parece cumplirse la idea de que en el judaísmo todo es contradicción. Veamos. Daniel aparece como el más ecuánime, el menos desaforado de todos en sus comentarios; sin embargo lleva oculto el pecado, la profanación a su propia religión. Es el judío que se encuentra en la nada cómoda disyuntiva del deber ser o querer ser. Seguir la primera de las disyuntivas, es decir, la ética y moral judías, aniquilaría su individualidad y sus deseos; la segunda, en cambio, lo coloca como transgresor y pecador respecto a la ley judía, pero complaciendo su individualidad y obteniendo lo que busca: el amor de otro hombre. Sol, su hermana mayor, es la menos comedida en sus comentarios respecto a las tradiciones de su etnia. Cree construir su sino, sin darse cuenta que su vida, sus actos, sus viajes, sus estadías aquí y allá, cual nómada, y sus desaires y desarraigos, recrean una condición milenaria, primigenia y cíclica, el retorno mítico de la diáspora y desarraigo del pueblo judío. No hay entre lo dicho y lo hecho el principio de la no contradicción, por el que tanto se preocuparon los griegos. En ellos, todo es ironía y contradicción, permanente.
La generación más joven de los Orenses, está representada en los hijos de Sol. Mari y Rodolfo. Son el espíritu joven. Mari, intelectual, racional, anarquista, como la llama Sol en una ocasión, es el alma laica de la contestación de las juventudes de los años 60; primordialmente iconoclastas, cuestionadores de todo, inconformes, revolucionarios e individualistas. Rodolfo, un muchacho ambicioso, oportunista y algo maquiavélico, quiere saborear las mieles del poder: ser presidente de Venezuela. Ambos, son el símbolo y la metonimia de una generación de judíos que terminan asimilándose a culturas occidentalizadas.
Son tres estadios, son tres generaciones distintas, es el mundo tríadico que yace en el judaísmo: los ortodoxos conservadores (Benleví); los practicantes moderados (Sara, Sol y Daniel) y los laicos, casi nihilistas (al menos en el caso de Mari) que están representados en los hijos de Sol.
Una lectura actual de la obra de Chocrón, debe tomar otros pivotes o centros para aproximarse a las mismas. La familia está presente, sí. Pero con un detalle, que es una familia cuya raíz está en el exilio, en la diáspora y que al asentarse en tierra firme, lo que tratará es de mantener sus creencias, valores y tradiciones, a pesar de su aparente asimilación a la cultura laica venezolana. También es cierto que Animales Feroces se desenvuelve en los vaivenes de una familia; pero a la vez existe una profunda preocupación por la fe y la tradición de un pueblo: el judío. Estas aparecen cuestionadas a primera vista; pero no sin pensarlas, sin meditarlas; tanto la religión como la fe judías son el referente del discurso de los personajes de esta obra, que, dicho sea de paso, al pensar la tradición judía con sus leyes, los Orenses no dejan de pensarse a sí mismos; y de cómo estas al disolverse, resquebraja el núcleo de una comunidad, de una familia y aun, la de un nación. Chocrón decía que prefería una familia elegida que a una heredada, pero aun así, se aspira a la solidaridad entre un grupo o una comunidad; y parece reconocerse que para que haya comunidad, para que haya nación, debe haber acuerdos comunes, consensos que erijan leyes, o de lo contrario se vivirá como animales feroces, donde el hombre es, como diría Thomas Hobbes, el lobo del hombre.

BIBLIOGRAFÍA
• Hernández Gleider. La angustia existencial en el teatro de Isaac Chocrón. Centro Virtual Cervantes, en la Web.
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• Ruggiero Josefina. Directores de teatro venezolano: Isaac Chocrón. Revista SIC. Centro Gumilla, 1988.
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• Vida y ficción, aliadas en Isaac Chocrón. En Anales de literatura hispanoamericana, núm. 25. Madrid, 1996. PDF Disponible en la Web.

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