75 años de los CRISTALES ROTOS

Dr. Alberto Osorio Osorio

ANTECEDENTES:
Escribo sobre un lapso oscuro, más aún, tenebroso. Tiempo de indecible tribulación y destrucción contra el pueblo judío y un atentado contra la humanidad, pero también tiempo de supervivencia y esperanza que nunca desmayó.
La tercera década del siglo XX, en Alemania y en los territorios invadidos por el Reich, fue de pavor y persecución para los judíos.
Era la siniestra puesta en práctica de una razón de Estado que se apoyaba en una demencial teoría de «superioridad» racista, de la supuesta pureza de los arios sobre las restantes minorías culturales y religiosas. Los judíos se convirtieron de pronto en incómodos huéspedes de una dictadura ultra fascista que amenazaba el ya frágil orden mundial y estremecía los fundamentos históricos y valorativos de toda Europa.
Veamos antes los prolegómenos –si cabe tan elevado vocablo– de la embestida nazi sin precedentes en los anales del mundo.
Hace exactamente ochenta años (30 de enero) Adolfo Hitler fue el Canciller de Alemania y su partido nacional socialista ascendió vertiginosamente al poder. En marzo de 1933 el Partido obtuvo en las elecciones siete millones de votos lo que implicaba 228 escaños en el Reichtag. Dominar el Parlamento abría la oportunidad de poner en marcha el plan enfermizo durante tanto tiempo urdido. De inmediato comenzaron las ejecuciones sumarias de opositores, los asesinatos selectivos y, obviamente, los judíos eran el objetivo principal de la invectiva.
Ya nadie podía detener ni atenuar la catástrofe que se avecinaba. Toda la teoría retorcida estaba consignada en dos obras abundantemente difundidas: Mi Lucha del propio Hitler y El mito del siglo veinte de Alfred Rosenberg. La finalidad consistía, así simplemente, en suprimir el judaísmo de todas las facetas de la vida germánica.
El sistema propagandístico antisemita propalado en la radio y la prensa escrita y en hojas volantes que circulaban profusamente se reducían a un solo slogan: «muerte a los judíos» a quienes se culpaba exclusivamente de la humillación sufrida por Alemania en el Tratado de Versalles (1918) a raíz del armisticio de la Primera Guerra, la depresión económica, el rampante desempleo y haber acaparado la actividad científica, cultural e industrial del país. El rechazo llegaba hasta los altos oficiales del ejército por «culpa» de su fe israelita.
A este respecto, el escolarca Cecil Roth escribe:
«Eran barridos sin escrúpulos de los empleos gubernamentales o municipales, de las universidades, de las profesiones liberales e incluso de empleos privado» (C. Roth – Histoire du PeupleJuif, p. 476)

Médicos, abogados, catedráticos, estudiantes conocieron pronto los nefastos efectos del boicot, las expulsiones y otras medidas degradantes.
Más de un millón de judíos se vio súbitamente en el vacío, con su pasado borrado e inseguros del porvenir.
A mediados de septiembre de 1935 las circunstancias eran intolerables. Fueron promulgadas las leyes de Núremberg, drásticas, leoninas, un dogal para la judería germánica. Los hebreos eran súbditos despojados de sus derechos políticos y esos derechos únicamente serían reconocidos a quienes llevasen en sus venas la sangre aria pura.
A los «manchados» se les buscaba tres generaciones hacia atrás, los convertidos a otra religión seguían siendo judíos y todos, a la postre, enfrentaron el mismo destino fatal, mortal.
Entre 1933 y 1937 el diseño que amputaba a los judíos se desenvolvió imparable ya que la «arianización» era el punto focal de los conceptos que habían sido inoculados en el pueblo y en el gobierno.
Al estrenarse el año 1938 miles de judíos abandonaron Alemania hacia los Estados Unidos de Norteamérica, América Latina y donde pudieran.
Se obligó a los que quedaban llevar la banda y estrella amarillas que en la digna enseñanza del Gran Rabino de Berlín Leo Baeck debía ser portada con orgullo pese al peligro que se corría.

LOS CRISTALES ROTOS:
Todo empeoró cuando se abre 1938: anexión de Austria que ofrecía a los verdugos 190.000 judíos adicionales; borrado el permiso oficial para ejercer la medicina; todos debían agregar a su nombre el apellido Israel y las mujeres el nombre Sara, confinamiento forzado en campos de concentración bajo la máscara de «reubicación al Este», miles sometidos a los rigores del frío, de la nieve y el hambre; arrestos de judíos polacos.
Los sucesos van a desencadenarse rápidamente; podemos seguir su trayectoria cada hora, cada día, cada año.
El 7 de noviembre de 1938, en París, el joven adolescente HerschelGrysnpan asesinó a mansalva al consejero de la embajada alemana en Francia. Una impulsiva represalia porque sus padres habían sido enviados a Polonia.
¡Qué difícil o imposible es juzgar el impacto psíquico que ello produjo en Grynspan! Habría que estar en su lugar y sopesar su reacción.
Suficiente pretexto para desatar uno de los más terribles pogromos de la historia. Las turbas nazis aupadas por la euforia antijudía y los soldados de la SS atacaron templos, moradas y comercios de judíos la noche tétrica entre el 9 y 10 de noviembre.
Más de doscientas sinagogas ardieron, ocho mil negocios quemados y saqueados, hubo arrestos sin medida, centenares de muertos y veinticinco mil enviados a los campos de eliminación. Nunca tendremos las estadísticas exactas de la Kristallnacht.
Luego, los judíos fueron obligados a pagar una indemnización por lo que ellos mismos habían perdido y sufrido. Un billón de marcos alemanes fue la enorme tasa impuesta. Otra negra secuela: los niños judíos debieron abandonar las escuelas y nadie de fe mosaica podía asistir a espectáculos públicos. El «natural» colofón fue el desmantelamiento de las instituciones judías comunitarias, la prensa judía silenciada. Si la imagen es viable, el judío fue arrinconado en la nación germana y los países anexados.
Las ventanas de cristal y los bienes materiales fueron quebrados, es cierto, pero ¿quién podía doblegar el alma judía?
Auschwitz, Sobibor, Mathausen, Dachau o Bergen Belsen fueron los sitios del triste final de los gaseados, fusilados, ahorcados, torturados, reducidos a parias esqueléticos o utilizados como conejillos para experimentos aberrantes. Seis millones de judíos, un millón de niños perecieron en el atroz Holocausto (término de origen griego que significa «todo quemado»).
No obstante, los judíos se empinaron sobre la inenarrable tragedia, se renovaron donde pudieron reinstalarse como sobrevivientes de un capítulo histórico que aún lloramos y jamás olvidaremos.

REFLEXIÓN Y EPÍLOGO:
La prueba más grandiosa de la capacidad del judío para reverdecer y revivir de sus cenizas ocurrió tres años más tarde, en el año inmortal de 1948 con la proclamación del Estado de Israel, un evento heroico e incomparable. El Am Israel había esperado contra todo pronóstico negativo y retornó a la Tierra ancestral, un hecho sin émulo en la historia humana.
Son los tres años proféticos, mirando hacia atrás el reloj del devenir humano, la esvástica saltaba hecha añicos, el régimen que habría de durar mil años se hundió para siempre con sus cabecillas y sus secuaces.
Hoy, hemos de estar vigilantes contra cualquier forma de antisemitismo, antiisraelismo (que son prácticamente sinónimos) o que resurja un brote de la desfasada ideología neo nazi. La hidra de siete cabezas se asoma en diferentes latitudes del planeta, con disfraces y detestables planteamientos.
El sinatolaml’amolam pretende blandir su ponzoña como lo hizo hace siete décadas y media. Lo mismo ocurrió durante la Inquisición, los decretos feudales de repudio al judío, las predicaciones virulentas de frailes fanáticos, las evicciones decididas por reyes, príncipes, los libelos difamatorios. La lista es extensa.
La Noche de los Cristales Rotos es una severa advertencia y un desafío. Lo primero, porque el fuego continúa ardiendo solapado y encubierto; lo segundo porque Israel, pueblo y país, subsistirán en la medida en que, más allá de la enrevesada política mundial, el judío se aferre a su identidad y a los principios perpetuos de su religión y su civilización.

Panamá, 6 -7 Kislev 5774
9 – 10 de noviembre de 2013